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15 min
Atado al silencio
Drama |
12.12.18
  • 4
  • 5
  • 2760
Sinopsis

''La obsesión puede ser un pozo sin fondo.'' Mi blog: www.rizaval.blogspot.com

Marcel Salazar intentaba escribir el motivo de su muerte y al mismo tiempo sentía la imperiosa necesidad de dejar el lápiz a un lado y acabar con todo de una vez. ¿De qué servía escribir una carta?, se preguntaba. ¿Qué objetivo tenía alargar el momento más que el de hacer crecer su angustia?

Cinco minutos, cinco lentos y somnolientos minutos llevaba sentado a la mesa del comedor, con el lápiz bailando en sus manos y una hoja blanca ante los ojos. Su tormento se estiraba con cada eterno segundo, como los relojes de Dalí, y sin embargo, ahí se hallaba aún. «¿Por qué he de escribir esto? —volvió a preguntarse—. ¿Por qué, si el lápiz no cesa su macabro bailoteo entre mis dedos? ¿Por qué, si no necesito las palabras?»

Hacía seis meses que le diagnosticaron la enfermedad, y había avanzado a pasos agigantados. Uno de los motivos de ello fue, aparte de la naturaleza de la propia afección, su deterioro psicológico. Durante esos meses, Marcel Salazar descubrió que aquel concepto teórico llamado «efecto mariposa» tenía poco de teórico.

La psique de Marcel empezó a derrumbarse cual cueva inestable tras un grito cuando le informó de los resultados a su jefe. El grito que inició el fin de su cordura fue aquella odiosa palabra: «Despedido». Aunque no llegó a pronunciarse realmente.

Marcel no podía creérselo. No cabía duda de que eso podía ocurrir, pero tenía la total certeza de que los treinta y cinco años que llevaba trabajando para la pequeña empresa Diversión sin palabras y su indiscutible talento, lo salvarían de la peor posibilidad.

No fue así.

—No puedes estar hablando en serio —le había reprochado Marcel a su jefe.

—¿Qué quieres decir, Marcel? —había replicado aquel joven que dirigía la empresa de su padre fallecido.

—¡Cuando yo entré a formar parte de esta empresa, tú estabas aprendiendo a andar! ¡Y trátame de usted, tú no eres tu padre!

El joven, vestido con una de sus miles americanas deportivas, en esta ocasión azul cielo con coderas rojas, se había inclinado sobre la mesa y despegado las manos cruzadas, en gesto de paz. Marcel podía ver que trataba de mantenerse sereno.

—Marcel, sea realista, ¿quiere? No puede trabajar en este estado.

—¡¿En este estado?! —La furia iba creciendo en su interior al tiempo que el sofoco de su rostro—. Aún puedo controlarlo. Soy capaz de mantenerme más inmóvil que cualquiera de los demás imbéciles que tienes contratados. Y en cuanto a la mímica no hay ningún problema en absoluto.

Al otro lado del escritorio, unos ojos rodeados de unas pestañas tan claras que apenas se veían lo miraban dubitativos. El jefe de Marcel chasqueó la lengua.

—Lo siento, es cuestión de tiempo —dijo finalmente, y Marcel creyó detectar un ligero temblor en la voz—. Y en cuanto a eso de que puede controlarlo… —Pareció pensarse mucho lo que dijo a continuación—. Demuéstremelo.

Aquello fue lo que terminó rompiendo la compuerta que impedía liberar toda la furia de Marcel. La tez de su rostro se tornó de un rojo tan intenso como el de un pimiento, las mandíbulas temblaron por la fuerza con la que apretaba los dientes, y las uñas dejaron hoyos en las palmas de sus manos. El alto respaldo de la silla de oficina rechistó cuando el joven jefe se aplastó contra él, como si pudiera atravesarlo y desaparecer de la vista de la enorme mole roja que tenía delante.

Los puños de Marcel Salazar golpearon con fuerza la superficie de la mesa. El ordenador portátil se levantó ligeramente. Algunos folios dieron un brinco y descendieron suavemente a su sitio. Bolígrafos y lápices saltaron del bote que los guardaba y repiquetearon al caer. Un marco con una foto del antiguo jefe perdió el equilibrio y cayó boca abajo, como un soldado derribado en batalla.

—¡Yo no tengo que demostrarle nada a nadie, niñato de mierda! —estalló Marcel, mientras señalaba con un rígido dedo a escasos centímetros de la nariz del joven—. ¿Quieres echarme? ¿Te la pone dura echar a un veterano de la empresa que levantó tu padre? ¡Pues no te daré ese placer! ¡Cuando vuelva esta tarde, quiero el finiquito aquí mismo!

Dicho eso, Marcel salió del despacho con un portazo.

Marcel pensaba que alguna otra empresa perdería el culo por contratarlo tras su larga experiencia, pero tras acudir a media docena de ellas a lo largo de una semana, perdió la esperanza. El problema no era su currículum, le decían, el problema era el temblor de su mano derecha. Marcel se ahorraba mencionar la recién diagnosticada enfermedad, pero no podía ocultar su mano.

Tras acudir a la última empresa en la que lo rechazaron, probó suerte como artista callejero. Amaba su trabajo. Había estado viviendo de ello treinta y cinco años. Y mucho antes de ser contratado en Diversión sin palabras había estado alegrando las calles con sus diferentes roles de estatuas y con sus números de mímica silenciosa. Desde muy pequeño empezó a interesarse por ese mundo mudo repleto de bellos gestos. Le fascinaba el hecho de contar una historia sin mediar palabra. Al mismo tiempo, le resultaba un misterio cómo aquellas personas que veía por la calle se mantenían inmóviles hasta tal punto de parecer auténticas estatuas.

Cuando le contó a su padre lo que quería ser de mayor, este no le dio ninguna importancia. Era un niño, y los niños siempre quieren ser muchas cosas de mayores. Lo único que le extrañaba al hombre era que no quisiera ser bombero o maquinista de tren.

Pero cuando el muchacho dejó los estudios para colocarse en una de las calles más concurridas de la ciudad, su padre empezó a comprender que aquello no era una simple ilusión de un niño.

—Bien, si quieres vivir el resto de tu vida bajo un puente, es tu problema —le había dicho su padre, con la intención de disuadirlo. Sin embargo, Marcel Salazar, a los dieciocho años  de edad, estaba más decidido que nunca a seguir con su sueño. Y las primeras monedas que consiguió lo ayudaron a fortalecerlo.

Poco tiempo después, un hombre alto como un jugador de baloncesto y delgado como uno de ellos, vestido con traje y corbata, se detuvo ante él. Un fuerte olor a colonia masculina le taladró la nariz. Marcel era en esos momentos una estatua oxidada de hojalata. El hombre se quedó tanto tiempo parado frente a él y sin echarle ninguna moneda que Marcel empezó a temer que la inquietud que experimentaba en su interior se exteriorizase y estropeara su número.

Pero finalmente, el hombre de aspecto importante y jugador de baloncesto habló.

—Eres bueno, chico. ¿Cuántos años tienes?

¿Qué estaba pasando?, se preguntaba Marcel. ¿De qué iba ese tipo?

Marcel no respondió. Un mimo jamás habla durante su actuación.

El hombre tenía la vista fija en sus inmóviles ojos. Le costaba horrores no desviar la mirada. Sentía que las piernas estaban a punto de flaquear…, pero la sonrisa de aquel individuo lo tranquilizó un poco. Entonces Marcel percibió que introducía una mano en el bolsillo interior de su americana, sacaba una tarjeta, y la depositaba en el bote destinado a las monedas. A continuación, sin decir nada, se marchó. 

Durante la hora que quedaba de espectáculo, el chico se resistió a la tentación de romper su inmovilidad y echar un vistazo a la tarjeta. Pero no lo hizo hasta que acabó.

Se agachó en cuanto el reloj que había a sus pies indicó la hora de acabar, con los músculos agarrotados, como de costumbre, y antes de contar el dinero ganado aquella jornada, cogió la tarjeta entre sus dedos y la leyó.

Diversión sin palabras, rezaban unas letras rojas sobre un fondo de rayas blancas y negras. Y más abajo una dirección y un par de números de teléfono. Tardó unos cinco días en decidirse, pero finalmente acudió a la dirección, y allí lo llevaron al despacho del hombre alto como un jugador de baloncesto y vestido como una persona importante. Era el jefe de la empresa. El padre del joven que había intentado despedirlo treinta y cinco años después. Y ese era el despacho en el que aquello ocurrió.

Más de un cuarto de siglo después, Marcel no tuvo el mismo éxito en la calle que a los dieciocho años. La gente pasaba a su lado y veía una estatua de Buda enorme, con una barriga amenazante, se detenía unos segundos fascinada… pero en cuanto observaban un poco más detenidamente, veían el temblor de su mano derecha, fruncían el ceño, y lo miraban con ojos llenos de compasión. Algunas monedas caían en el bote, más por pena que por asombro, pero no las suficientes como para poder vivir de ello.

Probó también el espectáculo de mímica, realizando los números que lo habían convertido en el mejor mimo de la empresa, pero las paredes invisibles que palpaba, o las cuerdas de las que fingía tirar, entre otros muchos más números, no debían de parecer lo suficiente sólidas y creíbles a los ojos del espectador. Y el propio Marcel, a su pesar, iba sintiendo cómo la enfermedad empeoraba cada vez más, cómo con cada día que pasaba, era menos capaz de controlar su mano, y luego su brazo, y más adelante la parte derecha de su rostro.

Se encerró en el piso que se vio obligado a alquilar, en la segunda planta de un viejo edificio de cuatro. Y allí logró sobrevivir con el dinero del finiquito y lo poco que ahorró en sus últimos números callejeros. No salía de la casa ni siquiera para comprar comida. Llamaba a un servicio a domicilio cuando se agotaba, y esto ocurría cada vez con menos frecuencia, ya que había días en los que apenas probaba bocado. Nadie se preocupaba por él; nunca había tenido amigos, solo compañeros de trabajo con los que de vez en cuando había ido de copas. Y hacía años que no sabía nada de la escasa familia que tenía.

Con ese modo de vida, la enfermedad empeoraba con mayor rapidez, pero no solo empeoraba el maldito Parkinson, también su mente.

La depresión lo llevaba a pensar en el niñato que sucedió al hombre que lo contrató, y lo colmaba de furia y rabia. En ocasiones, una inyección de esa cólera se filtraba por cada uno de sus músculos y se dirigía a la puerta, decidido a presentarse en el despacho y arrancarle la cara. Pero en cuanto alzaba la mano y trataba de agarrar el pomo con aquel brazo y aquella mano que ahora parecían funcionar por su cuenta, la rabia retrocedía y se ocultaba bajo el oscuro manto de la depresión.

No obstante, aquello no era lo peor. Lo peor era cuando se hundía en un pozo obsesivo. Cuando pensaba que era un mimo de verdad. Es decir, cuando se convencía de que los mimos y los humanos eran dos seres diferentes. Entonces se maquillaba el rostro de blanco, se empapaba en agua y gomina su rizado pelo largo y lo echaba hacia atrás, brillante como el metal pulido. Se ponía los guantes blancos y el traje y se pasaba días enteros actuando como un mimo. En esas etapas, nada de lo que le rodeaba era real, pertenecía al mundo de los humanos, y él no era humano; era un mimo, y el mundo de los mimos no se regía por las mismas reglas que el de aquellos seres inferiores. No. El mundo de los mimos era invisible, invisible para ojos humanos, por supuesto, pero no para los ojos de un mimo. Así pasaba días sin comer en realidad, porque la acción de llevarse comida inexistente a la boca, procedente de un plato y tenedor inexistentes, era su alimento. Cuando necesitaba hacer sus necesidades, no iba al cuarto de baño, las hacía en su váter imaginario, en este caso, sobre la alfombra del salón. Y esto era cuando se hundía en el estado de mímica. Cuando se trataba del inmóvil, se lo hacía todo encima, pues no se movía durante unos días.

Al salir de aquel pozo obsesivo, se daba cuenta de lo sucedido y lloraba, desesperado. La angustia llegaba a ser tan intensa, que empezó a tener pensamientos peligrosos para sí mismo. Sin embargo, nunca llegaban a materializarse.

Hasta ahora. Seis meses después.

Los cambios de estado se hicieron cada vez más frecuentes. Los accesos de furia acabaron desapareciendo por completo, sustituidos por las entradas y salidas del pozo. Y a su vez, estas acabaron dominando la mayor parte de sus días, hasta tal punto, que los momentos de relativa lucidez, repleta de angustia y dolor, disminuyeron a unas pocas horas una o dos veces por semana. Finalmente, tres días antes de ese en el que se sentó a la mesa del comedor a escribir la carta de suicidio, su mente se rindió al estado obsesivo, y decidió por sí sola que no quería regresar al estado depresivo infestado de recuerdos temblorosos y humillantes. Y aquel mismo día, la angustia penetró en el pozo también, y con ella los pensamientos peligrosos. Su mente obsesiva se las apañó para dejar pasar un poco de conciencia sobre sí mismo, sobre su estado, sin llegar a salir del pozo. Y Marcel decidió que era hora de materializar aquellos pensamientos.

De modo que allí se hallaba aquella tarde. Las cortinas, a medio echar, dejaban paso a una lámina de luz ante la que flotaban motas de polvo y pestilencia. Era suficiente para hacer ver a Marcel lo que intentaba escribir. Su psique estaba dividida en dos al mismo tiempo. Un pequeño vestigio de lo que era antes, y uno más grande de lo que era ahora. El humano frente al mimo. Por un lado sabía que lo que tenía en la mano y frente a sus ojos era necesario para llevar a cabo lo que se proponía, pero por otro lado sabía que no podía existir. Marcel estaba muy confuso, aunque no por ello menos decidido.

Tras media hora con el lápiz sostenido mediante sus rígidos y temblorosos dedos, Marcel Salazar se dio cuenta de que no tenía nada que decir a nadie… No, eso no era exactamente así. No tenía que decir nada a nadie con palabras, esa era la verdad. Los mimos no usaban palabras, su cuerpo era todo lo que necesitaban para comunicarse; así pues, ¿qué hacía todavía ahí sentado? Era la hora de irse, y su propio cuerpo diría todo lo que tenía que decir.

Dejó el lápiz sobre la mesa y cuando se disponía a levantarse, llamaron a la puerta.

—Don Marcel, abra, soy Carmen —dijo una voz al otro lado. Y volvió a llamar con insistencia—. Maldita sea, abra, señor Salazar. Sé que está ahí. Me debe los dos meses; ya he tenido suficiente paciencia.

«¿Marcel? —se preguntó—. ¿Quién es Marcel? Yo soy un mimo. Soy el Mimo.»

Y rió con fuerza —aunque en silencio— sin percatarse de que también lloraba, presa de una angustia incontrolable. El Mimo reía; Marcel lloraba.

Sin dejar de reír y llorar, Marcel retiró la silla en la que había estado sentado y se subió en ella, al tiempo que el Mimo lanzaba una cuerda imaginaria por encima de una viga imaginaria. Una vez encima de la silla, el Mimo, con el rostro rayado de surcos en el maquillaje debido a las lágrimas, hizo un nudo invisible y se rodeó el cuello con el lazo.

A continuación, escuchando los golpes en la puerta y la voz de la señora Carmen tras ella, el Mimo estiró una pierna temblorosa y Marcel golpeó con ella el lateral del asiento. La silla se desplazó. La pierna izquierda se desequilibró por el movimiento y al apoyar el pie izquierdo sobre el borde que había sido golpeado, la silla se inclinó. El pie perdió el contacto y quedó en el aire junto al otro. Al tiempo que la silla caía de costado sobre el suelo, el cuerpo de Marcel, sostenido por la cuerda invisible del Mimo, se desplomó.

El cuello del Mimo no se partió al ajustarse el nudo invisible, pero el cuello de Marcel Salazar sí se partió al chocar contra el borde del asiento de la silla.

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