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42 min
Al otro lado de la frontera
Terror |
24.04.17
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Sinopsis

Sam Lusting, un experto cazarrecompensas de Texas, acepta un peculiar trabajo: atrapar, vivos o muertos, a los miembros de una misteriosa y terrorífica banda de asesinos. Las pistas sobre el paradero de los criminales llevarán a Lusting hasta un lugar inimaginable.

1

       Texas, 1888

       La granja de los Finnegan estaba situada en una llanura árida y no demasiado fértil de Texas, sin embargo la familia vivía allí desde hacía más de veinte años, arreglándoselas para sobrevivir de la mejor y más digna forma posible. Sin lujos y sin caprichos, claro, pero la comida no faltaba en la mesa y los hijos de John y Susan Finnegan, Elliot y Wilson, habían llegado a las seis y siete primaveras respectivamente, sanos, fuertes y felices.

       John y Wilson, el hijo mayor, se encargaban cada mañana de los cerdos, las gallinas y el humilde huerto del que brotaban calabazas, patatas y poco más.

      Mientras, Susan y Elliot se quedaban en casa preparando la comida y realizando las labores propias del hogar, pero cuando el chico fuese un poco mayor, Susan se las tendría que apañar sola, pues John empezaría a enseñarle lo que él consideraba el verdadero trabajo de un hombre hecho y derecho.

       Elliot no llegaría a alcanzar la edad de su hermano, pero eso no lo sabía nadie aún. No hasta una calurosa mañana de verano, asfixiante desde las primeras horas del día. La espesa y borrosa calima y el ondeante horizonte conferían al lugar el aspecto de un mundo extraño y misterioso, pero no era más que el hogar de los Finnegan; la granja que llevaba allí anclada desde hacía años, junto a cactus, rocas y alimañas más duras que los testículos de un apache.

       Mientras el padre alimentaba a los cerdos con las sobras de la cena y el pequeño Wilson recogía los escasos huevos, unas sombras se dibujaron  en la lejanía, emborronadas por la ardiente neblina. Apenas podía distinguirse nada, salvo que eran tres jinetes dirigiéndose a la granja con paso tranquilo, sin espolear a los caballos.

       John hizo visera con la mano, observó y temió lo peor.   De todas  las consecuencias que podía traer consigo una visita inesperada, él se quedó con la más nefasta, porque eso del pensamiento positivo no iba con su forma de ver la vida, y si echaba la vista atrás para recordar su pasado y los acontecimientos que le habían llevado hasta donde estaba, tampoco tenía motivos para creer que las cosas buenas abundasen más que las malas. Qué demonios, era un pesimista de tomo y lomo, y eso le había mantenido vivo en este pútrido mundo durante casi cuarenta años. ¿Para qué cambiar de filosofía?

       —Ve dentro y dile a tu madre y a tu hermano que no salgan -ordenó con severidad a Wilson, empleando un tono de voz seco y áspero para que el niño no se atreviese a discutir.

       El chico obedeció y, mientras corría en dirección a la casa, levantando a cada paso una nube de polvo, John permaneció apoyado en uno de los maderos del corral de los cerdos, esperando a que los jinetes llegasen. Quería pensar, aunque le costaba, que aquellos hombres sólo pedirían un poco de agua, darían las gracias y se marcharían. O quizá ni siquiera tenían pensado detenerse; seguirían su camino y, como mucho, saludarían a John Finnegan. Pero en los últimos meses había escuchado cosas que no le gustaban. Cosas acerca de una banda de asesinos que asaltaban diligencias y granjas, y que en lugar de robar el dinero y los objetos de valor, abrían el pecho de sus víctimas y se llevaban el corazón. El maldito corazón. ¿Qué ser humano hacía eso por puro placer?

       La intención de John era quedarse allí con fingida tranquilidad, pendiente de aquellos hombres, pues los recientes asesinatos le impedían ignorar la menor señal de amenaza o peligro por nimia que fuese. Se quedaría junto a los cerdos fumando un cigarro sin quitar ojo a los viajeros, y cuando por fin hubiesen pasado de largo avisaría a su familia para continuar con sus rutinarias labores diarias.  

       Y entonces, sus peores presagios se cumplieron.

       Cuando los jinetes estuvieron bien cerca pudo ver, horrorizado, que sus rostros estaban cubiertos por toscas máscaras de cuero llenas de costuras. No necesitaba ninguna otra señal para saber que los visitantes no estaban allí para echar un trago y dar las gracias, y una dolorosa intuición se apoderó de él al tiempo que corría jadeante hacia la casa en busca de su rifle: esos hombres eran los ladrones de corazones.

       A pocos metros de la puerta, un disparo sonó en la inmensidad del desierto y John cayó al suelo con un agujero de entrada en la espalda y otro de salida en el vientre. Se retorció de dolor a la vez que gritaba a su familia que huyese, aunque en el fondo de su alma sabía que la huída sería en vano. ¿Una mujer y dos niños tratando de zafarse de tres tiradores expertos en asuntos de matar? Su familia estaba muerta, y él también, aunque se negaba a aceptarlo.

       —¡Traedme el rifle! -aulló con los ojos cerrados por el sudor y atragantado por su propia sangre, dejando un reguero húmedo y rojo sobre la tierra por la que se arrastraba.

       Tres sombras se cernieron sobre su malherido cuerpo, y giró la cabeza temiendo lo que pudiese encontrar. El sol no le permitía ver más que tres siluetas negras tras él. Una de ellas, la del centro, le apuntó con el revólver y lo remató de un disparo en la cabeza sin darle tiempo a suplicar un poco, y Dios sabía que de haber podido lo habría hecho.

       Si John Finnegan hubiese vivido un minuto más, habría sufrido el calvario de presenciar todo lo que ocurrió a continuación: la muerte de su familia y su posterior mutilación.

       Los tres hombres entraron en la casa y efectuaron tres disparos limpios. De poco sirvió que los niños y la mujer tratasen de esconderse en un viejo armario. Por la precisión de los disparos, pareciera que los asaltantes podían ver a través de la madera.

       Una vez que la masacre concluyó, dos de los hombres sacaron sus cuchillos y abrieron los cadáveres en busca del corazón. El tercero salió afuera, se encendió un cigarro y, reflexivo, miró al insulso y tembloroso horizonte. Muy a lo lejos, casi en los límites de donde alcanzaba la vista, se levantaba otra granja. El hombre, con la repugnante máscara recalentada y el cigarrillo firme entre los labios que asomaban a través del cuero, pensó que aquél sería el siguiente lugar en recibir su visita. Con suerte encontrarían a otra familia numerosa, y gracias a ella el sangriento botín del día sería tan abundante que les concedería un par de semanas de descanso.

       Matar no era agradable, no hallaban placer en segar vidas..., pero debía hacerse.

       —Ya estamos listos -informó al líder uno de los hombres, sujetando un hinchado saco de tela del que se filtraban gotas de sangre.

       —Tengo entendido que el corazón de los niños es más valioso. Siempre es una suerte que haya niños -dijo el líder casi susurrando, sin dirigir la mirada a su compañero.

       En ese momento salió de la casa el otro bandido. Sus mangas recogidas mostraban unas manos teñidas de rojo brillante. De un lado del cinturón colgaba la pistola; del otro, el enorme cuchillo con el que había arrancado los corazones. Se dio un par de golpecitos en la panza con la palma de las manos, tomó una bocanada de aire y exclamó:

       —¡Vamos a comernos uno de esos cerdos, joder, estoy hambriento!

       El líder, cuya máscara se distinguía de las otras porque conservaba la zona del cuero cabelludo, con su correspondiente mata de pelo muerto y reseco, le lanzó una mirada hostil y nada amable. Detestaba esas salidas de tono. La causa por la que hacían lo que hacían merecía respeto absoluto. Su causa estaba por encima de todo, aunque todavía no la entendiesen bien. A su debido tiempo, quizá. 

       —Hay que trabajar -dijo con áspera voz ronca, señalando hacia la lejana granja.

 

 

2

       Todd había ocupado una mesa de la cantina para beber en soledad, sin parroquianos molestos cerca. Quería tomar un buen puñado de tragos antes de que llegase la persona con la que estaba citado. Pensaba en la posibilidad de ganar algunos dólares con la información que poseía, pero conocía a Sam Lusting, el tipo al que esperaba…, y había oído cosas sobre él. Cosas que le hacían pensar que no estaría dispuesto a pagar nada, y que si de verdad quería averiguar algo se lo sacaría a puntapiés en el mejor de los casos, y a punta de pistola en el peor. ¿Quién le mandaba negociar con gente así?, pensó. Nadie, pero necesitaba dinero, de modo que el riesgo estaba justificado. Si todo salía bien volvería a casa con algunos dólares en el bolsillo.

       Entonces, justo cuando una ola de whisky le atravesaba el gaznate, la doble puerta de la cantina se abrió y un tipo la cruzó con paso firme y seguro de sí mismo. Era alto, más de lo habitual, y vestía un guardapolvos marrón, un sombrero calado hasta las cejas y unas ruidosas botas con espuelas. No llevaba un revólver, sino dos; uno sobre cada muslo. La melena descuidada y su abundante barba le daban el aspecto de un Cristo con pistolas. Era como si el hijo de Dios fuese camino del infierno para enseñarle modales a Satán.

       Sam Lusting se detuvo y miró a su alrededor hasta fijarse en Todd, quien le hizo un gesto para que se sentase allí. Se dirigió hacia la mesa, viéndose obligado en el camino a lidiar con un sudoroso borracho que se le echó encima balbuceando algo sobre la luna llena tan bonita que brillaba esa noche. Lo derribó de una bofetada con el dorso de su mano enguantada y, tras dar una vuelta completa igual que una peonza, el borracho cayó sobre una mesa repleta de botellas y vasos. El estruendo se escuchó en todo el maldito pueblo, pero los ocupantes de la mesa no se atrevieron a protestar por las bebidas derramadas.

       —Buenas noches, Sam. Sírvete -Todd le acercó la botella y un vaso opaco por la suciedad.

       Sam arrastró una silla con el pie hasta situarla junto a la mesa. Tomó asiento y bebió un trago.

       —¿Qué tienes para mí? -preguntó con desganada rutina, y al mismo tiempo lanzaba fugaces miradas al borracho, que intentaba levantarse sin éxito.

      —Samuel, imagino que has oído hablar de esos asesinos que arrancan corazones. 

      —Claro, y también que existe una suculenta recompensa por atraparlos vivos o muertos. Una de esas recompensas que te permiten retirarte, ya sabes.

      —De eso se trata. Sé de alguien que conoce el escondite de esos desgraciados: un cazarrecompensas llamado Jack Farrow… o algo así. Él sabe donde están porque intentó pillarlos hace una semana.

      —¿Y qué ocurrió? -Sam se llenó el vaso por tercera vez. El sombrero seguía sobre su cabeza, dándole ese aire de fantasma solitario surgido en mitad de una tormenta.

      —No pudo hacerlo, solo sé eso. En fin, tampoco quise insistir porque se le veía algo afectado. Yo diría que me lo contó sólo porque llevaba demasiado licor entre pecho y espalda.

      Lusting puso una mueca de sorpresa. ¿A qué se refería con eso de que se le veía afectado? El dato no le gustó.

       —Afectado -repitió el pistolero subrayando el adjetivo-. Vale, ¿y tú qué quieres de todo esto? ¿Por qué me lo cuentas en lugar de ir tú mismo a buscar esa recompensa?   Hay mucho dinero en juego.

       Todd soltó una carcajada y dirigió las manos hacia su enclenque cuerpo para que Lusting aprecias lo poco apropiado que era el físico del que, por suerte o por desgracia, disponía.

       —Samuel, por el amor de Dios. Si ese Farrow, un cazarrecompensas con más de doscientos apaches muertos en el camino durante sus andanzas con John Joel Glanton, no fue capaz de hacer el trabajo, ¿qué te hace pensar que yo podría? Lo mío son las reses. Si estoy aquí, amigo, es para venderte lo que sé.

       En ese momento, justo cuando dijo "sé", temió que Sam Lusting saltase sobre la mesa con los ojos inyectados en sangre, le metiese los cañones de sus dos oxidados revólveres en la boca y le diese diez segundos para hablar antes de esparcir su cabeza por toda la cantina. Pero no hizo eso; se limitó a sonreír, peinarse la barba con una mano y decir:

       —El diez por ciento de la recompensa, ¿te parece bien?

       Todd, con la mirada en la mesa y los dedos tamborileando con nervio, subió ese porcentaje; Veinte sonaba mejor.

       —Chaval, quizá no te hayas dado cuenta de que tú eres una víctima potencial de esos cabrones que, el día menos pensado, aparecen en tu casa.      

       —Ahora dirás que yo tendría que pagarte a ti por hacer el trabajo -dijo el canijo campesino con triste sentido del humor y mucha resignación. 

       —Tú y yo no somos socios. Ese diez por ciento es pura cortesía, asúmelo. -Sam se echó hacia delante para acercarse a la cara de Todd y decirle algo que solo él pudiese escuchar- Además, ya me has dicho el nombre de ese tipo, ¿Jack Farrow? Si no me das su dirección, la averiguaré por mi cuenta y no verás ni un puto dólar -explicó, sonriente y amenazador a partes iguales.

       El pobre Todd accedió, ¿acaso tenía más opciones? El pez grande se come al pequeño, así había sido siempre… y así seguiría siendo.  

       Sam Lusting, con el paradero de Farrow grabado a fuego en la cabeza, ensilló su caballo en mitad de la fría noche y puso rumbo hacia la eterna oscuridad del desierto que rodeaba al pueblo, con la única compañía de la luna llena y el cortante viento helado.

       En algún punto lejano de la negrura nocturna, un lobo aulló y otros lo imitaron a continuación.

 

 

3

       La cabaña de Jack Farrow se encontraba en un terreno apartado, al lado de un terraplén de altura considerable. La casucha, hecha de piedra y madera, era poco más que una habitación de tamaño medio; una cama, una mesa y una chimenea, todo en el mismo lugar. A la izquierda de la cabaña, una letrina roñosa y carcomida pedía a gritos ser destruida para construir una nueva en su lugar. A la derecha, un majestuoso nogal daba sombra pero no nueces; aún quedaban unos meses para que sus frutos estuviesen maduros.

       Tampoco es que Farrow necesitase mucho más, pero aunque sus requisitos vitales fuesen mínimos y humildes, deseaba que llegase el día en que tuviese suficiente dinero ahorrado para comprar un rancho, una granja o… cualquier cosa que no fuesen aquellas cuatro paredes.

       Lusting llegó a la cabaña del cazarrecompensas a primera hora de la mañana, cuando todavía hacía fresco, el sol brillaba con debilidad y la neblina matinal suspendida en el aire aún no se había disuelto.

       Se apeó del caballo cuando estuvo a pocos metros del lugar, lo ató a un poste y, con temor de que Farrow le recibiese a tiros, golpeó la puerta con los nudillos. Nunca había oído hablar de aquel hombre hasta la noche anterior, cuando Todd se soltó la lengua, de modo que no podía saber si se trataba de un buen tipo o un maníaco, pero el propio Lusting sería el primero en dar un mal recibimiento si alguien se presentase en su casa a esas horas. Si Farrow abría la puerta empuñando un revólver, Lusting lo entendería. Sin embargo, la puerta no se abrió. En lugar de eso, oyó un silbido lejano tras él. Volvió la vista y vio a alguien descender por una colina mientras saludaba con una mano; la otra estaba ocupada sujetando una escopeta.   Se acercó con paso tranquilo, casi remolón. Del cinto colgaban dos conejos muertos que bailaban de un lado a otro al ritmo de los pasos.

       —Buenos días, ¿le puedo ayudar en algo? -preguntó el cazador, que era tan alto como Lusting y lucía un frondoso bigote. La camisa medio abierta mostraba una espesa mata de pelo que lucía con orgullo, lo que le daba imagen de tipo rudo y bruto, aunque su forma de hablar no iba acorde con su aspecto.

       —Buscaba a Jack Farrow -respondió Sam, convencido de estar ante él.

       —Lo tiene delante. ¿A quién tengo yo?

       —Sam Lusting –le ofreció la mano para estrechársela. Farrow le devolvió la cortesía-. Me alegra no haberle despertado.

       —No se preocupe. Me levanto temprano para pegar unos tiros antes de desayunar. Mire a mis amigos -señaló los conejos que colgaban de su cintura-; se llaman Almuerzo y Cena.

       Soltó una carcajada líquida que se convirtió en tos. Escupió un moco espeso que rodó sobre la arena, quedando rebozado como una albóndiga. Luego cayó en la cuenta de que no conocía los motivos de la visita. Eso cambió su actitud campechana por una más distante.

       —Sam Lusting, ¿eh? No he oído hablar de usted. ¿Qué le trae por aquí?

       —Seré breve. Tengo entendido que sabe dónde se esconden esos bandidos que van por ahí arrancando corazones. Yo quiero matarlos para cobrar la recompensa, puesto que usted, por lo que sé, ha dejado de estar interesado.

       Farrow sintió un escalofrío que empezó en su espalda y se extendió como una mancha de aceite hasta la cabeza y los pies, y aunque intentó disimular la desagradable sensación que le había producido escuchar hablar de esos asesinos, Lusting se dio cuenta nada más ver cómo le cambiaba la mirada. Si antes parecía un tipo duro y algo chiflado, ahora se asemejaba a un cachorro.

       Farrow no respondió. Se limitó a pedirle que le esperase un momento, entró en casa y a los pocos segundos salió con un descuidado cuchillo en una mano y un puñado de cuerda en la otra, poniendo en alerta a Sam. Pero lo que hizo Farrow fue atar a los conejos en una rama del nogal y empezar a desollarlos y destriparlos; la hoja ennegrecida y llena de muescas del cuchillo cruzó los vientres de ambos animales, provocando una sangrienta cascada que Farrow agarró, arrancó y lanzó barranco abajo. Los coyotes tendrían un digno desayuno, aunque no tan abundante como ellos quisieran.

       Mientras esgrimía el cuchillo y tiraba de las pieles para separarlas de la carne, Jack habló por primera vez en casi cinco minutos. Lusting se había sentado sobre una roca, observando al cazador trabajar, esperando a que dijese algo, lo que fuera.

       —Sam, no sé hasta qué punto necesitas el dinero, pero mi consejo es que no busques a esos tipos. Tienes otros muchos bandidos cuya captura se paga muy bien. ¿Por qué ellos precisamente?

       —¿Y por qué no?

       —Porque -lanzó un trozo de piel hacia el terraplén- yo he estado allí, donde se esconden, y no creo que sea sano ver lo que tienen entre manos.

       Lusting se sentía demasiado intrigado como para aceptar el consejo y marcharse a casa. Necesitaba saber a qué se refería, y si lo que Farrow pretendía era disuadirlo, no lo estaba consiguiendo en absoluto.

       —En cualquier caso, el problema es mío. Si lo que quieres es que te pague por lo que sabes, seguro que llegamos a un acuerdo. Pero por favor, no me trates como a un hijo.

       Farrow, sintiéndose insultado, se giró con los ojos muy abiertos, cargados de indignación.

       —Puto mocoso, ¿crees que lo sabes todo? Qué coño, ¿crees que necesito tu dinero? Si quieres ir a por esa banda, ahora mismo ensillo el caballo y te llevo donde están. El resto es cosa tuya.

       —Amigo, dime qué pasa con ellos. ¿Qué viste para estar tan asustado?

       —No voy a contarte lo que vi. Eres tan arrogante que prefiero que lo descubras tú mismo y te vuelvas loco. Yo he estado en su guarida y no pienso volver por muy alta que sea la recompensa, pero tú puedes hacer lo que quieras. Sólo te diré una cosa para que la tengas presente, y más vale que me tomes en serio, porque como te burles te pego un tiro. Hay cosas en este mundo que se escapan al entendimiento de los hombres.

       La cosa se ponía cada vez más tremenda, y Sam comenzó a pensar que valía la pena ser precavido, pues el viejo Jack Farrow se veía tan convencido y atemorizado de sus propias palabras que era complicado no sentir inquietud por lo que salía de su boca.

       —Farrow -empezó a decir con suavidad, levantándose de la piedra y acercándose a él-, dime qué pasa aquí. Sé que no eres un cobarde, por eso no entiendo que huyeras de esos tíos.

       —¿Cobarde? No, sólo soy alguien que valora la vida propia. De todas formas, no me vine con las manos vacías.

       Entonces, Farrow le contó algo que no esperaba oír. Le dijo que, cuando huyó de la guarida de los asesinos, uno de ellos le siguió, posiblemente con la intención de matarle para que no hablase de lo que había visto ni diese a conocer el paradero del escondite. Pero Farrow, que solía hacer gala de unas malas pulgas envidiables, y más en aquel momento, con el peso del fracaso sobre su espalda y el orgullo herido por haber huido como un perro con el rabo entre las piernas, se cebó con el asesino que le seguía. Tanto que, en vez de matarlo, se lo llevó, lo ató de pies y manos y lo encerró en el sótano de la cabaña. Su plan era dejar que pasase hambre y sed hasta que muriera, y luego lo llevaría a la oficina del sheriff para cobrar la parte correspondiente de la recompensa. 

       Que el bandido tuviese una muerte rápida en la horca le revolvía las tripas, por eso alargaba su suplicio mientras fuera posible.

       —¿Quieres que te lo enseñe? -preguntó Farrow con una media sonrisa pícara en el rostro. 

 

       La trampilla de madera chirrió y levantó una nube de polvo cuando se desplomó sobre el suelo de la cabaña. Allí abajo, en la penumbra, estaba el asesino, más muerto que vivo, con los ojos en blanco, delgado como los conejos que Farrow acababa de desollar y apestando a mil combinaciones distintas de inmundicia. Se sabía que seguía vivo porque el vientre subía y bajaba con pesadez, nada más. Por lo demás era un cadáver maniatado y amordazado, sin fuerzas ya para hablar. La poca actividad cerebral que debía quedarle estaría dedicada en su totalidad a desear morir de una vez por todas.

       —Eres un gran hijo de puta -dijo Sam Lusting con perversa admiración.

       —Como mucho le queda un día y medio de vida. En todo el tiempo que lleva aquí no le he dado nada de comer, sólo un poco de agua para que dure más. En fin, ven conmigo, te llevaré a la cueva.

       Montaron en sus caballos y Farrow tomó la delantera, señalando el camino hacia ese infierno cuya existencia Lusting dudaba o se tomaba a risa, según el momento. Seguía pensando que el viejo cazarrecompensas deliraba y exageraba por igual, que cortar tantas cabelleras apaches le había frito el cerebro, pero en poco tiempo cambiaría de opinión.

 

 

4

       Tardaron cerca de una hora en llegar al lugar mencionado por Farrow. Se trataba de una montaña escarpada y cubierta de rocas afiladas de diversas y grotescas formas, como un erizo gigante surgido de una pesadilla, pero donde se detuvieron fue frente a la entrada de la cueva que allí había. Una boca negra que devolvía todos los sonidos en forma de ecos moribundos. 

       —A partir de aquí te quedas solo -anunció Farrow, sujetando con fuerza las riendas de su caballo sin nombre.

       Lusting miró hacia la negrura de la cueva, luego a Farrow y luego otra vez a la cueva. Palpó los revólveres y se sintió seguro, aunque no lo suficiente como para entrar allí sin miedo en los huesos.

       —Si me echas una mano te llevarás una parte de la recompensa -propuso.

       —Me conformo con lo que me den por el hijoputa de mi sótano -dijo Farrow con satisfacción. Se despidió de Sam tocándose el extremo delantero del sombrero y espoleó al caballo. Poco a poco se perdió de vista en la lejanía del páramo. Prefería seguir siendo pobre antes que poner un pie en esa cueva.

       Desmontó y encendió la lámpara de aceite que Farrow le había dado para que pudiese ver algo allí dentro. Se tomó unos minutos para comprobar que sus armas estaban a punto, que su cuchillo se encontraba en su sitio y que las piernas no le temblaban. No creía en historias de fantasmas, pero había que ser de piedra para no impresionarse por las escuetas y misteriosas palabras de Jack Farrow.

       Se situó frente a la entrada de la cueva, un interminable túnel negro sumido en un espeso silencio que parecía gritar advertencias, pero Sam no se lo pensó más y se adentró.

       La lámpara y su triste luz tambaleante en una mano, el revólver en la otra. Sabía que si encontraba a esos bandidos, no les daría la oportunidad de soltar las armas y rendirse; dispararía a matar y se acabó. Por el escenario poco agradecido y la reputación de esas bestias, prefería ir a lo rápido y seguro, ya que capturar a un criminal con vida es la mejor forma de que te acabe matando al menor despiste. Un riesgo innecesario, en definitiva. 

       El lugar olía a tierra húmeda y mierda de rata, murciélago o lo que demonios hubiese agazapado entre la oscuridad y las piedras. Sus pasos y el tintineo de las espuelas emitían un eco fantasmal que incomoda a Sam pese a saber muy bien de dónde procedía.

       La cueva era extraña: no había curvas ni diferentes rutas que tomar; el camino transcurría en perfecta línea recta sin posibilidad de perderse, igual que un túnel. El suelo abrupto, lleno de charcos, hoyos y restos óseos de animales muertos. El techo repleto de estalactitas como colmillos colosales, aunque la luz no llegaba hasta tan arriba, de modo que lo único que Sam distinguía desde su posición eran abultamientos sin forma definida asomando con timidez entre el manto de oscuridad. Podían ser tanto estalactitas y formaciones minerales como cadáveres colgando boca abajo. Sam prefería no conocer la respuesta. Era preferible seguir caminando y no pensar demasiado en nada que no fuese disparar a cualquier cosa que se dejase ver.

       Habiendo recorrido ya un tramo considerable, volvió la vista atrás. La entrada de la cueva se había convertido en un lejano punto luminoso en mitad de la negrura.

       Avanzó algunos metros más, iluminando el camino para evitar tropezar con un posible obstáculo, y gracias al cielo que prestó atención, porque de repente se vio al borde de un ciclópeo abismo interminable.

       Con el corazón a punto de salírsele del pecho tras el sobresalto, acercó la lámpara al tajo brusco y fuera de lugar que parecía haberse materializado mediante brujería; el camino se cortaba de forma limpia y precisa, y todo lo que quedaba al frente, arriba, abajo y a los lados era un oscuro e inmenso mar de nada.

       El pistolero volvió a girarse, sopesando la opción de regresar y seguir los pasos de Farrow. Olvidar aquella aventura y continuar su vida humilde. Humilde, sí, pero vida a fin de cuentas. Si continuaba con su plan, y atendiendo a lo extrañas y antinaturales que de repente se estaban volviendo las cosas allí dentro, era posible que jamás saliese vivo de su cacería.

       Pero entonces vio que algo sobresalía del borde del abismo y se olvidó de sus pensamientos derrotistas. Acercó la luz y descubrió que se trataba de unos rudimentarios y ásperos escalones de piedra, esculpidos en la propia pared del precipicio, que descendían hasta donde el monstruoso precipicio llegase.

       Sam pensó que, con mucho cuidado, pues el menor traspié le haría caer hacia una muerte segura, descendería algunos de aquellos escalones de prehistórico aspecto para intentar descubrir qué había allí abajo. Y así lo hizo, sólo que la curiosidad se adueñó de; no fueron cuatro o cinco peldaños, sino muchos más.

       Durante su descenso entre sutiles ecos, una mano sujetaba la lámpara y la otra se apoyaba en la pared para mantener el equilibrio. Los cinco sentidos agudizados hasta el extremo; había empezado a escuchar algo que procedía de allí abajo, de la inmensa boca negra en la que se hallaba. Una especie de lamento o aullido lejano, como una corriente de viento colándose entre las rocas y grietas. Su cabeza empezó a ser asaltada por dudas obvias que hasta ese momento no se habían manifestado; ¿quién construyó esa escalera? ¿Se trataba de los restos de alguna antiquísima civilización? ¿Estaba relacionado con los nativos americanos más ancestrales? Daba igual, porque aquello no parecía fruto del trabajo humano. La inmensidad del lugar no podía ser natural, pero tampoco obra del hombre. Notó que la superficie de la pared del abismo era homogénea, sin salientes rocosos de ningún tipo. Era como si un cuchillo de cien kilómetros hubiera cortado la roca con pulcra precisión. Nada más descubrir esa perturbadora peculiaridad, Sam acercó la luz y, hasta donde el alcance de ésta le permitía, vio símbolos grabados en la roca.   Símbolos, figuras retorcidas, humanoides gigantescos rodeados de otros diminutos y zonas cubiertas por una clase de escritura que le era totalmente desconocida.

       No, aquello no podía ser humano, y quizá tampoco fuese real. ¿Acaso podía existir una construcción así sin que nadie la hubiese visto antes? Lusting, aturdido y tan desconcertado que hasta el cerebro le punzaba, se planteó la posibilidad de estar aún en la entrada de la cueva, viendo cómo Farrow se perdía en el horizonte y meditando todavía si entrar o no. Que todo aquello no fuese más que una alucinación debida al calor o quizá a su subconsciente sugestionado por las enigmáticas palabras del viejo.

       ¿Y si de verdad estaba recorriendo un camino directo al infierno, construido por alguien o algo en la antigüedad más remota? Echando un vistazo alrededor, hasta la teoría más descabellada adquiría cierta credibilidad. Si aquel escenario era posible, entonces todo era posible.

       ¿Y por qué puñetas iba a estar la puerta del infierno, precisamente, en Texas?, se preguntó a sí mismo para tranquilizarse.

       Estando aún sumido en un torbellino de dudas, miedos y suposiciones demenciales, llegó al final de la escalera, al último peldaño. El suelo. El fondo del abismo que había tardado una eternidad en cruzar.

       Puso los pies en tierra firme, desenfundó uno de sus revólveres y caminó con la lámpara por delante, explorando con suma cautela el lugar. No sabía lo que podía estar acechando dentro de la oscuridad total, densa, asfixiante.    En el interior de una construcción imposible que desafiaba al pensamiento lógico y racional, era de esperar que cualquier cosa pudiera surgir de allí. Estaba en terreno inexplorado, salvaje y… de otro mundo. Tenía que ser de otro mundo.

       Lusting miró hacia arriba, esperando poder calcular la distancia recorrida o, al menos, ver dónde quedaba ya el borde del abismo, pero la negrura le impidió ambas cosas.

       Caminó en línea recta. Al cabo de unos minutos supo que se encontraba en una amplia llanura de piedra delimitada por inmensas paredes idénticas a la que acababa de bajar, solo que en las otras no existían escaleras. No había arena, rocas ni matorrales, sólo un terreno de baldosas tan liso y pulido como la pared del barranco, salpicado aquí y allá por altas columnas estriadas que debieron tener tiempos mejores. La utilidad de éstas resultaba un misterio, pues no sujetaban nada.

       Todo era antinatural y obsceno. Una mazmorra para titanes.

       De repente, a lo lejos, vio dos puntos luminosos que se agitaban en una danza estática. Conforme se acercaba pudo comprobar que se trataba de fuego, quizá antorchas.   Se dirigió hacia las llamas, con el pulso acelerado y el dedo tenso sobre el gatillo de la pistola.

       Las luces resultaron ser, en efecto, fuegos. Tenían la función de un par de antorchas, pero no eran tal cosa, sino dos bolas de fuego suspendidas en el aire. Marcaban, una a cada lado, la ubicación de una entrada en forma de arco decorada con dibujos y símbolos que recordaban a los del muro de la escalera.

       Al otro lado del arco, un pasillo iluminado por más fuegos flotantes invitaba a ser explorado.

       Sam volvió a escuchar el gemido de un viento cuya procedencia era desconocida. No había corriente de aire alguna, y sin embargo se oía a la perfección. Mezclado con el triste lamento oyó algo más: unos cánticos tan distantes y pobres que dudó estar escuchándolos en realidad.

       Cruzó el arco y, ya sin necesitar la lámpara, pues el pasillo estaba inundado de luz, notó que esos cantos fantasmales estaban cobrando protagonismo. Ya no eran un eco, sino algo que sonaba a poca distancia. No tardó en descubrir el lugar de su origen.

       Vio el final del pasillo, otro arco decorado y flanqueado por fuegos mágicos. Aún estaba lejos para saber a ciencia cierta qué aguardaba al otro lado, pero no dudó en poner fin a sus dudas.

       Paso a paso, sujetando el revólver con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, y siendo cada vez más consciente de no estar ya en una cueva, sino en un templo, llegó al arco y lo cruzó sin vacilar. A fin de cuentas no iba desarmado.

       Los cánticos eran ya altos y sonoros, pues sus autores estaban allí mismo, a escasos metros, sin percatarse de la presencia del intruso. 

       La estancia era similar a todo lo visto hasta ese momento: suelo de baldosas de piedra, columnas inútiles y la luz temblorosa de algunos fuegos flotantes. Pero algo destacaba por encima de lo demás; la prueba de que aquella sala era diferente, más importante. Un enorme monolito rectangular de unos diez metros de altura se alzaba en el centro, proyectando su sombra en la cara de Lusting.

       Levantó la vista, confiando encontrar una cúpula llena de símbolos arcanos, pero en lugar de eso halló algo que lo aterró hasta tal punto de no ser capaz de reaccionar ni asimilarlo. Algo que despejó todas sus dudas acerca de si seguía en Texas o, si por el contrario, había traspasado la frontera hacia… otro lugar. No existía ninguna cúpula, sino un cielo nocturno estrellado, surcado por algunas nubes que cambiaban de forma con nerviosa rapidez. Dos lunas llenas, una similar a la ya conocida y otra rodeada por un anillo rojo brillante, contemplaban con majestuosidad el insólito escenario.

       Todo era imposible.  

       Los tres hombres que realizaban cánticos ocultaban sus rostros tras máscaras horribles que a la escasa luz de los fuegos, en el juego de sombras, se tornaban insoportablemente monstruosas. Sus manos, levantadas hacia el monolito y agitadas con devoto éxtasis, estaban cubiertas por una costrosa capa de sangre seca.

       Entre el monolito y los tres asesinos, dispuesto como el tributo macabro de unos dementes, un montón de corazones putrefactos apilados de forma caótica desprendía un hedor repugnante.

       Sam, abrumado y atemorizado a partes iguales por el descabellado y perturbador espectáculo, no vio razones para actuar de forma íntegra y brava, así que apuntó y disparó por la espalda a los tres miembros de la hedionda misa negra. Las seis balas acabaron repartidas dentro de ellos; sus cuerpos se convulsionaron con cada impacto y cayeron hacia delante. La parte superior de la cabeza de uno de ellos reventó como un volcán en erupción.

       En ese momento, con los tres sacerdotes infernales derribados, el suelo tembló haciendo caer a Sam de rodillas. El monolito, al que no dio más importancia que a cualquier otro ornamento pese a la veneración por parte de los asesinos, vibró y sus laterales se resquebrajaron, permitiendo salir al exterior un par de tentáculos grises y brillantes acabados en tres dedos. Las extremidades se agitaban de forma frenética y con total libertad de movimiento, como látigos. En la zona frontal del monolito hubo una pequeña explosión que hizo saltar por los aires trozos de piedra que casi impactan contra Sam Lusting. La detonación abrió un agujero que dejó a la vista una boca grotesca de negras encías y colmillos afilados blancos como el marfil, todos ellos del mismo tamaño y grosor. La boca se retorcía, profiriendo sonoras dentelladas al aire y lanzando rugidos similares a los de un gran perro. La lengua, chorreante, larga y puntiaguda, entraba y salía histérica como la cola de una serpiente cuya cabeza han aplastado.

       Lusting, todavía de rodillas, no daba crédito a nada, y ya se disponía a salir corriendo cuando una voz se dirigió a él.

       —¡No puedes pararlo! -gritó el asesino que yacía en el centro, moribundo, presionando con la mano sobre la herida del vientre. Se diferenciaba de los otros dos sectarios por un característico matojo de pelo que colgaba de la máscara-. Padre nos convocó a través del mundo onírico, y si morimos hará lo mismo con otros. Tarde o temprano, gracias a los sacrificios en su honor, conseguirá la fuerza necesaria para escapar de aquí, y ni tú ni nadie conseguirá impedirlo. Es cuestión de tiempo. Él convertirá nuestro mundo en su reino… Un mundo mejor, justo y limpio.

       Lusting miró al herido con los ojos muy abiertos, sin saber a quién prestar más atención, si a él o a al engendro desatado y furioso que rugía en mitad de la sala bajo el imposible cielo nocturno de otro mundo.

       Tras una rápida reflexión, decidió hacer caso omiso al enmascarado. Desenfundó el otro revólver y apuntó a la boca del monolito, pero entonces se produjo otra pequeña explosión en él, esta vez sobre la monstruosa boca, y un ojo apareció tras la piedra rota. Un ojo grande como la rueda de un carro y rojo como un charco de sangre. En el centro, una pupila negra se clavó en los ojos de Lusting y éste fue incapaz de abrir fuego.

       Una potente ráfaga de viento escupida por el monolito arrastró a Samuel varios metros hacía atrás en dirección al pasillo, como si intentase echarlo de allí igual que a un invitado no deseado.

       Ese ojo, ese ojo descomunal y brillante se había adueñado de su voluntad; Sam quería disparar pero el dedo no respondía. Quería levantarse pero su cuerpo pesaba una tonelada. Quería encarar al monstruo pero su campo de visión comenzó a ser rodeado por una telaraña negra que en pocos segundos lo cegó.

       Antes de que sus ojos dejasen de responder, alcanzó a ver cómo los tentáculos del monolito se hundían, con movimientos espasmódicos, hábiles y certeros, en el pecho de cada asesino -primero en el de los muertos, y después en el del agonizante- para arrancar los corazones y dejarlos caer sobre el pútrido montón. Mientras esto ocurría, el ojo del monstruo seguía fijo en Sam, manteniéndolo congelado, aunque por dentro hervía de rabia. Quería librarse de esas cadenas invisibles y abrirse paso a tiros, pero no pudo ser. El monolito no se lo permitió.  

       Luego, todo se volvió negro.

 

 

5

       Sam Lusting abrió los párpados de golpe, con brusquedad, como si acabara de salir de una pesadilla.    Oyó a su caballo relinchar muy cerca, con el canto de los grillos como telón de fondo. Notó que estaba tirado en el suelo, con un lado de la cara apoyado en la tierra cálida; se le clavaban los granitos de arena. Un escarabajo negro pasó ante sus narices, sorteando las piedras con agilidad y siguiendo su camino hacia Dios sabía dónde lleno de determinación. Parecía que ni un cañonazo podría para al bicho.

       Se incorporó despacio y se sintió dolorido, cansado y aturdido. También estaba tan sediento que sería capaz de beber de un espeso charco marrón. Se sacudió el polvo de la ropa, el pelo, la barba y la cara, y miró hacia la derecha; estaba frente a la majestuosa y desafiante entrada de la cueva. Sus sospechas acababan de confirmarse: jamás llegó a entrar. Algo ocurrió cuando Jack Farrow se despidió de él. Algo que le hizo perder el conocimiento allí mismo durante un buen puñado de horas. Lo sabía porque llegó en los primeros minutos del amanecer y ahora el sol se ocultaba tras el horizonte naranja del atardecer.

       Se masajeó las sienes y, al tiempo que se reponía de un mareo momentáneo, se le pasó por la cabeza la imprudente idea de asomarse a la cueva y comprobar si ese abismo aberrante y sobrenatural continuaba allí, esperándole con sus fauces abiertas. Quizá, si afinaba el oído, podría escuchar desde su borde los rugidos del monolito demoníaco.

       —Me marcho a casa -masculló, apartando esas cavilaciones locas de su cabeza. Todo había sido culpa de las fiebres provocadas por una insolación, las cuales lo sumieron en una pesadilla terrible. O quizá comió algo en mal estado la noche anterior. Cualquier cosa era más coherente y probable que la idea de un monolito de otra dimensión venerado por un culto homicida.

       Quizá los ladrones de corazones seguían ocultos en la cueva, pero alrededor de un simple fuego, planeando el siguiente ataque.

       Tarde o temprano terminarían aplastados por el peso de la ley y estrangulados por una gruesa soga, pero no sería él, Sam Lusting, quien colaborase para que el castigo se llevase a cabo. La experiencia onírica había sido más que suficiente. Además, ¿a quién pretendía engañar? Si abandonaba su trabajo no era porque la cabeza le doliese horrores, ni porque todo su cuerpo palpitase como si acabara de recibir la mayor paliza de su vida. No, la realidad era que, en el fondo, temía que todo lo vivido no fuese un sueño, sino la terrorífica verdad oculta tras una puerta hacia otro mundo bajo las entrañas de la cueva.

       Prefería no averiguar nada, pues confirmar que bajo la tierra que le vio nacer palpitaba semejante aberración le haría perder la cordura y hasta el último atisbo de paz interior, así que dejó las cosas quietas, montó en su caballo como pudo, lo espoleó y se alejó de allí a toda la velocidad que el animal, tan sediento como el jinete, era capaz de ofrecer.

       Esa noche dormiría pobre, sin una gran recompensa que cobrar por la mañana, pero al menos volvería a ver la luz del sol.

       Perturbadora alucinación o realidad palpable, la verdad incuestionable era que de los ladrones de corazones, esos mismos que Sam Lusting abatió en su probable delirio, nunca más se supo. Una extraña y afortunada casualidad, pensó él hasta su último día de vida, sin embargo no fueron pocas las noches que pasó en vela, mordisqueado por mil dudas. 

 

 

 

EPÍLOGO

       Londres, 1892

       Los agentes de policía Thomas y Reginald realizaban la poco agradecida ronda nocturna en el distrito de Whitechapel, con el frío calando hasta los huesos y la espesa niebla rodeándolos como una incómoda manta húmeda. Un oso podría atacarles sin que ellos lo vieran venir hasta tener las zarpas a medio centímetro de la cara.

       Caminaban despacio, charlando de sus cosas para hacer la ronda más amena y olvidarse de las horas que faltaban para acabar el servicio y del frío, aunque las nubes de vaho que salían de sus bocas les recordaban que de los dos grados no pasarían en toda la noche.

       A esas horas de la madrugada las calles estaban desiertas, silenciosas y fantasmagóricas. Quizá a lo lejos podía escucharse un carro rodando sobre el empedrado o alguna prostituta vendiendo sus escasos encantos a gritos, pero en general todo era una tumba. 

       Entonces, justo cuando Reginald iba a darle a su compañero unos consejos rápidos sobre cómo prevenir la sífilis, pues el bueno de Thomas era aficionado a pagar por carne de mujer, vieron un bulto oscuro a escasos metros, en un callejón. La niebla lo convertía en un simple borrón indefinido.

       Se acercaron a paso ligero, identificando la naturaleza del bulto a cada centímetro que adelantaban. Era un cadáver, cómo no. El cuerpo de una mujer joven tumbado boca arriba, con el rostro deformado en una mueca de terror y el pecho abierto en canal de mala manera, como si hubiesen usado unos alicates. Colgaban jirones de piel y sobresalían costillas astilladas de punta. El esternón parecía haber sido masticado y escupido sobre la herida.

       —Oh, Dios santo… -murmuró Reginald. Acto seguido sacó el silbato y sopló fuerte para dar la alarma.

       Thomas se acuclilló para inspeccionar el cadáver de cerca. Todavía estaba caliente. Dadas las bajas temperaturas, era signo inequívoco de que la muerte se había producido pocos minutos antes del hallazgo.

       —La madre que me parió, Regi. ¿Cuánto llevaba ese malnacido del destripador sin matar? Casi cinco años. Pensaba que no volveríamos a saber de él, y mira por dónde nos sale el hijo de puta.

       Reginald chasqueó la lengua en un gesto de molesta impotencia, escudriñando el cuerpo con atención. A simple vista podía apreciarse que el corazón había sido arrancado.   Luego, con la esperanza de encontrar el órgano abandonado allí mismo, quizá a unos metros del cuerpo que una vez lo cobijó, el policía paseó la mirada por la calle sin moverse del sitio, hasta detenerla en el muro más cercano al cadáver. Allí habían escrito algo.

       —Thomas, ¿por qué piensas que ha sido el destripador? -preguntó, intentando mantener la serenidad mientras leía el mensaje.

       —¿Y quién si no? Esta animalada lleva su firma.

       —Mira eso -dijo Reginald, señalando a la pared con el dedo. Thomas obedeció.

Sobre los viejos ladrillos, alguien, el asesino, había escrito con sangre y en letras bien grandes, "PADRE REINARÁ".

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  • Bravo! No cualquiera se anima a escribir historias largas. Sin embargo la mayoria de los que leemos aqui solo contamos con un par de minutos. Yo leo en el tren, por ejemplo. No te desanimes si no recibes comentarios ni valoraciones ;) A mi lo que me funciona es pedirle a alguien en especifico que me lea una historia larga y que me de su comentario. Se tardan mas o menos una semana pero pues ya con eso tengo unos 2 o 3 lectores para mi historia.
  • Un extraño visitante en mitad de la noche.

    Dos jóvenes sectarios de pueblo, cansados del ninguneo al que son sometidos por su líder, planean vengarse llevando a cabo el robo del mismísimo Necronomicon.

    Sam Lusting, un experto cazarrecompensas de Texas, acepta un peculiar trabajo: atrapar, vivos o muertos, a los miembros de una misteriosa y terrorífica banda de asesinos. Las pistas sobre el paradero de los criminales llevarán a Lusting hasta un lugar inimaginable.

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Lo mío son los cómics, el cine, leer y escribir. No soy mucho más que eso.

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