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5 min
Al borde del precipicio
Drama |
18.08.15
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Sinopsis

Si te acercabas lo suficiente aún podías oler el aroma de la sangre impregnada en las rocas.

Si te acercabas lo suficiente aún podías oler el aroma de la sangre impregnada en las rocas. Por unos segundos todo el precipicio parecía teñirse de rojo hasta cubrir el mismo cielo, poco a poco atrayéndote hacía el borde. Casi suplicándote.

Tantos habían tenido la misma sensación que por el pueblo ya se había extendido el rumor de que ese lugar estaba encantado y que era mejor no acercarse.

Al principio solo se lo tomaron en serio los pueblerinos más ignorantes, pero, poco a poco, fue ocupando las mentes de los más sabios del lugar, incluso de la pequeña comunidad científica que residía allí para investigar la ecología marina del río cercano.

Bueno, a excepción de uno, un tal Dr. Quintana. Nadie sabía su nombre. Era un hombre peculiar. Muy riguroso en su trabajo, pero despreocupado en todo lo demás. No tenía ningún reparo en tres noches por semana contratar los servicios de una escort. Traída de la capital por supuesto, el corría con todos los gastos; todo por evitar contraer los cientos de infecciones que debían tener las putas del pueblo.

Sus colegas soltaban pequeñas risitas cuando pasaba a su lado y los cuchicheos en el pueblo eran continuos, pero a el no le importaba lo más mínimo. El mismo había dicho muchas veces que todo en la vida debía tomarse como un mal chiste menos la ciencia. Esta requería toda la concentración y admiración posible. Su creencia en ella superaba el fervor de los más devotos del lugar, incluso el cura del pueblo se sorprendía ante tal cambio de personalidad y pasión súbita por un ente tan inmaterial como su propio Dios.

Por eso mismo no podía considerar mágico el precipicio que todos tantos temían. Así que cuando un colega del laboratorio donde trabajan, uno de los científicos que más admiraba, le había comunicado su miedo irracional a ese lugar, no tuvo otra opción que anular el volquete de putas que tenía preparado para esa noche e investigar fenómeno tan extraño.

Llegó al principio del precipicio poco antes de las nueve de la noche. Todo parecía normal. Poco a poco fue avanzando hacia el borde, parándose cuando estaba justo a cinco metros de este. Nada ocurrió. Estaba a punto de darse la vuelta cuando vio como el color de la luna cambiaba de blanco a azul. Al principio intento buscar una razón científica para tal suceso, pero no encontró ninguna. Pero eso no fue nada comparado con el súbito miedo que sintió cuando ese azul invadió todo su campo de visión, manchando el cielo, el precipicio, el oleaje; incluso su piel se tornó de ese color.

Su voz era incapaz de emitir ningún sonido. La ciencia había abandonado su mente. De repente parecía como si alguien lo estuviera agarrando del cuello y tirándolo hacía el suelo, hacia las rocas. Completamente agachado pudo oler ese olor tan característico de la sangre seca. Con la primera aspiración le vino una imagen de su pasado. Era un campo de margaritas en su pueblo natal. Su hermana le saludaba desde el otro lado, haciendo señas para que volviese a casa; y recordó cruzar ese campo corriendo, con el pensamiento ansioso de no perderse la cena. Esa noche era su plato favorito.

A la mañana siguiente encontraron su cadáver destrozado flotando cerca de la orilla de la playa. Sus ojos, más vidriosos que nunca, reflejaban una satisfacción tal, que todo el mundo se preguntaba que podría haber visto. Muchos bromearon con que seguramente había visto a la Ciencia personificada. Las risas no hacían más que tapar el profundo miedo que tal suceso les había infundido. Ya que aunque nadie lo había expresado, todos habían sentido esa imperiosa necesidad de saltar al vacío cuando el rojo tiñó su mundo. “¿Qué había hecho que el se decidiera a tirarse?” , se preguntaba todo el mundo.

“La fe”, pensó el cura. Y nada más pensarlo se avergonzó de sí mismo. La verdad latente en su corazón por fin había escapado de su prisión y el no podía hacer otra cosa que arrodillarse ante ella.

Dos semanas después de la aparición del cuerpo de Dr. Quintana, encontraron un cartel pegado en las puertas de la iglesia. La mayoría de devotos lanzaron el grito al cielo nada más leerlo, algunos se desmayaron y otros sonrieron con una expresión de descanso.

Nadie nunca más volvió a ver al cura. La comunidad científica se marchó a los pocos meses y el pueblo volvió a quedar tan desierto como antes de su llegada. Todo seguía igual, pero todo había cambiado.

Vi veri veniversum vivus vici

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Estudiante de Filosofia con aspiraciones literarias. Más relatos y pensamientos en mi blog: http://sinpalabras.ghost.io/

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