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4 min
A la memoria de mi abuelo
Varios |
19.11.06
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Sinopsis

…esa fue la última vez que mi abuelo pronunció mi nombre, no me dijo nada especial, él no sabía que sería la última, ni si quiera recuerdo lo que dijo, sólo se que tenía una sonrisa en la boca, se despidió contento pero fue triste su muerte, mi abuela todavía no se lo cree y sigue hablando con él como si todavía estuviera en el salón, quien me iba a decir que echaría tanto de menos esas historias de la guerra civil, tantas veces contadas, o esas frases que decía y repetía hasta hacerlas sonidos cotidianos: “la pereza el peor enemigo de un cristiano” , “el viejo no es viejo, es diez veces niño”, “no se come cuando se habla , ni se habla cuando se come”. Y no es que mi abuelo no tuviera repertorio, pero llega un momento que o te callas o repites lo que dices, mi abuelo era de los que repiten las cosas, estaba siempre hablando, era como si en casa estuviera siempre puesta la radio, cuando no se le escuchaba de fondo o estaba dormido o estaba comiendo, era un poco pesado, a veces tenía que ir a buscarle cuando se iba a comprar el pan, se enganchaba a hablar con el primero que parecía escucharle, le gustaba tanto expresarse que no era raro verle conversando solo, daba mucha pena cuando se daba cuenta de que nadie le escuchaba.
A mi abuelo no le conocí sin el sombrero, le daba igual que fuera verano o invierno, que hubiera flores u hojas secas en el suelo, siempre lo llevaba puesto, formaba parte de su cabeza, yo creo que lo hacía para diferenciarse de la multitud, aunque él aseguraba que era para que nadie pudiera verle las ideas.
Era un viejo hiperactivo, no le gustaba dormir, porque sentía que perdía el tiempo, siempre decía ”el talento no es talento cuando lo pisa el tiempo” era un poeta de la calle y un arquitecto de la vida, siempre estaba haciendo cosas para sentirse orgulloso de quien era, lo mismo te hacía una torre eifell de palillos, como que te encuadernaba un libro con un trapo, lo mismo arreglaba la lavadora, como que abría la televisión y la acababa de estropear, no paraba quieto, le daba miedo vivir sólo una vez y vivía a tope por si acaso, era una persona entrañable, el barrio le echa de menos.

La tristeza de algunas historias existe porque todas las historias se acaban, pero que le vamos a hacer, esto es ley de vida, y las leyes de la vida yo no las escribí, a todo el mundo le llega su hora aunque nadie sabe cuando se va a parar el reloj, fue muy triste la muerte de mi abuelo, supongo que tan triste como fue dejar de oirle, fue muy triste su muerte aunque yo no lloré en su entierro, ni le compré una corona de flores, ni tampoco fui a esparcir sus cenizas por el pueblo, la verdad es que ni si quiera sabría decir cuando se murió mi abuelo, no fue en un instante, se fue despidiendo despacito, poco a poco empezó a olvidar las cosas: el día de su cumpleaños, la manera de llegar a casa, el sentido de sus frases celebres, el nombre de sus nietos, para que servía el sombrero...
Al principio le daba rabia no ser capaz de recordar, que triste era verle llorar, se le escurrían sus historias por las mejillas, mi abuelo siempre estaba haciendo memoria, soñaba de los recuerdos y llegó un momento que dejó de añorarlos. A mí, me olvido antes que a la guerra, sus últimas palabras fueron los tatuajes de su memoria, tenía grabados esos recuerdos con agujas.

La muerte cuando se siente es lo más triste de la vida, y la vida no existe si se apagó la cabeza que nos hizo conscientes, a veces pienso que el ser humano no debería tener conciencia de la muerte, pero es eso lo que nos hace humanos, por eso esta historia no conmueve a mi perro.
Pasará el tiemp
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