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5 min
Argentina y la muerte
Varios |
08.02.15
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Sinopsis

Perón en un universo paralelo

Yo saludo al gran pueblo argentino ante el cual para mí es un honor y placer estar hoy junto a él, además de tener la suerte de presenciar y escuchar con mis propios oídos la más maravillosa y bella música que jamás en mi vida haya tenido la suerte de oír hasta este día, y ésta es precisamente la voz del gran pueblo argentino, ¡Salud!

 Yo era un gran rey y ahora no soy más que un simple reo encerrado en la mazmorra de unas de las tantas plantas superiores de esta basta y extensa fortaleza en la que mis enemigos me han enclaustrado: he aquí que me encuentro ahora. En comparación a antes todo lo contrario era, mis territorios por los cuales andaba y cabalgaba libre todos los días eran sumamente espaciosos, tanto que resultaba ardua tarea cuantificar la dimensión de semejante superficie para cualquier mortal. Amado por mi pueblo, temido por mis enemigos, pero tanto ellos como aquellos me respetaban por igual. Por mi reino veía los sonrientes semblantes de los paisanos y paisanas como de sus hijos e hijas, las construcciones prodigiosas en las cuales constructores y arquitectos trabajaban: era una delicia observar como a cabo la llevaban.

 Bellos y hermosos eran tanto las cosechas y frutos de la tierra querida de mi gente, también querida. Bellas y hermosas las costumbres de la nación de mis colegas compatriotas como también los animales y flora que la surcaban o en ella se engendraban, ya sea por tierra, mar o aire.

 Pero es reciente en el saber mío de que ni todo eso que he pronunciado vale más que el valor de mi infinita amada mía. Toda mi vida rodeado en diamantes y oro fue, pero fui como un ciego que inicio a ver cuándo mis ojos te descubrieron y se hallaron en vos: mi bonita y dulce Clementina. Las montañas nevadas de invierno o las coloridas arboledas floreadas de primavera tienen sansón amargo en tu ausencia. ¿Cómo podría siquiera empezar a describir tu belleza?, que irónico ya que grande es la inspiración que emana en mí gracias a la fuente de inmaculada gracia divina que eres tú, agraciada Clementina. Pero por otro lado no hay nada igual en la realidad con la cual pueda compararte y así alabar tu hermosura. He visto innumerables mujeres en el trayecto de mi existencia y durante ésta ni una sola de todas ellas se acerca aunque sea de lejos a tu jovial pureza. Clementina, ¿Te volveré a ver ya sea en esta vida o en la otra?, Clementina ¿Nos volveremos a encontrar?, y sí fuera así ¿Querrías estar conmigo otra vez más?. Me he dado cuenta de que es una ilusión el tiempo porque a pesar de todos estos años que contigo he estado ahora que no estas ya todas aquellas memorias y recuerdos un efímero momento parecen.

 Puede que sea que la soledad me haya trastornado, que ciego devuelta me haya puesto, pero no por ausencia de luz y claridad si no por observar en demasía la luz y claridad que incapaz fui de ver las pequeñas sombras y agujeros oscuros por donde se filtraban y gestaban mi perdición. Tal vez sea mea culpa mía este error y horror en el que sumergido estoy y por el cual mis hermanos están pasando por enormes suplicios. Tal vez si no hubiera ignorado tanto a mis enemigos no hubiese pasado por causa de ello que se fortaleciesen y tomarán el poder para ellos mismos. Ese es mi problema, mi gran problema: la ignorancia y el querer ignorar, toda una nación sufre por ello ahora. Todo un reino en desdicha y pobre de mí tan egoísta que solo piensa en abrazar a Clementina vestida de blanca seda en la cama, con su negro y largo pelo, acurrucarme en su voluptuosa delantera y sujetarme por la cintura de ella fuertemente. Pobre de mí estupidez egocéntrica. Todos somos carne y aunque como carne no actuamos polvo somos y al polvo volveremos.

 Y es que no es en mí entender el entender en que consiste, como fue posible y cuando se originó mi inevitable e insoslayable caída a la miseria más profunda. Hoy por hoy, en estos días, mi único contacto si es que así se puede llamarlo, es con una mano humana que comida me pasa por la rendija de la puerta de la celda en la cual aprisionado estoy, la rendija se encuentra en la parte inferior central de la puerta. Lo único que sé del propietario de aquella extremidad es su nombre o por lo menos supongo que su nombre “Manolo” es, ya que a lo lejos siempre escucho decir cada día que he pasado confinado en esta apestosa y mugrienta celda: -Manolo, llévale la comida al rey loco”-, sí… así me llaman denominándome “el rey loco”. Mi otra compañía junto a mí es una soga atada al techo de mí confín, como si mis cautivadores estuvieran diciéndome: -Ve, hazlo, suicídate-. Por ahora en mis planes el suicidio presente no se encuentra pero, ¿Y después?, no lo sé.

 Tal vez algunos de los días venideros tendrán la repuesta a cada pregunta, porque descartar que una o unas de ellas sea “no sé” o aún mejor un sepulcral silencio… ¿Por qué sepulcral?... no sé… (Ruido de un cuello rompiéndose… silencio…).

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