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6 min
Amantes mecánicos
Ciencia Ficción |
12.05.14
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Sinopsis

¿Qué sucedería si la humanidad delega en los autómatas hasta la propia capacidad de amar?

En una ciudad indeterminada, de un país irrelevante dentro de un futuro no muy lejano, las máquinas acabaron por sustituir a los seres humanos en la totalidad de las actividades de su día a día. Era algo normal, pues la tecnología debía de aplicarse para la mejora de la vida de una especie que creó a las máquinas para ser sus fieles sirvientes, sustitutos de los antiguos esclavos, sin que éstas pudiesen emitir queja o protesta; o reagruparse en organizaciones de cara a una futura rebelión.

Apenas unos pocos consiguieron separarse de los cúmulos de sociedad en los que las personas vagaban como autómatas más mecánicos que las propias máquinas que debían de realizar las duras tareas que ellos no deseaban. Esos pocos, aún conformaban la familia tipo de siempre: padre, madre y un par de hijos.

Un mundo artificial, carente de realidad pero real. Cada aspecto de éste, fue creado para satisfacer las necesidades humanas, los robots no eran menos. Apenas indistinguibles de un ser humano tipo, caminaban por las calles luciendo su aspecto orgullosos de sí mismos, indicando que con el pasar de los años dichas creaciones alcanzaron a desarrollar características similares a las de sus propios creadores. Años, décadas, de funcionamiento, hacían mella en sus propios cuerpos mecánicos ante los aspectos ajenos a ellos, pero observados durante tanto tiempo. Eran importantes, se sentían necesitados como pudiera sentirse cualquier persona, y esa sociedad no era capaz de hilar sus días sin la presencia de los engendros mecanizados. La dependencia era total.

Su llegada al mundo se dio en una cadena de montaje tipo, dentro de la serie 76CCV con número de serie 54, se le bautizó como la ‘Amante perfecta’ y en los círculos callejeros, ‘Sexo mecánico’

Como todas las de su tipo, fue enviada a un club de alterne sintético, donde sustituirán a los modelos 75CCV. Dichos modelos habían dado problemas antaño, y la empresa encargada se vio en la obligación de comenzar con la fabricación de nuevos modelos de satisfacción sexual masculina. Los engendros varones no dieron ningún problema.

Por supuesto, no os vayáis a creer que dentro de este nuevo mundo no existen club de alterne en los cuales las mujeres no gasten sus sueldos al igual que los hombres, los hay, pero ellos no centran hoy nuestro interés.

Para la mayor parte de los seres humanos en edad fértil, los nuevos modelos mecánicos únicamente eran válidos para satisfacer sus necesidades sexuales. Ella, no le daba relevancia a las peticiones de sus clientes, tan solo las satisfacía como su deber y programación le marcaba, una pauta a la cual no se puede negar aunque lo intente. Pero, tampoco lo intentaba, no.

Optó por nombrarse a sí misma como Gaia, un honor mitológico y terrenal absurdo bien mirado, pero con gran significado para sus circuitos gelificados. Nadie la llamaba por ese nombre salvo ella misma. Los humanos en sus ardientes deseos preferían llamarla ‘robot’ o ‘androide’ o ‘cables’, cualquier cosa que consiguiese alejarla del humanismo imperante en aquellos seres salvajes que la trataban como un simple pedazo de carne. Bueno, bien mirado no como tal, más bien como algo más básico aún: un juguete.

Los humanos eran fáciles de complacer. Sus placeres eran simples y ella la mayoría de las ocasiones acaba por aburrirse.

Pero por el lado contrario, en los clubes de máquinas masculinizadas, las mujeres humanas si se encaprichaban de sus autómatas. Máquinas capaces de complacer una y otra vez sin cansarse, sin emitir un quejidos, sin llegar jamás a ningún límite. Siempre repetían, y tornaban a ser un problema para dichos empresarios.

Pero dentro de esta dinámica cruel de superficialidad extenuante, algo extraño fue fermentándose entre Gaia y el portero robot del club, Got. Éste, apasionado del arte humano, dignificó su eterna existencia al estudio de la poesía y los grandes literatos españoles, ingleses y franceses de siglos olvidados por los propios humanos. Cada noche, Got le dedicaba unos versos de su creación a una Gaia que los leía, pero no entendía el porqué de aquella emoción extraña que sentía en su mecanizado interior.

Ella comenzó a cambiar, no. Ya no se sentía cómoda siendo un ser mecánico. Got continuaba escribiéndole aquellos versos apoteósicos cada noche, mientras al final de sus respectivos turnos laborales salían a caminar a la luz del amanecer. Se quedaban extasiados, contemplando el sol asomar su rostro brillante mientras los rayos desprendían un calor que no podían generar.

Y sucedió que, aquellos dos robots creados para satisfacer, empezaron a ver su comportamiento cambiar.

Evolucionaron hacia seres con sentimientos.

Por supuesto, los seres humanos; desde ingenieros a diseñadores, veían todo esto como un error de programación en la nueva serie autómata que fue lanzada al mercado. Un fenómeno corregible, pero no relevante. Un desfase de fábrica que podría ir arreglándose poco a poco, máquina por máquina.

Un fallo. Decían.

¿La sorpresa? fue que no se pudo arreglar, pues el gran problema comenzó a ser de magnitud globalizada cuando estos comportamientos se multiplicaron. El miedo empezó a invadir los círculos más altos y bajos de la humanidad, era imposible y absurdo que aquellas máquinas gozasen de lo único que hacía humanos a los seres humanos ¡Los sentimientos!

Todo tornó a ser un asunto de interés general mundial: las máquinas debían de ser exterminadas. El peligro que suponía para las personas era patente en cada nuevo error que se descubrió.

Poco a poco, uno a uno, los robots fueron eliminados sin éstos oponer resistencia.

Todos aquellos como Gaia y Got, que un día fueron creados para ser sirvientes fieles de los humanos, de un día al siguiente ya no servían a su propósito. Optaron por las series viejas, inútiles en muchos aspectos, y dejaron la nueva enterrada en amasijos de metal inservibles y reutilizados para crear nuevas máquinas en base a modelos antiguos. Nuevos viejos robots que debían obedecer, no pensar; menos aún, sentir.

En aquellos momentos de locura manifiesta, no hubo sangre derramada pues esas máquinas creadas para obedecer, consiguieron alcanzar un punto de humanidad más elevado que el de esos propios seres, creadores, que optaron por continuar sumidos en su pequeña burbuja de ignorancia masiva.

Gaia y Got se llevaron el último resquicio de humanidad en un planeta que se olvidó de amar.

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