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7 min
Alopécico con palo pa sé felí - Mer Curio
Suspense |
26.04.15
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Sinopsis

Los problemas de Alopécico para ser feliz.

Al abrir la puerta del baño lo comprendió todo.

Tenía cinco años. Corría de un lado a otro buscando las luces, el papel charol y las figuritas del portal de Belén. Quería tenerlo todo preparado: cuando la tía Marina le preguntase algo como ¿dónde está la cinta adhesiva?, él la tendría dispuesta para la acción. La espuma para hacer dibujos en los cristales, el fondo del cielo estrellado para el portal, las... ¿tijeras? ¿¡Dónde están las tijeras...!? No estaban en el cajón de debajo de la tele junto a la baraja de cartas y el cortauñas, no estaban en la caja de la costura con las bobinas de hilo, los alfileres y los botones, no estaban en la cocina. ¿Y en el cuarto de baño? Salió corriendo hacia la puerta del baño y sin llamar la abrió.

Una humedad caliente le entró por la nariz y le hizo parase en seco. El vaho de la ducha creaba una atmósfera de cuento y sus ojos intentaban acostumbrarse a esa nueva realidad. Y allí, en medio de esa nube, vio a su madre sentada sobre el váter, con una pierna sobre el suelo y la otra sobre la tapa cerrada del inodoro, ayudándose con la espuma de afeitar, la cuchilla y las tijeras, en una operación de precisión digna de un relojero; allí vio cómo su madre dejaba tan solo un hilo perfecto de vello sobre su pubis. No tuvo que hacer ninguna pregunta. Como si de un hechizo se tratase entendió que existía una conspiración contra el pelo, un rechazo irracional ante un hecho natural y positivo (estamos en invierno, ¿no entiendes que están ahí para procurarte calor?), un sinsentido contra el cual debía actuar. Fue ese dieciséis de diciembre de 1980, a las siete menos cuarto de la tarde, cuando Antonio Alopécico Perdido comprendió que debía dedicar su vida a defender el vello corporal en todas sus manifestaciones.

Los días siguientes fueron determinantes en su opción vital. Alopécico comprendió que ni él ni su familia podían vivir en la calle Peluqueros, que aquello no podía ser sin más una casualidad jocosa de su existencia, que debía ser una ocasión que le brindaba la vida para iniciar la conquista de su sueño. Este sería el comienzo de su causa: vivir en otro lugar. A partir de entonces, muchas fueron las conversaciones con su madre acerca de la necesidad de mudarse de casa, muchas las objeciones que le puso a aquel barrio obrero cada vez que tenía ocasión, muchísimas las alabanzas que realizó de otras zonas de la ciudad. Sin embargo, todos aquellos intentos no eran suficientes para conseguir su objetivo. Necesitaba algo más determinante, una idea sublime que consiguiese que su madre sintiese la necesidad de sacarlo de allí de una vez por todas.

No era habitual que llamasen a la madre de Alopécico Perdido desde el colegio. Siempre había sido un niño que había tenido facilidad para relacionarse con sus compañeros y, como le gustaba leer, nunca había tenido problemas con los estudios. Pero que aquella evaluación le hubiesen quedado cinco asignaturas pendientes no era normal. No, no era normal, y esta idea daba vueltas y más vueltas en la cabeza de la madre de Alopécico Perdido mientras esperaba sentada en el banco de la portería de la escuela a que llegase la Psicóloga del colegio. Al verla llegar caminando por el pasillo que termina en la portería, arreglándose la camisa mientras caminaba, el cuello, la comisura de los labios, el pendiente, pero sin acercarse descaradamente al pelo, su madre comprendió: su hijo había crecido. Ahora sí sentía lo que era el sarcasmo y el insulto soterrado que recibía por los otros niños de la escuela. Entendía que apellidarse Alopécico y vivir en Peluqueros cuatro, noveno b, era algo más que un chiste malo; era... como un pelo en la sopa, era una presencia que no le permitía disfrutar de su realidad, tanto, que necesitaba una nueva. Y la consiguió. Así un lunes de marzo se mudaron a Costureras seis, segundo b; un piso que, aunque estuviese en la misma barriada de La Hermandad del trabajo, estaba muchísimo mejor, dónde se iba a comparar.

Después de vencer en esta batalla, Alopécico Perdido llegó a la conclusión de que todo lo que se propusiese en su vida lo lograría. El siguiente paso fue descubrir su vocación: sería médico y trabajaría en una clínica de implantes capilares. No sería una clínica normal, una de esas que solo atiende a pacientes ricos y que únicamente existen para hacer dinero, no, Alopécico Perdido crearía una clínica popular, una clínica para todos con un eslogan impactante: “Un pelo pa sé felí”, un lema que dejase a las claras su carácter universal y cercano. Un sueño hecho realidad. Así fue su paso por la Universidad. Esos fueron sus mejores años. En la facultad de medicina Alopécico era tan conocido por las brillantes calificaciones que obtenía en sus asignaturas como por su cuidada melena, la envidia de todo el personal...

 

Y ahora, cuarenta años después, al abrir la puerta del baño, lo comprendió todo.

Hay momentos en los que un hombre no se puede engañar. Instantes en los que toda su vida pasa frente a él como una película de cine, como le estaba sucediendo ahora a Alopécico Perdido mientras se miraba fijamente en el espejo del baño. No podía decirse que no había visto las advertencias: algunos pelos que recogía de la almohada al hacer la cama, algunos que se caían mientras se acariciaba la cabeza al trabajar frente al ordenador... y hoy, cuarenta años después de aquella incursión en el baño de la casa de su madre, veía en el espejo, sin lugar a engaños, que aquellas entradas eran mucho más que eso, que aquella pérdida capilar no había podido menguarse, ni siquiera con todo lo que había aprendido. Agarrado al lavabo con ambas manos y mirándose a los ojos, esta vez, no se quería engañar. Cogió la cámara de fotos e intentó hacerse instantáneas de todas las áreas yermas; esta vez no jugaría con el resto del pelo para camuflarlas, quería ver la realidad. Y entonces empezó a disparar apartándose el cabello hacia un lado, hacia el otro, sin parar, desde el frente, desde los lados, desde arriba... dios, ¿tendría una calva en la coronilla como se dejaban los curas? Pero, ¿qué pretendía? Quería por vez primera mirarse más allá de los pelos, quería verse de verdad. Por ese motivo su mano y su brazo buscaban cada vez posturas más imposibles, buscaban perspectivas para enfocar su cabeza cada vez con mayor ángulo, y no siempre lo lograba... fue entonces cuando sintió la necesidad de ser más grande, de tener los brazos enormes y entonces se le abrieron los ojos y comprendió, comprendió qué era aquello que buscaba desde siempre: no era el pelo lo que necesitaba “pa ser felí”, era el palo para hacer selfies lo que había buscado desde siempre. Alopécico Perdido, empresario innovador, cambiaría su empresa, vendería palos para hacer selfies a todo el mundo, para que se viesen, para que se redescubriesen. Quién sabe si este descubrimiento le haría sentirse incluso más cerca de su madre. Quién sabe si aquella noche de invierno de hace cuarenta años, su madre simplemente se preparaba para encontrar un palo “pa ser felí”.

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