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4 min
Aquel horno de ladrillos
Drama |
02.09.15
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Sinopsis

Hay olores que se impregnan en nuestra memoria.

Añoré tanto poder salir de vacaciones.

Llevaba muchos años de agobiante tarea, oscuridad, strees, lágrimas. Y desde un tiempo a esta parte todo cuanto pedía mi corazón y mi cuerpo era alejarme.

Elegí cuidadosamente el lugar, tenía que ser perfecto, buen clima para no desperdiciar días, calor pero no agobiante (ya había tenido suficiente), aire puro, brisa de mar y campo, noches estrelladas y  frescas. Poca lluvia, porque la lluvia me pone triste y  las tormentas me dan mucho miedo.

Aquella cabaña era ideal, buen precio, atendida solo por su dueña, una anciana amable  de pocas palabras que no interfería en mis pensamientos. Un campo verde que empujaba a la vida. El canto de los pájaros por la madrugada, un cielo estrellado de luna llena que invitaba a amar (si no a alguien) al menos a mí misma por estar ahí.

Los desayunos eran encantadores, me recordaban a las mañanas de domingos en la casa de mi abuela. Cuando con sus cálidas manos nos despertaba con caricias, tostadas, dulce casero y  un tazón gigante de café con leche.

Si quería cocinaba o le pedía algo a la anciana, si no solo digería mis culpas y  mis pensamientos sin ser molestada. Total podía sacar frutas y  verduras de la huerta en cualquier momento, y vivir sin obligaciones ni horarios era lo que necesitaban mis nervios.

Sin embargo había algo en el lugar que me molestaba, no sabía bien qué, pero en el aire algo fastidiaba mi espíritu inquieto.  Al cabo de unos días salí a caminar y  me alejé más de lo habitual del parque.

Fué ahí cuando entendí el motivo de mi incomodidad: era ese olor inconfundible de los hornos de ladrillos y  ese crepitar del fuego que tanto me molestaba en los recuerdos.

También acá había algo que te recordaba. Era imposible huir a ninguna parte.

Cómo olvidar...cada día salías a cumplir con tu trabajo  volvías a casa con ese olor mezclado con el alcohol que bebías para aplacar tu sed, según decías. No podía dejar de olerlo cuando en cada oportunidad que se te presentaba, con cualquier escusa, te acercabas a mí para molerme a golpes sin ningún discurso previo.

Ese olor y el encierro al que me sometías trás cada golpiza, con frío, en la oscuridad, solo pan y agua (para que aprendas decías). Para aprender qué mal nacido!

Fue entonces cuando resolví, cansada del dolor que atormentaba a mis huesos, tenderte la trampa. El alcohol y la droga del vaso hicieron el resto.  No sé, nunca lo sabré, de donde saqué fuerzas para cargar el cuerpo en la carretilla y arrastrarlo esos metros hasta el horno. Sabía que estaba encendido  y solo fue llegar hasta ahí y  volver a casa libre de carga. Dije que te habías ido para siempre.

Pero ese olor, ese insoportable olor, se pegó a mi olfato y a mi piel y nunca más me dejó sola. Pensé que el aire fresco de las vacacione lo borraría pero allí estaba ese estúpido horno para recordarlo todo. Así que sin descanso ni dudas junté mis cosas y volví sobre mis pasos, Era el único escape posible.

Ahora escribo desde mi celda. El veredicto culpable. La pena la máxima. Nunca hice denuncias sobre los golpes y  las humillaciones que sufría .No habías dejado huellas visibles. Y aquí encerrada pienso en las paradojas del destino, en aquel olor del horno...ese horno que te devolvió a tu lugar y me libró a mí del  mismo sitio.  Ese infierno que te merecías, del que solo pude alejarme unos días para oler aire puro de mar y campo y volver aquí a pagar mis culpas... por no haber sabido escapar a tiempo...por querer liberarme cuando ya era demasiado tarde.

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soy una habitual y constante lectora, de todo. Y una incipiente y simple escritora, de poco.

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