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4 min
Archivos y Mentiras
Suspense |
23.02.15
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Sinopsis

En un valle situado a las afueras de una gran ciudad, se alzaba un tétrico edificio que parecía no estar habitado, no muy lejos de la realidad. Dentro se hallaba un hombre tendido en el suelo, malherido. Después de varias horas, se despertó, abrumado por una intensa jaqueca. ¿Qué hago aquí? ¿Qué ha pasado? Eran algunas de las muchas preguntas que le pasaban por la cabeza.

Tras un esfuerzo inhumano, logró ponerse en pie y observar en qué lugar estaba. Se encontraba en una estancia pequeña y vieja. Había un colchón sucio y mugriento y, al lado, varias cajas llenas de drogas. El suelo estaba repleto de cristales. Deseaba salir al exterior, pero el cansancio se apoderaba de él y, sin darse cuenta, cayó rendido, esta vez en el colchón.

Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba en la misma posición en la que recordaba haberse dormido. Un rayo de luz se colaba por la ventana, por lo que dedujo que ya era de día. Tras comprobar que estaba encerrado, inició una especie de exploración de la sala para averiguar más cosas sobre el lugar.

Por el frío que hacía, se acordó del viaje que había realizado a Finlandia. Había tenido que familiarizarse con el equipo, el ritmo de la marcha, el montaje de las tiendas, el vivificante calor de las estufas e ingerir sopa recostado sobre los sacos de dormir. Había viajado allí con su mujer, su hijo y su hija, por el cumpleaños de ésta. ¿Qué estarían haciendo ellos ahora? Quizá le estuvieran buscando, o tal vez… ¡Ahora lo recordaba! ¡Ahora recordaba cómo lo habían raptado! Estaba en la calle y se dirigía hacia su casa. Había acabado su dura jornada de trabajo y deseaba llegar cuanto antes para poder descansar. Al bordear la esquina, dos hombres le apresaron e introdujeron en un coche en el cual se encontraba el tercer cómplice. En ese momento perdió la conciencia golpeado por un objeto, que no llegó a identificar. Al rememorar a su familia, también había recordado eso; sin embargo, no podía hacer nada allí, apresado.

Había perdido ya la esperanza, cuando oyó un ruido y unos pasos firmes y decididos que se acercaban hasta donde se encontraba. La puerta se abrió estrepitosamente y aparecieron cuatro hombre ataviados con túnicas negras estampadas con una insignia en el lado derecho, que podría ser el símbolo de la banda.

-¿Dónde están? –preguntó uno de ellos a la vez que le arreaba un puñetazo.

-No sé de qué me hablas –respondió el prisionero.

-Los archivos. ¿Dónde están los archivos? –volvió a preguntar.

-No sé nada. ¿Qué archivos? –contestó.

-Creo que a tu mujer no le va a hacer ninguna gracia que, después de pagar el rescate, te encuentre muerto –dijo esta vez el hombre que se encontraba más próximo a la puerta.

-No seréis capaces; ya os he dicho que no sé nada –insistió.

-Dejadlo –dijo el que parecía el jefe-. Quizá necesite tiempo para pensarlo. ¡Encerradlo!

No podía permitir que le hicieran eso a su familia. La decisión que acababa de tomar no era la más acertada; pero, para él, no había otra opción. Cogió los cristales y se quitó la vida.

-Eso es todo –dijo Mary.

-No es fácil superar la muerte de tu marido, aunque parece que ya lo has conseguido –contestó la doctora Pévez-. Puedes marcharte; deberías descansar.

-Está bien –repuso ella.

Salió de la consulta, subió al coche y se dirigió hacia su propia casa. En cuento entró, anduvo hacia el aparador, abrió el segundo cajón y la cogió. Si no fuera por eso, nunca habría salido de aquel bache. Era una carta escrita por su marido, Dave, con su propia sangre, y que se había guardado en el pantalón para que ella, sólo ella, que era inspectora de policía, la leyera. La carta decía:

Tranquila. No te preocupes por mí. Estaré bien allá donde vaya. Todo se ha precipitado porque no estaba dispuesto a que os hicieran daño. Tienes que seguir mis instrucciones. Coge a los niños. Huye del país. No menciones nada de la carta. Y jamás digas que fuiste tú la que encontró aquellos archivos que desmantelarían esa banda de narcotraficantes.

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