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¿A quién has estado echando de menos?
Reflexiones |
08.05.15
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Sinopsis

Las ideas y los recuerdos engañan a nuestras emociones, pronunciando palabras que, a veces, no son más que un reflejo distorsionado de lo que en realidad sentimos.

Mayo está próximo y, por consiguiente, la libertad de los jóvenes ansiosos. En la calidez del viento, el cabello de una joven ondea al compás de su paso, que avanza por la acera adelantando con un objetivo fijo. Alcanza con el brazo a su cabizbaja amiga; no recuerda la última vez que mantuvo una conversación (no por móvil o simples saludos, una conversación de verdad) con ella, y desea recuperar su amistad.

Por supuesto, ella ignora el estado de perdición que baña la mente de esta chica, la cual tiene uno de esos días en los que no pretende existir, sin recompensación a sus deseos. Esta se sorprende al notar que aquella chica que hace no mucho compartía con ella todos sus días vuelve a aparecer a su lado, tan sonriente, tan espléndida, llena de vida como siempre y, a la vez, tanta diferencia en sus gestos, en su manera de estar, en la mirada que le lanza; siendo las contradicciones el producto del distanciamiento en una época de la vida en la que incluso en el transcurso de una semana todo transmuta.

Las dos compañeras están a pocos centímetros, y, sin embargo, jurarían que la separan kilómetros y solo observan vagos destellos de su persona. La joven vivaz y sonriente no es conocida por dar rodeos con vanas palabras de cortesía y comienza su interrogatorio:

¿Qué nos ha pasado?

¿Por qué ya no me hablas?

¿Te pasa algo?

La chica a la que van dirigidas las preguntas tiene al borde de sus labios las palabras que prepara  cada noche en caso de que alguien se las pregunte al fin, todas ellas consecuencia de profundas reflexiones a la luz de la luna que se filtra por su habitación los viernes por la noche. Sin embargo, opta por clásica y evasiva respuesta:

No sé, estoy cansada

L a otra joven entiende que es una contestación que pide a gritos ayuda, y de hecho, es capaz de percibir la desesperación de las oscuras ojeras que como lágrimas permanentes desfiguran su rostro. Comienza a ver otros signos de la decadencia, los pies rozando el suelo, ya sin ganas de volar, los hombros caídos que son vencidos por la acuciante gravedad, las manos asustadas dentro de las mangas de la chaqueta, escondidas en la cueva que las refugia de lo demás, tal vez, como su propia dueña.

Esta joven, que en el último año ha vivido experiencias que no olvidará, ha crecido, ha conseguido fuerza y voluntad y está preparada para vivir más, consigue adivinar las evidentes señales de ayuda que el cuerpo de su amiga lanza al exterior, a esperas de que algún avispado la salve de ella misma. Pero, seguramente por su embriagador estado de felicidad, no reacciona ayudándola, y lo único que le entrega es:

Te echo de menos

Y nos preguntamos a esta altura, ¿a quién? ¿A la muchacha que a torpes golpes de una quebrada fuerza de voluntad enfoca su vida hacia un futuro hipotético? ¿No será, en cambio, a lo que fue, hace, según su distorsionada percepción, mucho tiempo?

La joven echa de menos la imagen de su amiga alegre y confidente, sin heridas y con proyectos de batallas que luego la derrotarían antes de que se pudiese defender. Echa de menos la amistad de esos días, a las personas que fueron, y por lo tanto, no volverán a ser jamás.

Después de que la frase quede suspendida entre ellas, la conversación queda truncada, las jóvenes se apartan, quedando una atrás, engullida por la multitud, mientras la otra acelera el paso, alejándose por la calle.

Una de ellas disfruta de la calidez del día; la otra, ni siquiera lo siente.

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