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7 min
Aquella noche (1)
Reflexiones |
27.01.15
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Sinopsis

Cuando el sexo deja de ser algo intocable, pueden darse charlas como esta.

La estancia es una azotea sin vistas al mar, pero con un grúa amarilla en forma de cruz, a la que corona una alegre bandera con los colores de Andalucía. En una antena cercana una pareja de tordos lanza agudos pitidos, y como fondo lejano resuena el ronroneo del tráfico.

—Yo te puedo decir que fue una puta la primera mujer que intentó que tuviese una eyaculación. Los nervios me traicionaron y aunque se daban todas las condiciones para que me hubiese corrido en un santiamén, aquello duraba tanto que la mujer no tuvo más remedio que confesar, que iba a terminar por hacer que se corriese ella antes que yo – decía el hombre.

—Cosa bastante difícil por dos motivos: primero por tratarse de una fulana y luego, porque las mujeres necesitamos algo más que un hombre encima para tener un orgasmo – dijo la hermana.

—Sí, ya sé está lo del amor, las caricias y todo eso pero como a los hombres (al menos los aspirantes a serlo), tan sólo nos basta con una hembra medioqué, yo creía que aquello era coser y cantar, luego del esfuerzo que me costó conseguir la pasta, que esa es otra, pero en fin no es el tema. El asunto es que aquella mujer marcó un tanto mi camino sexual, y nunca me la he podido quitar de la cabeza.

—Bueno, eso es debido —intervino la profesional— a que en nuestra juventud, que es cuando aparecen estas necesidades, igual que pasa con la niñez con otros asuntos, se nos marcan determinados momentos en nuestro cerebro, que luego pasado el tiempo vuelven a aparecer cuando se dan las circunstancias de cierto paralelismo sincrónico.

—Pero Freud dice que ya desde chiquitito tenemos tendencia a toquetear los órganos genitales ajenos  —interrumpió el amigo—- . ¿Cómo dices que es en la juventud, cuando aparece esa necesidad?

—Bueno Freud decía algo parecido a eso con relación a la sexualidad, pero yo considero que hasta que no se alcanza el orgasmo, no podemos estar hablando de unas relaciones sexuales plenas. Digamos que en la infancia se van marcando las pautas de lo que luego podemos conseguir de adolescentes.

—Tampoco creo que se pueda considerar al orgasmo como unas relaciones sexuales plenas, si no lo acompañamos de una serie de conductas que va desde una simple caricia... –interrumpió el amigo.

—Bueno, quizás no me he expresado bien. He querido decir el primer orgasmo, que es de lo que estamos hablando, por supuesto que las relaciones sexuales plenas van mucho más allá de eso, perdón por el lapsus  —continuó la profesional.

—Retomando a lo que íbamos —decía la hermana—-, por mi parte tengo que decir que yo buscaba la presencia de un chico, aprovechando los bailes en el club y notaba claramente que me mojaba al son de Venecia sin ti y cosas por el estilo, pero la primera relación sexual de verdad es que tardó en venir, porque las mujeres una vez más, somos distintas a los hombres y no nos resulta fácil acostarnos (por decir algo que se entienda), con alguien que no nos gusta, esperamos más romanticismo en la acción, tal vez llevamos implícitas el miedo a ser las perdedoras en caso de que algo salga mal, o tal vez nuestras madres nos lavaban demasiado el coco con los asuntos de los embarazos y cosas por el estilo. El asunto es que cuando yo me encontré con todo a mi favor para tener una primera relación sexual, parecía que estaba viviendo una película y que no podía salirme del guión, porque yo era la protagonista femenina, así que me tocó refregarme por las esquinas con la pasión supliendo el miedo, sin un coche que llevarme a la boca, porque en aquellos tiempos íbamos de pobres y con la historia que nos marcábamos de la puntita nada más, cada vez iba notando que el pene entraba un milímetro más, pero yo notaba algo por todo mi cuerpo que si no era orgasmo, a mí me lo parecía según la experiencia posterior.

—Una corrida a cuentagotas, podemos decir —dijo el hombre.

—Puede ser. Con el paso del tiempo se consigue unas mejores condiciones y el asunto se puede tratar de forma más relajada echándole, todo lo que hay que echarle  —dijo la hermana.

— ¿Qué es? —preguntó el amigo.

—Hombre, me refiero a marcar bien los tiempos y que las mujeres consigamos disfrutar del acto en si, y que no sea sólo el hombre el que termina la faena. De todas formas todo depende de la suerte que a cada cual le toca, es muy distinto que tú consigas una pareja estable a que no lo tengas. Con tu pareja te podrá ir mejor o peor, pero al menos siempre cabe la posibilidad de intentar ir mejorando las cosas poco a poco, en cambio si lo que tienes son relaciones esporádicas, por muchas ganas que tengas de follar, va a depender de cómo te entiendas con la otra persona —dijo la hermana.

— ¿Y cuando tienes la pareja estable y notas que no consigues que ella disfrute de verdad? -preguntó el amigo.

—Que es un caso muy corriente que le sucede a la mayoría de las mujeres, sino durante toda su vida, al menos durante una buena parte de ella, lo que pasa es que se callan, lo sufren en silencio y ya está. Pero eso más tarde o más temprano puede terminar pasando factura y al final llegan las separaciones, porque en una pareja donde el sexo no funciona, difícil es sacarla adelante. En otros tiempos las mujeres callaban y con que el hombre se corriera de vez en cuando, asunto solucionado, pero hoy día las cosas son muy distintas, la mujer es más independiente, tiene tanto derecho como él a pasarlo bien en las relaciones sexuales y por tanto exige — ecía la hermana.

—Pero, digo yo ¿Por qué tiene que haber tanta parafernalia en torno al sexo? ¿Por qué no se puede echar un polvo con alguien que te guste y ya está? —dijo el hombre.

— ¡Si vamos, y luego si te vi no me acuerdo! ¡No hombre, no! Tiene que haber algo más, digo yo, primero para llegar a echar ese polvo y luego que tiene que haber una continuidad, no somos animales. La normal es que algo quede tras un polvo, sino estaríamos hablando de lo que tú has contado de tu primera relación sexual: uno que va a disfrutar y otra que se abre de patas para ganarse unos euros -dijo la hermana.

—Bueno. Vamos a ver —– interrumpió la profesional—. La sociedad marca mucho y aunque tengamos instintos animales básicos por los cuales nos protegemos, comemos, dormimos y demás, de la misma forma buscamos a nuestra parte antagónica. Pero claro, nos encontramos con el medio que nos rodea, que nos marca unas normas y nos dice que para llegar a mantener unas relaciones sexuales plenas, es necesario cubrir una serie de etapas, llámense noviazgo, flirteo o como queramos llamarlas y todo porque eso es lo que hay a nuestro alrededor, lo que nos han hecho ver nuestros antepasados, nuestra cultura occidental; en otras partes las cosas funcionan de otro modo, pero en todos lados hay normas básicas de comportamiento que los integrantes de esas culturas respetan.

—O no —dijo el amigo.

—Sí, pero entonces ya estaríamos hablando de otra cosa, no de sexo —dijo la profesional. —Muy bien, pero lo que yo quiero decir es que este asunto del folleteo tendría que ser más fácil, algo semejante a lo que tú has dicho: comemos, dormimos, nos protegemos. Todos cumplimos esas funciones y no hay problemas, en cambio para follar... —dijo el hombre. .../... Continuará

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