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23 min
Alla Azfahuar. Crónica de una Saga Ignorada (3)
Históricos |
24.06.15
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Sinopsis

Con esta tercera entrega termina el prefacio del Alla Azfahuar

Alla Azfahuar Crónica de una Saga Ignorada (3)

 

 

I

 

 Las Crónicas del nieto de Caín han llegado hasta nosotros sin respetar eones y tragedias. Para sorpresa del observador, el interés que suscita su tema, conceptos y contenidos han sobrevivido intactos. El investigador, en su afán de hallar una razón, la adjudica al hecho de tratarse de una obra, no solo excepcional sino personal e indivisible. Las Crónicas… no son un compilado de códices dispersos, ni la interpretación aleatoria de un suceso en el tiempo. No es la versión de un acontecimiento de veracidad invaluable. Alla Azfahuar es pura vivencia. Alhazred, un mitómano y embaucador profesional, se topa con la palabra viva de un testigo privilegiado. No lo sabe, pero intuye ser el depositario de una historia tan sorprendente como ignota. Una casualidad, un ambiguo albur, una carambola a 5 bandas, cosas que por otro lado, suelen pasarles a tipos como Alhazred iba a situarlo en la cresta de una ola, un Tsunami y desde allí dejarlo contemplar la versión oscura de la creación.

             

En el  inaccesible oasis de  Yhoghod donde se recluye voluntariamente  por espacio de diez  años, accede por medio de la palabra escrita de Epherhameth (tatara tatara nieto de Caín)  a un  mundo –seguramente más real, primigenio y salvaje-- narrado por un personaje vilipendiado, considerado el más ruin de la historia humana, nuestro padre caído Caín. Consideraciones psicológicas al margen, el padre bíblico de la humanidad post edén, descastado y expulsado, marcado con el cuerno del escarnecimiento, es sin dudas, el donador del 50% del gen de nuestra raza. El otro es Adán, que luego de la caída de Caín, agranda la progenie elegida procreando a Set (El sustituto) de quien deriva la sangre real israelita hasta el mismísimo Redentor (todo esto según los creyentes).

             

Hasta el hallazgo por Bhur Akmhed de las tablillas de Kifri, sabíamos poco de Caín. Luego del ostracismo a que fuera sometido, nos enteramos de su derrotero por las desoladas planicies de Ashther Kammur en territorio Sumerio, hasta su definitivo asentamiento en Nod (Enoch), pero desconocemos su pensamientos ¿Está arrepentido? ¿Se siente culpable? ¿Qué añora? ¿Cual es su disculpa o excusa? Según su tatara tatara nieto, poco antes de morir, Dat el Haj (Caín) decide transmitir a su primogénito Henoch su infortunada existencia. Para ese entonces, nuestro padre caído, fundador de Enoch, la primera ciudad de la historia, ya era creador de fraguas, industrias, mentor de los músicos y padre de los artesanos y maestros. Juez y Rey. Testigo privilegiado del primer atisbo civilizatorio, una civilización que, ciertamente se lo debe todo. Ha llegado a la cúspide como hombre histórico, sin embargo, un sordo dolor lo lacera y domina. Como ningún hombre antes o después, ha sido despreciado por dos padres, sin esperanza de redención. Este sentimiento lo carcome, lo aniquila y de alguna manera, Las Crónicas…, constituyen el monumento de su expiación pública. El aterrador lamento de su palabra viva,

             

Si nos atenemos al alegato Bíblico, Dios a un tiempo, lo condena y conmuta su castigo, sin muchos remilgos, lo marca escarneciéndolo eternamente, para pasarlo luego al olvido. Su sombra, no mucho después, se pierde en la noche apocalíptica de los tiempos.

 Los testimonios de época, expurgados y dignos de crédito, son casi inexistentes. No obstante, considerados apócrifos ya en su época, Alhazred accede a los papiros, cuyo texto fuera adjudicado a Epherhameth y que luego serían utilizados en los ritos de iniciación de casi todos los faraones incluso los Ptolomeos (Cleopatra).

             

Epherhameth abreva en  las palabras vivas de su tatara tatara abuelo Caín, directamente de la boca de su hijo Henoch, buscando unas respuestas que el Dios de los israelitas –para esa época ocupado en otros menesteres--  no le puede proporcionar. Las palabras y reflexiones de Caín entonces, resultan esclarecedoras ahí donde solo existe silencio y oscuridad. ¿Habla por nosotros? Según el investigador, la humanidad debería aguardar la llegada del Redentor Cristiano para escuchar otra voz que tuviera las agallas para objetar los códices de Moisés. Si nos atenemos a sus palabras, todos los pueblos al oeste del mar muerto debieron salvarse del diluvio, presuntamente universal. Unas 80.000 mil almas, por lo menos.

 

II

            

 Si nos atenemos a las noticias que el investigador posee de estos textos antediluvianos, distinguiremos cuatro etapas, perfectamente delimitadas en el tiempo. La primera, abarca un lapso que solo es posible medir con la indescifrable regla cronológica de los textos bíblicos. Así, averiguamos que Caín, padre de razas, decide contarse y contar los sucesos post Abel entre otros, al final de su larga y prodigiosa vida. Sabemos que Epherhameth recupera el relato oral de la boca misma del anciano y decrepito Henoch, y por primera vez, da forma escrita a la historia de Caín en las Tablas de Kifri. Sabemos que Tubal traduce los caracteres sumerios de las Tablas de Kifri al Hurríta y Acadio y se dedica por el resto de sus días a estudiar y memorizar los textos de su antepasado. A la muerte de Tubal, las tablillas regresan a la arena del desierto de Kammur. Este primer periodo al que denominaremos Kefrítico, arranca con el autor de los textos y culmina con Tubal sustrayéndolos de la mirada pública y enterrándolos en el desierto, al noroeste de Enoch.

 

 El segundo periodo se inicia en el (3.315 a JC) con los sacerdotes de la dinastía Tinita, sirvientes del Faraón Rey Axhenofontes, rescatando de la arena las tablillas de las que solo conocían la leyenda transmitida en forma oral. Continúa con la tarea que realizan los cenobitas del culto a Aton, transcribiendo los caracteres cuneiformes de Epherhameth a jeroglíficos demóticos. Son estos mismos sacerdotes los que preservan las Tablillas de Kifrí devolviéndolas a la arena del desierto. Este tesoro arqueológico deberá pasar cinco mil años enterrado, antes de volver a la luz de la mano del Arqueólogo Akmhed en el 1866. Los papiros de la traducción, poseedores, según los cenobitas de Aton, de un saber hermético, serían utilizados para dar inicio a los ritos litúrgicos egipcios. El texto, ahora completamente desprovisto de contexto, se transformará en doscientos años en El Libro Sagrado de los Muertos.

 

Solo podemos conjeturar como Alla Azfahuar llega a manos del Califa “Amrú”, autotitulado el Guardián, y de este previo paso por las mazmorras del Califa Mahometano “Benam Al Buthy” a “Nemen Alfawi” y finalmente a Abdul Alhazred. Conocemos la huida del árabe loco, su estadía en el oasis de Yhoghod. Su ostracismo de diez años durante los cuales, traduce, estudia y mancilla los escritos.

             

Por fin y para darle algún sentido a esta fábula milenaria, es en el desierto de Yhoghod donde las memorias de Caín se transforman en el Alla Azfahuar.       

Sabemos del regreso de Alhazred a Damasco en el año 725 y de su desafortunada entrevista con el nuevo Califa Muamhud Alluf en el 730 de resultas de la cual, pasará los últimos años de su vida en prisión. Será “Asham Asif I” (El Devoto de Ala) quien lo rescata de la mazmorra y lo lanza al cadalso abrazando a su querido texto. Alhazred es decapitado en el 739 de nuestra era, pero el Al Azif, milagrosamente, es nuevamente apartado de la destrucción por manos anónimas.     

 

Con la muerte del Árabe Loco y el rescate y enterramiento de los papiros en el desierto de Hail, concluye el segundo periodo denominado De los Califas.   

El tercer periodo, comienza aproximadamente en el 812 de nuestra era con la tribu Tuaregs que rescata los rollos Alla Azfahuar y los mantiene en secreto durante cuatro siglos en algún lugar de la inmensidad del Neghev. Continúa con el Sacerdote Guerrero Massimo Conditti regresando a Italia de la tercera Cruzada. Entre las cosas que desembarca en Marsella, se hallan los rollos de papiro del Al Azif, y es el año 1241.

             

La historia del Padre Massimo Conditti, de su mentor El Cardenal D`veglio y los sucesivos Papas que rozaron el aura mística del Alla Azfahuar sin desentrañar su secreto, es digna de otra nota. Digamos en resumen, que Conditti o Lothar Ebert, como se hizo llamar después, se ve forzado a huir de Italia portando los papiros y parte de las traducciones e interpretaciones de estos consigo. Refugiado en España es acogido por El Señor de Berenguer en el año 1245.

 Sebastián de Berenguer presenta al Jesuita Conditti con el librero alemán Ghunter M’hass. Ambos hombres cultivarían una amistad de por vida y es de suponer, que fue M’hass quien recomendó a Conditti cambiar su nombre por el de Lothar Ebert. Aproximadamente en el 1252 Conditti pone en manos de M’hass los papiros del Alla Azfahuar. Este los traslada a Toledo donde asistido por el editor y políglota Sharem Wormious, concluye la traducción de los textos de Alhazred comenzada en Pádua.

              

En el 1259 M’hass edita tres ejemplares manuscritos del Al Azif. De su famosa casa editorial en Toledo, aparecerían encuadernadas en baqueta de vaquilla negra e impresos en papel ámbar de seda de Segovia, las versiones alemanas, castellana y latina del mítico texto. A último momento, y debido quizás a un rapto de inspiración irrepetible, M’hass decide cambiar los caracteres arábigos de la tapa por una aliteración latina con la que pretendía simbolizar, lo mejor posible, el sentido explicito de los textos. M’hass intentaba representar con un valor que superara el lenguaje escrito, el profundo sentido hermético que rezumaba el texto: La oscuridad absoluta que precede a la claridad.

En el frente de cada ejemplar inscribió entonces con letras en oro repujado el epígrafe que sería leyenda. Lo llamó Necronomicon

             

El acontecimiento posterior de la desaparición de uno de los manuscritos, mas precisamente el estudio en latín, signaría la corta vida publica de estos maravillosos inhallables poniendo fin a este periodo denominado De los Pronombres.

Vendido en primera instancia a un comerciante judío de Aragón, el Necronomicon sería, nuevamente, sustraído de la villa del financista, junto con una esterilla que el vendedor del libro, aseguró había pertenecido a Juan el Bautista. La estera nunca sería hallada, pero el incunable reaparece en la Corte Real Española a fines del siglo XV de la mano del fabulador y naturalista francés Felipe Degast. Degast deposita el Necronomicon en las delicadísimas manos de Isabel la Católica y acompaña el presente con una rara edición, debida por completo a su cosecha, del “De las Maravillas y los Monstruos”. Este último, puede ser apreciado, hoy día, tras un cristal de treinta centímetros de espesor, en el sector Curiosidades Literarias de la Biblioteca del Castillo de Aragón. En una sucinta nota al pie, el curador recrea en palabras el acto del obsequio y concluye aseverando que, para redondear el regalo, Degast agregaría a la edición de sus Maravillas un manuscrito en latín de hechura exquisita respecto del cual, la Reina no dio detalles. Y por supuesto, nadie se los pidió.

             

Lo cierto es que en el 1487 Gutemberg edita dos ejemplares del Necronomicon en alemán, tomando como base la edición latina supuestamente en manos de la Corona Española. Uno de los ejemplares originales es llevado a Inglaterra a principios del siglo XVI y entregado a mi antepasado Leopold Wallpole, que es quien por primera ves lo menciona en sus escritos (Ver paginas 123–124–234–312–313–334 de su titánico e insuperable  Suffragesty).

Este conocimiento de primera mano y las alusiones que efectuara luego Wallpole respecto de lo monstruoso e innominable encerrado entre las tapas del libro maldito, abonaría la leyenda posterior que acompañaría al texto hasta hoy. Incluso Edgar Allan Poe, escritor adorado por Lovecraft, roza sutilmente el contenido y sustancia del Necronomicon en su relato más hermético, El Poder de las Palabras (The Power of Words). La sagacidad de rata de biblioteca de Lovecraft da con esa clave incandescente y en el año 1908 envía una carta al descendiente de Lord Leopold Wallpole; Sir Henry Whinslet Wallpole Harris. En ella, Lovecraft confiesa a Whinslet su admiración por Wallpole y entre otras cosas lo interroga respecto del Libro que el nigromante ingles mentara en por lo menos tres de sus obras. Esa primera carta, sellaría la amistad de estos hombres que nunca llegarían a conocerse personalmente. Entre los años 1908 y 1924, año en que Lovecraft contrae matrimonio con la Señorita Greene, la correspondencia es abrumadora y prolífica por parte de ambos. Luego, decaería casi hasta desaparecer. Sin embargo, en una carta fechada en Providence Rhode Island el 12 de enero de 1936, tratando de acortar una brecha de silencio que se había extendido por casi seis meses, Lovecraft reclama a su amigo Whinslet una copia del libro. Whinslet tardaría más de un año en contestar. La respuesta sería entregada a Robert Barlow, albacea literario de Lovecraft, la madrugada del 14 de marzo de 1937, horas antes del fallecimiento del escritor de Nueva Inglaterra.

              Entre las innumerables distinciones de que me ha hecho objeto el Gran Maestro Bhur Akmhed, esta la de cederme la carta autógrafa que mi antepasado Henry Whinslet le enviara a Lovecraft ese invierno de 1937 y que el escritor no llegaría a leer. Considero por lo tanto que, como prefacio e introito del verdadero Necronomicon o Tablas de Kifri o Alla Azfahuar, las palabras iluminadas del noble ingles, poseen el poder de delinear el contexto histórico que debió navegar el texto apócrifo. Nunca como antes en la historia, las supercherías de Alhazred calarían tan profundamente el inconsciente colectivo. Podrá decirse, parafraseando a Whinslet que Alla Azfahuar funcionaria como bisagra, fracturando por primera vez las ideas y los pensamientos, transformando en vetusta la especulación empírica y dando asimismo paso a la ciencia tal y como hoy la conocemos.

             Whinslet es consciente de ello e intenta comunicárselo a un Lovecraft enfermo y obnubilado por los calmantes. Pocos años después, el sombrío signo de los tiempos cerniría sobre la humanidad una pesadilla que superaba las expectativas del Necronomicon, aguando cualquier especulación. Whinslet es un hombre moderno en todo el sentido de la palabra. Moriría pocos años después él también, luchando bajo la bandera de su patria en el extranjero. Whinslet intuía el futuro como un remedo, una sincrónica remembranza apocalíptica, ya predicha en las tablas de Kifri. Todo esto intenta decirle a Lovecraft, pero fue tarde. Quizás el loco de Providence, como lo llamaban, no hubiera querido escucharlo. Dejo a la consideración de los lectores la carta de Whinslet Wallpole. 

 

 

 

Castillo de Wallpole

Midfield Talmine

Escocia

8 de febrero de 1937                  

 

Mi muy dilecto amigo y compañero Howard;

Puedo asegurarte que en los correntosos recovecos de esta casa endemoniadamente fría, el único comentario del servicio es que, tal como lo conocemos, no falta mucho para el fin del mundo. Estamos tratando con un loco, y disculpa mi vehemencia, pero yo mismo reconozco que no les falta razón. Recuerdo los días en que sentías una especie de atracción admirativa por este sangriento perro austriaco. Muchos amigos piensan hoy como tu lo hacías ayer, debo admitir, incluso parte de los muchachos del Club (se refiere a las Cámaras legislativas; Lores y Comunes).

 

Semanas atrás, uno de sus esbirros rubios se dejó caer por el 10 (El 10 de Dawning Street; hogar y asiento político del Primer Ministro Ingles) y para mi asombro, fue recibido y tratado como un héroe de Crimea. Como te imaginarás lo considero desde todo punto de vista inadmisible, pero parece que son los tiempos que nos han tocado para vivir, o morir. Ningún ser humano que conozca podría confundir a un demonio con un ángel del Señor. Pero, a estos seres, que parecen surgidos de la entelequia de un sifilítico desencantado, no es tan fácil reconocerlos. (Se refiere a Nietzsche. Es importante hacer notar que Whinslet desconocía que la enfermedad que mató al filosofo alemán, había cobrado la vida de Lovecraft padre y precipitado la de su madre. Precisamente, y debido a este desconocimiento, se expresa de manera desenfadada respecto del mal, y quizá por ello mismo, Lovecraft no debió adjudicarle al exabrupto de su amigo, un carácter alusivo o afrentoso).

 

En tu bien amado libro no nos han dejado recetas para deshacernos de engendros así. Estoy muy apenado por todo este embrollo de alianzas, ejes y triangulaciones, todo ello acompañado por ese sangrante batiburrillo alemán de marchas e himnos y valkirias. Lamento no haber podido, como tú, apreciar el contenido manifiesto que dicen se puede hallar en las obras de este músico admirado, ahora parece que por todo el mundo (se refiere a Richard Wagner). El único que comparte mi postura, por otro lado absolutamente solitaria, es el loco del gordo Winston. Ha perdido la comandancia de dos buques de respetable porte por sus opiniones abiertamente hostiles hacia el perro ¿alemán? Lo que se viene no es bueno mi leal amigo, creo que no ha pasado el suficiente tiempo para elaborar las muertes que produjo la Gran Guerra y ya estamos fabricando otra que sospecho más cruenta y letal. Como imaginaras a todos nos tomo de sorpresa la abdicación de Eduard (Eduardo VIII), aunque fuera pedida a gritos. La Señora Simpson, no ha dicho que sí o que no respecto de las habladurías, aunque te confieso que la salida de Eduard de Buckingham tiene mucho que ver con su postura respecto de los acontecimientos del continente. Como te dije antes, no es el único que le sonríe al monigote de uniforme pardo. Nosotros tiramos a los regentes por la ventana mientras los vecinos alemanes se rearman a la velocidad de la luz. Personalmente me ha resentido mucho la decisión de Eduard, al que estimo, como sabrás, desde siempre.

Notaras que he preferido tirarte por la cabeza con todas las noticias, sin intercalar un solo párrafo personal. De esta forma, que creo más beneficiosa para mí, arrojo la alforja más pesada y puedo dedicarme exclusivamente al asunto que me reclamas.

 

Mi buen amigo, me exiges objetividad y crudeza a la hora de evaluar tu “Historia del Necronomicon” pero en el párrafo anterior, justo antes de conminarme a ser brutal con tu obra, criticas mi decisión de no permitirte el acceso al libro. Solo te diré que me resulta tan imposible desprenderme de este legado, como a ti cruzar el Atlántico. De todos modos, y aunque todo esto se deba a una imposibilidad patológica, acepto y comprendo tu enojo.

 

He leído tu magnifica obra. La he leído por lo menos cuatro veces, pero debo confesarte que esa pasión mía por tu estilo único e irrepetible, se frustra algunas veces, específicamente cuando intentas exhibir oro refulgente que, te aseguro, no se esconde ni remotamente en las paginas del libro que poseo. Esa historia que cuentas es tan aterradoramente bella y sinigualmente escrita como equívoca. Como verás, estoy forzándome a ser objetivo y crudo todo el tiempo.  Cuanto más fácil resultaría todo si el libro de Alhazred fuera realmente el Necronomicon. Es cierto que esta impostura, conviene dramática y literalmente a tus fines. Estoy convencido Howard; Nadie quiere escuchar la verdad, y cuando alguien la grita propiamente en tu rostro, tapamos los oídos a ella como si se tratara de una blasfemia. Alhazred, como buen embustero, ha expresado utilizando sus maravillosos signos y símbolos curvos, exactamente lo que los hombres deseaban escuchar. Justamente como esas altisonantes piezas de Wagner.

 

Dice en su panegírico que las puertas del infierno y del paraíso, no solo son contiguas e idénticas, se trataría además de entradas que conducen a un solo sitio nebuloso e innominable donde moran los antiguos. Que conveniente.

Acordarás conmigo que, es más fácil vivir en este mundo intransigente si creemos que Dios, o más no fuera el Demonio, se detienen a escucharnos. Que el espacio que separa su omnipotencia de nuestra mortalidad, puede ser salvado, repitiendo con insistencia y convicción unas estrofas tan ampulosas como sinsentido.

Nunca sabremos a cuantos desdichados has iluminado la noche, garantizando con tu arte las supercherías de Alhazred. Cuantos locos habrán desesperado tratando de encontrar un cul de sac en medio de su ciudad. Vamos Howard. Déjame entrar en tu cabeza. Alhazred fue un loco perdulario que tuvo la infortunada idea de tomar un testimonio extraordinario, un conocimiento tan sorprendente que podría, si se supiera, cambiar hoy mismo la forma en que vemos a este pobre mundo nuestro. Detente a pensar que desfiguró tanto esa sorprendente evidencia con el solo propósito de agradar a su Visir.

No es digno de ti mi querido amigo. Sabes que poseo la traducción de las tablas de Kifri realizada por el árabe Akmhed. Ese es el Necronomicon. Si lo deseas, con mucho gusto trabajare en copiarlo para ti y enviártelo a tu querida Boston.

 

Dime si has invocado a los extranjeros del libro para que te libren de tu miserable enfermedad. Dime si con un solo conjuro recitado has podido lograr que tus maravillas literarias puedan ser comprendidas y editadas. Los perros no escuchan ni comprenden la música. En realidad, tú les hablas a gentes que vivirán cien o doscientos años adelante, si es que queda mundo para ese entonces. Quien como tu sabría invocar a los maestros antiguos que rozan con sus zarpas la cortina nebulosa que separa su mundo del nuestro.

Donde han estado los guardianes cuando nos matamos en la gran guerra, cuando casi destruimos la única casa que tenemos los humanos. El Necronomicon, las tablillas de arcillas de Kifri, no fueron compuestas con ambición de posteridad.

 

Son producto del amor filial de unos primeros hombres de barro, apenas frescos. Unos seres tan inimaginablemente cercanos al creador, que no poseían la conciencia ni los talentos para explicar ese portento. Solo podían sufrir el abandono. Dat el Haj llora desconsolado su castigo, y sus hijos y nietos solo comprenden que ese hombre industrioso y callado que sorprende a su familia cada día con una idea tiene un secreto que contar. Habla del paraíso, habla de su padre y recuerda a su hermano y hermanas. Por momentos, y solo en algunos pasajes, me recuerda esas leyendas bucólicas relatadas a la vera del rió que cimbrea los altozanos de Midfield. Es a la vez un cuento triste y desgarrado. El grito de un desterrado sin destino que por esa razón bosqueja el mundo que hoy conocemos. Caín, de quien hablo, es el poseedor de ese saber increíble que los señores de la cristiandad nos han escamoteado todos estos siglos.

Lo que cuenta el Necronomicon es tan aterrador y prodigioso que de saberse, podría cambiar nuestra forma de pensar y ver a las criaturas que habitan este planeta. Puedo asegurarte mi querido Howard que has probado apenas un vaso del océano del Necronomicon. Es cierto que el Dios que nos exhibe Caín se parece más a un entomólogo que a la preconcebida idea que tenemos del Creador. Un Dios tan cercano, irascible y misterioso, acorralado por seres que, parecen ser los que toman las decisiones. Te aseguro que si aceptas las tablillas por lo que son, te resultara aterrador pasearte por sus paginas. Infortunadamente, ese terror latente de conocimiento, ha signado el destino del texto que poseo; No salir nunca a la luz, por lo menos por ahora.

Se que estas atravesando la jornada de tus desdichas. Se que tu cuerpo esta herido y que es posible que debas partir. Pero, escucha las palabras de tu amigo en la distancia. Descansa tu cabeza en la almohada y sueña con Khadhat. Esa gloriosa ciudad tuya que a mi mismo ha dado esperanzas en algunas noches de dolor. Duerme y sueña mi buen amigo Howard Lovecraft. Sueña por todos nosotros. Que el Señor Jesús te acompañe.   Henry.

 

 

Las páginas que presento a continuación, son el texto completo de las Tablas de Kifri, o el Allha Azfauar, traducido de las piezas originales por Bhur Akmhed y Julius Moras entre los años 1869 y 1877.      

Debo agregar que se debe a la esposa de Sir Henry Wallpole Winslet Harris la fascinante idea de mantener la oralidad a lo largo del relato de Caín, ya que se trata de una obra originalmente escrita en primera persona. En el texto, es posible reconocer la palabra expresada. La oralidad sobrevolando la totalidad de la obra que, Akmhed y Moras a la hora de traducir, ajustaron, a mí juicio, fútilmente, según las normas de una sintaxis y gramática arcaica incluso para aquellos días de su traducción. Emma Morace Winslet, acertadamente, refrescó el texto sin necesidad de alterar ni omitir una coma. Mucho menos, modificar el sentido. Como muchas veces hubo expresado Bhur Akmhed, el Necronomicon no es otra cosa que el soliloquio de un desterrado. En ese sentido, Winslet decide respetar el tono reconcentrado de quien se pregunta y pregunta a su alma respondiéndose con la historia que lo atraviesa como una flecha inmisericorde. Por lo tanto, el Necronomicon que entregamos al lector entrenado, es la voz misma de Caín, sin artilugios semánticos ni agregados pegajosamente dialécticos, ya que estos solo comprometerían el sentido de la obra. Eventualmente encontrara el lector alguna nota del traductor aclarando un nombre o señalando un dato histórico o bíblico al solo efecto de que el desconocimiento de un término especifico, no oscurezca la comprensión del texto todo.

 

R. J. G

Lomas de Zamora, Argentina 

Marzo de 2006

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