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14 min
Anomalía
Terror |
05.01.15
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Sinopsis

Juliana es una adolescente normal, con problemas normales de la juventud. Al menos eso podría señalarse a simple vista. Pero lo que se esconde en la vida de Juliana es algo mucho más siniestro, que parece gatillarse con la pérdida de su mejor amigo canino, Terry. Entonces la visitará un ser de lo más maligno, a quien simplemente se le conoce como El Ser de la Capa Deshilachada...

Sucedió a las tres de la madrugada, en ausencia de sus padres, que habían salido a un festejo. Era tan sólo una niña entonces, recién comenzaba a presentar los signos tempranos de la adolescencia. Se hallaba a mitad de un sueño dentro del cual veía un resplandor blanco, cuando una brisa misteriosa acarició sus piernas por encima del cobertor. No conseguía volver en sí, pero en el instante en que algo concreto la volvió a tocar, una mano quizás, y pudo sentirla en forma real alcanzar su cuerpo, estuvo alerta del todo. Abrió los ojos primero de par en par, luego la dominó una sensación de horror total; había frente a ella una sombra abultada, sintió el peso sobre sus piernas y vio atónita cómo las frazadas que la protegían se apartaban en medio de la oscuridad.

—¡No, por favor! ¡Papá, mamá, ayuda! —gritó entre gemidos.

Pero, naturalmente, no había nadie para escuchar sus lamentos. Marcó una expresión de dolor cuando una parte del extraño, desconocida, penetró en su ser, invadiéndola y dañándola. De ahí en adelante la imagen de ella misma boca abajo sobre el colchón se tornaba vaga junto a sus propios gritos ensordecedores, en un recuerdo que, como una herida, habitaba en su memoria.

 

Juliana despierta debido a los gritos procedentes de la planta baja. Sentada en el borde de la cama, se restriega los ojos. La presencia de ojeras en ellos evidencia su falta de descanso; no ha podido dormir bien ésta ni las noches anteriores. Es temprano, el despertador marca las 8:42 hrs. Se levanta, mientras la disputa va tornándose más violenta.

Al llegar a la sala su atención se dirige al desorden general. Hay muebles corridos de su posición, cristalería hecha pedazos sobre la alfombra, las cortinas descolocadas... Ante la puerta abierta que da al patio ve a su padre, borracho, de aspecto descuidado y con una botella en la mano, que tiene la parte inferior recortada. Siguiendo el sonido del llanto, en el fondo, distingue a su madre, apoyada contra una mesa casi oculta entre las sombras que se resisten al resplandor matutino. Ésta aparta el rostro de sus brazos donde derrama las lágrimas, para recriminarle una infidelidad al marido, quien, en un rapto de cólera, toma de la cocina un cuchillo y pone la punta en el cuello de ella.

Juliana recuerda que las intensas disputas entre sus padres comenzaron desde que era niña, originadas por un motivo u otro; a veces por algo de menor importancia, que en medio del conflicto se acrecentaba; en otras ocasiones, a causa de razones mayores que hasta hoy hacen a Juliana preguntarse por qué están juntos. Se casaron jóvenes, pero siempre presentaron una gran oposición ante sus carácteres. Recuerda que al principio experimentaba miedo y tristeza, sintiéndose desprotegida. Ahora sólo se limita a dar un suspiro, de cansancio. Una luz roja se pasea por la sala. Suenan las sirenas de vehículos policiales. Debió ser alguien que dio aviso de la situación ya conocida en el vecindario, piensa. "No tengo por qué soportar esto", se dice y sale.

Avanza en medio del ancho patio, con la vista alzada hacia el cielo despejado, mientras va dejando el infierno doméstico atrás. Sólo oye un alboroto de voces y chillidos de sirenas, ambos los sonidos que más detesta. Sin embargo, en medio de esa confusión que satura sus oídos, logra distinguir un ladrido, algo familiar. No creía ser capaz de volver a sonreír, pero de pronto sus labios adoptan aquel gesto. Es Terry. El pastor alemán que le regalaron sus padres para el cumpleaños quince. Está amarrado al árbol junto a la casa de perro. Los ladridos denotan alegría y lucha por soltarse de sus amarras para lanzarse sobre ella. Juliana se arrodilla ante Terry y lo cubre en un abrazo. Una lágrima recorre su mejilla. Él es el único que la comprende. No está sola.

Más tarde, el escándalo ha cesado, Juliana se despidió de Terry y vuelve a comprobar el estado de su hogar. A su padre lo llevaron detenido, su madre tampoco está, seguramente fue al hospital a verificar lesiones, se dice. Por lo menos esta vez no ha llegado más lejos... Es cierto que a veces piensa que sería mejor que ambos desaparecieran, pero no deseaba que lo hicieran asesinándose. El cansancio invade su espalda. No oye los ladridos de Terry, está calmado. Al parecer ha pasado la tormenta, reflexiona. La sala muestra el mismo desorden solitario de antes, como si un huracán hubiera pasado por ahí. Su padre, en este momento debe estar pudriéndose en el calabozo, piensa.

Da un último suspiro, dejándose caer contra el muro del pasillo que lleva a los dormitorios. Las tinieblas cubren gran parte de la casa donde los rayos del sol no alcanzan a llegar, pero no le importa. No se siente con ánimos de encender las luces tampoco. Aquí ahora tiene todo el tiempo para reflexionar, recordar..., hundirse en sus pensamientos. Los ruidos que perturbaban su cabeza como un taladro han desaparecido. No queda nada y puede gozar de la exquisita soledad que siempre viene acompañada de una importante dosis de tristeza.

"Ya puedo... respirar."

Tiene los ojos cerrados. El aire circula dentro de su pecho apaciblemente. Ninguna cosa la molesta ahora, "ojalá este momento se extendiera por siempre...", es el pensamiento que ronda dentro de su cabeza. Pero de improviso algo la perturba. Se percata de que hay una presencia junto a ella. Cerca de sus pies, distingue una sombra casi a su lado. Un ser. Juliana, sobresaltada, se pone de pie y extiende ambos brazos a cada lado del muro. ¿Era posible? ¿Se trataba de la sombra abultada de su infancia? Está aterrada. Ha desaparecido, pero ¿cuánto tardará en volver?

 

Llueve. Llueve. Es sin duda el día más triste de su vida. Ha venido acompañada de sus padres. No podían faltar, después de todo, él era parte de la familia. Y para ella... significaba mucho más, sólo ella sabe cuánto significaba su compañía, la alegría que le daba... Paraguas negro, vestimenta de luto. Tiene la certeza de que a partir de aquí todos los días serán de inexorable luto. La lluvia cae tenaz, imparable. Terry. En el espacio de un segundo recuerda todo lo que pasó:

"No va a sobrevivir más de un mes. Es todo lo que le queda de vida", había dicho el veterinario.

Una enfermedad extraña, que lo fue acabando muy rápido. No se pudo evitar. Juliana había escuchado que la raza de perros pastores alemanes era una raza delicada, pero no quiso imaginar que precisamente a Terry... le sucedería. Cuando acudió por la atención veterinaria ya no quedaban esperanzas. Terry, perro joven y enérgico, parecía tener unos cuantos años más por vivir. Pero de nuevo la vida había sorprendido a Juliana con sus imprevistos giros.

El entierro fue en el cementerio de mascotas. Frente a la lápida, donde puso una emotiva inscripción, Juliana, con el paraguas cerrado, empapada, y los ojos llenos de lágrimas dirigidos a la tierra, siente la impotencia de desear que ojalá todo se detuviera, que fuera un mal sueño, pero sabe que es la realidad. Tan real, y duele... mucho. Desolación en el rostro suyo y el de sus padres. Lo único que puede decir es: "Adiós, Terry". Y siente que todo a su alrededor se congela. La soledad se instala en su alma.

 

—Esto está quedando muy bien. No soy médico, pero no podría hacerlo mejor.

Se incorpora sobresaltada. Sentada en un sofá gris polvoriento, advierte encontrarse en una sala desconocida. En el techo una luz de quirófano brilla cegadora. Juliana repentinamente empieza a temblar sin poder controlarse.

Sobre una mesa, alguien manipula distintos instrumentos quirúrgicos realizando incisiones, injertos de piel, intentando adivinar en qué lugar va cada órgano, los cuales yacen a un lado bañados en sangre, y, por último, cosiendo dichas incisiones una vez insertos éstos. El cuerpo que somete a esta macabra experimentación corresponde a un ejemplar canino. Es Terry. Juliana, pálida, percibe cómo el pavor más grande recorre su interior. Quiere abalanzarse sobre el ser y rescatar el cuerpo de su fallecida mascota, pero el miedo la paraliza.

La situación la deja helada por dentro, pero sabe que lo que la aterra hasta el fondo del alma es otra cosa. Sus ojos están fijos en este cirujano siniestro, que obtiene placer ensuciándose las manos con sangre y fluidos corporales, en un proceso de ensayo-error. Lo reconoce: es la misma sombra abultada de su infancia, sólo que ahora puede verlo con claridad. Viste una larga túnica oscura, raída y andrajosa, con capucha. Su piel es verde, repugnante, llena de arrugas. De su rostro crecen espinas y posee orificios en lugar de nariz y ojos. Junto a todo esto, en la frente, como Juliana había visto a varios médicos tener uno, lleva un espejo frontal.

Inmerso en su experimento, realiza una incisión en el pecho y deja al descubierto el corazón de Terry, todavía latiendo, pese a que está muerto, y una gran cantidad de sangre empapa la mesa de operaciones. Esto parece causarle placer al ente, a quien Juliana mentalmente da en llamar El Ser de la Capa Deshilachada. No puede resistir más.

—Por favor, deja de hacerle eso a Terry —suplica entre lágrimas.

Recién entonces éste se da cuenta de su presencia. Deja el espejo frontal a un lado, y voltea hacia ella. Sus manos verdes, podridas, aparecen repulsivamente cubiertas de sangre. La expresión que tiene es similar a la de un niño haciendo una maldad, que sabe que ha estado divirtiéndose con algo prohibido. Se acerca lento, ante lo que Juliana, instintivamente, abandona el sofá dando pasos atrás.

—Y-yo te recuerdo... —lo señala mientras le tiembla la mano—. Aquella noche..., años atrás..., apareciste en mi habitación para...

—Ciertamente, a muchas niñas les hago lo mismo... —comenta con una sonrisa siniestra. Su boca no es más que una rasgadura que se alarga—. Penetro sus entrañas y les dejo un pequeño regalo, directo desde el otro mundo... Pero a ti otro asunto te ha traído aquí. Terry, ¿no es verdad? —dice mirando hacia la mesa de operaciones, el cadáver estragado sobre un charco de sangre. Había faltado poco para que quedara despedazado.

Juliana tiene parpadeos involuntarios en el ojo izquierdo y estira los dedos de la mano derecha. Siente su estómago revolverse. Cree que va a desmayarse en cualquier momento.

—Te revelaré algo. Si quieres traer de vuelta a la vida a Terry, debes hacer lo que voy a decir.

No puede dejar de ver a su difunto compañero, que tiene la lengua fuera y una especie de expresión de locura en los ojos. Juliana tiembla de forma convulsiva, pero hace un esfuerzo por levantar sus ojos marcados con ojeras y mirar al ser. Un pensamiento repentino cruza su mente. Sabe donde está, reconoce el lugar. Es la sala del dentista a la que varias veces ha ido, sólo que con ligeros cambios, que para ella simboliza el dolor.

—Has de atravesar esa puerta y al llegar al otro lado te encontrarás con una nueva realidad —dijo el ente, señalando la salida a un lado de Juliana.

Juliana no responde; siente sus pasos controlarse por sí mismos y se dirige a la puerta, mientras la mirada del Ser de la Capa Deshilachada, que la sigue, queda atrás. Del otro lado la oscuridad absoluta la envuelve.

Mira a un lado y al otro, no puede ver nada más que a sí misma, ya que, extrañamente, ella despide una luz que la destaca en la oscuridad. Ve su brazo, su mano, sin embargo no puede saber lo que hay delante. Se siente aterrada, al parecer, un largo camino la espera. Comienza a caminar, los primeros pasos son inseguros, temerosos. A ratos oye el sonido de una brisa, hace frío, es raro. ¿En qué lugar esta?, se pregunta una y otra vez. No hay final. Esa convicción la angustia hasta límites que no puede imaginar. Un túnel eterno, sin salida. Juliana, sintiéndose presa de la desesperación, empieza a correr. A medida que se mueve más rápido oye voces, voces que no sabe de dónde vienen, pero es como si todas confluyeran a un tiempo. Por supuesto que las reconoce, es como si hubiera sido ayer. Es su propia voz y la del ente. Ella era una niña y esa cosa intentaba abusar de ella

"¡Papá! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Mamá!"

"Quédate quieta, niña. Esto será largo y doloroso."

"¡Auxilio! ¡Alguien!"

"Tu cara de sufrimiento es lo que más me da placer en este mundo."

"No, por favor; no, por favor; no, por favor... No me hagas daño... ¡Detente!"

 

Un grito estentóreo de ella dentro del recuerdo que ahora perfora su cabeza. Un grito de agonía. "¡Detente!".

No hay nada donde ver su reflejo, pero Juliana se lleva una mano a la mejilla y se da cuenta de que está... llorando. Observa las lágrimas en la palma de su mano. Es extraño. No siente tristeza, o quizá, piensa, no la sabe detectar. Le parece como si ya no sintiera nada, aun así su cuerpo todavía se deja llevar por reacciones naturales y el rostro se le humedece. Hay algo en la distancia. Juliana corre, secándose con el dorso de la mano, y tras avanzar bastante distingue una puerta. Ha llegado al final del camino. Desde ésta, cerrada, salen sonidos; distingue unos gemidos y una cama que se escucha siendo sacudida.

Juliana abre la puerta y al poner un pie dentro siente que todo su cuerpo se pone tenso y que lo que está observando no es otra realidad, sino el mismo infierno. Los gemidos invaden su mente y la cama se sacude con violencia: allí está su madre, con el rostro descompuesto por las lágrimas y los brazos extendidos, para defenderse de su agresor, que es el Ser de la Capa Deshilachada encima de ella, violándola salvajemente. Por un segundo, rendida, apoya el rostro contra el colchón y mira a Juliana. Pero ésta distingue que el rostro de su progenitora está ido, su mirada no parece ser consciente. La cama continúa agitándose como si fuera a romperse, el ente respira con intensidad, es una bestia vehemente dominada por su deseo a la carne.

Juliana abandona la habitación y simplemente camina, sin mirar atrás. Al llegar al patio se sienta contra el muro de la casa, y, de pronto, lleno de energía aparece Terry que se abalanza sobre ella y le lame el rostro.

—Ya, Terry —le dice sonriendo e intentando apartarlo. Las lágrimas todavía humedecen su rostro.

Estaba vivo.

 

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