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7 min
Artes de la Bibliomancia
Humor |
02.07.18
  • 3
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  • 1014
Sinopsis

La bibliomancia es el arte de la adivinación mediante los libros. Se formula la pregunta como en el tarot y, dejando pasar las páginas sin mirar, se escoge con el dedo una página al azar. La primera línea o el primer párrafo servirán para la consulta. El método se puede usar con el viento o dejando caer el libro para mostrar la página. Cuanto más aleatorio sea, mejor.

La bibliomancia es el arte de la adivinación mediante los libros. Se formula la pregunta como en el tarot y, dejando pasar las páginas sin mirar, se escoge con el dedo una página al azar. La primera línea o el primer párrafo servirán para la consulta. El método se puede usar con el viento o dejando caer el libro para mostrar la página. Cuanto más aleatorio sea, mejor.

 


—Oh, pitonisa Suda, ¿ella me sigue queriendo?
—¿Cuántos años dice que ya lo dejaron?
—Por favor, dígame qué siente ella por mí.
—Que sí. Esto es sencillo. Agarramos de, aquí, de la estantería, un buen libro como… Cumbres Borrascosas.
—Cu-cumbres Borrascosas. El nombre no me inspira confianza.
—Si es una historia de amor la mar de salada, ya verá.
La pitonisa elevó la mano libre y exaltó los ojos como en un trance. Por lo bajo murmuró lo que se intuyó como la pregunta del hombre. No exponía aura de misterio ni similar. Con la mano que agarraba el libro, el pulgar presionó en las páginas y éstas avanzaron como un abanico acelerado, deteniéndose repentinas al presionar el pulgar.
—Veamos que tiene que decir la bibliomancia…

“…más en ello. Sólo me he propuesto castigarla por su descaro. La quiero demasiado, Heathcliff, para dejarte que la caces y la devores.”.

—Ahí tiene su respuesta, amigo.
—Qué ambiguo, ¿no?
—Como todas las mancias, ¿qué esperaba? Pero aquí entro para ayudarle a interpretar. ¿Qué le dice estas frases?
—No, no lo sé. Esperaba que usted…
—Más en ello. Significa que seguirán igual. Lo siento.
—¿Qué? ¿Y qué hay de lo siguiente? Debe de significar algo.
—Le está castigando. O usted está celoso porque está con otro hombre.
—Nada de eso, nada de nada.
—Si lo desea, vuelvo a probar. Pero indíqueme otra pregunta.
—¿No vale la misma?
—Es para convencerle. Pruebe una pregunta similar.
—Ya, bueno. A ver… ¿Qué tal, volverá ella alguna vez conmigo?
—Allá vamos.
La pitonisa repitió el proceso, esta vez exagerando un poco más el trance y alzando más la voz al preguntar el dilema. La página fue escogida:

“…y te diré lo que pensé y lo que he seguido imaginándome, hasta el punto de hacerme temer que perdiera la razón.”.

—Se le va a ir la chaveta como siga así.
—Pero qué dice, Pitonisa.
—Sigue imaginándose algo sobre ella. Sigue empecinado en ese pensamiento y de ahí no sale.
—Yo, yo… ¿se puede escoger otro libro?
—Si así quiere.
—Uno más positivo, por favor.
—Vale.
Se acercó a la estantería y dejó el libro en el hueco donde antes se ubicaba. Analizó los títulos allí presentes, deteniéndose con convencimiento en uno de menor grosor.
—Este.
El hombre miró con premura la portada.
—¿El Alquimista? ¿Tiene usted este libro?
—Es de los libros más vendidos. ¿Quién no lo tiene? Y más iluso y positivo que este libro no va a encontrar en mi biblioteca.
—Bueno, bueno, lo que sea.
—Formule la pregunta.
—Sí, sí. ¿Ella me sigue deseando?
Y el número profesional de casa de la pitonisa sucedió. La mano elevada ya no parecía meterse tanto en el papel:

“El Mercader de Cristales vio nacer el día y sintió la misma angustia que experimentaba todas las mañanas.”.

—No necesito que me digan lo que ya sé.
—Tranquilícese. Formule la otra pregunta.
—Ya. ¿Volverá ella alguna vez conmigo?
Y el espontáneo ritual sucedió:

“Segunda Parte”

—Eh, eh, ¡eso significa que habrá una segunda oportunidad!
—O no. Muy señor mío, puede significar una nueva vida. Que pase al siguiente capítulo de su vida.
—Escoja otro libro. Esta vez más neutral, uno donde haya de todo.
—Lo que usted diga, tranquilo.
La pitonisa, con parsimonia entrenada, dejó el libro en su sitio y se dedicó a buscar. Tomó más tiempo en esta vez, pero al final escogió uno, sustrayéndolo con decisión.
—¿Y bien?
—Probemos con Moby Dick
—¿Moby Dick?
—Bueno, sí, está usted obsesionado como el capitán. Así que…
—¿Ella me sigue deseando?
La pitonisa se reservó la sonrisa y planteó el número personal de la bibliomancia:

“…litaria. Aun cuando se la encontrara, pudiera ser reconocida por su perseguidor?”.

—Ya veo.
—¿Qué ve, pitonisa Suda? A mí me suena fatal.
—Y no se equivoca. ¿La está acosando?
—¿Yo? ¡Por favor!
—Me da la impresión incluso de que ella ha cambiado. ¿Pero para que no la reconozca?
—Ella sigue igual de espléndida.
—Tantos años y aún está que…
—Da igual, no es asunto suyo. Dígame, dígame, ¿volverá ella alguna vez conmigo?
Repetición de gestos básicos aunque armoniosos y el libro tuvo que decir:

“…litaria. Aun cuando se la encontrara, pudiera ser reconocida por su perseguidor?”.

—Yo lo veo claro.
—Creo que lo hace mal, déjeme escoger a mí el libro. En el tarot soy yo el que escoge las cartas. Siempre ha sido así.
—Lo que usted desee. Adelante, escoja un libro de entre mi colección.
—Veamos, sí, sí, a ver, sí.
El hombre analizó cada repisa con rapidez. Se detuvo ante un libro de bella cubierta. Lo sustrajo.
—Este tendrá las respuestas.
—La Llamada de Cthulhu y otros cuentos de terror. ¿Está usted seguro?
—Mi intuición ha escogido. Tome, tome, haga lo que sabe hacer.
—La pregunta.
—Sí, sí. ¿Ella me sigue deseando?
Ritual. Aunque esta ocasión, la pitonisa no parecía tan convencida al interpretar los gestos:

“La Casa Maldita. INCLUSO en el mayor de los horrores rara vez se encuentra ausente la ironía.”.

—Buen sentido del humor.
—A mí no me resulta gracioso. Para nada. Me estoy cansando, todo esto es una patraña.
—Yo lo veo bien claro, es usted el obcecado.
—Digo la otra pregunta y me largo. Me estoy cansando.
—Adelante.
—¿Volverá ella alguna vez conmigo?
Dicho y hecho, ritual de la bibliomancia:

“…llevó a detenerme y escudriñar cautelosamente sobre el parapeto.”.

—¿Qué?
—Señor, interpreto que analice bien la situación…
—Basta. Déjeme el libro. Ya verá, donde las dan las toman.
El hombre carraspeó e imitó a la pitonisa en sus gestos místicos poco impresionantes, formulando una pregunta en voz alta:
—¿El método de la pitonisa funciona?
Como si lo hubiese practicado antes, el pulgar del hombre movió las páginas con presteza para detenerse en una en especial. Ambos quedaron expectantes. Se miraron y pasaron a leer qué tenía que decir el libro:

“…formas y sus hongos deformes y medio fosforescentes.”.

—Que lo adivina todo, incrédulo. Estoy sufriendo de hongos en los pies.

El hombre la miró. Estaba perplejo, aunque gradualmente fue esbozando una sonrisa hasta que no pudo más y comenzó a reír. La pitonisa lo acompañó en la risa.
Quedaron en verse más tarde, y la cita fue bastante bien. Nada de masajes en los pies.

En la madrugada, el hombre estaba despierto mirando pensativo por la ventana. Se fijó en un libro sobre la mesa. Recordando el día, decidió aplicar de nuevo el método de la bibliomancia, preguntando qué tal le iría en el amor a partir de entonces. El libro respondió:

“…una vergüenza para la familia que alguien entendiese lo que trata de decir.”.

Sonrió. Y preguntó si el método de la bibliomancia realmente funciona:

“¿Estas una semana fuera y ya te sientes muy mayor?”.

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