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10 min
Al final de la escalera
Terror |
10.09.12
  • 5
  • 9
  • 1382
Sinopsis

¡¿Cómo puede ser que nadie sepa lo que hay al final de la escalera?!

 

El apartamento era todo cuanto podía desear. Soleado, luminoso, cercano al centro de la ciudad y del tamaño justo para no sentirse ahogado ni perderse dentro de él.

Las vistas eran espectaculares, aunque no cabía esperar otra cosa de un décimo piso. Cuando se asomaba a través de los ventanales sentía como si la civilización entera se encontrase bajo sus pies.

El apartamento era todo cuanto podía desear, excepto… bueno… excepto por aquella escalera...

Con frecuencia recordaba el día de la firma del contrato, cuando antes de estampar el garabato, el vendedor le advirtió:

- Mi conciencia no me permite ocultarle el hecho de que las dos últimas personas que ocuparon este apartamento, desaparecieron sin dejar rastro.

- Curioso –pensó­­-, un vendedor con conciencia…

Aunque quizá lo que debiera haber considerado curioso era aquello de las desapariciones. Pero no fue así. De hecho, no le preocupó en absoluto. Pensó que sus motivos tendrían para desaparecer… Pero más tarde, no cesó de darle vueltas a aquellas palabras, preguntándose si las desapariciones no tendrían algo que ver con aquella escalera…

Aquella escalera…

- ¿Qué hay tras esa puerta? –Le había preguntado al vendedor, el día en que le mostró la vivienda.

- Una escalera –Le contestó.

- ¿Y al final de la escalera?

- Nadie lo sabe.

El comprador se rió de buena gana.

- Es imposible que nadie lo sepa, alguien habrá subido a comprobar qué es lo que hay ahí arriba.

- Eso es algo que ignoro –Respondió el vendedor.

- ¿Cómo puede ignorarlo? ¿Acaso no ha subido usted nunca?

- Nunca. Y no tengo la menor intención de hacerlo. Pero le insto a que lo intente.

- No le quepa la menor duda de que lo haré –Le respondió con total seguridad, considerando absurdo aquel temor a subir una simple escalera.

Y lo intentó.

En el primer intento, abrió la puerta y se quedó parado frente a la escalera, preguntándose a qué venía tanto misterio. Tan sólo era una escalera…

Desde la posición en la que se encontraba no podía distinguir el final, pero pensó que debía existir un interruptor por algún sitio… un interruptor que se cansó de buscar y que jamás encontró. Y  jamás lo encontró porque nunca había existido.

Lo que le condujo de nuevo a la misma posición. Parado frente a la escalera. Mirando hacia la tupida oscuridad que se entretejía unos metros más arriba.

Concluyó que el mundo estaba plagado de escotofóbicos, pero él no había temido a la oscuridad ni siquiera cuando era niño, así que se decidió a subir.

Los peldaños eran de madera, de una anchura algo superior al medio metro, y se encontraban franqueadas por dos paredes, formando un pasillo estrecho y ascendente. Tampoco demasiado apto para quien padeciera claustrofobia.

Posó el píe derecho sobre el primer peldaño y este crujió bajo su peso. No pudo reprimir una sonrisa, preguntándose cuando comenzaría a sonar la inquietante música de fondo. Pero no se oyó tal música y el crujido de la madera era el único sonido que se abría paso a través del espeso silencio.

Había ascendido diez peldaños cuando comenzó a sentir el frío. Un frío antinatural que dibujaba una nube blanca brotando de sus labios. Un vaho que a él le resultaba imposible contemplar, porque la oscuridad ya lo había atrapado por completo. Y fue entonces cuando empezó a sentir el miedo, cuando la idea de quedarse sin saber lo que había al final de la escalera comenzó a parecerle un poco menos estúpida. Aún así, el orgullo condujo su mano hacia el bolsillo de los vaqueros y extrajo de él un encendedor. Tras un par de intentos, surgió la llama que le permitió ver los dos siguientes escalones. Tan sólo le había dado tiempo a ascender uno más cuando la llama mermó hasta desaparecer. Su pulgar giró la ruedecilla: Una, dos, tres, cuatro veces… sin conseguir encenderlo. Y ahí estaba él… parado a once peldaños del principio de la escalera y sin saber cuantos restaban hasta encontrar el final. Miraba, nervioso, en ambas direcciones… hacia arriba, la insoportable oscuridad… hacia abajo, la reconfortante claridad de su apartamento… Hizo el amago de subir otro peldaño, pero en vez de eso… echó a correr escaleras abajo, con el corazón bombeando contra su pecho a un ritmo frenético.

Traspasó la puerta y la cerró de un portazo y apoyando la espalda contra la madera, trató de acompasar su respiración…

Y cuando por curiosidad comprobó el mechero, este se encendió al primer intento.

No entendía nada…

Pero… ¡Si tan sólo era una escalera!

Durante el resto de la semana se sucedieron nuevas tentativas, cada una con un modelo de iluminación diferente: Una vela, cerillas, una linterna e incluso llegó a intentarlo con la débil luz que emanaba de su teléfono móvil. Pero todos aquellos objetos, sin excepción, se apagaban antes de llegar al final de la escalera. Y cuando una vez abajo, comprobaba su funcionamiento, funcionaban perfectamente.

Aquella singularidad, añadida al frío que aumentaba a cada peldaño que subía, le tenía completamente fascinado y aterrado. La fascinación le impulsaba a tratar de subir una y otra vez aquella escalera, y el terror le obligaba a correr cada vez, de vuelta al piso, deshaciendo sus pasos.

Antes del último intento se encontraba sentado al estilo indio frente a la puerta abierta, como tantas otras veces. Trataba de racionalizar de alguna manera lo que estaba sucediendo.

Tan sólo es una escalera… tan sólo es una escalera… tan sólo es una escalera…

Y cuando logró convencerse a sí mismo, se armó de valor, y decidió subir a tientas.

Subió despacio, contando los peldaños para distraerse:

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…

El frío comenzaba a ponerle el bello de punta.

Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve…

Miró hacia abajo para ver aquel rectángulo de claridad que se abría hacia el apartamento.

Un peldaño más –se dijo-. Un peldaño más y estaré más arriba de lo que nunca e estado.

Veinte.

Sí, lo había conseguido. Pero aquel frío ya le hacía tiritar. Volvió la vista abajo y se quedó paralizado. La puerta ya no estaba, la claridad había desaparecido. Se encontraba en mitad de ningún sitio abandonado al frío y la oscuridad.

Empezó a descender a la carrera…

Unodostrescuatrocincoseissiete…

Catorcequincedieciseisdiecisietedieciochodiecinueve.

Extendió la mano en busca de la puerta…

(…)

Solo encontró vacío.

No puede ser… no puede ser… … ..

Bajó otro peldaño con la mano extendida.

Veinte.

Nada.

Veintiuno.

Nada.

Veintidosveintitresveinticuatroveinticincoveintiseis…

Treinta… Treinta y uno… treinta y dos… treinta y tres…

El miedo, la oscuridad, la desesperación y un agobiante calor que apenas le dejaba respirar le obligaron a descender más despacio. Hasta que llegó un momento en que la piel comenzó a abrasarle como si estuviera siendo lamida por las llamas. Y entonces ascendió de nuevo, ascendió hasta que el aire se volvió tibio. Con la palma de la mano posada contra una de las paredes intentó serenarse, pero le pareció que la pared palpitaba. ¿Era la pared la que palpitaba o se trataba de su propia sangre latiendo desbocada en la palma de su mano? No sabía que responderse. En aquel momento, no conocía la respuesta a ninguna de sus preguntas.

Derrotado, se dejó caer sobre los escalones y comenzó a llorar con una intensidad con la que no había vuelto a llorar desde que era un niño. Envuelto en gemidos y convulsiones permaneció así durante largo rato, hasta que la lucidez fue robándole el espacio a la locura y pensó que si estaba atrapado en mitad de la escalera, entonces le daba igual ir hacia arriba que hacia abajo. Así que, de una vez por todas, descubriría lo que había al final de la escalera.

Si es que aquella escalera tenía final…

Emprendió el ascenso despacio, apoyando las manos en unas paredes que habían dejado de palpitar, sintiendo contra su piel una brisa ligera que se iba enfriando más y más según ascendía. La oscuridad ya no le daba aprensión alguna, se había familiarizado con ella, tan sólo el frío le importunaba, pero no pensaba detenerse, continuaría subiendo hasta donde el aliento le permitiera.

Comenzaban a agarrotársele los miembros cuando divisó una rendija de luz unos peldaños más arriba. Sintió como si el corazón fuese a parársele dentro del pecho y extendió la mano mientras continuaba el ascenso hasta que al fin sintió el tacto de la madera contra las yemas de sus dedos.

Tanteó la superficie en busca de un asidero, giró el pomo y la claridad se abrió ante él.

Nada le había preparado para lo que se encontró tras la puerta: Su propio apartamento.

Al final de la escalera se encontró con su propio apartamento. Acababa de salir por la misma puerta por la que había entrado tantas veces. Pero esta vez no había bajado, esta vez había subido. Estaba seguro de que había subido… ¿O no había sido así?

Se volvió hacia la escalera para comprobarlo. La escalera ya no estaba. Se quedó parado frente a un armario ropero completamente vacío. E introduciéndose en su interior comprobó las tres paredes en busca de alguna entrada a la escalera.

La entrada no existía…  la escalera no existía… … ..

Sentado al estilo indio, frente a la puerta abierta, contemplaba desconcertado las tres paredes de un armario ropero completamente vacío.

 

 

 

El apartamento era todo cuanto podía desear. Soleado, luminoso, cercano al centro de la ciudad y del tamaño justo para no sentirse ahogado ni perderse dentro de él.

Las vistas eran espectaculares, aunque no cabía esperar otra cosa de un décimo piso. Cuando se asomaba a través de los ventanales sentía como si la civilización entera se encontrase bajo sus pies.

El apartamento era todo cuanto podía desear, excepto… bueno… excepto por aquella escalera...

Con frecuencia recordaba el día de la firma del contrato, cuando antes de estampar el garabato, el vendedor le advirtió:

- Mi conciencia no me permite ocultarle el hecho de que las tres últimas personas que ocuparon este apartamento, desaparecieron sin dejar rastro…

 

 

(visítame en mi blog: http://www.m0m0paris.blogspot.com.es/ y proponme el tema que te apetezca, yo te escribiré el relato)

 

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Otros relatos del autor
  • ¿Una realidad alterna? y es que al final es eso precisamente, el final de la escalera, fantástico, saludos!
    Relatos como este me hacen recuperar la fe en esta página. Intrigante de principio a fin.
    Magnífico relato. Me atrapó desde el principio y sentí el vaho helado de mi aliento paso a paso, escalón tras escalón. Dede hoy estás anotado/a en mi agenda de ecritores que merecen la pena.
    Creía que tendría algo que ver con la película, pero ya me di cuenta de que no XD. Estupendo relato de terror, me ha gustado bastante.
    Bravo!. Gran escalera que no se sabe si baja o sube...
    Pues con respecto al final si un vendedor me dijera eso rompo el contrato y salgo corriendo
    Escribe tus comentarios...Punto de unión con el universo paralelo en el multiverso de la mecánica cuántica, otra interpretación. Junto con el miedo a lo desconocido. La atmósfera del relato atrapa, como la dichosa escalera.
    Me ha encantado, muy bien retratados los miedos irracionales.
  • Hay amores que matan

    En un pequeño café de París, padre e hija se toman su desayuno mientras hablan de trabajo. ¿Será todo tan sencillo como eso?

    ¡¿Cómo puede ser que nadie sepa lo que hay al final de la escalera?!

    Permíteme que te cuente un cuento sobre un conejillo y un zorro... Y permíteme que te lo cuente de una manera especial.

    ¿Cómo te sentirías si al abrir los ojos no reconocieses el mundo que te rodea, si no supieses quién eres o donde estás? ¿Cómo te sentirías si te despertases en una isla desierta como si fueses un naufrago? Este relato te arrastra tras los pasos del protagonista en busca de una verdad inesperada

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