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5 min
Antibat
Drama |
05.12.20
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Sinopsis

Arnaldo ofrece la solución a la invasión de murciélagos en el pueblo.

Antibat

 

Las bocas de los murciélagos mascota aullaban en dirección a Arnaldo pidiéndole comida. El atento entrenador de seres de la noche preparaba una cena consistente en un menjunje de insectos y frutas que en pocos instantes sería deglutido por una bandada de  novecientos bichos que adornaban el techo del galpón. El gran recipiente despedía un aroma dulce que ya no era percibido por las narinas adormecidas del joven. Una extraña combinación de mosquitos, escarabajos y polillas, entreverados con algunas florcitas del campo cercano y frutas podridas del jardín de la casa, cumplían con la función de mantener a sus socios alimentados. Y sin duda así debía ser, ya que estos pequeños seres, en apariencia feos pero inofensivos, eran la más sagaz invención de negocio que Arnaldo había diseñado en los últimos cinco años. El plan era simple, y el pueblo debía ser pequeño. El cri cri de los pequeños vampiros resultaba espeluznante, y el muchacho sabía que si los largaba en el momento adecuado su objetivo se cumpliría sin inconvenientes. La llegada al Valle de las luciérnagas había sido exitosa, con todos sus animales acondicionados en la gran cajuela de la camioneta que había comprado especialmente para dichos fines y con la seguridad de que ya tenía un galpón alquilado. Los primeros días se mostraba como un vecino tranquilo. La noche del primer lanzamiento resultaba clave en el proceso de venta que se produciría en los días subsiguientes, por lo que el operativo debía ser muy preciso. En la primera oportunidad siempre lanzaba una bandada de unos ciento cincuenta o doscientos ejemplares, preferentemente en las cercanías de casas habitadas por personas ancianas o familias con niños. Transcurridos unos cinco o seis días, y luego de acciones eficaces que ya habían logrado atemorizar a los habitantes de la zona, Arnaldo hacía despliegue de sus grandes dotes de manipulador. Si bien siempre había alguien que sospechaba, el estafador recién llegado cumplía con su objetivo de vender el producto que él mismo había elaborado, el muy celebrado Antibat, el cual prometía, en un plazo bastante breve y por un precio conveniente, expulsar a los bichos no bienvenidos y llenar los bolsillos de Arnaldo a cambio de un polvillo bien empaquetado pero carente de propiedades. Como venía ocurriendo desde hacía ya varios años en una fructífera cadena de pueblos lo suficientemente distantes entre sí como para enterarse, el joven había logrado vender una gran cantidad del ansiado producto y se preparaba ya para continuar con su viaje de estafas cuando el destino lo sorprendió con un giro no calculado.

La muchacha se acercó lentamente a la casa del vendedor y golpeó la puerta un par de veces. El cri cri de los animales le disparó el corazón. ¿Cómo era posible? No podría haber murciélagos allí, justamente en la residencia de aquel que les había traído el antídoto. Había intentado comunicarse con Arnaldo durante cinco días sin obtener respuesta, lo cual era preocupante; el hombre se había mostrado muy solícito ante todos los pedidos y contestaba inmediatamente. Intentó ver a través de la puerta pero no logró divisar nada. Al caminar lentamente rumbo a la parte trasera, volvió a escuchar el sonido desagradable. No era posible. Sabia que no debía haber ido hasta la casa del vendedor luego de la puesta del sol, no era prudente exponerse de esa forma. Pero justo allí, era el último lugar en el que podría correr algún riesgo de ser atacada. Un olor nauseabundo le golpeó las narinas y fue entonces cuando resolvió que tomaría medidas. Al alcanzar la puerta trasera, se preparó para forzarla cuando descubrió que esta se encontraba abierta. Ingresó lentamente, y se arrepintió al sentir que su intromisión era muy inadecuada. No podía invadir la casa de un extraño, aquello era ilegal. El olor la atrajo nuevamente. Y a continuación el cri cri cri, que ella sabía perfectamente debía atribuir a los murciélagos. Caminó unos cinco metros y los descubrió. El impacto la dejó  helada, al tiempo que alternaba la mirada entre el cuerpo de Arnaldo, muerto sobre el piso del galpón, y el ejército de murciélagos que cubrían su cuerpo cual saco de cuero.

Pasaron algunos segundos, durante los cuales hizo todo lo posible por no respirar. Ir de regreso a la puerta crearía nuevos ruidos y los alertaría de su presencia; quedarse allí, por otro lado, no parecía una mejor solución. Y entonces llegó el segundo impacto.

Los cuerpos de los pequeños demonios comenzaron a aletear emocionados, casi como si estuviesen conversando entre ellos. La joven inició su caminata marcha atrás en el afán de volver por donde había entrado. Todo fue en vano. Los animales redoblaron su concierto de gritos y choque de alas negras. Cuando la muchacha se encontraba ya junto a la puerta trasera, los murciélagos comenzaron a volar ávidamente en dirección a ella, siguiéndola en su desesperada huida hacia el bosque.

 

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