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9 min
Arielle
Suspense |
09.01.15
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Sinopsis

Un joven musulmán en una noche parisina.

La noche parisina, desde la rue de Passy, estaba menos iluminada que en otras ocasiones, el brillo de las lámparas era más tenue, las sombras que se formaban iban abarcando y consumiendo las aceras y los locales de la ciudad.

Entre la amplia oscuridad y la suave luz, caminaba Sayf Hassan, las manos en los bolsillos de su oscuro abrigo deportivo, la frente baja cubierta por un pasamontañas de color gris oscuro, caminando con paciencia hacia el Hotel de la rue Massenet, el Trocádero La Tour.

El joven Sayf se sentía confiado, tanto como cualquier chico de dieciséis años; no había apuro, no era medianoche, el tiempo estaba a su disposición. Antes de doblar la rue de Passy hacia la izquierda, revisó de nuevo la parte trasera de su jean, y se aseguró de que la fría pieza del negro metal estuviera firme y segura; no era muy amenazador, un revólver de cañón corto, un “veintidós”, pero sería suficiente, un arma era un arma en la cara de cualquier persona.

Mientras giró la esquina, entrando a la rue Massenet, ubicó con su vista el hotel; la idea era bastante sencilla, Sayf había estado en la Massenet en varias ocasiones, disfrutando de la noche citadina con sus mejores amigos, fumando o tomando cerveza en la acera del frente; lo que siempre notaba era que regularmente, a horas de la medianoche, un hombre delgado con ropa bastante casual y más o menos de su estatura, abandonaba el hotel en un llamativo sedán de color vino tinto del estacionamiento del hotel, moviéndose con ligereza hacia la calle y siempre alejándose por el norte, hacia la avenida Paul Doumer.

Sayf notó en una particular ocasión, casi de forma inconsciente, su parecido físico con el hombre, ambos eran delgados, de cabello corto a ras, e inclusive con el mismo mentón adornado con una ligera barba. El mismo Sayf hubiera dicho, por su propia estimación, que tenían la misma estatura; esta idea no ocupó mucho tiempo en su cabeza, un pensamiento más importante se impuso en su atención: el hombre manejaba un espectacular sedán vino tinto.

Se paró cerca al hotel, al lado opuesto de la entrada, dejó que la ausencia de luz lo envolviera mientras observaba el letrero con las palabras “stationnement”, y luego, un poco a la izquierda de la entrada del hotel, firme en su campo visual. Se sentía ansioso, animado, enérgico, sentía su propio corazón latir, no importa cuántas veces hubiera robado o robara en el futuro, nunca podía calmar sus nervios.

Vio al hombre salir por la entrada, esta vez con una polera negra de manga larga, más casual; se le veía apresurado, por lo que Sayf no perdió tiempo y empezó a marchar, frente baja y manos en los bolsillos.

Se acercó a paso firme pero decidido mientras el hombre caminaba hacia el “stationnement”, primero entró él, a paso silencioso le seguía Sayf, ambos pasando al guardia dormitante. El hombre de la polera negra pasó unos cuantos automóviles, una camioneta rojiza y un escarabajo amarillo, hasta llegar a su sedán vino tinto; no perdió mucho tiempo buscando la llave, y cuando la introdujo en el cerrojo de la puerta, sintió el frío del metal dejando una marca circular en su nuca.

“Agáchate hijo de puta…” dijo Sayf.

El hombre se mantuvo inmóvil, ira, miedo y angustia se formaron en un coctel de desesperación en su rostro, el cual Sayf no podía percibir, y al que tampoco le importaba.

“¡AGÁCHATE MALDITA MIERDA!” volvió a repetir Sayf mientras presionaba el revólver en el cuello del hombre, colocándolo de rodillas en el suelo, y luego tumbándolo boca abajo con una patada en la espalda, la humillación del iracundo hombre se puntuó al golpear su mandíbula con el concreto. Sayf se movió con velocidad, giró la cabeza y movió la llave, abriendo la puerta del sedán por encima del hombre en el suelo, con cierta torpeza logró sacar la llave e introducirla en el encendido, todo el tiempo manteniendo la pistola encima del hombre con la mano izquierda, amenazándolo en silencio, pero con determinación.

El sedán encendió de forma casi simultánea con el rostro de Sayf, quien eufórico y emocionado le propinó un último pisotón a la espalda del hombre para luego sentarse, cerrar la puerta y acelerar; mientras se alejó sintió como el automóvil ligeramente se elevó por el lado izquierdo, fue breve, pero el grito que lo acompañó, fuera del sedán, fue intenso.

Sayf se movió rápido en el volante, había despertado casi de inmediato al perezoso guardia en la cabina de la entrada, pero lo que siguió a la torpe reacción del vigilante no fue suficiente mientras hacía escándalo al sedán para que se detuviera, Sayf pasó de largo y se alejó hacia la Massenet.

La adrenalina de Sayf estaba al máximo, en pocas ocasiones podía describir lo que se sentía estar verdaderamente vivo, y este era uno de esos momentos; un par de vueltas nada más y estaba en la Paul Doumier.

Respiró hondo y profundo, no lo podía creer, todo había salido bien, sentía que podía relajarse. Se dejó llevar por unos instantes, manteniendo su mano izquierda al volante, mientras los músculos de sus hombros iban perdiendo tensión, lentamente sus ideas se ordenaron y la claridad bajó ante sus ojos. Empezó a absorber la noche tal y como era, se sentía encendido, de alguna forma el cielo se veía menos oscuro y las estrellas, blancas y brillantes, ahora tenían forma; Sayf entendió, dentro de los más breves segundos, lo que se sentía estar…en paz.

Ahora solo quedaba un viaje hacia un taller por el que sabía que pagarían bien por el “regalo” que les iba a llevar, se acomodó bien en el asiento y se relajó.

Sería en unos breves momentos, cuando escucharía el grito más agudo, y a la vez más sordo que jamás haya sentido en su vida…venía del maletero.

Silencio total...pensamientos...más silencio.

Lo que era una sensación de dichosa euforia quedaba tornado ahora en incertidumbre pura, ¿qué era eso? Con rapidez pudo observar la primera entrada para salir ansioso y descontrolado, sin saber qué hacer, solamente consciente de que tenía que detener el automóvil.

No sabía en qué calle detuvo el sedán, solo se detuvo en la acera y se bajó sin cerrar la puerta, estaba oscuro, ya había pasado un cuarto de hora desde las doce, se sentía paralizado. Sayf empezó entonces a escuchar golpes contra el maletero, eran rápidos y contundentes, ahora había sonidos más sordos y frecuentes, acompañados de otros más iracundos, más histéricos.

Se acercó al maletero, sus manos le temblaban mientras introdujo la llave…y giró la muñeca.

Apenas levantó la tapa del maletero con ligereza para que de un golpe se disparara hacia el cielo, y abalanzándose con salvaje furia sobre él, una figura de cabello, piel y uñas moviéndose con ira salvaje hacia su persona, tumbándolo al suelo mientras le rasguñaba y mordía la cara, el chico solamente se protegía de los ataques como podía.

Sayf sintió en su cara una violencia de la cual nunca imaginó a una persona capaz, peleó como pudo, hasta que sintió una fuerte presión en su pecho, una pisada, y luego sintió la violencia en su rostro, ahora adolorido y ardiente, disipándose en instantes. Sayf retiró las manos frente a su rostro, y abrió los ojos con lentitud, absorbiendo poco a poco lo que observaba frente a sí mismo.

Era una mujer, su rostro era una mescolanza salvaje de manchas de maquillaje y moretones alrededor de sus quebradas pestañas, acompañaba a su delicado labio inferior una fuerte hinchazón casi incolora, en sus ojos, cubiertos de lágrimas y sombra esparcida, la mirada más intensa de ira enfocado en el chico. Sayf se sentía en trance, sus sentidos estaban disparados, ninguna idea coherente podía formarse en su cabeza, ninguna palabra podría tener sentido alguno de acaso escaparse de su boca.

Luego vió que la mujer tenía el revolver en sus manos, después escucho su grito.

“¡BASURA! ¡¿Y AHORA QUÉ ME VAS A HACER?! ¡¿AHORA QUÉ ME VAS A HACER?!”

En los breves momentos que siguieron, Sayf solo podía verla desde el piso, apoyándose en sus rodillas y con las manos temblando en alto, no tenía ni idea qué decir, se sentía asustado, tenía el corazón en su seca garganta y sentía los brazos totalmente gélidos; aún así, la reacción de su mente había sido veloz, y fue en el más breve de los instantes que lo golpeó, la memoria del hombre, el dueño del sedán. Sayf apenas pudo mover los labios ante la realización.

Primero fue el gruñido…

Y luego fue el trueno…

Y después el metal chocando contra el piso, la pistola que no hizo más que bajar por sus pálidos dedos y caer hacia el suelo, las lágrimas amargas y desesperadas que bajaban por su rostro retorcido de dolor y angustia, mezclándose con los polvos y colores de sus ojos y mejillas. De ella salieron más gritos y llantos, breves e incoherentes, se levantó como pudo, con ahogante dolor, y corrió hacia el fondo del callejón, alejándose en breves instantes, su figura lastimada, cubierta por el cobijo de la noche y la protección de la oscuridad.

El líquido carmesí que bajó hacia el piso, y que tiñó las lozas de arcilla del callejón, se filtró bajo la nuca de Sayf, un fino y delgado río rojo le dio un tibio calor a su cachete y luego a su espalda mientras bajaba con lentitud.

No se podía concentrar, no podía pensar con lucidez, pero tampoco le importaba, sintió una sensación amplia y de vasta ligereza mientras reposaba inmóvil, mirando las estrellas; quería flotar y alcanzarlas, quería tocar sus puntas incandescentes, su blanco color y su brillante resplandor.

Abrió los ojos un poco más…y voló hacia ellas.

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