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4 min
Angustia, ¡qué hermosa eres!
Reales |
25.11.14
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Sinopsis

"[...] Pero, incluso, cuando estás de crack, digo, de angustia hasta las cejas, cuando el miedo al miedo te come, cuando la preocupación terrible por algo venidero (nunca tan fiero como lo pintas) hace de ti un lugar difícilmente habitable, incluso ahí, puedes convivir con ella. Es un mecanismo tuyo; uno que tú puedes manejar. Bueno, ahí estamos [...]"

 

“Al otro lado del miedo está todo lo que deseas”. Cierto, muy cierto, y a éste, la angustia. Y yo, que gusto de rebuscar entre papelotes e, inclusive, acumularlos, tiro por el camino agreste: los datos de la historia que más se omiten, o que menos se cuentan (a elegir).

Las frases motivacionales y optimistas son importantes. No, no, necesarias para vivir. ¡Qué digo necesarias, imprescindibles! El problema, desde mi punto de vista, es que no se complementan con el lado gris de la película. Bueno, no siempre. Bueno, no exactamente. Cuando digo gris no digo negro total, que somos muy de A o B.

No, señores, en el día a día hay más de dos colores, más de 2 letras y más de 2 emociones exacerbadas. Más de optimismo non stop o depresión de las que encima no dejan ni hacer un chascarrillo. Yo me declaro fan de las luces y las sombras (aunque sea más de Thor, ya saben…), y de combinarlas como buena fondista de armario en recesión.

No encuentro declaraciones, expresiones artísticas ni opiniones que hablen de la angustia de manera natural. Que hablen, ya para empezar, y que no la rodeen de una carga diabólica. Ni que la señalen como una balsa de aceite disfrazada de “sustito”, simplemente. Quizá no hablan de la angustia como yo quisiera, es posible. Como yo la he vivido, y aún vivo, puede ser.

No es una sensación agradable, ni te hace cosquillas. No es divertida, ni un motivo para festejar con amigos y pizza. Creo que se acerca más a un agujero negro interestelar. A un pozo de donde no se ve el final pero en el que te tienes que agarrar bien a algo, ya sea cuerda floja, adoquín roído o insecto no identificado.

Si en el lote te ha tocao’ una cantidad guapa, te acostumbras a vivir con ella y, como todo, cuando pones cierta distancia vas comprobando que lo normal y sano es dosificarla. En ese momento, la relación con la angustia cambia. Se intensifica, en un primer instante, y, más aún, al darte cuenta del trocho, pero, también ahí, empiezas a entenderla. Comienzas a concebirla como mecanismo de respuesta y no como amenaza en sí misma. Bueno, ahí vamos. La vas aceptando como otro ser que cohabita contigo pero al que se le va yendo la energía, como si un dementor la estuviera besando y le absorbiera el alma.

Empiezas, poco a poco, a entender que la excesiva angustia un día se habrá independizado y, en una dosis más medida, vendrá solo a visitarte ciertos días. A comer paella solo algunos domingos.

Mientras, la digieres como vas pudiendo, con herramientas que vas desarrollando sin pensar que podías. Y no solo digieres la propia, sino que, también, tienes que lidiar con la ajena. Un caballo de Troya que puede quemarnos el poblao. ¡Lo que nos faltaba! Vamos, un sin Dios.

Pero, incluso, cuando estás de crack, digo, de angustia hasta las cejas, cuando el miedo al miedo te come, cuando la preocupación terrible por algo venidero (nunca tan fiero como lo pintas) hace de ti un lugar difícilmente habitable, incluso ahí, puedes convivir con ella. Es un mecanismo tuyo; uno que tú puedes manejar. Bueno, ahí estamos. El mondongo está en meterle mano a la razón que crea esa angustia. Total na’. Bueno, ahí le vamos.

Molaría permitirnos hablar de la angustia y hacerlo no como un coco que va a devorarnos sino como una respuesta natural a una situación, puntual o continuada. Pero eso iría ligado a permitirnos sentirla, a pintarla gris y no de un tono “negro infernal”. Eso, en una sociedad donde acostumbramos más a esconderla-como hacen ciertos compradores del Día con el jamón-, es todo un reto.

Vamos, me da que con la caja de 12 plastidecor no tenemos ni pa’ empezar.

 

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