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13 min
Alguien por quién luchar
Drama |
01.08.18
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Sinopsis

Si se nota que se deja en suspenso algunas cosas, es porque este relato se conecta con otro.

La luz roja titilaba, la turbina comenzaba a echar humo y los alerones mutilaban las espesas cumulonimbo que respondían con ventiscas turbulentas.  

Dentro del avión la azafata buscaba tranquilizar a los pasajeros. Mientras trataba de mantenerse de pie, pese al reducido espacio entre los asientos y las constantes oscilaciones, ella les daba indicaciones para colocarse las mascarillas y ajustarse los cinturones. En uno de los asientos frontales, una madre abrazaba a su hija. Todo está bien, tranquila, todo está bien. Cuando lleguemos te compraré un helado e iremos a los columpios. Luego miró a través de la ventana y solo pudo distinguir la ciega tormenta y la violenta oscuridad.   

En la carabina, la alerta retumbaba en los oídos de Franc, el piloto. Debía ordenar a su compañero una serie de indicaciones en tanto que recibía una respuesta.  

“Aquí, vuelo Casivano. Tenemos un fallo en la turbina. Torre, ¿me copias?” 

Franc repitió unas cuantas veces más, pero no hubo caso.. 

“Aterrizaremos forzosamente en la pista en caso de emergencia. Trataremos de mantener altura. Hay fallo en los controles. Torre, ¿me copias?”  

El copiloto atendía las indicaciones, pero la situación mermaba sus sentidos. Escuchaba cada vez más fuerte la alerta. Podía mover las palancas y atender los interruptores. Después de un momento, su vista comenzó a nublarse y sintió un ligero mareo. 

“Torre, estabilizamos un poco. Necesitamos coordenadas”.  

El avión navegó unas cuantas millas más y los tripulantes soltaron un suspiro. La radio balbuceaba una serie de palabras incomprensibles. Franc soltó una risotada nerviosa y aliviadora. Las manos le sudaban y después de tanta tensión volteó hacia su compañero: estaba pálido como el fuselaje.  

“Tranquilo, hermano -dijo mientras palmeaba el hombro del copiloto-. Estamos capacitados para navegar por el cruel mar de las estrellas ¡Uf! Con los nervios me saltó algo de poeta. Je, je. Qué ridículo, ¿no?”  

“Si. Si- tartamudeó-. Muy tonto”. 

“Ahora que dije navegar, ¿qué me dices si te invito a pescar cuando salgamos de ésta? He ido algunas veces en verano con mi familia y es muy relajante estar en medio del agua. En la laguna no quema el sol de las cinco de la tarde y el viento es amable, no como el de ahora que intenta asesinarnos”.  

El copiloto miraba hacia la tormenta. Seguía el rastro de las gotas que resbalaban en el parabrisas y los truenos que hacían resplandecer a las nubes. Así era afuera. Franc no sabía qué hacer para tranquilizarlo.  

“Te prometo que llegaremos. Ya he estado en tormentas así. Cuando lleguemos a tierra te reirás de lo nervioso que estuviste. Es lo que me pasó la primera vez, hace algunos años, y no dudé en contárselo a mi esposa. También le pareció gracioso, pero su sonrisa se debía, más que nada, a que logré llegar a salvo. Le contarás lo que hoy sucedió a quien más confianza le tengas”.  

El copiloto lo miró de reojo y simulaba atender los controles. Rápidamente su colega se inclinó hacia el suelo, movió unas cuantas cosas y se reincorporó.  

“Mira –le mostró una caja negra- le tengo un regalo a mi hija. Quiero darle una sorpresa, ¿y qué mejor que una caja negra para lograrlo? Nadie sabe lo que puede contener un empaque así. Lo emocionante viene cuando se abre. ¿Sabes? Hoy serás el privilegiado que lo descubrirá. Observa, conseguí para ella...” 

La luz roja volvió a titilar y sintieron un fuerte tirón. La alerta chirriaba en los oídos de ambos como un presagio de un futuro nefasto. Los dos hombres se lanzaron hacia el tablero y vieron que la pequeña pantalla acusaba a la turbina responsable. El piloto trató de comunicarse de nuevo con tierra.  

“Aquí, vuelo Casivano. Tenemos falla en la turbina. Meidei. Meidei. Torre, ¿me copias?... Carajo, no responden. Tú -se dirigió al copiloto- ayúdame acá. Pon tus manos aquí y disminuye la velocidad”.  

“¿Acá? ¿dónde?” 

“¡Aquí carajo, aquí! ¡Rápido!” 

El avión trataba de mantenerse a flote, pero no podía dejar de hundirse. Por momentos se estabilizaba en el aire. La radio mantenía en secreto las indicaciones y aun así el piloto insistía.  

“Casivano cayendo. Meidei. Meidei. Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios. Oh Dios mío, ayúdanos”.  

La cruel alarma. La titilante luz roja. Los ruegos ignorados. Los gritos silenciados. El temor inevitable. La impotencia omnipresente. Esperanza irreconciliable. Agonía inminente. El ruido y la furia explotaron por la boca del copiloto. 

“¿Ayuda? ¿Quién nos va a ayudar ahora? ¿Quién nos va a sacar de ésta? Nuestras manos no alcanzaron, nuestras manos no pudieron contra el destino y nada de lo que hagamos nos va a librar.... nada de nada. Nos vamos y no sabemos a dónde, no hay nadie del otro lado para consolarnos, nadie. ¿Las manos de Dios? ¡Con un carajo! Si es tan benevolente como dicen, por qué nos hace esto”

La azafata decidió sentarse frente al sanitario, con las manos tapando sus oídos, mientras lanzaba un grito agudo. No pudo resistir la impotencia que sentía al escuchar tanta agonía, tanta desesperación y deseos de vivir. La madre que había consolado hace unos momentos a su pequeña hija comenzó a tararear una cancioncita, pues ahora sabía que todo había acabado: no podía prometer más postres ni tardes en el parque de juegos.  

Duerme mi niña  

              duérmete ya 

que      viene el coco  

y       te comerá 

 

Duerme mi niña 

     dios mío 

          duerme 

   dios mío 

      duerme 

mi niña 

“Qué gran beneficio para el hombre es Dios. Tú, yo y los pasajeros terminamos nuestros días hoy y no importan los ruegos. Ya nada importa. Todo el tiempo hemos buscado un cobijo para nuestras desgracias y únicamente nos hemos tenido a nosotros mismos, y hoy... hoy más que nunca, no pudimos salvarnos”

Franc lo miraba con ojos de vidrio, como soportando la crueldad que solo acarrea la verdad.

“Ahora ve atrás y diles que hoy estarán junto a sus familias. Ve a decirles...ve. Diles que no serás tú el que les niegue reencontrarse con sus seres queridos. No. No. No. No puedes hacer nada y nadie nos va a ayudar. ¡Despierta, maldita sea, estamos solos! No hay esperanza”. 

"Lo sé" 

Se hizo un silencio íntimo, breve.  

"¿Entonces por qué te aferras?" 

Franc calló. La luz dejaba ver ratos el rostro de su compañero, el copiloto. Así lo recordaría en la eternidad, no podría olvidar ese rostro afilado y juvenil enrojecido de temor, de tristeza; esos ojos almendrados cubiertos de lágrimas y su cabello aplacado detrás de las orejas. Ni todas las insignias estampadas en su pecho, ni los honores recibidos al terminar sus estudios de aeronáutica podían respaldar la vergüenza de presentarse de esa manera frente al final. El piloto sintió un agrio sabor en la garganta. 

“¿Te gusta el teatro?” 

“¿A qué viene el teatro en un momento como este?” 

“Te gusta sí o no, con un demonio” 

“Sí, sí me gusta. Pero nada tiene que ver ahora” 

“Una función no se acaba si un actor se tropieza. Hay que continuar, llegar hasta el final y ofrecer al público lo que buscaban ver. Así ha sido este día, ¿sabías eso? No se acaba la función hasta que no sea representada la última actuación. Es de cobardes dejarlo todo a medias. Llorar y lamentarse por tropezar, abandonar antes del gran final. Ninguna obra se vive dos veces, maldición. Estamos aquí por un propósito y es el de servir a los demás. Si se cae el escenario, si estalla en llamas, le salen chispas, fallan los controles, se cae irremediablemente a tierra, en fin, se nos va de las manos, debemos hacer todo lo que se nos ha encomendado hacer para finalizar, aunque nos estemos muriendo de vergüenza, o de miedo”. 

Después de haber estado unos segundos lamentándose, la azafata se levantó, con tropiezos. Ya no escuchaba, se había acostumbrado al ruido y solo contempló a hombres, mujeres y niños implorando clemencia y manoteando lentamente entre el silencio subjetivo. Cerró los ojos, respiró profundamente y caminó frente a sus miradas tocando el hombro de algunos. Los que sintieron sus temblorosas manos la miraron a los ojos y se arrellanaron en sus asientos mientras se colocaban los cinturones de nuevo y soportaban la ingravidez en sus cuerpos. Solo algunos permanecieron alterados. Tranquilos será rápido tranquilos será como si nos fuéramos a dormir de nada sirve llorar de eso me di cuenta ahora por eso les digo que cierren los ojos y se relajen será rápido dame tu mano si quieres o si eso te tranquiliza abracen a sus pequeñines no les griten dejen que lloren pero manténganse quietos tranquilos tranquilos será rápido tranquilos.  

“¿Crees que no tengo miedo? ¿crees que no siento lo mismo que tú?, en este momento podría soltarme a llorar y patalear como un niño, pero aquí estoy, dando lo último de mí, sintiendo un áspero nudo en la garganta, finalizando con honor porque sé que merecemos luchar por la vida que nos ha sido otorgada y más que nunca, guardar la esperanza que teníamos de volver a vivir nuestras vidas. Todos teníamos ese derecho y ni Dios mismo sabrá lo mucho que lamento negárselos el día de hoy, pero lo que más lamento es la soledad que he visto en este momento. Yo en ningún momento me sentí solo, pero tú, compañero...” 

El nudo en la garganta cortó sus palabras, un nudo hecho de lástima, de solidaridad, que evitó el crudo reproche. Notó el desamparo del copiloto, la falta de propósitos, la falta de alguien por quién luchar.   

“Lo lamento mucho, no lo sabía. Lamento que no tengas por quién luchar”

Era momento de callarse, cualquier objeción sería prueba irrefutable de una escasa prudencia y dominio por el miedo, el copiloto lo supo al fin.     

El viento agolpaba en el parabrisas y una grieta comenzaba a formarse, dejando entrar un débil y aterrorizante chiflido. Del otro lado se lograban ver los rápidos peñascos. Cada vez se acercaban más a tierra. Cada vez más cerca del final. Estallaron los ruidos tristes de los pasajeros. Había ruidos por todos lados, en todas direcciones. Por todos lados reverberaban las clemencias y súplicas despechadas que no lograban salir del fuselaje. Todo se mantenía en un hermetismo agónico, en una lata de gritos que no tardaría en abrirse al llegar al suelo. Ahí habrá silencio, calma fúnebre. Será servida la muerte.    

Franc miró de nuevo la caja. Las imágenes se proyectaron frente a sus ojos, como una película.  

Era un día soleado. El piloto caminó hacia el perchero y tomó el saco. Su mujer y su pequeña hija salieron tras de él y la mujer se adelantó para escuchar a su esposo.  

“Va a estar todo listo para cuando regrese, no te preocupes. Mientras tanto trata de entretenerla y hacer tiempo. Mañana llego en la tarde”.  

La mujer tosió un par de veces. Parecía querer decir algo importante, algo que había hecho sin el conocimiento de su marido, pero no quiso retrasar su partida. En su rostro se dibujó una sonrisa débil que apenas si mostraba sus blancos dientes.   

“Franc, procura llegar un poco antes para preparar eso.  

“Preparar qué, mami”, dijo la pequeña. 

“Es un secreto, cariño, ya lo sabrás en su momento y estarás muy feliz”.  

“¡Oye!”, dijo Franc, “¿quieres ir a jugar un momento en los columpios?” 

La pequeña asintió. Corrió dando saltos y desapareció detrás de la puerta del jardín. Era una casa modesta, propia de una familia acomodada, con ventanas que reflejaban la luz del atardecer y arbustos florales y un árbol en cuya rama estaba el columpio en donde Anita esperaría a que papá se desocupara.    

“Quiero traerle algo que no solo sea un regalo convencional, algo que en verdad le ayude a desarrollarse, pero no se me ocurre qué puede ser. No importa, lo pensaré en el camino”. 

“Se que encontrará lo apropiado. Confío en que será inolvidable”.  

Al hablar, ella desviaba la mirada hacia los hombros del piloto. Él lo notó. 

“Parece que los ojos se te hubieran volado”. 

“No, no es nada. Es solo que...he pensado en algunas cosas”. 

“¿Quieres hablar de eso?” 

Lo miró a los ojos. Una sensación reconfortante la recorrió entera. Ahí estaba él, a lado suyo, aunque casi no estuviese en casa. Sabía que tenía su apoyo y que todo estaría bien. Se animó.  

“Ya es muy tarde y el avión no puede partir sin ti, Don Preocupón”, dijo con una sonrisa verdadera, “Estoy bien, tú sabes bien cómo soy”. 

Ambos rieron. 

“Actúas muy mal, eres una actriz a la que no le encaja la máscara. Y, sin embargo, logras convencerme”.  

“Tú y tu teatro. Algún día leeré esa obra de teatro de la que tanto hablas. Guerillo qué. 

“El ardid de Gumerillo Llet” 

“Exactamente. Me daré un tiempo para leerla. Pero ahora debes marcharte, Shakespeare mío, y pilotearás ese avión y llegarás y me pondré muy contenta y luego prepararemos eso, ¿está bien?” 

“Está bien” 

La pequeña corrió después de que vio a su padre cruzar el umbral de la puerta. Tenía un dibujo de los tres juntos, hecho con una técnica inocente.  

“Papá, papá, no te vayas aún. Te tengo un obsequio, mira” 

“Es muy bonito, cariño, qué te parece si lo doblo en forma de avión, como los que yo controlo y parecerá que estamos tú, yo y mamá volando” 

“¡Siiiiiiiiii!”  

El avioncito de papel voló encima del auto y se sostuvo en el aire. Giró alrededor de una farola y poco a poco iba descendiendo (sin contratiempos, sin gritos, sin tormenta), hasta aterrizar tranquilamente en la acera.  

"Voló de maravilla ¿quién diría que la aeronáutica se me da tan bien?", dijo mientras se reía con una sonrisa sarcástica.   

La pequeña corrió tras el avioncito, pero Franc la detuvo para cargarla. Después la llevó con su madre y besó a ambas. Se despidió.  

Antes de tomar un taxi, el Franc miró con el rabillo del ojo a su familia, que estaba acomodada en el umbral de la puerta como si se prepararan para ser fotografiados. La imagen se guardó en los recuerdos del hombre. La mujer sonrió, pero después sus ojos comenzaron a decaer de nuevo, como si tuviese una mirada pesada. Franc puso especial atención en su hija, su pequeño orgullo. Ella se despidió con una gran sonrisa y batió la mano en el aire. Franc se despidió de igual manera y después su rostro se iluminó de alegría (no de una mortal luz roja). Suspiró.  

"Ojalá que pudiese hacer eterna esa sonrisa", dijo antes de su partida sin retorno.   

 

 

   

  

 

   

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