cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

18 min
Agostado
Drama |
24.09.13
  • 4
  • 25
  • 19688
Sinopsis

Una de las opciones posibles.

La hierba estaba agostada, de un amarillo que estallaba ante los ojos, buscó el refugio de los robles del fondo. La sombra bajo sus ramas apenas mitigaba el calor seco y polvoriento, la lasitud se iba apoderando de su cuerpo conforme el mediodía se encumbraba, despiadadamente bochornoso. Un estruendo de cigarras le impedía relajarse, aquello no era el bucólico sonido campestre poblado de trinos y algún ocasional mugido que había venido a buscar, su canto estridente resultaba irritante. No le dejaban escuchar el  murmullo relajante del arroyo que corría a sus espaldas. Con todo se sentía momentáneamente a salvo, lejos de los problemas que le agobiaban en la ciudad, el móvil desconectado para que no le molestaran los acreedores. ¿Cómo iba a terminar todo? Tenía ganas de desaparecer, de disolverse en la nada para que la angustia dejara de agobiarle. Las recriminaciones de Ana, la responsabilidad de los niños y las deudas, aguijoneaban su cerebro con la misma monótona estridencia que las chicharras. Era como si hubiera estado huyendo de algo y de pronto se encontrara con un muro que contemplaba impotente. En la huida existía implícita también una búsqueda, al menos de eso se trataba al principio, ahora ya no estaba seguro, no podía pensar con claridad. Huyendo o buscando se había topado con el muro y era incapaz de salvarlo, entre la espada yla pared, por eso necesitaba disolverse.

    No iba a atreverse a colgarse, si no se sabía cómo hacerlo la agonía podía durar minutos y él aborrecía el dolor. Las pastillas parecían un método más sencillo, pero si le pillaban a tiempo con un lavado de estómago lo salvaban, no quería imaginar la vergüenza que sentiría después cuando tuviese que mirarle a la cara a los suyos. Se acercó hasta el pozo y sacó el cubo con las cervezas, no estaban realmente frías, como a él le gustaban, pero al menos estaban frescas. Tomó una y la abrió, volvió a la sombra, el alcohol mitigaría su pesar. Recordó la sonrisa bobalicona de Robert de Niro tirado sobre un jergón después de fumar opio, tras haber traicionado a sus compinches pensando que les iba a salvar la vida cuando en realidad los mandaba al matadero. Algo parecido pasaba con el alcohol cuando se ingería la dosis suficiente, antes de alcanzar ese estado en el que se perdían los papeles, todo se volvía rosa, aunque luego la resaca resultara desastrosa. La pistola parecía la solución perfecta, bien centrado el disparo sobre la cabeza y apoyando el cañón en la frente o en la sien. Ni siquiera sabía si funcionaba, la había comprado después de que un acreedor le diera una paliza al sorprenderlo saliendo de un restaurante con Rocío. La rabia y la impotencia que sintió después le obnubilaron el entendimiento y en un arrebato furioso se empecinó en comprar un arma, que más daba ya que el monto de sus deudas creciera un poco más. Quería balear al tipo que lo había golpeado, para quitarse de encima la humillación, pero los días pasaron y en frio ya no era igual, después de todo tampoco le faltaba razón al acusarle de gastarse su dinero, el restaurante era caro y Rocío un pozo sin fondo desde que las ventas comenzaron a naufragar. Le contó a Ana que lo habían atracado y se negó a poner denuncia, le habría tenido que explicar la presencia de Rocío y bastante recelaba ya. Tampoco es que el tipo le hubiera roto nada, pero le había dejado la cara hecha un Cristo y la promesa de repetir la hazaña si no le pagaba la deuda. Rocío quiso llevarlo al hospital y él se negó, se tomó tres whiskys para calmar el dolor y mientras conducía para llevarla a su casa  fue gestando el odio y el ansia de venganza. No eran buenos esos sentimientos, bien que lo sabía, pero se potenciaban con el alcohol. En una ocasión había contratado a una prostituta y esta le había robado las comisiones de la quincena mientras le practicaba la felación, cuando se dio cuenta ella ya se alejaba, se sintió humillado  y aceleró el auto con intención de atropellarla, cegado su entendimiento por el alcohol. Metros antes de alcanzarla comprendió que estaba a punto de cometer una barbaridad y dio un volantazo al vehículo empotrando las ruedas delanteras contra el borde de la acera, ambas reventaron y a la pérdida del robo tuvo que añadir el coste de las ruedas, toda una proeza. Igual de obcecado y rencoroso que en aquella ocasión condujo hasta Usera en busca de un conocido que le había comentado en una ocasión que podía conseguir un arma, iba a mayor velocidad de la permitida y se saltó un “ceda el paso” embistiendo contra el coche de una pareja de novios. Al suyo apenas le paso nada, pero el auto de los chavales tenía ya muchos años y no iban a querer arreglárselo, lo necesitaban y se quedarían sin él, era un siniestro anunciado. Se deshizo en disculpas y se comprometió a pagar los gastos del arreglo que excedieran de la cantidad pagada por el seguro para evitar que le denunciaran a la policía municipal, porque si le hacían un control de alcoholemia le iba a costar caro. Una mentira más, otra deuda que sumar a las que no podía pagar. Ni con esas se le enfriaron los ánimos, después de dar sus datos y número de teléfono siguió hasta Usera en busca de su conocido, lo halló en un pub que frecuentaba, celebraron el encuentro con unas copas y luego marcharon hasta San Cristobal de los Angeles, donde paraba el tipo que podía suministrarle el arma. Una Beretta con munición y silenciador por la que pagó al día siguiente el triple de lo que se pagaba en el mercado negro. Como compensación y después de guardar el dinero el vendedor le avisó de que el arma seguramente era sucia, que si le pillaban con ella iba a tragarse el marrón de su historial. Los días pasaron y el deseo de venganza se enfrió.

     Y allí la tenía, en la guantera del coche, pensaba disparar contra las latas de cerveza cuando hubiese vaciado un par de ellas, con el silenciador puesto apenas haría ruido, no más que el de las jodidas cigarras. Había otras formas de suicidarse, claro, pero las había ido descartando. Arrojarse desde un puente o tirarse delante del tren o del metro, estuvo considerándolo y concluyó que no tendría el arrojo suficiente ni aunque se emborrachase con anterioridad. Tirarse por un precipicio conduciendo le resultaba hasta heroico, en su mente estaba la escena de la moto del “As de Oros” que el protagonista de Quadrophenia lanza por el acantilado después de robársela cuando descubre que su héroe es un botones de hotel, o aquella más sublime aún con Thelma y Luise dándose la mano al tirarse con el Thunderbird al vacío. Solo que él no tenía ningún acantilado o precipicio  a mano. Se podía tirar, sí, desde cualquier posición elevada de la sierra madrileña, pero el coche bajaría dando tumbos por la ladera y la muerte podía resultar dolorosa, no había en ello nada de memorable. Tendría que desplazarse para encontrar un lugar adecuado y dudaba que la determinación le acompañara durante todo el trayecto, a mitad de camino las dudas le harían retroceder. Pero había pensado mucho en ello, en la enorme dosis de adrenalina necesaria para lanzarse al vacío y lo que se sentiría desde ese instante hasta el momento del impacto, debía ser por fuerza algo muy fuerte. Lo malo es que cabía la posibilidad de arrepentirse antes del final y eso tenía que ser muy jodido, era ese temor al arrepentimiento durante el salto el que había hecho que descartara la opción del precipicio. Aunque le parecía la más elegante, más sublime y heroica, una manera de expresar que algo latía en su interior más allá de su fracaso. Porque de eso se trataba, del fracaso y de su incapacidad para superarlo, o cuando menos de asimilarlo y emprender un nuevo rumbo. Se veía incapaz, como si la ley de Murphy se hubiera cebado con él para que todo fuera de mal en peor. Sentía como si unas cuerdas invisibles estuvieran maniatando sus posibilidades de maniobra.

    Fue a por otra cerveza. Estaba bien un disparo, sería rápido y efectivo, ni le daría tiempo a sentir el dolor, tan solo un fogonazo en el cerebro y después la nada, el silencio, se callarían las cigarras y desaparecería el calor. Menos mal que tuvo el juicio suficiente para hacer separación de bienes cuando las cosas empezaron a rodar mal y puso la vivienda a nombre de Ana. Pensaba que por eso no se había separado de él aún, para no sentir la culpabilidad de dejarle tirado en la calle sin nada. Claro que cuando se enterase de que Rocío había sido su amante le echaría con cajas destempladas, y acabaría enterándose porque Rocío insistía en buscarle, le llamaba a cualquier hora pensando que se había encaprichado de otra. Así de simple era ella, aunque estuviera buenísima y lo pasaran en grande cuando estaban juntos, no entendía que estaba en la ruina y no podía permitirse el lujo de invitarla a cenar y pagar un hotel. Que le daba igual, que lo hacían en el coche, decía, engañándose a sí  misma. En cierta medida le pasaba lo que a él, estaba desbordada por la situación y se negaba a aceptarla, intentaba aferrarse a lo que había sido en una huida hacia adelante. Una estupidez tras otra, ese era el resumen de su vida. Ana se las apañaría sola, llevaba muchos años trabajando para el Estado y era  funcionaria. Si lo pensaba fríamente no entendía que le hubiese aguantado tanto tiempo, no había sido bueno ni como pareja ni como padre. Ausente durante la mayor parte del tiempo, tanto fuera como dentro de casa. Aunque al menos antes llevaba dinero para justificarse, ahora apenas le alcanzaba para comprar alimentos, todos los demás gastos los pagaba ella. Miraba atrás y el peso de los errores le resultaba abrumador, quizás le faltara carácter para afrontar la vida. Si la contemplaba como un camino solo encontraba socavones en los que había caído por no mirar donde ponía los pies. ¿Qué verían los demás al mirar hacia su pasado? ¿Cuántos habría, como él, pesarosos por las decisiones tomadas? Puede que la relación con Ana hubiese sido una equivocación en su origen, pero debió cortarla y no seguir adelante, eso era lo que hacían las personas juiciosas. Pero le costaba decir “no” y se abrumaba en los momentos conflictivos, antes que hacerlo se sumía en el mutismo, en la incomunicación.  En vez de afrontar la situación se había refugiado en las juergas fuera de casa, en las salidas ahítas de alcohol y en las putas esnifadas. Se podía decir que sus hijos le conocían de refilón, se dijo con un humor macabro, tratando de rodear su culpabilidad. Y bueno, para qué hurgar en el juicio si ya se había dictado sentencia. A qué engañarse, era el temor y la angustia, tan lacerantes, los que le impelían a suicidarse, no el sentido de culpa aun sintiéndose culpable, el pánico a tener que reconocer su fracaso ante los demás. ¿Qué haría si de pronto dispusiera de dinero y pudiese pagar las deudas? Pues continuar la farsa, permanecer junto a Ana y los niños sobre el papel y mantener a Rocío como amante. No iba a cambiar después de tantos años, era cobarde, seguiría dando un rodeo a los problemas en vez de afrontarlos. Por eso era mejor que todo acabase, allí, sobre la agostada pradera, quemada como su vida.

    Le daban envidia los que creían en el más allá, con cualquiera de sus dioses. Que paz se debía sentir sabiendo que el perdón llegaría y que el último suspiro de la vida no era un fin sino un comienzo. El enfoque, las perspectivas, todo debía ser diferente, con la esperanza siempre presente en el horizonte. Ellos sí que podían permitirse el lujo de equivocarse. El no creía en un hacedor, aunque precisamente por eso tenía que haber  tratado de sacarle un mayor jugo a la vida, haberla vivido intensamente y no a trompicones. Fue a por otra cerveza, el alcohol iba subiendo la temperatura de su cuerpo y la canícula del mediodía se le pegaba a la piel, bajo la sombra de los robles pensó que era una broma, una simulación para engañar al termómetro que no paraba de ascender. El peso del calor lo aplatanaba cada vez más a medida que transcurrían los minutos. Ya tenía las dos latas vacías, probaría la pistola y después se tomaría las otras tres cervezas que quedaban, en cuanto terminara la que acababa de abrir. Tarambana, eso le había dicho su padre que era en más de una ocasión, y no le faltaba razón mirándolo en retrospectiva. Lo malo era que se había criado bajo el signo de una educación católica y el sentimiento de culpa había estado siempre presente ahí, como una losa encima de sus acciones, mal negocio ser un tarambana con remordimientos, habría disfrutado más siendo un malo a secas. Incapaz de vencer las tentaciones pero abrumado por la culpabilidad, ese sería un buen epitafio. El propósito de enmienda cuestionando cada uno de sus actos. No era justo, sino cruel. Ya no necesitaba justificarse, iba a morir, así que bien podía ser sincero. Entre lo que debía ser y lo que era había una gran diferencia, un chirrido existencial. No era el único fracasado, los había a montones, algunos disfrazados en un mundo de apariencias. En un mundo cruel, egoísta, indiferente. ¿Pero era así el mundo o lo era él? Y los que se le pareciesen, claro. No estaba seguro, le habían hecho creer desde su infancia que todo era blanco o negro y todavía le duraba el estupor desde que descubrió que el color imperante era un gris inmenso. Pero ya daba igual, pronto abrazaría la muerte y se sumiría en el silencio, lo mismo iba darle si lo vivido había sido real o espejismo, todo lo que había pensado y todo lo que había sentido. La aventura, incluso si hubiese sido otra, culminaba en la nada. Por eso era una cruel falacia. No había necesidad de seguir sufriendo, ni de superar los obstáculos. ¿Para qué si al final esperaba la nada?

    Fue a por la pistola, el coche quemaba cuando lo abrió. No hacía falta que disparase a las latas para saber si funcionaba, con un tiro al aire lo averiguaría, pero era un capricho que quería darse. Las colocó sobre un trozo de tronco que usaban como base para partir leña encima. Lo curioso de todo es que no había verdades inmutables, variaban con el paso del tiempo y en función de la experiencia, evolucionaban o se carcomían. Hasta los argumentos que se acababa de dar para acabar con su vida podían rebatirse con otros igual de lógicos y fundamentados, siempre era cuestión de perspectiva, de enfoque. Y aunque algunos axiomas se contradecían con otros no por eso dejaban de ser menos ciertos. A poco que buscase encontraría motivos para seguir viviendo, precisamente porque la nada esperaba al final del camino había que tratar de que el recorrido se alargara lo más posible, disfrutar de la extraña conjunción del universo que había permito al ser humano tomar consciencia de sí mismo y de su entorno, usar todos los sentidos para percibir la magnificencia de la existencia antes de volver a convertirse  en materia inerte. Quizás por eso la vida siempre le había causado tanto estupor, y se lo seguía causando, no existía una sola verdad sino una infinidad de ellas corriendo paralelas y la vez cambiantes. Lo cual no explicaba su manifiesta incapacidad para desenvolverse en lo cotidiano. En cualquier caso su decisión tenía que ver más con el cansancio, no albergaba ánimos para tratar de enderezar el rumbo, también tenía claro que su situación actual era insostenible. Y no encontraba un punto medio capaz de seducirle ni valor para enfrentarse a los acreedores explicándoles la situación. Ellos no iban a perdonarle las deudas y la única manera de empezar de nuevo era con ellas a cuestas, viviría solo para pagar y no estaba dispuesto a aceptarlo. ¿Por un orgullo desmedido? Algo de ello había, pero se trataba de algo más profundo, no decidía uno quitarse la vida así como así. Tenía que ver con el estupor permanente que lo embargaba, abriendo opciones diferentes y ninguna definitiva, de haberse podido aferrar a una verdad inmutable todo habría sido distinto. Una causa, una fe, un ideal, permitían que todos los caminos terminaran convergiendo en el fundamental y no se dispersasen, dotaban de un  esqueleto en torno a cual orquestar la vida. O puede que no, que solo estuviese tratando de buscar excusas, como siempre. Cansancio, sobre todo cansancio, el muro se elevaba amenazante y no tenía fuerzas para escalarlo. La nada, el descanso, la solución, lo esperaban más allá de la bala.

    Los tres primeros disparos fueron un desastre, no acertó a ninguna de las latas. Quizás estaba demasiado lejos pero no le apetecía abandonar la sombra, volvería a intentarlo. Había disparado a bulto, en las películas parecía sencillo, pero ni siquiera tuvo la suerte del principiante. Seguro que si tiraba hacía donde sonaban más fuertes las cigarras alguna caía, por el ruido parecían una multitud. Abrió otra cerveza antes de disparar, la arena de su reloj mental iba cayendo. No había pensado en los niños durante todo el proceso, no temía por su futuro. ¿Pero no resultaba mezquino y egoísta? ¿Qué clase de trauma podía causarles al cargar su pasado con un padre suicida? Lo más sensato era ocultárselo, decir que había muerto en un accidente de tráfico, o que se le había disparado la pistola. Es lo que hubiese hecho él en el caso de que la suicida fuera Ana. ¿Pero qué haría ella? Contarles la verdad porque los secretos se terminan volviendo contra uno. Ella sería la sensata, y no él, acostumbrado a urdir mentiras para no afrontar la realidad. Ya era un hábito, un tatuaje impregnando la piel de su personalidad, formaba parte de su forma de ser y dudaba que pudiese cambiarlo. Era uno de los motivos, le había faltado empatía y le había sobrado narcisismo. Apuntando consiguió alcanzar dos botes. Capricho cumplido, era la hora, no quería más cerveza. Nada había resuelto dándole vueltas en la cabeza, tampoco es que lo pretendiera. Se arrepentía, eso sí, de la hora elegida, hubiese sido más dulce por la noche, con la temperatura más suave y el canto de los grillos como fondo.  Pero siempre la elección equivocada. No más elecciones, descansaría. Apuntó la boca de la pistola contra su sien. No era momento de dudas, apretó el gatillo.

 

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

http://www.facebook.com/JoseLuisDuran.ENDER y  http://ee-ender.blogspot.com.es/

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • se disfruta de la ambientación que creas en tan trabajadas narraciones. felicidades, kfm
    Es usted un fenómeno. Y no hay forma de que nadie me revata tal afirmación.
    Es usted de mis escritores favoritos.
    Hola ender, me ha gustado mucho tu relato. Saludos
    me gusta el manejo del lenguaje y la construcción de imágenes para describirnos un ambiente tenso, signado por los problemas cotidianos a los que no pueden anestesiar el alcohol, las pepas y toda clase de escapes que nos brinda la sociedad de consumo desenfrenado y angustiante para quien no puede inscribirse en la carrera de compromisos sin sentido en que nos metemos por guebones. bien por esa.
    Es el primer relato que leo en esta página. Hasta el final estuve temiendo que se le terminaran las balas... Me ha gustado mucho
    Me parece un escrito envolvente, a pesar del dramatismo y de la poca autoestima del protagonista hay un regusto de perdón hacia sus propios actos que definen muy bien la característica humana. "Estupor" la usas unas cuatro o cinco veces y es a eso a lo que me refiero. Muy bien, estupendamente escrito. Leeré más cosas tuyas. Felicitaciones y un saludo.
    Tus palabras van formando un círculo lleno de suspenso y misterio, pero no para mí, porque te conozco la manera de escribir o eso creo. Muy buen relato con final crudo, sin adornos. Cariños.
    wow, el contraste del cuerpo del relato lleno de dudas, de idas y venidas con el duro y certero final resulta tremendo, me encantó.
    Esperé hasta la última palabra un final feliz que no llegó. Debe de ser que aún creo en los cuentos de hadas :) La descripción de ese calor por dentro y por fuera llega a asfixiar. Muy bien contado el agostamiento (y el agotamiento).
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

  • 238
  • 4.6
  • 23

A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta