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13 min
Anastasia
Reales |
14.06.15
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Sinopsis

Es la historia de Anastasia, una chica que se pierde a si misma y lucha por encontrarse de nuevo.

El sol me quema, llevo horas pensando lo mismo, me duelen los pies y el sol me quema. Ese calor abrasador que traspasa la fina camiseta de algodón que llevo puesta i que hace que se me pegue de esa manera tan desagradable a la espalda. No se porque me ha hecho ponerme la. Soy incapaz de contenerme y le hago saber de nuevo lo mucho que detesto esa excursión con las pocas fuerzas que me quedan. Todavía no entiendo porque me ha traído aquí. Inquisitivo me hace callar, aquí no soy yo quien manda, eso quedo claro ayer es lo único que puedo pensar, aunque evidentemente no respondo. Cuando mama vivía las cosas eran distintas, ella me escuchaba, me entendía. Desde que ella murió, estoy sola... Estamos solos. Mientras pienso en ella me quito su colgante del cuello, una cadena con un crucifijo de oro, lo cojo entre mis manos y lo beso. Su tremenda voz me está gritando y me devuelve a la realidad, me había detenido, sin ni siquiera darme cuenta, estoy demasiado cansada como para seguir andando, me duelen todos los músculos del cuerpo. Pero mis pasos siguen, uno tras otro, incansables, avanzando por los densos matorrales que cubren el suelo terroso, los arbustos que sobresalen me rasgan la piel de las pantorrillas cual afilados cuchillos que se abren paso entre las células de mi piel. La sangre resbala hasta el tobillo, y tiñe mi calcetín de un color rojizo. El polvo que levantan mis pasos se pega a cada poro de mi piel, tengo esa desagradable sensación de suciedad. Sigo andando, le sigo, aunque cada vez me cuesta más. El calor va disminuyendo, por suerte el sol desciende rápidamente. De pronto me doy cuenta de que se ha detenido, hemos llegado a una llanura en lo alto de la montaña, contemplamos toda la ciudad bajo una luz tenue, casi mágica, de esta tarde de mayo. Me agarra fuertemente por la cintura y me atrae hacia sí, me susurra algo al oído que no comprendo, o tal vez sencillamente no lo oigo. Estoy agotada, solo quiero sentarme, descansar. Sin embargo el no está por la labor, me mira con esos ojos azules intensos que me embriagaron de una seguridad indescriptible la primera vez que le vi, me recordaban al mar, ese mar azul, ese verano, ese último verano que pasamos todos juntos, me absorben. Me da un largo beso, apretándome contra sus labios, pero no es un beso dulce, es áspero. Siento el gusto del tabaco en su lengua que se abre camino por mi boca, impositiva. No puedo respirar y un cúmulo de emociones contradictorias se juntan en mi interior. Me aleja con un movimiento brusco, mete la mano por debajo de mi camiseta, recorre mi espalda con sus manos grandes y fuertes, antes me hacían sentir segura, antes. Se me eriza el pelo solo de pensar en ellas, tengo todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo en tensión. Cojo con fuerza el crucifijo. Hacía tiempo que no me lo ponía. Y me aferro a él mientras ahogo un grito. Sus labios esbozan una sonrisa que me hace estremecer, es una sonrisa perversa, antes me parecía bonita, con unos dientes blancos como perlas y unos labios rojos como la sangre, ahora me parece grotesca, burlona. Se da la vuelta, y en silencio se adentra en el frondoso bosque que queda a nuestra derecha. Le sigo, cabizbaja, sabiendo que me he equivocado, cuantas veces me ha dicho que no le lleve la contraria, que no me queje?. Por un instante pienso en huir, fugarme, bajar la montaña por la que he subido, pero él tiene razón, quien más me va a querer? Tengo suerte de que este a mi lado, sin él yo no soy nadie. Dios le creó a él primero. Sin él yo no existiría, puesto a que él es mi razón de ser.

No sirve de nada correr. En mi mano izquierda sostengo con fuerza, como si eso fuese la única cosa que me sostiene en pie, lo único que le da un sentido a mi vida, un crucifijo. El calor que sentía ha sido reemplazado por un sudor frío que me recorre la espalda haciéndome temblar. Me protejo de lo que se que está a por llegar, sus ojos azules se cruzan con los míos y yo aparto la vista, no puedo sostenerle la mirada. Empiezo a rezar, como un murmullo sutil que brota de mi interior. Prácticamente lo había olvidado, no recuerdo bien la letra de  las oraciones y me cuesta concentrarme. Padre nuestro que estás en el cielo… Escucho un golpe sordo, y un dolor punzante se esparce por todo mi costado derecho, entumeciendo los músculos de la zona. Recuerdo lo que decía mi padre mientras lagrimas saladas empiezan a brotar de mis ojos, siempre me decía que el dolor es psicológico. Me esfuerzo en centrar mi atención en la oración y pongo todo mi empeño en recordar la letra. Siento la tensión de todos los músculos de mi cuerpo, preparándose para el siguiente golpe. Su mano se alza en el aire, y de pronto todo sucede a cámara lenta, como en una película de terror, la mano desciende cerrándose en un puño que impacta en el pómulo derecho de mi rostro. Mi cabeza se tambalea cual muñeca de trapo. A ese le siguen muchos otros, dejo de contar, me quedo inmóvil, no sirve de nada llorar, se que no sirve de nada. Los golpes cesan y me levanta cogiéndome por el cuello de la camiseta y me obliga a sostenerle la mirada, esa mirada fría que hace que me estremezca. Le prometo ser buena, creer, no sé si se lo digo a él, le prometo callar, aunque ya sabe que lo haré. Me suelta con un movimiento brusco y mis piernas apenas pueden sostenerme, me tambaleo, la cabeza me da vueltas y siento un gusto a hierro en mi boca, sangre. Recorro el interior con mi lengua y el gusto se intensifica pero no se de donde proviene. Empezamos el descenso el sol ya se ha puesto detrás de los rascacielos de la ciudad. Tengo el cuerpo lleno de cardenales, sin embargo la bajada me resulta mucho más liviana que la subida. Me siento purificada, se que Dios nos envía los castigos por alguna razón, y él sirve a Dios, él me purifica. Empiezo a recordar los salmos de la biblia que recitaba mi madre. Antes de subir al coche le doy las gracias a Dios, gracias Dios misericordioso por liberarme de mis pecados.

 

Llegamos a casa, después de un largo trayecto, me cubro el cardenal de la cara que ha adoptado un color rojo intenso. Subimos a su ático en la calle Young. Se mete en la cama deprisa. Yo voy a la habitación a coger el pijama. Unos pantalones cortos de franela rosa y una camiseta blanca ajustada. En el baño me quito con cuidado la camiseta de algodón. Está raída, mugrienta y ensangrentada, me deshago de ella a la vez que de los pantalones. Me observo en el espejo, prácticamente se perciben los nudillos de su mano en mi piel, los cardenales en las costillas y los muslos, que prácticamente habían desaparecido la mañana anterior se han acentuado. Paso la yema de los dedos suavemente por un golpe del tamaño de la palma de mi mano en el costado izquierdo, me duele. La piel se me ha levantado por la fricción con la ropa, y tiene sudor, mugre y sangre seca adheridas. Hago un intento de meterme en la ducha, de lavarme, pero mi cuerpo se resiente en contacto con el agua. Me rindo, no tengo fuerzas como para lidiar con otro problema más y llena de mugre me pongo mi pijama rosa de franela me arrodillo frente a la cama y rezo. Hacía tiempo que no lo hacia, me siento oxidada, como un engranaje al que le falta aceite y chirría al intentar recordar los salmos de la Biblia. Le pido a Dios que me perdone, que me perdone por esperar más de Él, por pedir que me demuestre más que me quiere, que perdone mi avaricia, y me libre de todo pecado. Amen. Después me tumbo en la cama y me duermo, pero no sueño. Dejé de dormir, dejé de soñar el día que todo empezó.

 

Me despierto de ese sueño que no era sueño y las luces rosadas del amanecer se cuelan entre los visillos de las ventanas de la habitación, confiriéndole un aura etérea, una luz celestial que transmite paz divina. Me acuerdo que eso solo puede ser una señal, un premio por mi buena conducta, por haber superado la purgación, un reflejo de la pureza de mi alma. Me incorporo y la punzada de dolor de mi abdomen me recuerda la noche anterior, con las uñas todavía llenas de tierra i suciedad me levanto, entre tremendo dolor, y me arrastro hasta la ducha. Dejo caer los pantalones y la camiseta al suelo. Entro lentamente, abro el grifo y las primeras gotas de agua me hielan el cuerpo, pongo el calor al máximo, y el suave ronroneo de la caldera al desperezarse para calentar el agua inunda mis oídos. El agua caliente sale a presión y al impactar contra el suelo frio de la ducha se forma una nube de vaho que empaña el espejo. Sumergida en la neblina dirijo el agua, ahora algo más templada hacia mi cuerpo y lentamente me lavo cual gato que se lame las heridas tras una pelea. El agua sucia, de un color marrón desciende por mi cuerpo y se arremolina alrededor del desagüe hasta desaparecer. Salgo de la ducha, me envuelvo en una toalla y voy al armario. Me visto de blanco, sin saber porqué y me arreglo el pelo, me maquillo el cardenal de la cara que está de un color morado muy feo hasta que prácticamente se ha desvanecido, como si nunca hubiese ocurrido. Cojo el abrigo gris, es suave y el roce cálido de la piel de zorro acaricia mis brazos desnudos. Una corriente de aire frío pasa a través de las medias de vestir color carne y se me eriza la piel. Apresuro el paso y en pocos minutos estoy frente a la Iglesia. No se bien como he llegado hasta aquí, sin embargo algo me impulsa a entrar. Parece que me hayan estado esperando, porque entro justo cuando el padre empieza su sermón, me quedo ensimismada. Hacia mucho que no pisaba una, la luz que entra a través de las vidrieras de colores, acompañada de la suave voz del padre hace que se me olviden todos mis pecados. Me dejo llevar por la música celestial y me quedo mirando al infinito, perdida en el mundo de Dios. De pronto siento un golpe en el hombro derecho, el tiempo ha pasado deprisa y la misa ha acabado, mi mirada ha llamado la atención del padre, que me pregunta si estoy bien. Todo me parece confuso, como al despertar de un sueño, me incorporo y hago ademán de irme. Siento que me esta mirando la cara, justo el lugar en el que recibí el golpe y como un reflejo instintivo me protejo la cara y salgo corriendo. Como una presa que escapa de su cazador. El corazón agitado latía con fuerza y una sensación extraña se apoderó de mi, adictiva.

 

Alguna fuerza invisible me empujaba a seguir visitando la iglesia, día tras día, me aprendía la Biblia de memoria, rezaba más que nadie, era fiel. Así transcurrieron varios años. Recibiendo golpes, cada vez más fuertes, cada vez más dolorosos, los justificaba, todos y cada uno de ellos los justifiqué, era la gracia divina, así lo quería mi Creador. Siendo casi perfecta. Sin embargo en el reino de Dios casi no es suficiente. Nunca es suficiente y yo estoy cansada, cansada de no ser suficientemente buena nunca, en nada. No ser suficientemente buena para con Él. Hoy, volviendo a casa de la Iglesia, un camino que podría recorrer con los ojos cerrados, los sentimientos se amontonan, se arremolinan en mi cabeza a velocidades vertiginosas, como en una película de acción. Llego a casa, y todo vuelve a empezar, hoy tiene un mal día, lo se, me mira, con esos ojos azules que me atraviesan y de algún lugar desconocido de mi ser saco la fuerza suficiente como para llorar. Después del primer golpe lloro, el tercero me rompe el vestido. Y con el sonido de la fina seda natural desgarrándose del viejo vestido de mi madre algo cambia en mi interior. Ya no me queda nada, nada de ella, nada de mi y le pido que lo haga, que cumpla lo que tantas veces ha intentado hacer. 

 

Ese fue el ultimo día que le vi, el día que le pedí que me matara. Sin ni siquiera hacer las maletas se fue. Desapareció, y todos esos años, toda esa devoción se desvanecieron con él, como un fantasma, como una mancha, como la vista de una imagen a través del vaho de la ducha.

 

AMEN.

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