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16 min
Ada
Infantiles |
30.11.14
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  • 1502
Sinopsis

A Teresa, con todo mi cariño

 


El día que nació Ada, hasta quienes estaban más endurecidos por los avatares de la vida se enternecieron al ver tan bella niña. Era un bebé de sonrosadas mejillas y ojos cual botones de azabache, a la que un remolino de pelo negro, cual noche de luna nueva, le hacía parecer una princesa venida de Oriente. En sus regordetes mofletes, dos hoyuelos se hundían cada vez que su risa de cascabel alegraba la casa en la que le tocó vivir. Sus padres, casi ancianos cuando Ada vino al mundo, más parecían abuelos dispuestos a colmarla de mimos que los autores de su vida. Y es que no se recuerda un día en el que la sonrisa de esta niña no lograra ablandar los corazones de su padre o de su madre para conseguir todo aquello que se le antojase cuando poníase mimosa.

Con los años, la belleza de Ada volvíase más y más resplandeciente. Su cabello, que creció por debajo de sus hombros, conservaba el brillo de las aguas de los lagos en la oscuridad. Aunque eran el remolino de su frente y su traviesa sonrisa los que conquistaban los corazones los demás. Tan pronto empezó a acudir a la escuela, niños y niñas, maestros y maestras pugnaban por ganarse a Ada. No precisaba más que una o dos caídas de sus párpados de largas pestañas, cual si se tratase del aleteo de dos mariposas, para que quienes la rodeaban rindiéranse a sus pies. No había deseo suyo que infantes y mayores no se apresuraran a hacer realidad; ni capricho que sus padres no le dieran, antes, incluso, que su boca de frambuesa lo pidiese. De esta forma, hicieron de ella una niña obstinada y consentida.

Incapaz de resistir un contratiempo, cada vez que alguien intentaba oponerse a sus deseos, estallaba en fuertes rabietas en las que desplegaba toda una colección de gritos, llantos y pataletas hasta que lograba salirse con la suya. Así conseguía ser la primera en los juegos, tener los juguetes mejores; que niñas y niños se plegaran por igual a sus órdenes.

Un año daba paso a otro; más y más gente buscaba ocupar un lugar en los pensamientos de Ada. La bella niña cumplió dieciocho primaveras sin que nadie osara decirle que no a sus antojos. Su corazón, que nació para desbordarse en ternura cubrióse de escarcha helada, incapaz de llorar cuando otros ojos vertían lágrimas, de reír cuando la alegría visitaba a quienes no fuesen ella. Todo su caudal de amor y compasión yacía escondido tan hondo y tan hondo, que no sabía ni derramar unas gotitas cuando se encontraba con un sufrimiento que no fuese suyo. Ni siquiera se ablandaba cuando su madre volvía de la fuente, fatigada por el peso de los cántaros de agua. Sus padres sufrían sin decirlo y se reprochaban haber malogrado el corazón de su niña.

Era una tarde de primavera cuando llegó a aquella ciudad, escondida en un valle entre dos montañas, un joven caminante acompañado de un burro que tiraba de una calesa con la capota de colores. Dijo venir de muy lejos y buscar un lugar donde quedarse a vivir. Hízose una cabaña a las afueras de la ciudad con los troncos que cortó de los robles que crecían en el bosque; y, en la puerta de su nueva morada, colocó un cartel en el que leíase la siguiente leyenda: “Se venden trocitos de alegría”. Ante tal reclamo, la gente se arremolinaba en el umbral de su casa con la curiosidad pintada en sus rostros. A la entrada de esta morada, se amontonaban montañas de alturas infinitas de objetos salidos de sus manos: Sabía convertir la arcilla en vasijas para guardar alimentos, perolos para la cocina, cántaros para recoger el agua, jarrones para que luciesen las flores con su esplendor. A los niños atraía con figuritas de animales maravillosos nunca vistos en aquellos lugares: jirafas, elefantes, hipopótamos... Y, para cada persona que traspasaba el umbral, tenía una palabra que llenaba de contento el alma. Si alguien le compraba de fiado, él no les cobraba nunca las deudas. Y en poco tiempo, no había hombre o mujer, niño o niña que no se alegrase cuando se encontraban con Diego, que así se llamaba el antes viajero.

El día que Ada entró en la tienda, la lluvia de abril había llenado el aire del perfume de la tierra mojada. Al atravesar la estancia, una brisa con olor a jazmín la precedía. Su presencia no pasó inadvertida a Diego que, nada más verla, sintió palpitar su corazón. Sus ojos se encontraron con los de Ada. La escarcha del alma de la joven derritióse. Anduvo por la tienda remoloneando largo rato; haciendo como que buscaba algún objeto entre los anaqueles, mientras, con el rabillo del ojo, espiaba cada movimiento, cada gesto, del que ya consideraba su amado. Diego, también, se mostraba distraído cuando atendía a los clientes; todos sus sentidos, cual polillas alrededor de una lámpara, iban en pos de la luz de Ada. Y aquella noche ella veló horas y horas, mientras su fantasía inventaba miles de historias en las que, con Diego a su lado, conquistaba ciudades amuralladas, subía hasta elevadas cumbres y surcaba mares en naves de velas que querían volar. Él, aquella noche, tampoco pudo dormir: contó una a una las estrellas del firmamento.

Al día siguiente, las sábanas echaron a la joven del lecho antes de despuntar el alba. La impaciencia por ver a Diego le cosquilleaba por dentro. Salió de casa sin apenas posar sus pies en el suelo, de tanta prisa que tenía por ver al que le había robado la serenidad. Al llegar a la casa de Diego, ya una multitud esperaba ante el porche y, cuando el joven les abrió la puerta, entraron en tropel empujándose unos a otros. Ada quiso ser la primera en traspasar el umbral y, sin poder reprimir un gesto de impaciencia, no dudó en arrojarse sobre una anciana y pasar por delante de ella sin volver la mirada hacia atrás para ver si la venerable señora había sufrido percance alguno tras tan impetuosa embestida.

Bastó este desafortunado gesto de Ada para que a Diego se le entristeciera el alma. El amor que llamaba a su corazón se marchitó casi antes de florecer. Él, que acogía a todo el mundo con una palabra amable, con una sonrisa, no podía comprender cómo tan bella joven podía mostrar tan insensible corazón. La vio moverse por la tienda, avasallando a niños y mayores para hacerse con el objeto de sus caprichos y una sombra de tristeza ensombreció su mirada. En tanto, Ada, ignorante del desastre que terminaba de desencadenar, dirigió tímidas sonrisas al dueño de sus pensamientos; mas sólo indiferencia encontró en aquel por el que suspiraba. Y, por vez primera, sufrió Ada el dolor de verse rechazada. No veía nada ni reparaba en nadie que no fuera Diego. Por primera vez vislumbró una nueva felicidad nunca por ella conocida, el deseo de hacer feliz al dueño de su corazón; por primera vez vislumbró la desdicha de no sentirse nadie para el ser amado.

Aquella noche también la visitó el insomnio; no era la esperanza del amor la que la mantenía despierta: era el desconsuelo por no verse correspondida lo que la hacía velar.

Una jornada tras otra se acercó Ada a la casa de Diego; sin osar atravesar el umbral de la tienda, mas con la esperanza de que una sonrisa le cosquillease el alma. Sólo indiferencia encontraba, ni una mirada tropezaba con la suya. La tristeza fuese apoderándose de la joven, que, según se decía, caminaba con la cabeza gacha, mientras dejaba escapar suspiros que arrancaban lágrimas a quienes la veían.

Oyó Ada que, al otro lado del bosque, vivía una mujer solitaria que ofrecía remedios al mal de amores. Pensó esperar a la caída de la noche para dirigirse a su casa. Temerosa de ser vista, se cubrió con una oscura capa y emprendió su camino cuando Selene apareció en el estrellado firmamento. El canto de la lechuza la sobresaltó; las ramas de los robles, cual brazos sarmentosos, parecían querer impedirle el paso; el aullido del lobo hicieron que un escalofrío le recorriese la espalda. Mas, a lo lejos, la luz que salía de una ventana le hizo recobrar el coraje. Le abrió la puerta de la casa una mujer de imprecisa edad. ¿Era joven? ¿Era vieja? No se sabía. Sin pronunciar una palabra, la hizo pasar a la cocina y, sentándose junto al hogar, la invitó a contar el motivo de su visita.

Apenas empezó Ada a relatar la causa de sus desdichas y la hechicera, pues hechicera era, supo que no era sino su falta de compasión lo que hacía retroceder a Diego de la dama de sus amores. Sin darle muchas más explicaciones, sacó de un cesto un cachorrillo y púsole en el regazo de Ada. Era un perro del color de la canela, con un ojo rodeado de una mancha negra cual si de un parche de bucanero se tratase. Después de ofrecerle el cachorro, la mujer sentenció:

—No alcanzarás el amor que anhelas hasta que este cachorrillo cumpla un año. Deberás cuidarlo y, si no logras quererle en ese tiempo, jamás serás amada por el dueño de tus desvelos.

Ada, que esperaba una pócima, quedose sin palabras y, sin llegar a entender apenas el sentido, asintió con la cabeza. Ni siquiera tuvo tiempo de reparar en lo largo del plazo hasta cumplir su deseo. Cogió el cesto que le tendía la mujer, la manta, el cuenco de la comida y el bebedero; salió de la casa sin llegar a pronunciar sino dos palabras de despedida. Durante el camino de regreso, la luna se había ocultado tras una nube; mas, como si un ángel protector las hubiese enviado, dos luciérnagas revolotearon alrededor de Ada y, dibujando un arabesco en el aire, le fueron indicando la senda que la conducía a casa.

Los días siguientes, Ada apenas si dirigió una mirada al cesto donde descansaba el cachorrillo: aún no comprendía que sólo cuando fuera capaz de dar un amor desinteresado, recibiría amor en la misma medida. Pidió a su madre que se ocupase del perro y ésta, compadecida, colocó el cesto junto al hogar para resguardarlo del frío. Ada no paraba en casa, dando una y mil vueltas alrededor de la tienda de Diego, más y más triste a medida que los días daban paso a las semanas y las semanas a los meses sin que él le dedicase una sonrisa, una mirada. A la caída de la tarde, regresaba a casa y el cachorrillo la recibía con aullidos de alegría al tiempo que movía la cola.

Fue Diego el que lo empezó a llamarle King una mañana que llegó con la leña que había cortado para el padre de Ada. Se acercó al perro y le acarició la cabeza, mientras le susurraba palabras cariñosas al oído. El cachorro, como si supiera que había encontrado un amigo, le lamía la mano y se acurrucaba en su regazo. Diego olvidose del paso del tiempo; las agujas del reloj corrían aprisa, aprisa, mientras los dos amigos se conocían. Desde entonces, no había día, soleado o lluvioso, que Diego no pasara ante la puerta de la casa de Ada sin entrar a visitar al perrillo.

Ada quedó muy sorprendida al ver cómo disfrutaba Diego con King. Tal vez, pensó, el camino hacia el corazón de su amado no era sino mostrarse afectuosa con el cachorro. Empezó a levantarse cada mañana con el canto de la alondra y, tras darle un cuenco de leche, sacaba a King a dar un paseo por los alrededores de la casa de su amado: quería ser vista con el que hacía saltar de alegría el corazón del joven. El perro, contento de verse rodeado de margaritas, jugeteaba a los pies de su ama y le lamía los lazos de las sandalias: corría en busca de palos, que se los llevaba para que los lanzase a lo lejos. Ada, al principio, no participaba de estos juegos sino con la vista puesta en la puerta de la tienda de Diego; el hastío la embargaba cada vez que el pequeño perro se acercaba demandando su atención. A veces, llevaba consigo una vieja pelota, que fue suya cuando era niña, para jugar con King en la pradera. Mas lo hacía con desgana, sin mirarle siquiera.

El cachorrillo no parecía darse cuenta del poco cariño que despertaba en su ama. Tan pronto como los rayos solares se colaban por la ventana de la cocina, se acercaba presuroso al pasillo y golpeaba con la pata en la puerta del dormitorio de Ada. Cuando ella aparecía en el umbral, recibíala con saltos de contento. Se alejaba, corría, volvía, moviendo la cola, para, de nuevo, alejarse, correr y volver. Luego, salían a la calle para hacer algún encargo que su madre pidiera a Ada y el pequeño perro, como si conociese el camino, se adelantaba unos pasos y se detenía en una esquina a aguardar la llegada de su ama querida. Ada, día tras día, iba descubriendo el placer de jugar a despistarlo. Cuando su perro corría por delante, ella ocultábase en algún soportal y contemplaba, con más y más regocijo, la búsqueda que, como loco, emprendía el cachorro. Y, al encontrarse, no era mayor el júbilo que mostraba el uno que la dicha que sentía la otra.

Al otro lado de la calle, unos ojos espiaban las juguetonas correrías. El sensible corazón de Diego no fue sino el único que diose cuenta de cómo Ada iba dejando atrás su egoísmo. Ya no ahuyentaba con malos modos a los niños que, entre temerosos y atrevidos, osaban acariciar al perrillo, sino que los atraía con la promesa de nuevos juegos. Volvióse más considerada; atenta con quienes creía que la pudiesen necesitar. Ya no miraba con indiferencia a su madre cuando, vencida por la fatiga llegaba con el cántaro de la fuente: no era sino ella la que se ofrecía a traer tan rica bebida. Y el corazón de Diego, que la contemplaba a lo lejos, llenábase de amor al ver la ternura que su amada iba derramando en quienes la rodeaban.

Ada, entre tanto, no se percataba más de que íbase tornando más y más feliz. Sólo la pena de no sentirse amada por Diego la cubría de desdicha.

Un día en que unas negras nubes apartaron al Rey de los Astros, King despistose cuando seguía a su ama camino de la fuente. Se adentró en el bosque sin que Ada se diese cuenta de ello y, cuando se percató, hacía rato que el perro habíase extraviado. Primero lo llamó con voz cantarina, creyendo que no se trataba sino de un juego.

-¡King, King! ¿Dónde estás?

Mas a King ni se le veía ni se le oía. El tiempo pasaba y, a Ada, la angustia se le iba metiendo en el alma.

-¡King, King! ¿Dónde estás?

El cielo, más y más oscuro, amenazaba lluvia. A la joven la asediaban negros presagios.

-¡King, King! ¿Dónde estás?

Desesperada, lo buscaba entre arroyos y roquedales, temiendo que se hubiese caído en algún hueco y no pudiese salir.

-¡King, King! ¿Dónde estás?

Asustada por no tener respuesta, se dirigió a la ciudad en busca de ayuda. Diego fue el único en acudir a su llamada. Caían del cielo las primeras gotas y poca gente atrevíase a adentrarse en el bosque cuando llovía.

-¡King, King! ¡Dónde estás!

Iban cogidos de la mano, buscando entre la maleza, los arbustos y los matorrales.

-¡King, King! ¿Dónde estás?

Los minutos parecían horas y las horas semejaban minutos. Y cuando la esperanza empezaba a morir, la mujer de la cabaña apareció con King en sus brazos.

-Hoy se cumple un año desde que acudiste en mi ayuda -le dijo tendiéndole el perro -, y tu deseo se ha cumplido.

Antes de que Ada pudiese responder, la mujer dio media vuelta y se perdió en el bosque.

La lluvia empezaba a arreciar. Diego quitose la capa y cubrió a su amada para que no se mojase. Los ojos de Ada se perdieron en los de él y una lluvia de dicha empapó sus corazones.

Mientras King correteaba alrededor de sus amos y movía la cola de alegría.

Antes de que cayera la última hoja del calendario de aquel mes, en la ermita de la montaña se celebraron unos esponsales. Una guirnalda de albo mirto coronaba a la novia mientras sus negros cabellos caían en cascada. Lágrimas de amor derramaban los novios; lágrimas de contento derramaban los invitados. Y en el momento de jurar sus votos, cuando los esposos se tomaban las manos, un perro juguetón enredose con la cola del vestido de la novia.




 



 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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