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9 min
Alma invisible
Drama |
14.04.15
  • 5
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  • 420
Sinopsis

Relato sobre el camino hacia un destino incierto, fruto de la desesperación y la desesperanza.

En una sala oculta, dentro de un bar de mala muerte, en un barrio poco recomendable de una ciudad oscura, ocho personas se jugaban lo que tenían con la esperanza de poder seguir con su vida adelante.

Unos por dinero, otros sólo a cambio de poder seguir viviendo, pero todos estaban al filo de la navaja aquella noche, por el motivo que fuera.

Esperaban sentados en unos sofás, sin atrever a mirarse unos a otros, todos con el semblante serio.

El silencio más absoluto devoraba los nervios de aquellas personas.

Entre ellos se encontraba un chico de veintipocos. Era el único que no parecía preocupado. Más bien todo lo contrario, parecía seguro de sí mismo. Como si supiera que aquello era lo que necesitaba, lo que tenía que hacer, y su motivo tenía.

Su vida había tocado a su fin. Estaba escrito. Él lo sabía. Era absurdo seguir remando contra corriente, y aquella era una forma emocionante de acabar con todo. Pensar en aquel fin le hacía sonreír levemente, con más nostalgia que alegría.

De pronto se rompió el silencio. Empezó a sonar una música leve, como de hilo musical, era clásica. Parecía ser la marcha eslava de Tchaikovsky.

Todos empezaron a inquietarse. Miraban hacia todos lados. Se miraban unos a otros, desesperados. Bueno, no todos. Había un joven que se mantenía impasible, inmerso en su mundo. Su sonrisa se acentuó en el instante en que la música empezó a sonar, deseoso porque llegara el final.

Al instante un hombre entró en la habitación e indicó a dos de aquellas personas que le siguieran a la habitación contigua. Era un hombre enorme, de más de dos metros de altura y demasiado musculado. Lucia un enorme bigote, compensando así su prominente calvicie.

Las dos personas indicadas salieron por la puerta delante del gorila, y éste la cerró nada más cruzar el umbral.

La preocupación del resto iba en aumento.

La música seguía sonando.

Cuando la canción llegaba a su fin se escuchó un estruendo que dejó pálidas a cinco de las seis personas que aún había allí.

La canción terminó y empezó a sonar el vals de “La Bella Durmiente”.

«Maldito Tchaikovsky, que oportuno», pensó el joven. Pero su sonrisa no cesó.

Según comenzaba a sonar la nueva canción, volvió a entrar el hombre de antes. Le acompañaba una sola de las personas que se había ido con él.

Era una mujer de unos cuarenta, que no paraba de temblar.

Indicó de nuevo a dos de las personas a que lo acompañaran a la habitación contigua. Esta vez dos hombres.

Uno de ellos miró hacia la otra puerta, por la que habían entrado antes, e hizo ademán de salir corriendo hacia ella, pero el hombre  del bigote pareció convencerle de no hacerlo cuando le mostró sutilmente la pistola que llevaba bajo la chaqueta.

Salieron por la puerta como los dos anteriores.

Según se fueron, todos se quedaron mirando a la mujer temblorosa. Bueno, había uno que no. El joven parecía seguir ajeno a todo aquello. El resto de miradas reflejaban el pánico más absoluto.

Ocurrió exactamente lo mismo que la otra vez. Un fuerte sonido y, pocos segundos después, la entrada del hombre del bigote, acompañado por uno de los dos que habían salido con él.

Esta vez era el hombre que había mirado hacia la puerta. Volvía con una especie de sonrisa histérica.

Seleccionó de nuevo a dos personas. Otros dos hombres.

Mientras se cerró la puerta, la canción cambió. Tocaba el turno del Cascanueces. Tchaikovsky no daba tregua alguna en aquella noche.

Volvió a ocurrir lo mismo de nuevo.

Otra vez aquel estrépito.

En ese instante el joven dirigió la mirada a la única persona que, junto a él, aún no había entrado en la otra sala.

Era una mujer de treinta y tantos.

Su cara reflejaba terror.

La sonrisa del joven cesó.

Era una mujer muy atractiva.

El joven no podía parar de preguntarse como una mujer así podía haber acabado allí.

Intentó decirle algo para calmarla, pero no fue capaz de articular palabra.

De repente la puerta se abrió de nuevo, trayendo tras de sí al del bigote junto con uno de los hombres.

Éste estaba serio, con la mirada perdida, en un estado de shock puro.

El del bigote invitó a la mujer y al joven a seguirle, y así lo hicieron.

Pasó primero el joven, después la mujer y por último el del bigote.

Cruzaron un pequeño pasillo y el del bigote abrió una nueva puerta.

Daba a una nueva estancia. Más grande que en la que habían estado esperando.

Era una habitación casi vacía. Tenía otra puerta más en la pared de la derecha, era una puerta negra con un cartel de prohibido.

Una mesa con una caja encima y dos sillas era todo lo que allí había, y de fondo una pared de cristal, tras la cual debía estar el público, o eso es lo que el joven creyó.

El hombre del bigote les invitó a sentarse uno frente al otro, y así lo hicieron.

El joven miraba fijamente a la mujer.

La mujer tenía los ojos en dirección al joven, pero miraba al infinito.

La canción cambió.

De nuevo Tchaikovsky, esta vez “El lago de los cisnes”.

El joven seguía mirando a la mujer.

Era realmente guapa. Quizás se hubiera podido enamorar de ella.

O tal vez se estaba enamorando de ella en aquel instante.

Por un momento vio pasar la vida de aquella mujer ante sus ojos, o lo que él dedujo que debía haber sido su vida. Aunque seguía sin cuadrarle que estuviera allí.

Se acababa de enamorar de ella.

Le dedicó una sonrisa, pero ella no la vio. Estaba demasiado ocupada vigilando el infinito.

El hombre del bigote se puso entre los dos, de pie, frente al espejo.

Les dijo que ya sabían lo que tenían que hacer.

– Una vez cada uno. Hasta el final. Y nada de tonterías –dijo, sin mirar a ninguno de los dos.

Entonces sacó un revólver de dentro de la caja, se metió la otra mano en el bolsillo y sacó una bala.

Metió la bala en el revólver e hizo girar el tambor. Cuando el tambor dejó de girar le dio el arma a la mujer.

–Las damas primero –dijo sonriendo.

«Valiente cabrón», pensó el joven.

Le dieron ganas de levantarse, coger la silla y acabar con él a golpes, pero no lo hizo.

La mujer se puso la pistola en la sien.

Estaba aterrorizada.

Él la miró a ella. Por fin parecía que ella le miraba también a él. Hasta le pareció que le sonreía.

Él deseó con todas sus ganas que la bala fuera para él. Para eso había ido allí. Ella no tenía la culpa.

Mejor él que ella. Él ya no tenía sitio en el mundo, no dejaba de pensar.

El dedo de la mujer se posó en el gatillo y apretó.

Lo hizo sin cerrar los ojos.

El sonido metálico del martillo le rebotó en el oído como una campana salvadora.

Ella seguía allí, con él.

Ahora era su turno. Deseaba que la bala estuviera preparada para él.

Seguía mirando a la mujer, que seguía con el arma en la sien.

Él la sonrió, mientras esperaba que le diera el arma.

Quería salvarla.

Decidió que se dispararía rápidamente tantas veces como fuera necesario, hasta que la bala atravesara su cabeza.

De pronto, ella le devolvió la sonrisa.

No era una sonrisa de alivio, era algo más.

Parecía que algo en ella había cambiado.

Quizá fuera la mujer de su vida.

Él sintió miedo, como no lo había sentido nunca. Pero no era por él, sino por ella.

Ella no dejaba de sonreír.

De sus labios parecieron salir unas palabras, pero no alcanzó a oírlas bien.

«Te quiero», quiso entender el joven.

La sonrisa de ella le atrapó y ahora él también sonreía.

Ella le quería, o eso quería creer él.

Fue a contestarle, quería decirle que daría su vida por ella.

Pero ella se adelantó y volvió a apretar el gatillo.

Esta vez no se escuchó ningún ruido metálico.

Pudo oír en primera persona el estruendo que había estado atormentando a la gente de la sala de espera.

Ella había hecho trampas.

Su cuerpo cayó sin vida de la silla al suelo.

El joven no podía apartar su mirada de los ojos de la mujer. Seguían abiertos, mirando de nuevo al infinito.

En su cabeza, el joven, no paraba de escuchar las palabras de la joven una y otra vez. “Te quiero”, había dicho ella.

El del bigote no salía de su asombro. Eso no estaba permitido.

Entraron tres personas con la cara tapada en la sala, a través de la puerta negra.

Dos de ellas se levantaron el cuerpo de la mujer y lo llevaron hacia la puerta de nuevo. La otra se puso a limpiar la sangre del suelo y de la mesa.

Él quiso levantarse y arrebatarles a la mujer, pero no lo hizo.  Siguió allí sentado, sin moverse.

–Vamos, levanta –dijo de golpe el del bigote, sin ningún tipo de delicadeza –. Parece que hoy es tu día de suerte.

«¿Suerte? Qué coño sabrá él», pensó el joven.

De pronto, en un golpe de lucidez, reflexionó y volvió a sonreír de nuevo.

Miró hacia la puerta negra por la que estaban sacando a la mujer.

–Gracias –dijo el joven sin parar de sonreír.

Se levantó, para acompañar al del bigote, que estaba ya esperándole con la puerta abierta. Aquella por la que habían entrado apenas unos minutos antes.

Cuando salía le pareció oír aplausos detrás del cristal, aunque tal vez sólo fue su imaginación.

Le pareció ridículo, pero nunca se sabe.

Cruzó la puerta y decidió borrar aquel recuerdo de su memoria, pero no la última mirada de aquella mujer, ni la nueva oportunidad que le había dado.

 

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