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6 min
A donde el corazón se inclina el pie camina.
Varios |
17.02.18
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Sinopsis

Relato que presenté en torneo escritores " Refranes". Mi deseo es compartirlo después de una larga ausencia.

 El paquete contenía maquinillas de afeitar desechables. Coge con templanza una tijera puntiaguda y  rasgando el envoltorio saca una de ellas. Primero la desfiló por la muñeca izquierda, un escalofrío recorre su nuca, después por la derecha sintiendo la hoja de metal. Sus ojos asustados dirigen la atrevida acción del momento y la adrenalina actúa bombeando. Raspó con ganas y pronto emerge el color rojizo de la sangre en ambas manos. Las luces desvanecen con dulce sueño apoyadas en el mullido cojín, sin apenas fuerzas el confort deja suceder  frustraciones y miedos encarcelados por tanto sufrimiento. Lentamente su tez va perdiendo candor. Sola, aturdida,  no podía más…

Sudorosa y jadeante por la pesadilla con el cabello lacio sobre los hombros siente quemazón y comprueba con horror las pequeñas cicatrices de sus muñecas sin rastro de sangre,  recreando lo sucedido cree enloquecer al no discernir realidad y sueño. Después del supuesto trance, la angustia y el por qué. La intranquilidad volvía una y otra vez, los mismos episodios noche tras noche…

Con la chaqueta superpuesta sobre los hombros resaltando su exuberante figura, estilizadas piernas,  y el sonido de sus tacones recorriendo la plaza aglomerada, causa admiración a los allí presentes. La falda estrecha y su ajustada blusa de satén color rojo aseguraban con paso firme el recorrido hasta la parada de taxi.

Su cutis níveo realza unos ojos azabaches. Con un ligero movimiento de brazo atrajo la atención del taxista que circulaba. Detrás en el asiento con sumo cuidado cruzó los muslos. El automovilista por el espejo retrovisor observa a la pasajera. Su belleza y el perfume meloso  amaderado de fuerte aroma seduce al conductor que sin prisa llega al destino.  

La entrada al hotel tampoco pasa desapercibida, el empleado absorto registró al huésped sin dejar de observar sus hermosos ojos,  entregándole  las llaves de la habitación.

Tumbada en la cama de la hostería estirando brazos y pies dio una patada al aire, los zapatos voltearon en el suelo al compás de sus soportes y acurrucándose sobre sí misma lloró como una niña. Dos rayas negras goteaban por sus mejillas y el reborde labial ya sin grosor con perfil ajado.

Él llamó a la puerta del aposento con los nudillos. Un encuentro impactante, a escondidas, inspirado en fantasías besos y arrumacos de ternura entrelazada, manos acariciando cicatrices internas.

-Nunca más-. Le susurró cariñoso al oído.

El sentimiento de culpa la aterraba, disipado el desconsuelo en esos encuentros amorosos donde no había espacio para preguntas, solo el disfrute de una relación pasional que cubría las necesidades de sus carencias. En su lucha interior era incapaz de revelar la infidelidad a su marido y enturbiar tanta sensibilidad...

Un hombre sentado en un banco de forja observaba a los transeúntes. Con tranquilidad abrió el envoltorio de su bocadillo, el olor a chorizo le trajo recuerdos de su niñez, el pan crujiente con mucha miga que su madre compraba todos los días para que se llevase a la escuela. Atándose los cordones de las deportivas agachado como estaba, encontró un monedero alargado, poseía el carnet de conducir y de identidad, sin tarjetas ni billetes, solo tickets de compra en perfumerías, una factura arrugada del pago en un hotel, y dos fotografías masculinas. Uno de los retratos con suaves facciones, ojeando con picardía al punto de mira de la supuesta cámara. La otra imagen mostraba un varón con expresión apenada y mirada bondadosa.Hurgó en sus pertenencias y consiguió un número de teléfono, sin pensarlo dos veces descolgó el auricular…

En otra escena, sufrido silencioso con respiración fluida, él era música. Interioriza la obra adopta  la postura de un bailarín imaginando  sus intervalos antes de colocar el instrumento en la clavícula y como punto de tensión el cuello. Plasma  sus inquietudes, siente su cuerpo, con plena  conciencia domina la relajación y un pacto con su violín le devuelve anhelos personales que se pierden con los suspiros del alma.

Escucha sus latidos como murmullos de enamorado, acomodando su energía como  actor de una obra cuyo  fin es  emocionar.

La fuerza armónica arranca desde sus pies, y las piernas transportan débilmente la energía necesaria para sujetar el elemento en la parte superior del cuerpo. Arco y cuerda en equilibrio, el placer del gesto recorre su columna cerebral convirtiéndolo en la más bella expresión sonora.

Pronuncia las primeras notas afinadas, sus dedos muñeca y antebrazo deslizan movimientos con suavidad.

Un violinista que cautiva a su mujer con el lenguaje de la interpretación. Dos lágrimas escurren  humedeciendo la sospecha de la desdicha de su esposa. Sólo la generosidad de su música repara los daños de su corazón. Él toca ella baila, él sufre ella anhela, antes afines ahora distantes, unidos por la melodía cercados de soledad en un escenario con un público entregado, la emoción embarga a los presentes. Actuación para exculpar unos hechos.

Bulle y zapatea, el cuerpo se estremece conmovido por la nana que nunca cantará, el vacío donde sus penas ahogan el llanto de la maternidad. Arquea la espalda  sacudiendo con fuerza la condena de su fustración y sus brazos moderan los sentimientos que la imposibilidad provoca. Los silbidos del vibrato lentamente suben y bajan de sonido, imitando la voz, cuyas cuerdas vocales están enmudecidas por su danza. Salta, late, grita, poseída por la fuerza instrumental, y una mirada furtiva cuya culpa ilumina la bondad del autor.

El último acorde musical apaga la luz de su faz y el color de sus volantes enrojece con la exaltación del público.

-Bravo, bravo-…

 

El violinista glorifica orientando la capacidad de su discapacidad al servicio de las ruedas de su silla abrillantando una habilidad diferente. Mientras en primera línea un discreto invitado aplaude hechizado por la escena con la invitación de la obra en su mano “A donde el corazón se inclina el pie camina". 

 

Y.M.G.

 

 

 

 

 

 

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Soy extrovertida. Me gusta la naturaleza, leer, escribir. A través de los relatos expreso mis emociones.

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