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3 min
Asmodeo.
Terror |
22.06.17
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Sinopsis

El príncipe del inframundo, Asmodeo, regente del círculo de la lujuria, comienza a ver que las almas de su territorio llegan felices: han sido castigadas con más dureza en su vida mortal. Asmodeo decide ir en persona a descubrir quién castiga con tanta crueldad en éste mundo y sube a la superficie disfrazado de mendigo.

Sus colmillos se escondían 

bajo sus inadvertidos despojos, 

a ojos de mortales desprendía

una inmensa cantidad de piojos. 

 

Ocultó su aspecto de demonio malvado

aparentando ser ahora un mero mendigo. 

Asmodeo era un príncipe preocupado 

las almas permanecían en el infierno alegres, tal cual te digo.   

 

Vivió milenios bajo una morada

lleno de lujo y lujuria, 

contaba las almas de su casa 

donde no vivió nunca ni una penuria. 

 

No obstante decidió bajar a la tierra de nuevo, 

tras siglos sin haber visto nunca maravilla. 

Fue al sitio más malvado y oscuro del medievo

y con la guasa acabó en Sevilla. 

 

En sus andanzas a un genovés encontró

seductor a su manera, apestaba y era bizco. 

Sería un buen aliado, pensó 

portaba un gabán, tono negrizco. 

 

Juntos el demonio y el italiano 

corretearon por las cálidas zonas 

de los suburbios sevillanos 

para encontrar a cierta persona. 

 

Y es que el demonio había bajado 

a la tierra para arrastrar por los pies 

a aquel que pudiera castigar, enagenado, 

a los crueles de diez en diez. 

 

Entretanto el Genovés alterado a una muchacha 

con vestido harapiento pero dulce rostro encontró 

no le importó que todo aquello solo fuera fachada: 

tres piropos le dijo y ni uno de ellos coló.

 

Así el italiano la agarró del cuello

a jirones dejó su vestido y una sorpresa se llevó. 

Aquella muchacha era más macho que un camello 

pero al genovés no le importó. 

 

Así, intentando violar a un travestido 

la guardia patrullando a buena hora llegó 

oyó los gritos y restos del vestido 

que el italiano, sin recato, cercenó. 

 

Los tres acabaron en la prisión, 

uno por pobre, otro por ser un agresor 

y al tercero se le acusó de perversión. 

Pobre víctima injusta del ajeno fervor. 

 

Pero no era ésta la tarea del demonio 

quien encerrado en el calabozo 

empezaba a sentir cada vez más odio. 

Vio que llegaba un ágil mozo. 

 

Cubrió la cabeza de la dama masculina 

dio una golpiza injusta y premeritada, 

y así, sin juicio, hayando su ruina, 

murió ahogado el más santo de la sala. 

 

Nos hicieron pasar al rato a una sala, 

lleno de armas de todo tipo. 

Aquí un hacha, aquí una pala, 

aquí un bozal para cerrar el pico. 

 

Sentaron al genovés en una silla 

de cuero esbelto y almohadones, 

cerraron en sus muñecas dos cintas 

asustando al italiano de cojones. 

 

Dos monjes organizaban el evento 

un anciano con pinta de sabio 

y un mocoso, vaya elemento: 

con pinta de loco y de zafio. 

 

Este joven clérigo, futuro excomulgado, 

cogería al italiano de la nuca y apretó el aparato. 

Los sesos del genovés al poco quedaron machacados.

Sus gritos cesaron felizmente al poco rato. 

 

Asmodeo su disfraz de mendigo se quitó, 

el monje ni terminó de usar el perno, 

por la sangre fría que demostró 

aquel joven iría con él hasta el infierno. 

 

El anciano maestro del imberbe verdugo 

vió la apariencia de nuestro querido demonio: 

cuatro piernas, siete brazos y cabeza de besugo. 

Cayó al suelo fulminado ante tal visión de pandemonio. 

 

El príncipe copió la forma de su maestro 

y el jóven ya convencido junto Asmodeo marchó. 

Subieron una alta torre de tono blancuzco siniestro 

para empujar al niñato, aunque la Giralda manchó. 

 

Saltó con él y una vez los dos muertos

colocó al monje asesino al poco rato

en un puesto de renombre incierto 

así castigaría a las almas sin recato. 

 

Y una vez conseguido no hubo alma 

que pudiera descansar en paz en esta era. 

Así el inquisidor de Sevilla de buena gana 

castigó el mal como una fiera. 

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