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6 min
Ángeles en el infierno
Reales |
30.11.14
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Sinopsis

Cómo los ángeles dan a parar en el infierno

Ángeles en el infierno

Todo el mundo sabe que los ángeles habitan entre nosotros, van y vienen del cielo y algunos hasta se dejan caer por el infierno, de donde, por cierto, les cuesta salir porque al diablo le gusta retenerlos, le encanta verlos sufrir por pura maldad, no es que tenga nada en contra de ellos, sino que es su condición, es un ser resentido que a la mínima hace padecer. Un día él mismo fue ángel, pero según se rumorea por el cielo, retó a dios, y éste que no está para historias, lo desterró al mundo de las tinieblas. Lo del fuego eterno ya es cosa del demonio, quiso calentarse y alumbrarse y prendió una hoguera en lo que resultó ser un manantial de brea y, por lo que cuentan, sigue ardiendo todavía.

Como es sabido, los ángeles están desprovistos de género, solo adoptan sexo cuando bajan a la tierra, pero mientras están en el cielo son como mariposas que revolotean abstraídos por la belleza de una flor o contemplando los colores ocres y púrpura del amanecer, viven sin apetencias ni necesidades, sin pasiones, deseos, anhelos o aspiraciones, viven plácidamente en el mundo celestial donde se encuentran a gusto, sin preocupaciones, quebraderos de cabeza ni nada en qué pensar.

Lo que pasa es que, en ocasiones, les hastía tanta placidez y tanta gaita, y les apetece cambiar, por lo que preguntan a los que han vuelto del infierno que tal se está, y éstos, en connivencia con el propio demonio, les relatan una sarta de mentiras sobre el disfrute sin freno que allí se da, al escucharlas, a los plácidos ángeles les empieza a subir una especie de calambre que les parte del bajo vientre y les circunda por la columna vertebral poniéndose a vibrar como posesos. A partir de ahí quedan imbuidos por una llamada que los anima a bajar.

El primer paso es la tierra, aquí, justamente donde nos encontramos. En el tránsito les desaparecen las alas y la carita angelical, transformándose en seres normales, normalmente feos, bueno, algunos más agraciados, pero ni punto de comparación con la belleza celestial.

Es entonces cuando adquieren el sexo, y con él las necesidades, ganas de dar rienda suelta a los deseos, lo que viene en llamarse "soltarse el pelo", y emprenden una vida desenfrenada que escandaliza a propios y a extraños. Fiestas, bebidas, salidas nocturnas inconfesables, en fin, una permanencia terrenal lujuriosa. Recordemos esos grupos de londinenses que en verano recalan en Lloret, pues justamente son ángeles que han sido atraídos por el demonio y están en tránsito al infierno, donde se les ha prometido cumplimento fiel a todos sus insaciables deseos, el tránsito es como una especie de ciclo de adaptación, les dicen, que para entrar con pleno fervor en el infierno, y así llegan, desorbitados, henchidos de pasión lujuriosa.

Pero las cosas no son tan bonitas como se las pintan los que les regalan los oídos, es pura charlatanería para convencerlos, les hacen creer que si lo terrenal les parece diversión, ni se imaginan lo que será el infierno, pero es puro marketing demoniaco, ¡ay! cuando llegan, allí sí que son severos, lo pintan muy bonito, que si fiestuki, que si alcohol que no sienta mal, que si calentitos al calor de la hoguera, pero cuando tras de sí se cierran las puertas... nada es como decían.

El demonio es perverso por naturaleza y disfruta haciendo el mal, al llegar les tiene preparada una fiesta y vierte en las bebidas una sustancia destilada de mandragora que potencia el deseo sexual hasta extremos inimaginables. Pero resulta que en el infierno, y eso es lo que no les habían explicado, como en el cielo, tampoco se tiene sexo, ¡ah!, ¡eso no lo habían dicho!, pero así como en el cielo no se tienen sensaciones y viven tan plácidamente, en el infierno aparecen unas ganas inimaginables de colmar los deseos, pero el truco del demonio está en que en el infierno no se pueden saciar, con lo que a los ángeles les dan unos espasmos terribles que se ponen como locos, y por si fuera poco, el demonio, les va administrando de vez en cuando un traguito más de su perversa pócima de mandragora con el engaño de decirles que eso les calmará.

Y así se pasan los meses, exasperándose de un deseo cada vez más insatisfecho, hasta que al diablo les resultan aburridos y los deja marchar, y éstos, sintiéndose repentinamente libres, no les quedan ganas de hacer tránsito ni en la tierra y se van directos al cielo, donde vuelven a su vida plácida y tranquila sin apetencias ni deseos, celebrando que se han quitado una tremenda tortura de encima.

Pero les ha quedado algo de cabroncetes, les queda a perpetuidad esa permanente condición inoculada por el diablo de la que no se pueden deshacer, y cuando llegan al cielo y otros ángeles, habidos de nuevas experiencias, les preguntan ¿qué tal por el infierno?, los recién llegados les responden con todo lujo de detalles (por supuesto inventados), no veas chico, qué diversión, qué juergas, qué desenfreno y qué pasión... y bueno, se tronchan de risa viéndolos bajar a toda prisa y con la mayor ilusión de que iban a disfrutar, y cuando al cabo de los meses regresan, con sorna les dicen, qué... guay... ¿no?....

Pero los ángeles que vuelven les responden que tenían razón, que se lo han pasado genial y deseando ya que llegue el momento de regresar, entonces, los ángeles primeros, pensando que a ellos en el infierno les han tomado el pelo, empiezan a considerar que deberían volver a bajar, a ver si es que cuando ellos estuvieron se celebraba alguna especie de fatídico ritual al que tuvieron la mala suerte de llegar, y empiezan a dudar de sí mismos y terminan por bajar de nuevo, con lo que los segundos se tronchan de risa, hasta que los ven llegar rebosantes de alegría, y así sucesivamente van bajando una y otra vez al infierno. Y el diablo, tan ricamente, dándoles brebaje a los que llegan y a los que se van.


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Estoy sentado, temprano, junto a la ventana tras la que veo el cielo, las nubes, un semáforo que parpadea y gente desmotivada que camina hacia sabe dios dónde, unos árboles, unos edificios, unos coches, unas pancartas, unas farolas que se apagan, y una luz que se abre camino entre la oscuridad que se marcha.

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