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22.01.15
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Sinopsis

Soy la Muerte. Ya está. Ya lo he dicho.

Soy la Muerte.

Ya está. Ya lo he dicho.

Ahora os contaré mi última adquisición. Una historia un tanto curiosa. Atentos.

La víctima (aunque no me gustan que les llamen así porque son mis invitados, es un honor que les concedo, pero bueno, así es la vida supongo) se llama(ba) Pedro Alcántara. Un abogado que trabajaba en un bufete mediocre de los tantos que pueblan la ciudad de Barcelona.

Aún le quedaban veinte minutos para morir, pero yo le llevaba observando desde hace rato (esto es una cosa que yo hago, no os sorprendáis, saco un intenso placer de ver los últimos momentos de una vida, es casi tan catártico como cuando les atravieso con mi guadaña, casi). Había salido de fiesta con unos compañeros del trabajo. Lo seguí de bar en bar hasta que acabamos en una discoteca de mala muerte (lo sé) a las cinco de la madrugada. Allí se dispersaron los que aún quedaban juntos. Pedro se quedó en una esquina intentando ligar con una chica rubia de unos veinte años, casi treinta años más joven que el, que con solo verlo se rió en su cara. Tras varios intentos en vano, decidió abandonar el local.

Vi que se dirigía a casa (iluso) con una expresión sombría en la cara, echando unas últimas miradas seductoras a cualquier mujer sola que se encontraba. En una de estas miradas se encontró con los ojos de Marisa Peláez. La estaban violando contra la pared de un callejón. Pedro la miró con pena, hizo amago de ayudarla, pero su cobardía innata le detuvo a tiempo. Le lanzó una última mirada de disculpa y apartó la vista.

Al cruzar la siguiente esquina se detuvo de repente. Sintió un dolor intenso en la cabeza. La visión de su propia cara en un escaparate le congeló la sangre. Tenia la mitad izquierda de la cara paralizada en una extraña posición. El derrame cerebral vino a los pocos segundos. Por fin entré en escena.

- Pedro, Pedro, Pedro. ¿Tienes miedo, eh? No te preocupes. Esta sobrevalorado. Si en realidad lo que hacemos al otro lado es…

- ¿Qué ha pasado? ¡No! ¡No quiero morir! ¡Por favor!

- Ya, bueno, verás… Eso no va a pasar. Pero no te lo tomes así. Trato muy bien a mis invitad…

- ¡Por favor! Haré lo que sea. ¡Tiene que haber otra opción!

- Hombre, siempre puedes esperar que aparezca el Ave Fénix. Es un pájaro bastante majo, callado, pero alegre. El problema es que lo vi hace poco y no suele venir tan seguido de una vez a otra. Así que…

Antes de que pudiera terminar la frase ante esa cara sembrada por el miedo, vi a lo lejos, viniendo por la calle con paso ligero, al Ave Fénix. ¿Cómo podía tener tan mala suerte? Esto no era lo habitual. Había reglas. Estaba cabreadísimo.

- ¡Eh! ¡Ave! Esto no se hace. Uno tiene que comer. Sabes que yo también tengo problemas. Esta muy bien eso de ser el bueno de la peli, pero hasta cierto punto.

La mirada de rabia que me devolvió me hizo callar de inmediato. Nunca lo había visto así. Algo pasaba. Sería mejor hablarlo en otro momento. Me tragué la ira y observé impertérrito. Lo que vi me dejo aún más asombrado.

Ave se detuvo delante de Pedro. Era el momento en el que haría el baile mágico y resucitaría a la víctima. Siempre era igual. El mismo puto baile. Pero esa vez no. Hizo algo completamente diferente.

Miró a Pedro fijamente con una rabia feroz durante lo que pareció una eternidad (y os lo digo yo), entonces su mirada cambió de la ira a la pena. La mantuvo unos segundos más y apartó la vista. Me hizo un gesto de disculpa con la pata derecha y se fue.

- ¿Qué? Pero... - grité con los brazos extendidos a la oscuridad que se lo había tragado sin acabar de creérmelo.

A los pocos segundos logré recomponerme, y por temor a que se arrepientese saqué mi guadaña a relucir a la hermosa luz de la luna.

Fue catártico. Como siempre.

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Estudiante de Filosofia con aspiraciones literarias. Más relatos y pensamientos en mi blog: http://sinpalabras.ghost.io/

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