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3 min
Aroma a gorgonzola.
Drama |
29.05.16
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Sinopsis

Recuerde, lector: tenga cuidado con lo que desea porque puede que se cumpla. Aquí va la historia de una pequeña niña italiana –bueno, no tan pequeña-, que soñaba con convertirse un día, nada más levantarse, en una ratita. Esto va por ti, tontita.

Isabela corría, corría y corría. Sus juguetonas patitas intentaban escapar lo más rápido posible de aquella casa. Una mañana, hace un par de días, nada más levantarse descubrió que no podía levantarse del colchón –que no podía ni levantar las sábanas-: se había transformado en un roedor.

Llevaba desde aquel fatidico despertar huyendo, como podía, por su propia casa. Era una cabaña rural en Astroni, una pequeña villa al oeste de Nápoles donde ella y su familia habían pasado toda su vida.

Pero ya no importaba nada, nunca más, todo lo que hubiera sido su vida ahora era insignificante. Todo se había desmoronado, ahora tan solo era una ratita. Lo único que le importaba ahora era huir de esa casa de locos, bien lejos de allí. Ella tenía que salir corriendo de los que antes habían sido sus seres queridos: “¿dónde está esa sucia y repugnante rata?” oía decir a su padre mientras la perseguía.

Isabela sabía bien que todo aquello le hacía daño. Pero cómo abandonar a su familia… Estaba hambrienta. No había comido suficiente desde que se convirtió, magicamente, en roedor. Así que se dirigió a la cocina – ella imaginaba que todo lo que estaba pasando no era más que parte de un mal sueño, así que seguía adelante con determinación-.

Una vez en la cocina, ascendió a una estantería en busca de queso. Ella creía recordar que su familia había dejado un poco en una estantería. Pero por más que buscaba… no encontró nada. Su olfato no le daba señales. Por ningún sitio. Pero antes de que pudiera siquiera apenarse escuchó unos gritos cargados de histeria desde la puerta: “aquí estabas, puta rata”. Era su padre, parecía que había bebido un poco, tenía la cara rojiza (en una mezcla quizá de alcohol e ira).

Su padre, Antonio, persiguió a la ratita por toda la cocina, hasta que por fin Isabela se topó con un camino por el que solo un roedor puede pasar.

Y, a toda velocidad, tras un minuto corriendo, consiguió escapar al exterior. Hacía un esplendido día soleado en el que se escuchaba con claridad el canturreo de los pájaros. De la nada encontró un trozo magnífico de queso. Estaba ahí mismo, en el suelo -estaba maravillada-. Tenía pinta terriblemente buena, con una textura envidiable: el mejor trozo de gorgonzola que vería en su vida –el hambre también acentuó la visión de la ratita-. Así que se apresuró a hincarle el diente.

Y lo hizo, mordió el queso, pero mientras ella hincaba sus fauces la trampa saltó, sin esperar, sin tener dudas. Todo acabó rápido, la trampa aplastaría el cráneo de Isabela mientras ella relamía el quesito. Llenando todo el césped de sangre. Aunque al menos pudo saborear por unos instantes un poco de su queso favorito. Lo que, para ella, fue un final muy digno. 

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