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15 min
Afán de superación uno
Varios |
08.12.12
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Sinopsis

Bueno, he decidido nombrar todos relatos de la Hermandad por capítulos, por si a alguien le a por buscar el principio, tal como estaban era dificultoso. Y bien, aqui va otro relato, sobre afanes y creaciones. En dos partes que en una no me cupo.

ANGEL          

  Congela el instante entre el humo escurridizo del cigarrillo y la transparencia ambarina de un vaso de cerveza mientras  contempla la luz del día que atraviesa las cortinas, los  elementos de la habitación se le antojan cálidos y acogedores. Retazos de tiempo vivido, anclado en muebles, recuerdos y libros. Briznas de sensaciones colgando desde las lámparas, resbalando por el óleo de los lienzos. Se adormece en el tiempo congelado, esperando que la inspiración acuda a él con un nuevo reto.

  Un vecino más del inmueble, desapercibido para los demás, posiblemente anodino a sus ojos, con un empleo rutinario repartiendo muebles para unos grandes almacenes. Nada especial. Y si alguna vez fue alguien diferente el tiempo lo difuminó entre sus pasos. Pero esto solo es la percepción que tienen los otros, él  se sabe un ser distinto, viviendo una existencia paralela que embriaga sus días.

  Un largo proceso que lo fue transformando en el ser pleno que ahora es. Enciende otro cigarrillo y sonríe. Porque todo empezó por el tabaco. Hace muchos años. Cuando decidió dejarlo. Días angustiados huyendo del humo en sus pulmones, con el ansia acechándolo. Hasta que lo consiguió. Salía a la calle, a los parques, a los bosques y al campo, para disfrutar de su nueva libertad, sintiéndose amo y señor del mundo, disfrutando de su nuevo estado. Sintiendo que tenía un nuevo poder.

  Pero cuando el no fumar se hizo una rutina más desapareció el encanto. Volvió a fumar, inundó de humo sus pulmones, dejando que la adicción se esparciera por su cuerpo. Duplicó el consumo de tabaco. Y de nuevo, se enfrentó al reto. Y de nuevo, lo consiguió. Fue un subidón tremendo. Entonces, comprendió la esencia. No se trataba de la meta, sino del camino que recorría hasta alcanzarla.

  Su siguiente desafió fue el alcohol. Primero se acostumbró a beber durante su tiempo libre. Como no confiaba en su comportamiento bajo los efectos de la bebida, por alguna experiencia ocasional, se recluyó en su casa para beber. Probó diferentes alcoholes y se decantó por el whisky, que le dejaba menos resaca. Y cuando sintió que sus manos temblaban por la mañana, y que solo volvían a mantenerse firmes bajo los efectos de una copa, lo dejó. Aunque fue más fácil de lo que esperaba. Nada que ver con la angustia del tabaco.

  Volvió a fumar. Lo volvió a dejar. Y de nuevo, un subidón. Entonces se planteó un nuevo reto. Con algo de miedo, porque la publicidad bien que hablaba de sus riesgos. Pero deseaba nuevas experiencias. Sabía que si se repetía con el tabaco, la sensación se podía acabar. Eligió la cocaína. No conocía el ambiente y tuvo que buscar, pero finalmente lo consiguió. Y se sorprendió de lo que el consumo diario llegaba a enganchar, en tres meses estaba loco por pillar. Casi se olvidó del reto. Pero el vacío inherente al consumo desató su rebelión. Lo que él buscaba era mucho más. No le importaba el coste económico, para él se trataba de una inversión. Emprendió la lucha. Y otra victoria más, sin clínicas ni ayudas de nadie. Otra vez triunfador.

  Aquellos momentos de intensa felicidad no tenían parangón. Mientras iba venciendo la resistencia de su propio cuerpo. Pero comprendió que no se trataba de vencer adicciones, sino de establecer  retos que solo dependieran de él. Tampoco era cuestión de deteriorar su cuerpo. Estuvo pensando en montar un negocio pero desechó la idea, demasiadas partes implicadas, y el camino hacia la meta se podía alargar demasiado, perdiendo toda su magia. Por causas similares ignoró el deporte, la meta se alcanzaba tras muchos años de esfuerzo. Necesitaba algo más inmediato.

  Se planteó conquistar mujeres. Previamente se documentó. Perfumes, lencería, moda. Gustos y sensibilidades. Cualquier tema que les pudiera interesar. Algo general que desarrollaría sobre los casos concretos. No era ni feo ni guapo, y el trabajo mantenía sus músculos en buen estado, sin ser nada excepcional. Dio clases y aprendió a bailar. Lo suficiente para poder defenderse si llegaba el caso. Y sin más, se puso manos a la obra.

  Nunca había sido especialmente conquistador, más bien todo lo contrario, por eso se sorprendió de la facilidad para conseguir resultados. Cierto que las envolvía con lo que deseaban. Se empapaba de poesía para las que les gustaba leer, de ritmos para las que preferían bailar, de carretera para las que gustaban de viajar. Como un camaleón de las circunstancias. Así fueron cayendo una y otra entre sus sabanas. Para que el reto no decayera iba agregándole aditivos a la meta, les decía que ropa debían de vestir, como se tenían que peinar y la manera de comportarse sexualmente. Sin llegar a humillarlas, las controlaba. No veía ningún mérito en sojuzgarlas. Prefería que fueran cediendo cuotas de su personalidad bajo el imperio del enamoramiento, sin que ellas mismas  fueran conscientes de ello. Aunque siempre era exquisito en su comportamiento y las daba lo que deseaban, aparentemente.

  El sexo era lo de menos. Por supuesto que disfrutaba, pero de ninguna forma era su meta. En la cama estudiaba su comportamiento, para buscar las caricias y las formas que más las excitaban. Para tener dominio sobre ellas a través de sus orgasmos. Y tenía paciencia para subirlas al cielo una vez y otra. Creaba ensueños con la lencería, usaba juguetes sexuales y buscaba lugares para tener sexo que rompieran el molde. Todo usado sin abusar, en su justa medida.

  Le gustaba modificar sus gustos y aficiones, convertirlas en lo que no eran, manipular sus emociones. Cada conquista terminaba en una eclosión, en un nirvana que estremecía todo su ser, convertido en dueño y señor. Pero surgió un inconveniente. Al abandonarlas, no todas se resignaban, y le iban dejando una secuela de efectos secundarios que incidían desagradablemente sobre su vida cotidiana.

  Necesitaba un respiro. Regresó al ritual del tabaco. Mientras reflexionaba. Y cuando volvió a vencer, ya tenía una nueva ruta trazada. Las mujeres le proporcionaban un caudal de sensaciones que no deseaba abandonar. Solo debía modificar el final. Las mataría después de concluir las historias. Eso supondría un reto mucho más grande aún, puesto que no entraba dentro de sus planes caer en manos de la justicia. Tendría que rizar el rizo, rozar la perfección. Un planeamiento exhaustivo de cada detalle, de cada acercamiento, un plan detallado de cada conquista, para no dejar rastros.

  Nada de sangre, por supuesto. Buscaría una muerte dulce, para que dejaran la vida con una sonrisa en los labios. Tomando un bocado después de hacer el amor, o mientras durmiesen, retozonas y satisfechas. Sería mucho más complicado, pero obtendría una recompensa mucho mayor al final.

CONTRERAS

  El inspector Contreras comparó los expedientes. Podía decirse que los había encontrado al azar, una mañana de sábado que, si bien tenía que hacer, no le apetecía rellenar informes. Dos muertes con cierta similitud,  por fractura de cuello. Aunque una pertenecía a una mujer desaparecida cuyo cuerpo fue encontrado semienterrado en las afueras de Córdoba. Y la otra que apareció tirada sobre el asfalto de un polígono industrial, en Illescas, un pueblo de Toledo. De edades similares, entre los treinta y los cuarenta. Casi nada que ver, aparte del detalle del cuello. Pocas semejanzas más, porque el cadáver de Córdoba estaba en avanzado estado de descomposición y no podía comparar. Pero buscó en los archivos policiales y encontró dos más con el cuello fracturado. Las fechas de las muertes se alargaban durante veinte años. Una cosida a puñaladas, prostituta de profesión. Y la otra llena de golpes, víctima de una violación, pero ambas con el cuello fracturado. Una hallada en Tudela y la otra en Murcia. A pesar de las distancias le extrañó que nadie las hubiera vinculado. Aunque parecían no tener nada que ver, ni por los orígenes, ni por la clase social, ni por las aparentes causas de la muerte. Solo tenían en común el cuello roto. Se propuso indagar.

  Separado, sin hijos, matando el tiempo libre en la barra de un bar, aquellas muertes le sirvieron de estímulo y le devolvieron la confianza en si mismo. Pacientemente, en su tiempo libre, comenzó a construir aquel macabro rompecabezas. Poco a poco fue atando cabos y descubrió que las víctimas tenían en común también una relación, aunque ninguna de las personas de su entorno conocía al sujeto. Curioso, muy curioso, se dijo. No podía ser un completo desconocido, alguien tenía que haberlo visto, alguien tenía que saber de él. No tenía prisa. Buscaría más.

ANGEL

  Conoció a la primera, Azucena, en la La Kasbah, un garito de Huertas, durante los últimos tiempos de la movida madrileña. Iba con cuatro viejos amigos, a los que apenas veía ya. Ellas eran dos y terminaron llevándoles a su casa. Había bebido absenta y estuvo divagando sobre un sillón. En algún momento pasó una a su lado en ropa interior. Le invitaron a un canuto en la habitación. Falta de costumbre, de salir, de beber y de fumar. Se quedó dormido sobre la alfombra.

  Unas semanas después tuvo noticias de que Azucena y Carlos, uno de sus amigos, convivían juntos. No la volvió a ver hasta seis meses más tarde, él disfrutando de unos días que le debían en el trabajo. Un encuentro fortuito en el metro, en el que ella le invitó a comer a su casa. Le contó que era gallega y que su relación con Carlos no iba bien. Percibió que paseaba frente a sus ojos su sensual cuerpo y que sus ojos oscuros le miraban más allá. Se sentía incomodo en aquella casa y le propuso ir a la suya. Ella aceptó. Las señales eran evidentes, reluciendo entre la conversación.

  Fue durante el trayecto que se le ocurrió. Ella no había hablado con nadie por teléfono, así que el encuentro entre ambos podía considerarse como una irrupción temporal en el discurso de su vida cotidiana de la que ninguna persona sabía nada. Azucena lloró algunas lágrimas antes de arrojarse en sus brazos, quizás una manera de guardar las formas ante su infidelidad. Hicieron el amor con ánimo fogoso. Ella, agradablemente sorprendida en sus gemidos y orgasmos, poco habituada a ser reconocida por otras manos.

  Eligió el momento mientras la penetraba desde atrás. Con la excusa de una sorpresa colocó su mano derecha cerrándoles los ojos y la izquierda sobre su nuca, sin dejar de embestirla. Un giro brusco, un chasquido, y punto final. Cayó desmadejada sobre las sabanas. Con varios cortes la desangró en la bañera, para que no salpicara al cortarla,   luego seccionó su cuerpo en trozos, que guardó en bolsas. A continuación limpió todo a conciencia, con lejía. Usó su Dyan 6 para transportar el cadáver, que enterró en un solitario pinar de la sierra madrileña, pero de fácil acceso por un camino de tierra en buen estado, lejos de cualquier mirada indagatoria.

  Pero  el subidón no fue como esperaba. El hecho de haber aprovechado la oportunidad de impunidad que le había deparado la casualidad descafeinaba el resultado. Nadie le relacionó con la desaparición de Azucena, pero no fue fruto de su esfuerzo, solo un capricho del azar. Un poco desilusionado por su propia negligencia, se dispuso a rectificar.

  La siguiente víctima fue una vendedora de libros que conoció en la Plaza de Embajadores, cuando salía de comerse unos zarajos y unas gallinejas. Era otoño y el sol aún calentaba, sobre todo al mediodía. Maritere  estaba tras un puesto ambulante y la compró “La peste”, una novela de Camus. Eran las tres de la tarde y se enzarzaron en una conversación a propósito de sus gustos literarios. Ella tenía apetito y le dio dinero para que le trajera un bocata de calamares y un botellín del bar de al lado. Quedaron en verse en la tarde del jueves. Vivía en Aluche y era hija de un carnicero. Muy independiente, tras una relación adolescente con un joven guardia civil decidió abandonarlo y conocer un poco más la vida. Todo su cuerpo emitía señales, bajo la dirección de su socarrona mirada.

  Fueron a una discoteca de Aluche y ella se despidió de él con un beso apasionado en la boca, promesa y cebo a la vez. Sin mezclar sus vidas volvieron a verse de vez en cuando. Maritere tenía una amiga intima, hija de una pareja de músicos de la Orquesta Nacional, a la que contaba todas sus vicisitudes. Pero Ángel tejió desde sus primeras palabras una red de mentiras y  puso especial cuidado en no conocer a nadie de su entorno. Follaban en diferentes lugares. Casa de Campo, oscuros cines donde era todo un arte hacerlo sin llamar la atención, y el furgón que una vez a la semana le tocaba a ella conducir para montar y recoger los puestos que su empresa tenía esparcidos por los puntos vitales de venta de la ciudad. Era promiscua, no se lo ocultó en ningún momento, y mantenía a la vez un par de relaciones. Su favorito hasta que llegó él fue un músico trastornado por el LSD. Pero él lo desbancó, sabía evadirse de su placer para colmar los deseos de una mujer y hacía de cada encuentro una escalera hacia el cielo sublimando su placer.

  Cuando la propuso ir al pantano de San Juan le dijo que el coche era de un amigo, para que no se extrañara de que nunca lo hubieran utilizado en sus encuentros. Había repasado cada una de sus citas y estaba seguro de no tener ningún nexo que cruzara la realidad de sus vidas, ninguna persona que los relacionara. Cuando ella desapareciese, buscarían a un oficinista de la fundición de la carretera de Toledo.

  Hizo del último día algo diferente. Llevó gulas, que preparó en un camping gas, rioja y cava para beber, y unas chuletitas de lechal. La regaló un ramo de rosas y con sus palabras lisonjeras la hizo sentirse especial. A la vuelta pararon en un solitario hayedo, para hacer el amor. Espléndidos árboles alineados en filas. Y sobre una manta en el suelo, ella derretida, pensando que se estaba enamorando, gozó una y otra vez. Se velaba la luz del sol cuando la asesinó. Solo tuvo que quebrarla el cuello. Nada de sangre. Y una tumba a contraluz bajo el viejo y entrañable hayedo.

  Esta vez si se sintió dueño y señor de su obra. La emoción desbordó todas las terminaciones nerviosas de su piel, inundando su cerebro en un paroxismo místico lleno de adrenalina.

  La tercera, Cristina, aún con una estrategia similar, no le produjo el mismo efecto. Comprendió que de nuevo le faltaba algo. Buscó dentro de si mismo, una tarde de invierno, en el salón de su casa, entre palanganas repletas de alcohol prendido, desnudo, sudoroso, bajo velas encendidas y barras de incienso quemándose. Místico. ¿De qué le servía alcanzar la perfección si el mundo no tenía conocimiento de ello? A partir de ese momento dejaría que los cuerpos fueran descubiertos, formando con ellos un enigma a la espera de una mente sagaz que intuyera su obra, que buscara a su autor, que llegara a entender su creación, sin poder acercarse a él.

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  • No tiene desperdicio el susodicho. Besotes
    Excelente narracion.
    Me gusta - lo que más me gusta de este relato es la parte primera, hasta que se decide a ser "Un ligón" ya que a partir de ahí todo se precipita un poco para mi gusto- como enfocas el proceso mental de un maníaco que busca lograr siempre "Lo más". También creo que podrías haber aprobechado esa baza de una forma más reposada... No sé, creo que el personaje que has creado da, con mucho, para recrearse en la descripción de los procesos mentales que lo empujan a comportarse así -en plan Dostoievski y esas cosas, ya sabes- Pero bueno, es tu relato, y está escrito a tu manera, en la que creo que a veces priman las "ganas de acción". Aparte de esto, es un escrito que mantiene el marchamo de "Calidad Ender".
    no se ender a veces me pierdo creo. Me podrías especificar si todo es parte de la misma novela?
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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