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12 min
Años de tormento.
Reales |
22.11.14
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Sinopsis

A veces cae la tormenta sobre aquellos que merecen el sol.

Recuerdo la mañana en la que mi madre me miraba con una leve sonrisa en el rostro, mientras me decía que íbamos a mudarnos. A mi padre lo habían trasladado a trabajar lejos, y no podía estar continuamente bajando a vernos cada fin de semana. Dado que teníamos una pequeña casa alquilada cerca de la zona por donde él trabajaba, decidimos irnos a vivir en ella. La úsabamos para el verano, o incluso para los sábados en los que podíamos ir a ver a mi padre. 

La noche en la que pondríamos rumbo a nuestra nueva casa, hicimos una cena con los vecinos. Fue fantástica. Al acabar, nos ayudaron a meter los muebles en la furgoneta que alquilamos, junto a todas las pertenencias de cada uno. Fue un acto muy bonito por su parte. Ya era bastante tarde, por lo que era conveniente darnos prisa y comenzar el pequeño viaje.

Los días próximos fueron movidos: muebles aquí, muebles allá.. Toda la casa estaba patas arriba. Sustituimos algunas cosas por las de la otra casa, para darle un aspecto más acogedor y parecido al de la misma (nótese que ya la echábamos bastante de menos). Las habitaciones quedaron maravillosas y todo, poco a poco, fue tomando un ambiente más hogareño.

Por ese entonces tenía nueve años, y mi hermano tres menos que yo. Íbamos a empezar el curso en el colegio del pueblo -qué nerviosos estuvimos los últimos días de verano-. Cuando las clases comenzaron nuevamente, eran tales las ganas, que nos faltaron varios detalles por rematar: A mí se me quedó el estuche en casa, por ejemplo. Tonterías que luego se convierten en anécdotas de la familia.

No obstante, la llegada no resultó tan triunfal ni la bienvenida fue tan acogedora como se esperaba. En mi nueva clase, todos me miraban raro, incluso murmuraban. Al pedirle la goma de borrar a una compañera, ésta resopló y se negó a prestármela. Aquello me perturbó levemente, pero no me quitó la esperanza de hacer amistades.

A la hora del patio, nadie se me acercó, de hecho, estuve merodeando un buen rato por todo el sitio. Casi al final del recreo, unas niñas por fin se me aproximaron y decidieron hacerme formar parte del grupo. Era un gran comienzo para mí.

 

Pasó el tiempo, y ese "gran comienzo" empezó a convertirse en un "gran infierno". No sabía por qué, pero todo empezó a torcerse sin más. Mis amistades empezaban a hablar mal de mí a mis espaldas, muchos se me acercaban por interés o para hacerme daño; otros parecían asqueados por mi presencia. En casa todo iba mal también: Mi padre había abierto un local en un polígono cercano al pueblo. Al principio iba bien, pero de repente, la gente del pueblo decidió hablar mal del sitio, incluso de mis padres (mi madre también trabajaba allí). Los rumores que corrían eran realmente retorcidos y en la escuela me molestaban con ellos. 

Un día algo en mí cambió. Me estaba mirando al espejo y cerca tenía una navaja suiza -un regalo de mi tío a mis padres, no sé para qué-. La cogí sin más y después de abrirle la herramienta del cuchillo, comencé a rozarla repetidas veces por encima de mi piel, en la misma zona, hasta hacer una quemadura, y finalmente, una herida. No sangró, pero escocía. Acabé haciéndome tres heridas más, una al lado de la otra. Lo único que me sorprendía era la falta de arrepentimiento. Dado que se acercaba el otoño, llevar manga larga para ocultarlo no iba a levantar sospechas... Pero sí causó revuelo.

Los días venideros tomaron un matiz realmente distinto. Parecía que el día fuese más oscuro y las noches menos tranquilas. Todo a mi alrededor tenía algo que me cargaba. Al llegar a clase, le mostré las heridas a una de mis amigas, quien hizo una mueca de asco y acabó mofándose. No le di importancia; no hasta que por redes sociales muchos me dijeron haberse enterado de que me autolesioné, y ahora hacían burla de ello. Varios me insultaron, otros se mantuvieron aparte. El caso era que lo sabían. Eso me desesperó. Hizo que quisiera gritar, golpear a la persona a la que le confié aquella intimidad. Pero no era capaz de hacer daño a nadie; no quería.

El último curso de primaria ya estaba tocando a su fin, y los rumores no habían cesado. Tampoco las burlas o los insultos. Empecé una época en la que fumar era mi diversión y cortarme era una especie de tentación. No le veía significado a lo segundo, no lo entendía. Simplemente lo hacía y luego, para que no hubiera más problemas, trataba de esconderlo como fuera. Por ese tiempo, ni siquiera mis padres lo supieron.

 

Cumplí los doce, y la ESO ya estaba a la vuelta de la esquina. Cabe aclarar que durante las vacaciones de Navidad, cuando iba aun a la primaria, mis padres decidieron adoptar una perrita, que serviría como nuevo objetivo de responsabilidad para mi hermano y yo. La queríamos mucho, era una auténtica bolita de pelo. Dado que su nombre era bastante largo por su origen, la llamamos Yume, que era el nombre corto de Yumerohime. Una Akita inu japonesa de pelo largo y atigrado, que nadie quiso por ésta misma característica. Por ello, nos la quedamos e integramos como una miembro más de la familia. Algo así como un regalo navideño por adelantado. Luego vinieron dos gatitos, en distintas fechas, encontrados ambos en la calle, a los que llamamos Blue y Uriel. Y poco después, un gorrioncito sin hogar, al cual le pusimos el nombre de Jackie.

El día que empecé el curso en el instituto fue cuando encontramos a otro pequeño gatito que maullaba sin parar. El chico que lo tenía no podía quedárselo. Lo adoptamos también y le pusimos el nombre de Kokoro, que significa "corazón" en japonés. Un auténtico amor de gato. Yo me convertí en su madre adoptiva y desde entonces no me dejaba sola ni un instante. El segundo día de instituto, en el que ya empezaban las clases de verdad, fue bien hasta la hora del recreo: El rumor de mi autolesión en primaria se había extendido hasta los oídos de la gente de secundaria, y ahora ellos también se mofaban. Me lanzaron piedras incluso, y tuve que huir de varios que pretendían molestarme. El problema principal no era el rumor, sino lo que venía después; algo que aún desconocía.

El curso iba avanzando. Me hice amiga de un chico que había ido conmigo a primaria, pero que jamás quiso acercárseme hasta aquel momento. Se llamaba Cristopher -apodado el niño rata- y tenía un carácter temperamental que sólo yo podía calmar. Era un chico con problemas, estaba medicado, y su nerviosismo no le permitía ser tan normal como los demás. Sin embargo, yo quise ser su amiga. Parecíamos congeniar bastante bien desde el principio. Poco después, conocí a un chico que llegó nuevo, llamado Kevin. Sin más oscilaciones me pidió salir. Eso me desconcertó, y admito que fui estúpida al aceptar. Sólo me causó problemas y desgracias durante el curso: La gente me insultaba, me golpeaba incluso. Muchos se reían de mí, nadie quería estar conmigo. Soltaban rumores a mis espaldas, Kevin no era diferente a ellos; hacía igual o peor. Y bueno... Cristopher se hizo pasar por mí en redes sociales, usando mis fotografías, soltó rumores sobre mí e incluso desveló mi orientación sexual a prácticamente todo el mundo. Cada vez que alguien le preguntaba por mí, él daba la misma respuesta o añadía un comentario negativo acerca de mi persona. Nunca supe por qué. Aquello pasó de ser un problema, a ser la soga que ya no me permitía respirar. Lo siguiente fue tener que salvarle de que lo mataran en una pelea; la culpa fue para mí. La carga era excesiva, y mis padres no la hicieron lo menos pesada posible: también me hicieron sentir peor a cada día que pasaba. Finalmente me quedé sola y con todo el mundo odiándome o haciéndome sentir como la basura. Me convertí en el objetivo de todos. Humillarme era lo principal.

En secundaria las cosas no parecían haber mejorado. Mis padres, al ver que mis problemas aumentaban en el instituto, pusieron una denuncia a los causantes y éstos fueron expulsados por un tiempo. Al trimestre, los llevaron a una unidad especial. Aun así, eso no hizo que se acabara la pesadilla: Una chica de mi clase, Alejandra, me tenía como su burro, obligándome a hacerle los deberes. Los hacía, pues bien sabia que era capaz de hacer igual que todos. Sin embargo, un día me cansé, y al negarme en rotundo, ella me humilló (no era una novedad pero dolió), me amenazó, junto a sus amigos, con darme una paliza. También hubo una puesta de cartas en el asunto por parte de mis padres -porque el instituto no admitía lo que estaba sucediendo-. Sin embargo, yo seguía estando sola.

En tercero, al ser las tres clases mezcladas de nuevo y tener compañeros distintos en la mía, un árabe llamado Lareb pareció encapricharse conmigo. Inventaba la excusa de que no había traído los libros para que lo sentaran a mi lado y así poder tocarme. Yo le apartaba. Cada día me traía pequeños regalos (cosa que me daba mucho asco) y trataba de camelarme. Por redes sociales me pedía sexo, me molestaba, incluso me humillaba también. Una vez, "gritándole" por escrito que me dejase tranquila de una vez, el ordenador se me bloqueó -un Toshiba de tres años que de tantos golpes recibidos no daba mucho de sí- y al picarle tantas veces en el botón izquierdo, envió un archivo privado. El por qué de la existencia de ese archivo era por el simple hecho que desde los doce solía exhibirme a hombres mayores que yo, por la cámara de Skype. Aún sigo recordándolo y me entran ganas de pegarme un tiro. Por aquel entonces, quizá el asco hubiera sido más que eso, una provocación o un intento de encontrar algo que llenase ese vacío en mi pecho. Nunca llegué a descubrirlo. Volviendo al asunto; se envió y allí empezó otra tortura más: la típica amenaza de que si no me acostaba con él, la foto saldría a la luz. Lo bloqueé, y él se hizo más cuentas distintas para contactar conmigo. Y es que por mucho que lo sacase de Facebook, iba a seguir estando en la vida real. 

En gimnasia se me acercaba por detrás y susurraba auténticas asquerosidades. Trataba de tocarme, de arrimarse a mí. Y yo sólo podía llorar y callarme.

Cuando llegó el segundo trimestre, el alivio inmenso que me causó que se fuese a otro instituto, duró bastante poco. Unos chicos de primer curso de la ESO decidieron también meterse conmigo. Me llamaban monstruo, se divertían empujándome o haciendo que el resto se riera de mí, a modo de coro. Muchos de mi clase veían lo que sucedía; nadíe hacía nada. Y un día llegué al límite. Desenrosqué la cuchilla del sacapuntas, me hice un leve corte en el brazo y le pedí al profesor que me dejara ir al baño porque "una herida se me había abierto". Él me dejó ir. Fui directa y prácticamente ciega por el dolor que sentía. Me planté ante el espejo y comencé a hacer más cortes, cada vez más profundos, cada vez más amplios... Lloré, grité para mis adentros. Me miré al espejo y odié mi existencia. Maldecí el día de mi nacimiento. Al tranquilizarme cogí papel y volví a clase. La hemorragia no se detenía, el profesor me mandó a que fuese a curarme correctamente, totalmente ajeno a lo que sucedía. Al bajar me topé con una profesora, me preguntó qué ocurría, me formuló varias veces la misma pregunta... No fui capaz de responderle, el llanto surgió desde lo más profundo de mi garganta y estuve a punto de desmayarme. Ella hizo que me sentara y buscó ayuda. La directora llegó y mostró un rostro lleno de hastia. Llamaron a mi madre, ella se sobrecogió al ver las heridas; yo lloré y deseé que aquello no fuese real. Por mi mente sólo pasaban miles de cosas a la vez, todas ellas sobre los anteriores cursos y el actual. No era capaz de hablar, ni de mirarle a la cara. Solamente podía llorar y sentirme vacía. 

Poco tiempo después me dieron de baja académica, pero... El dolor siguió en mi mente, y la prueba de ello estaba en mi piel.

 

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