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6 min
Amo mi hogar
Ciencia Ficción |
22.11.14
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Sinopsis

Breve relato que describe una sociedad avanzada y equilibrada.

Amo mi hogar

 

 

Tras el enorme cristal que delimita la ventana del salón puedo contemplar con absoluta paz los alegres rostros de los niños jugando y trotando sobre la fresca hierba del parque. Los rayos solares irradian mis arrugadas mejillas, pintándolas de un claro y amarillento color al compás que una amplia sonrisa se esboza debido a la felicidad impregnada en aquella angelical visión. Unos jóvenes policías desayunan plácidamente en una lujosa cafetería donde he tenido la suerte de celebrar de forma recurrente mis aniversarios. No se encuentran muy ajetreados, se limitan a conversar a la par que toman ese exquisito café importado de África y observan a la gente pasar ante ellos. Cierto es que, mediante exhaustivas campañas de concienciación social promovidas por el ayuntamiento, los índices de criminalidad han emigrado de ésta mi ciudad. Costumbres extintas como relajarse en la fresca noche de verano que discurre en la calle y dejar la puerta abierta para que el aire se apodere de la casa, se han recuperado gracias al efecto positivo de estas iniciativas.

 

Ante mi cansada vista se dibujan las inacabables hileras de coches perfectamente aparcados. Coloridos y grandes, se bañan en la luz solar, la cuál recarga sus baterías restando así la necesidad de utilizar la escasa gasolina que posee la Tierra para poner en marcha esos potentes motores. Grandes avances han rondado al sector automovilístico a lo largo de los años. Recuerdo como las ruedas de estos turismos urbanos besaban deslizándose la fría calzada comprendida entre los edificios a la tierna edad de la niñez, no sin poder evitar que varias lágrimas formen ríos en mi agrietada tez. Nada une a estas innovadoras máquinas con aquellos perdurables recuerdos, ahora los coches circulan flotando a unos dos palmos sobre la vía pública. Una política para retrasar el deterioro de las calles en la medida de lo posible, como bien afirmaron las cadenas de televisión cuando se diseñó el primer prototipo.

 

Multitud de ciudadanos pasean en el exterior sin poder evitar fijarme en ellos, todos muy bien vestidos y cargados con sus compras. El nivel de vida de la sociedad ha subido en general mediante una corrección en la desviada política de empleo que se usaba en el siglo XXI, los sueldos han conseguido estabilizarse y ha desaparecido la discriminación hacia la mujer, reflejada en la nómina. Nuevos empleos han surgido para reemplazar a aquellos que perecieron durante el progreso, la gente mayor como yo aún recuerda las forzosas labores que se veían reflejadas en las manos del granjero o los picotazos que sufría la roca en aquellas angustiosas minas, donde surgían valiosas piedras preciosas que se trataban y vendían en las joyerías. Ambos oficios se habían desvanecido, uno por la explotación y el agotamiento de aquellos recursos naturales, el otro por la automatización de las formas de trabajo, medida defendida por unas simples palabras como: “La máquina no se cansa nunca”. Aquel suceso afectó a muchas familias dedicadas íntegramente a aquellos trabajos forzosos, quienes tuvieron que adaptarse a la nueva situación y empezar a formar a sus hijos en los nuevos conocimientos que ofrecían las universidades. En estos tiempos casi toda la economía gira en torno a las fábricas y la actividad comercial, y aunque los inicios se tiñeron de oscuro color negro con la deforestación de territorios vírgenes y el arrebato de la inocente vida de aquellos animales cuyos caminos se cruzaron con este progreso, es un hecho comprobable que se ha corregido el rumbo al ver de nuevo los verdes y enérgicos bosques brotar y albergar en ellos nuevos inquilinos. Una nueva faceta se ha instalado en la personalidad de los seres humanos, ha surgido en ellos el amor y la preservación de la naturaleza.

 

La visita de mi nieto me ha sorprendido antes de salir a pasear como acostumbro a hacer todas las mañanas, anda jugando todo el día con uno de esos extraños chismes que todos los niños piden a sus padres por Navidades. Se llama Nahir y se empeña en enseñarme la colorida pantalla mientras me da numerosas instrucciones que mi desfasada cabeza ni comprende ni posee la capacidad de albergar. Humildemente me limito a asentir inclinándome y acariciar los castaños y sedosos cabellos de aquel niño angelical de ojos verdosos, cuál mirada bañada en color esmeralda calaba en lo más hondo del corazón. Le propongo un paseo por el parque que acepta sin dudar, como suele hacer todos los días que viene a visitarme, debido al apetecible tiempo.

 

Tras abrir la enorme puerta blanca de roble, me hallo en el exterior de mi casa. Saludo armoniosamente a mi vecino, quién regresa con el periódico bajo el brazo y una cesta cargada de alimentos prefabricados. Los niños que hace unos minutos jugaban en el parque ahora corrían hacia sus madres, quienes charlaban sentadas en un banco, resguardadas del sol por la gran sombra que procuraban los árboles. Los policías habían abandonado las vacías tazas de café sobre la mesa en aquella lujosa terraza y ahora se dirigían al coche para emprender la vuelta a la comisaría, donde seguramente tampoco tuvieran mayor trabajo que vestir el uniforme en representación de la ley. La figura del ayuntamiento se imponía a las demás edificaciones de la plaza, decorada con multitud de luces que en la negra noche iluminaban enérgicamente la fachada y la calle para ser reconocido con facilidad. Se trataba de una luz pura, bella, humilde, que había conseguido esfumar los problemas de corrupción en la ciudad y los políticos y sus acciones se mostraban translúcidas al ojo del ciudadano, quién podía observar con lupa donde iba a parar el dinero que le arrebataban de las nóminas en forma de impuestos.

 

Unos agradables cánticos provenientes del cielo consiguen llamar mi atención, contemplo la azulada pintada provista de unas pocas y pequeñas nubes blancas que no consiguen tapar al amarillento anfitrión de las alturas, dos gorriones se deslizan ágilmente hasta posarse en la copa del árbol que protege a las mujeres del banco, desde donde siguen con sus tonalidades al compás que cuidan de sus crías. Inspiro con fuerza llenando mis pulmones de aire limpio mientras observo la belleza de aquella visión, miro los verdosos ojos de mi nieto y comenzamos a pasear con tranquilidad por las largas calles de mi hogar, al cuál amo. Nuestro objetivo, el centro médico donde yace sobre la cama mi mujer esperando ansiosa la visita de su viejo marido y su joven joya de ojos resplandecientes.

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  • Muchas gracias por tu comentario y valoración, Ana María. Me alegra que utilizes tu tiempo en leerme :)
    Qué maravillosas descripciones. Me ha encantado el final. Has escrito un relato de diez.
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Joven de 20 años aficionado a la escritura que trata de llevar al papel sus más interesantes cavilaciones.

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