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4 min
Ajedrez
Fantasía |
24.07.15
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Sinopsis

El ajedrez fiel espejo de la vida.

Como buen aficionado al ajedrez optó por ir al club a disfrutar una buena partida con sus amigos. Se sorprendió al no encontrar a nadie pero supuso que por ser la primera hora de la tarde aún no habían llegado los socios. Tampoco vio al cantinero ni al encargado del salón. Sí estaban las mesas con sus tableros preparados, los relojes en su ubicación y solo faltaba quien los golpeara al ritmo de las jugadas.

 

Se sentó en un rincón a esperar.

 

En determinado momento, tal como en una película cuando cambia de secuencia, el salón cobró una inusitada actividad, en agudo contraste con el silencio anterior.

Le resultó entretenido observar desde su ubicación esa actividad tan familiar.

Se detuvo a escudriñar los distintos tableros con sus respectivos trebejos: algunos juegos eran de madera, otros de plástico, aquél parecía de marfil... 

Las piezas comenzaron a moverse. No lo hacían sin orden ni concierto sino que seguían las reglas del juego, respetando el turno en las jugadas.

No sin sorpresa descubrió que muchas de las piezas tenían caras de personas conocidas: amigos, vecinos, familiares, etc.

Temeroso de que lo vieran, se refugió en el cono de sombra que había en un rincón de la sala y desde allí con cierta ansiedad seguía el desarrollo de las partidas. Asimismo logró ver en algún tablero que la lucha se hacía desigual. Con esfuerzo contuvo su deseo de entrometerse, porque entendió que eso no hubiera sido justo.

Sin embargo, sintió el impulso de defender al más débil, pero no conocía los medios para hacerlo. Se acercó a  una de las mesas y notó que su presencia pasaba desapercibida. Pudo observar de cerca cada una de las batallas desde una posición privilegiada, una especie de atalaya desde donde todo lo observaba, quedando los actores al alcance de su mano y voluntad. Así pudo ver jugadas ingenuas, sacrificios, generosidad, altruismo, pero también celadas infames y el uso descarnado de la fuerza bruta sin ninguna concesión.

No lo había notado en primera instancia, pero al acercarse a una de las mesas observó, que algunas de las figuras adoptaban actitudes que coincidían en un todo con la idea que tenía de ellas. Así pudo ver que aquella dama se escondía tras otra pieza para descargar un golpe artero sobre quien no esperaba tal proceder, por lo que decidió actuar con presteza. Su imaginación ideó algo: intentaría manejar el tiempo, ralentizarlo, aunque solo para uno de los jugadores, de manera que, quien estaba por soportar la descarga de la traición pudiese preverla, ya que tendría más tiempo para analizarla

Y así lo hizo.

Este recurso no surtió efecto y la jugada parecía que se iba a consumar.

Intentó entonces algo desesperado, jugando otra vez con el tiempo, logró que la partida volviera a su comienzo.

Reiniciada la partida, la misma derivó por similares cauces y la posición se repitió, sin variantes, y el otro participante no vio o no quiso ver la celada que se preparaba. Y sucumbió consciente de lo que le aguardaba con la esperanza de que un cambio fortuito de último momento aconteciera, en lugar de intentar una variante defensiva. Esto hubiera significado desconfiar de aquella hermosa dama de los comienzos.

El salón volvió a mostrar como al principio sus tableros silenciosos, las piezas ubicadas en su posición inicial y los relojes detenidos esperando la mano que los golpee al compás de las jugadas.

Alguien entró al salón …

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