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31 min
Aquél espejo
Reflexiones |
04.11.14
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Sinopsis

Un anciano despierta en una oscura habitación, frente a él, un espejo, el cual le muestra escenas y lo traslada a distintos momentos históricos. Mediante historias entrelazadas, se reflexiona sobre el amor, la comunicación y el fantasma del libre albedrío para, finalmente, repensar la noción del tiempo.

-I-

Era aquella vieja habitación, la misma de siempre, sucia y descuidada, como era ya costumbre en su morador tenerla. Afuera, el viento soplaba fuerte, la llovizna cubría ese viejo ventanal que da al exterior, la ventana vibraba y generaba un sonido que lastimaba los tímpanos. La nula luz de aquél tiempo nublado no permitía distinguir suficientemente lo que había en ese cuarto antiguo y oscuro, salvo un solo ente: su morador.

Él estaba ahí, como siempre, sentado frente a ese viejo espejo, enmarcado en un fino roble ya ennegrecido por el paso de los años, contemplando la imagen que aquél le devolvía, como cual proyector emite los sucesos captados del pasado. Al pie del espejo, una nota manuscrita: “siempre pudiste elegir”.

Pero él no se encontraba solo en aquella habitación, reminiscencias históricas lo acompañaban, y con ellas, ese antiguo rompecabezas, completamente desarmado y desparramado frente a él.

Era de piezas de madera, mas no era posible, dado el desorden de las mismas, siquiera distinguir cual era la figura que debía amalgamar en su concreción. Tampoco ayudaba demasiado el polvo existente en las mismas, que cooperaba en la confusión.

Y ahí estaba él, solo y amargado, con esa larga barba blanca que colgaba desprolija de su mentón, con ese antiguo traje fino que hasta grande le quedaba, pues su cuerpo se encogió, víctima de esa ininterrumpida cadena de sucesos y momentos que los humanos englobamos en la ilusoria noción del “tiempo”.

Trababa de recordar, pero los años ya le jugaban una mala pasada, ya no era tan simple apelar al cajón de los sucesos históricos personales, que parecía esconderse de él en la oscuridad de esa tétrica habitación.

Hizo un esfuerzo enorme, e intentó acudir a los pocos detalles visibles de su propio habitáculo, pero no había mucho, solo aquél rompecabezas, al cual ni siquiera podía distinguir con claridad.

Luego de mucho pensar, consideró que ése traje que traía puesto, y que ni siquiera sabía de su procedencia, algo debía significar para él.

Levantó la mirada hacia el espejo, y por un instante fugaz, le pareció ver a un guapo cuarentón con el mismo traje. Parecía exitoso, vestía elegante con el y parecía estar en una especie de sala de juntas. Trató de concentrarse nuevamente en el espejo, pero este, caprichosamente, se ensañó en no mostrarle nada más.

Ya cansado de esperar, pareció rendirse, cuando intempestivamente, el espejo pareció iluminarse. No era una ilusión, efectivamente ese viejo espejo desprendía una luz blanca cegadora, que pareció envolverlo completamente. Sintió somnolencia, sus fuerzas marchitas no le permitían oponerse a tamaña luminiscencia, todo se volvió blanco, hasta que la luz de ese espejo se apagó, junto con su conciencia.

 

-II-

 

Mario Ramos es un exitoso empresario, es presidente y principal accionista de una de las petroleras más importantes de América, la cual tiene sucursales en varios países de la región. Dedica gran parte del día a su trabajo, se retira temprano a la sala del directorio que preside, sin siquiera saludar a sus pequeños hijos, Jazmín y Juan, para regresar cerca de la medianoche, o inclusive, pasada esta.

Mario es de esos hombres que tiene el mundo a sus pies, todo lo que exige lo tiene en el instante en que lo pide, pues sus empleados saben que decide a su antojo despidos y recortes salariales, ya que sus influencias llegan hasta a los mismísimos sindicatos.

Como muchas otras noches, llegó a su piso de la calle Corrientes, en esa decimotercer planta del edificio “Majestad”, que es completamente suyo, arrendando los pisos que no habita a precios verdaderamente leoninos.

Su esposa, Clara, bella y predispuesta al diálogo, como siempre, lo esperaba con un delicioso y cálido café:

M: Hola Clara, ¿cómo estás?.

C: Bien amor, tengo preparado tu café, ¿despierto a los chicos para que los veas?

M: No, estoy cansado y lo último que necesito es dos pendejos ametrallándome a preguntas: “papá mirá el dibujito que hice”, “papá mirá lo que hice en la escuela”… no te lo tomes a mal, pero soy un hombre ocupado y estoy exhausto, necesito recuperar fuerzas para mañana, tenemos una reunión muy importante…

C: ¿Deseas que hablemos del asunto?

M: ¿Hablar del asunto?... (sonríe despectivo) dudo que entiendas la complejidad de los asuntos que manejo todos los días querida.

C: Está bien, solo quería acompañarte y estar contigo, sabes que siempre estoy aquí.

M: Lo sé Clarita, lo sé, el café que cada noche me haces me ayuda a seguir (bebe su café y lo escupe con desprecio), ¡¡¡pero que porquería, esto está demasiado dulce y ya está tibio!!!, mejor me voy a dormir Clara, hasta mañana.

Una desoladora mirada de tristeza invade la escena, Clara, una vez más, no tenía la aprobación de su exitoso esposo. Ella siempre hace notables esfuerzos por complacerlo, pero siempre es descalifica y relegada a un lugar de desprecio. Ni siquiera sabe ya porqué está con él, ¡ah, si claro!, esos niños no tienen la culpa de la miseria de sus padres, de sus conflictos y reyertas. Ella, como madre, debe soportar el mal genio de su esposo, pues él es el sostén de la familia, gracias a él concurren a los mejores establecimientos educativos, pueden practicar deportes, estudiar idiomas, pese a la corta edad que tienen, y tener todo lo que necesitan. Además, si vamos al caso, ella ni siquiera necesita trabajar, pues Mario gana millones al año. No cabe duda que ella es una mujer afortunada, y así lo siente en su corazón.

Ya al siguiente día, Mario se encuentra con el senador Assar, quien lo aguardaba para una importante reunión en su despacho. Mario comienza la conversación:

M: ¡Senador!, ¿como le va a Ud?

A: No tan bien como a Ud. mi estimado Mario, imagínese, preside la petrolera más importante de este país, si quiere nos deja a todos sin combustible y nos para todo… (ríe y busca complicidad, conseguida fácilmente de parte de su interlocutor).

M: Bueno senador, ¿pero para que están los amigos entonces?

Luego de unos diez minutos de charla intrascendente y meramente social, el senador va al meollo de la cuestión…

A: Mario: ¿le interesaría tener el apoyo político de mí partido?, Ud. sabe que soy el principal candidato opositor para este gobierno…

M: ¡Por supuesto senador!, pero la pregunta es evidente: ¿en qué lo puedo ayudar yo, desde una simple empresa internacional a Ud? (risas de ambos)

A: Bueno mire… estamos en plena campaña electoral, y andamos necesitando unos fondos…

M: ¿y de cuanto estaríamos hablando aproximadamente?

A: Y Mario, es campaña a nivel nacional, son unos diez millones para empezar… hay que apoyar gobernaciones, intendencias…

M: Es bastante dinero… ¿qué nos promete en concreto?, ¡ud. sabe que esto es una apuesta en cierta medida senador Assar!, si bien es cierto que juego a ganador…

A: Mire, si gano, tengo pensado imponer como política nacional esto (le entrega una serie de documentos y proyectos que Mario observa durante varios minutos muy atentamente).

M: Es arriesgado… pero tentador…

A: Hablamos de eliminarles todo tipo de competencia en el mercado de hidrocarburos y volverlos a Uds. únicos oferentes a nivel nacional, ¿no le parece buena oferta?, no olvide que se lo estoy proponiendo a Ud… si no quiere, no hay problema, seguramente habrán otros interesados…

M: ¡No, de ninguna manera, nosotros nos sumamos a su idea senador, hoy mismo lo hablo en la mesa del directorio!… (exclama excitado).

A: Además de eso, no se olvide que luego tendrán subsidios, Ud. sabe como es eso…

M: Si, tenemos empresas para tercerizar y subfacturar… ¿vamos y vamos?

A: Totalmente…

Luego, esa misma tarde, ya en la sede de la petrolera, el eminente jefe preside esa larga mesa del directorio, la cual tiene unos diez metros de largo. La sala de juntas da a un ventanal que permite ver la ciudad desde una altura inmensa, casi como si se estuviera en la cima del mundo. Mario traslada la idea a sus asociados, quienes si bien se muestran interesados, presentan algunas objeciones. Entre ellos Enrique:

E: Todo muy lindo Mario, pero son diez millones y solo para arrancar, después hay que poner más plata…

M: ¿Tomas consciencia y dimensión de lo que nos están proponiendo querido?, ¡van a fundir a la competencia desde todos los ángulos, impositivamente, con cargas sociales y reglamentaciones imposibles de cumplir y nosotros “compramos”, con los subsidios de ellos, las migajas de lo que quede de la competencia, nos volvemos únicos en el mercado…

E: Si, eso lo entiendo Mario, pero, ¿de donde va a salir tanta plata?, ¡eso también hay que tenerlo en cuenta!, no podemos quebrar la compañía por una apuesta tuya…

M: El hilo se corta por lo más delgado, que empiecen a recortar personal, empiecen por los empleados de menor antigüedad y más jóvenes, después vemos… ¿estamos?

Una vez más, el gran presidente del directorio impuso su visión de las cosas, y todo se hizo tal cual fue su voluntad.

 

-III-

 

Guillermo es un amoroso padre de familia, un joven de apenas 26 años, vive en los suburbios del barrio de Caballito junto con su pareja Irma, y sus pequeños hijos José y Matías. Pese a que trabaja hasta cerca de las 21 horas en la estación de servicios de una de las petroleras más importantes del país, y que siempre llega predispuesto a pasar un hermoso rato junto a sus hijos y su esposa, esta vez no tiene buenas noticias.

Al llegar, no puede evitar escapar las lágrimas ante su esposa y sus pequeños.

I: ¿Qué pasó amor?

G: ¡me dejaron sin trabajo querida, estoy en la calle!, no sé como vamos a hacer con los pañales y el jardín, no sé…

I: ¿Pero porqué eso?, ¿así de la nada te echaron?

G: Si, dijeron que necesitan reducir personal por gastos extras que van a tener en los próximos meses, pase a buscar el cheque, sino tenía que ir a juicio y no veía un centavo…

I: Vamos a salir adelante, mañana mismo voy a pedir trabajo de mucama de mis ex jefes…

G: ¡no es justo!, ¡¿porqué me hicieron esto!?

Las semanas pasan, y Guillermo no tiene éxito en su tarea. Para colmo de males, Irma fue a visitar a sus antiguos empleadores, pero estos ya habían tomado nuevo personal doméstico, le dijeron que la tendrían en cuenta, pero ya han pasado cuatro semanas desde la visita. Faltan los pañales, al niño más pequeño más de una oportunidad lo limpian con trapos o, inclusive, con los pañales usados y lavados en forma improvisada. Producto de ello, Matías, el más pequeño, contrajo una infección y está en terapia intensiva. Luego de una semana se recupera, pero ha perdido gran parte de su capacidad motora. El servicio de protección de la niñez, al ver las malas condiciones en las cuales viven los infantes, quitó a sus padres la guarda de los mismos. Las discusiones y el quiebre de la joven pareja no se hizo esperar.

I: ¡Me voy, van seis semanas sin trabajo, nadie te toma porque sos un ignorante sin estudios, no te levantas hasta pasado el mediodía porque estás “depresivo” y encima nos sacan los chicos!, ¿sabes que?, ¿¡porqué no nos haces el favor a todos y te mandás a mudar!?

G: ¡¿Porqué no te vas vos pendeja?!... andá, andá con tus papitos y déjame solo…

Pasaron las horas, las dos, las tres de la mañana… Guillermo ya va por la quinta botella de cerveza, está cansado de la situación angustiante que lo invade, tratando de ahogar sus penas en alcohol.

Quisiera terminar con este calvario. En un momento, levanta su vista hacia el techo y observa ese tirante de madera. Baja la vista, y ve la cuna vacía de sus hijos, y debajo de ella una soga –“¿qué hace esa soga ahí?”- se pregunta. Una terrible idea le pasa por la cabeza. Tomó esa soga, realizó un nudo, la puso alrededor de su cuello. Ya sobre la mesa, la ató al tirante con firmeza. Solo restaba un último paso para acabar con el dolor, pero dudó. Finalmente, desistió de su equivocado accionar, -“¿¡pero en qué estaba pensando!?, es porque estoy borracho, mañana mismo arreglo las cosas”-, y decidió quitar la soga.

Mas para desatarla del tirante, debía estirarse un poco, pues desde donde él estaba situado, necesitaba inclinar el cuerpo hacia adelante. Lo hizo, pero sintió un fuerte mareo, seguramente causado por el exceso de alcohol en su organismo y resbaló. La soga realizaba muy bien la función por la cual la había dispuesto, pues le comprimía fuertemente la garganta, trató desesperadamente usar sus piernas para volver a la mesa y recuperar el aliento, pero la soga ya lo estrangulaba con notable eficacia. Empezaba a perder el conocimiento, babeaba producto de la fuerza que le comprimía y lo dejaba sin aire. Sentía que le estallaba la cabeza y los ojos se le salían de las órbitas. Finalmente, resignado y sin capacidad de resistencia, se rindió ante su mala fortuna, perdió el control de sus esfínteres y falleció cerca de las 3.30 horas.

Irma decide regresar para recomponer las cosas y empezar otra vez, se dio cuenta que no todo era culpa de Guillermo, pues ambos eran muy jóvenes y tenían toda la vida por delante. En todo caso, la culpa era de esa maldita petrolera, los poderosos siempre se salen con la suya. Abrió la puerta y un desgarrador grito de dolor despertó a los vecinos, cayendo desplomada al suelo, perdiendo el conocimiento.

 

-IV-

 

Otra vez en el interior de ése viejo cuarto, su morador se despierta, tendido en el suelo. Está somnoliento. Delante de él, como siempre, ése antiguo espejo –“¿qué pasó?”- se pregunta. Quizá todo fue un sueño. Decide incorporarse y sentarse frente a su viejo espejo, otra vez. Afuera la lluvia es cada vez más fuerte, y la luz exterior es nula, mucho menos luminosidad existe en el interior del cuarto.

Pero, luego de observar con mayor detalle, el espejo parece refractar algo de luz e ilumina parte de la oscura habitación, observa unas fotografías y unos artículos periodísticos –“¿quién será ése hombre que saluda a la muchedumbre?”-, ni siquiera sabe quien es, pero le recuerda a alguien. Ya de pie, observa uno de los recortes de diario que está ahora a la vista –“empleado se suicida por despido”, “¡qué terrible!”-, piensa, -“¿quién puede pensar en quitarse la vida solo por quedarse desempleado?”-.

Una vez más, decide sentarse. Por su visión periférica pareciera formarse la silueta de un hombre suspendido en el aire, como si colgara del techo, en medio de la penumbra. Se alarma y voltea su mirada con terror, pero nada observó –“seguramente me sugestioné con esa nota bizarra”-, se dijo a sí mismo, tratando de recuperar la calma.

De pronto, el espejo se iluminó nuevamente, la imagen de una adolescente apareció reflejada en el, era una jovencita muy bonita y atractiva que le sonreía, no superaba los quince o dieciséis años de edad. Su corazón latió más fuerte que nunca, -“¿qué me pasa?, podría ser mi nieta”- dijo en voz alta pero temerosa. La luz del espejo se hizo gigantesca, envolviendo completamente el cuarto, haciendo que su cuerpo vibre en una forma inexplicable. Parecía desintegrarse, sentía que ese espejo absorbía toda su esencia corporal y lo trasladaba a dimensiones extrañas. Pero claro, eso era físicamente imposible y obedecían esas locuras a la imaginación de un viejo amargado.

Finalmente, perdió el conocimiento, producto de una suerte de adormecimiento y una fatiga sin igual que lo llamó a dejarse llevar en aquella ilusión o fantasía, o al menos eso pensaba él. Se sentía increíblemente atraído por la belleza de esa joven muchachita, quizá en su sueño tenga la oportunidad de conocerla y, aunque sea por un instante, soñar que se encuentra junto a ella, confortando su cansado corazón. El misterio le era irresistible de todas formas.

 

-V-

 

Es una respetable casa de familia. Su jefe y padre en la misma, Pedro, ha invitado a sus vecinos a una cena amistosa. El único hijo de la familia, el pequeño, observa y escucha las conversaciones que sus padres mantienen con el matrimonio invitado, quien ha concurrido sin la compañía de su pequeña hija Amanda; “¡qué pena!” –piensa el muchacho-, “me hubiera gustado que viniera para que nos acompañemos”. Esa chica le provoca sensaciones que nunca tuvo en sus cortos seis años de edad. Cuando la ve, sus manos empiezan a temblar y a sudar, inclusive tartamudea y hasta le cuesta decir palabra alguna. En realidad, jamás le habló. Aún recuerda esa oportunidad en la que Amanda concurrió junto con sus padres. Él se sentó en la mesa frente a ella, deleitándose en secreto con sus rizos dorados y sus ojos azules. Los padres de ambos infantes intentaron que se inicie un diálogo entre ambos niños, pero todo intento fue fútil. Ellos solo se contemplaban mutuamente, a lo sumo, se devolvían alguna sonrisa, mas nunca pronunciaron palabra alguna. La cena terminó, papá manda a su hijo a dormir, y este piensa en su platónica amiga Amanda al apoyar su cabeza en la almohada.

Los años pasan, y los chicos llegan a la adolescencia. Amanda ya es una muchacha de una década y media de edad, es bella y afable. Él aún no se anima a hablarle. Se cruzan en la vía pública y se devuelven una sonrisa, pero nada más. Ni una palabra entre los dos.

A pesar de todo, siempre llamó la atención a los padres de ambos niños que estos, de pequeños y a pesar de no mantener un diálogo verbal, si parecían comunicarse a niveles más sutiles, en modo gestual o, inclusive, solo con las miradas. Es como si el posicionamiento de párpados, pestañas, alzamiento de pómulos y demás detalles faciales estuviera codificado entre ambos, sin necesitar, entonces, lo verbal.

Pedro habla con su hijo, lo hizo en algunas pocas ocasiones, le pregunta si siente algo por Amanda. El jovencito escoge el silencio sistemáticamente y esboza una sonrisa, la cual es devuelta cariñosamente por su padre, quien respeta su omisiva respuesta.

Un día una noticia atroz llega al muchacho: Amanda y su familia se mudarán a otra ciudad, la cual es muy lejana de su actual residencia. Pedro y su hijo ayudan a los padres de Amanda y a esta a cargar los bultos en el camión del flete. Llega el momento de la despedida, los jóvenes se miran mutuamente, se abrazan fuertemente. Luego de unos tres minutos, el papá de Amanda le dice con pesar: “hija, es hora de marchar”. Amanda interrumpe el abrazo, una lágrima corre por su mejilla. Suben al automóvil familiar, Amanda va en el asiento trasero y no puede evitar ver a su amigo mientras el rodado se aleja en el horizonte. Los padres dejan en soledad al muchacho, de pie junto a la casa de Amanda, observando un punto que ya se perdió en la nada misma. Siente un vacío tremendo, la ausencia será dura y difícil de sobrellevar. Nunca pensó que se sentiría abandonado y, en cierta medida, se arrepiente de nunca haberle dicho a Amanda lo que sentía por ella. Es cierto que ella sabía y conocía sus sentimientos, pero él ni siquiera puede saber en qué carácter ella lo amaba a él, ¿eran solo buenos amigos?, ¿existía alguna forma de superar ese amor platónico, puramente espiritual?, ¿qué sentía ella por él?, demasiadas preguntas sin respuesta.

Se cuestionó una y otra vez porqué siempre eligió el silencio, porque de hecho, así fue. Él pudo haber intentado muchas veces entablar un diálogo tradicional y verbal con ella, pero nunca lo había hecho. Su decisión lo había marcado con una señal indeleble.

Un pensamiento entristeció su corazón, pues se persuadió de que nunca escuchó la voz de su amiga Amanda, y ella tampoco oyó la suya. Es increíble, pero pese a que parecían conocerse en detalle, en realidad ni siquiera habían sentido el sonido de sus respectivas voces, algo común en cualquier intercambio personal. De hecho, ninguno de los dos sabía específicamente detalles de la vida del otro, pues la falta de articulación de palabras les ha impedido conocer detalles que las miradas y sonrisas no pueden transmitir.

Comenzó a preguntarse si verdaderamente conoció a Amanda, o si solo se trató de una tentativa que jamás logró concretar vaya a saber por qué motivo. Pero no podía evitar pensar en ése final, esa lágrima, ¿cuál fue su causa?, ¿porqué lo extrañaría?, ¿porqué no logró hablarle o no pudo conocerlo?, quizá ella se hizo las mismas preguntas que él en aquél entonces. Pero esa lágrima algo significaba. Lo confortaba saber que verdaderamente ella lo amaba, a pesar de no saber de qué forma o para que fines, pero lo amaba, eso es seguro, de lo contrario esa lágrima estaría injustificada.

Los años han pasado, él ha crecido, se ha convertido en un exitoso profesional, pero esa duda lo acompañará por el resto de sus días. En alguna medida, aprendió que en el amor el tiempo no es circular y que las cosas que se dejan pasar ya no vuelven, que los momentos perdidos no se recuperan y que es mejor aprovecharlos. Pero algo es seguro: él es responsable de su desdicha, pues eligió nunca hablar, y deberá cargar con esa cruz.

 

-VI-

 

El frío es envolvente, -“¿dónde estoy?”-, se pregunta él. Alrededor no hay nada, solo paredes blancas forradas en una especie de goma espuma, de esas que evitan que te golpees. Comienza a observar con mayor detalle, nota que está aprisionado en un chaleco de fuerza, de esos que usan en los neuro-psiquiátricos.

Ningún sonido invade el lugar, que por cierto no es de lo más espacioso, pues las dimensiones no superan más que los siete metros cuadrados. Se encuentra en la soledad más espantosa, pues ni siquiera sabe porqué se encuentra en ése lugar.

Pasan las horas, nadie aparece por esa puerta blanca metálica que tiene a su costado derecho. Nota que tiene una mirilla. Intenta ponerse de pie, siente un mareo que le provoca una súbita e inevitable caída. Se arrodilla esta vez, intenta evitar la claustrofobia que le provoca la situación, coloca su cabeza contra el suelo, recordando que así la sangre llegará más rápidamente a su cerebro. Tal vez hace horas, o porqué no, días, que lleva en esa especie de celda.

Finalmente, decide incorporarse. Tener las manos atadas dificulta la tarea. Decide apoyar su espalda contra una de esas paredes con almohadas. Los huecos ayudan un poco, haciendo fuerza en el espacio vacío existente en los mismos con la superficie corporal correspondiente. Logra ponerse de pie luego de varios minutos de dura lucha, sea contra sus mareos o sea contra la circunstancia de hallarse atado. Se dirige hacia la puerta, observa la mirilla, posiciona uno de sus ojos. Al parecer se trata de un pasillo, parece existir otra puerta frente a él, otras celdas, una de las cuales se abre y salen dos hombres de gran contextura física. Abren su puerta, se sorprenden de verlo de pie de manera que, sin palabra alguna, lo toman y lo reducen en el suelo. Comienzan a gritar –“¡doctor, se despertó el de la 44, venga rápido!”-. Pocos segundos pasan, y un hombre con delantal blanco ingresa, tiene una inyección en sus manos -“¡ténganlo fuerte!”-, clama a los hombres a gran voz. Sin mayores rodeos, el sujeto perfora su hombro derecho con esa enorme aguja y le aplica la desconocida sustancia, el dolor que causó el ingreso del elemento metálico fue agudo, instantáneo, pero lo peor vino después. Empezó a sentir que sus músculos se salían de sus correspondientes lugares, que sus huesos crujían. La vista comenzó a nublarse, hasta que perdió en conocimiento.

Estas escenas se repiten tantas veces que empieza a perder el sentido del tiempo, ya no sabe si han transcurrido meses, días o años, pues es como si su vida se hubiera detenido en el momento en el cuál se despertó, por primera vez, en aquella celda blanca.

En una de esas tantas oportunidades en que fue drogado con esa sustancia que lo adormece durante largos momentos, logra volver en sí y algo inusual sucede. Frente a él existe un espejo. Se refleja en él, le cuesta reconocer su propia imagen, pues duda si en verdad es él mismo u otra persona.

Repentinamente, una escena se proyecta en el espejo, observa una calle en horas nocturnas. Un hombre con elegante traje camina por la vereda. Decide incorporarse y ver más de cerca. Logro ponerse junto a ese espejo, el cual se iluminó fuertemente, la luz lo atrapó en una especie de éxtasis mágico, sintió que se trasladaba hacia foráneos lugares, hasta que todo se puso blanco como la nieve.

 

-VII-

 

El largo día de trabajo por fin terminó, es hora de volver a casa. La verdad, no sé porqué abandoné mi privilegiado puesto directivo en la empresa que, por cierto, terminó siendo monopólica. En eso debo reconocer que mi socio cumplió con creces, en solo cuatro años eliminó toda competencia posible. Es bueno ser Secretario de Explotación Sustentable de Recursos Naturales, pero antes, al menos, el poder lo tenía yo en mis propias manos. Ahora, no dejo de ser simplemente un secretario, yo no decido nada. Debí pensar mejor las cosas, me entusiasmé con la función pública y con la acción política, pero no me gusta no tener el verdadero poder en mis manos. Al menos me respetan más que a otros Secretarios y Ministros pues, si vamos al caso, “Su Excelentísimo” ahora preside gracias a mi apoyo, yo fui quien realizó los principales aportes, él solo se dedicó a vender al electorado promesas vacías. En fin, mañana será otro día. Ahora vuelvo a casa, donde tengo verdadera autoridad.

El hombre llega a su majestuoso edificio, sube al decimotercer piso que es de su propiedad, abre la puerta del departamento que hace a sus veces de habitación matrimonial, y observa a su esposa yaciendo desnuda con otro hombre.

La ira lo invade –“¡no me abandonarán otra vez!”-, toma un cuchillo de cocina y se abalanza contra el amante de su esposa, el cual logra zafarse. No se da por vencido, da un golpe que solo rozó la espalda del hombre, que logró escapar, semi desnudo, por la puerta de entrada dando voces de auxilio. Con el cuchillo en la mano, le dijo a su esposa con gran rabia –“¡no me abandonarán otra vez!”-, su mujer se pregunta de qué diablos habla, pues hace meses que no hacen el amor, él siempre está demasiado ocupado o llega exhausto de ese maldito nuevo trabajo que tiene hace años en la política. Él se abalanza, ella da un fuerte grito. La hoja ingresó limpia en la boca del estómago de ella, una y otra vez. La sangre emanaba a borbotones. Dejó el arma a un costado, y con sus manos cubiertas de sangre, comenzó a comprimir el cuello claro de su esposa. Ya sin fuerzas, ella se resignó a morir. Los ojos sin claridad, ya sin vida, quedaron estancos en la nada misma. La policía llegó al lugar, pero todo ocurrió demasiado rápido. Trataban de sacarlo del lugar, pero él no soltaba el cuello de su difunta cónyuge, repitiendo una y otra vez la misma frase: “¡no me abandonarán otra vez!”.

 

-VIII-

 

Despertó en medio de un tétrico pasillo. Las paredes y el techo estaban cubiertos de sangre y alguna cosa viscosa, parecía carne, aparentemente en descomposición, pues el aroma era fétido. No parecía existir alguna salida al exterior, al menos no en aquél largo pasillo.  A los costados, existían cuartos enrejados, más bien celdas. Comenzó a caminar con gran temor ante lo que le depararía ese espantoso pasillo.

Primer celda, a su derecha: un hombre tirado en el suelo, con un traje de etiqueta, pero cubierto de excremento y restos de aquella sustancia viscosa, lo reconoce, se pone de pié y a gran voz le dice: -“¿te acuerdas de mí?, por favor ayúdame, sácame de este repugnante sitio, auxíliame como en aquella oportunidad, te deberé la vida dos veces”-. No entendía de qué le hablaba aquél hombre, que seguía referenciándole el gran dinero que ganaron juntos y el éxito que tuvieron en sus emprendimientos. Le expresaba que si lo ayudaba, le prometía que todo volvería a la normalidad, ambos tendrían el mundo a sus pies una vez más. Él le contestó: -“no te conozco, y no me interesa tener el mundo a mis pies, no lo necesito para ser feliz”-. El hombre insistió, una y otra vez, sacó enormes cantidades de dinero de sus bolsillos y se los entregó, obteniendo como respuesta –“¿de qué me sirve esto en este terrible lugar?”-, arrojándole el dinero en su rostro. Al instante de consumado semejante rechazo, el hombre del traje comenzó a arder en llamas, gritó de dolor ante el rostro espantado de quien lo contemplaba, hasta que quedó reducido a cenizas ante sus ojos. Continuó con su marcha.

En diagonal a aquella celda, otra más, pero esta vez del lado izquierdo. Parecían provenir quejas de dolor. Se acercó corriendo, y observó a un hombre luchando por su vida, colgando desde el techo producto de una soga atada a su cuello. Las rejas eran firmes y no podía abrir. De pronto, un manojo de llaves aparece en su propio bolsillo, las tomó y luego de probar varias, logró abrir la puerta. Ingresó a la celda, buscó desesperadamente algo con que salvar a aquél hombre que moría ahorcado. Trató de sostenerlo con sus brazos, pero no era suficiente. Increíblemente, un cuchillo cubierto de sangre aparece en su mano derecha, de la nada, lo utiliza para cortar la soga, logrando su objetivo. El hombre, ya a salvo, le dice –“gracias por salvar mi vida, no sé qué me pasó, tengo familia, ¿¡en qué estaba pensando?!, gracias amigo”-. Ya más tranquilo, abandonó la celda, desvaneciéndose a su espalda aquél sujeto.

Avanzó otro poco, y halló otra celda, una jovencita quinceañera parecía ahogarse en alguna especie de protuberancia carnosa que emanaba del techo, la cual le cubría toda la cabeza. Afortunadamente aún tenía aquél cuchillo, cortó con vigor aquella carne que envolvía el cráneo de la muchacha, impidiéndole respirar y, una vez en el suelo, cortó horizontalmente, introduciendo su mano en esa cosa asquerosa, hasta hallar la nariz de la joven. Metió el cuchillo y con gran valor, realizó un feroz corte, dividiendo en partes casi iguales aquél trozo de carne. La muchacha, sin voz, pierde el conocimiento, de manera que comenzó a realizar respiración boca a boca. Logró volver en sí. Él le dijo –“¿cómo te llamas?”-, ella le respondió –“¿ya no me recuerdas?, siempre te recordé con gran amor, siempre fuiste mi caballero, mi príncipe azul”-, lo beso amorosamente en la boca y, atónito por la reacción atrevida de la jovencita, la observó alejarse hacia el final del pasillo.

Continuó, observando a una mujer, cubierta de sangre y recostada en el suelo. Pateó con fuerza las rejas, logró abrir la celda. Él la tomó en sus brazos, observó marcas en su cuello y perforaciones en su abdomen, ella le dijo –“fue culpa de ambos, igual te amo”-, cerró sus ojos y se desvaneció ante su incrédula mirada.

Siguió su temerario camino, y halló un espejo, justo al final del pasillo, observó en él a dos jóvenes, un hombre y una mujer, junto a una camilla, en la cual yacía un anciano moribundo, mas no parecía invadirlos pena alguna –“lo que hizo fue imperdonable”-, dijo el varón, asintiendo con la cabeza la dama que lo acompañaba. Ella dice –“la terapia no dio resultado, ni siquiera lograba reconocer su propio reflejo en el espejo”-, a lo que él contestó –“el doctor dijo que su personalidad sufrió un gran deterioro, que sólo sabe Dios cuantas versiones de él existen en su mente”-, ella finalizó el corto diálogo –“tendrá un mal karma para su vida futura, por mí, que se pudra en el mismísimo infierno”-.

Repentinamente, el pasillo comienza a oscurecerse más y más, brotando sangre del mismo suelo. Una vez que el asqueroso líquido llegó casi hasta su pecho, pensó que era su fin pero, al menos, le confortó haber ayudado a esas personas que precisaban auxilio urgente. Finalizado ese pensamiento, el espejo se iluminó, todo ese pasillo pareció perderse en el tiempo o, más precisamente, en la nada misma, todo se volvió blanco, acabando la pesadilla.

 

-IX-

 

Otra vez en aquél viejo cuarto. Gracias al cielo, la oscuridad es ya cosa del pasado, la luz ilumina cada uno de sus rincones, todo es claridad. Luce magnífico, renovado, sus paredes ya no tienen sombras y todo está en perfecto orden.

Frente a aquél viejo espejo enmarcado en roble fino, un pequeño niño, cuya edad no supera el año. Juega con su propio reflejo, se devuelve una sonrisa a sí mismo, como cual alma no teme pecado alguno.

Apoya sus manos frente a ese espejo, delante del cual yace un rompecabezas completamente armado. El tiempo parece estar detenido por el gozo de aquél pequeñito. Ríe graciosamente al ver la imagen que él mismo forma, levanta la vista y ríe nuevamente, pues su propia sonrisa reflejada en ese espejo lo tienta a volver a reír otra vez. En el espejo se refleja la frase que forma el rompecabezas: “siempre podrás elegir”.

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  • Gracias Roberto, no visito la página con tanta frecuencia. Lo de la frase final ilustra, en cierta medida, la cuestión del libre albedrío vs el determinismo, es decir, ¿se elige realmente?, ¿o estamos condenamos por el destino?, la historia busca, a través de su simbología, mostrar los problemas existenciales del protagonista y sus vericuetos. Saludos.
    Interesante relato como él solo. La única duda que me queda es la frase final "se puede elegir". Tal vez, pero no descarto otra opción, todo lo que puede suceder, sucede. Y dentro del ovillo de todas las historias posibles, quizás se den todas en lugares diferentes, universos paralelos o queramos llamarlos. Un trabajo muy bien conseguido. Enhorabuena.
  • Una breve reflexión sobre el sistema de vida contemporáneo y sus trampas

    El protagonista, en medio de una siesta, comienza a tener un sueño lúcido en el cual se enfrenta, en una partida de ajedrez, con un fantasmal adversario, rememorando diversos aspectos de su vida en medio de la partida y las emociones consecuentes.

    Procuro pensar sobre el origen del universo, la imposible prueba de la existencia de Dios y del Caos como sus formadores y las consecuencias que ello apareja para el ser humano.

    Bajo la forma de una simple prosa, me pregunto sobre si realmente existe el tiempo, o si simplemente se trata de una ilusión que nos juega nuestra mente.

    Un anciano despierta en una oscura habitación, frente a él, un espejo, el cual le muestra escenas y lo traslada a distintos momentos históricos. Mediante historias entrelazadas, se reflexiona sobre el amor, la comunicación y el fantasma del libre albedrío para, finalmente, repensar la noción del tiempo.

Me gradué en la Facultad de Derecho de la UNLZ en 2004, cursé la especialización en derecho penal en la UBA y presto servicios en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Tengo algunos libros publicados de mi especialidad. Soy amante de la filosofía y de la buena lectura. Me agrada incursionar en la literatura, me parece un medio fantástico para reflexionar sin siquiera darse cuenta de ello. Hoy en día, desconfío de toda autoridad erigida y veo, con cierta claridad, que el "orden social" solo sirve a algunos y esclaviza a muchos más. Lucho, pero lucho una batalla que no puedo ganar solo...

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