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7 min
Atreverse a Vivir
Amor |
25.08.15
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Sinopsis

Si nos atrevemos a traspasar la línea de lo conocido, de lo cómodo, entonces es cuando pueden pasarnos cosas...

“Si buscas resultados distintos…no hagas siempre lo mismo”. Esta frase de Albert Einstein  resonaba en el interior de su cabeza. La había leído aquella misma mañana, en la portada de un libro de autoayuda que llevaba una mujer sentada a su lado en el autobús.  Era una verdad tan simple, tan directa, tan…impepinable.

Tenía ya treinta y pico y era bastante atractiva. Soñadora empedernida desde niña, se pasaba los años esperando a que algo maravilloso y mágico le sucediera, algo que le cambiaría la vida. Su trabajo de funcionaria le resultaba vacío e insulso. Se matriculaba cada año en cursos online de lo más variopintos (y que nunca terminaba) mientras soñaba con encontrar su vocación aún no descubierta. Fantaseaba con encontrar al hombre de su vida, que la reconocería como a la mujer de su vida con sólo cruzar cuatro frases. Con la amiga perfecta, que no la decepcionaría como le había ocurrido hasta ahora. Y, mientras esperaba que todo esto sucediera por sí solo o por una conjunción planetaria del destino, su rutinaria vida iba pasando, sin pena ni gloria, todos los días iguales. Sin sobresaltos, ni para bien ni para mal. Sentía que a su vida le faltaba luz, pero ella seguía esperando. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Pero la frase que había leído esa mañana…había removido algo en su interior. Siempre había creído que la felicidad no se busca, se encuentra; y que, mientras llegaba ese momento, todos nosotros debíamos resignarnos a lo que nos tocara vivir. Eso era lo que había visto hacer a sus padres, que jamás creyeron en ella ni en que pudiera superarse, así como tampoco creían en ellos mismos… Y así, de padres a hija, en cada biberón y en cada papilla, le fueron transmitiendo el conformismo, el temor a lo desconocido y la falta de confianza en sí misma.

Seguía dándole vueltas al significado de la frase. ¿De verdad era ella responsable de su propia felicidad? Su corazón ansiaba vivir nuevas experiencias, piaba por salir de la jaula en la que los convencionalismos de su familia lo habían recluido…y también tenía miedo.

Miró la hora: las cinco de la tarde. Hora de salir de la oficina, hasta el día siguiente. Colocó los últimos documentos del día en la bandeja correspondiente, apagó el ordenador, y acercó la silla a la mesa, dejándola bien colocada. El ritual diario. Pasó por el baño antes de irse. Se miró al espejo. Miró su bello rostro, aniñado para su edad, y sus grandes ojos verdes, que aún conservaban ese destello de inocencia infantil….

Aquel día decidió que no tomaría el autobús para volver a casa. Volvería caminando. Es más, ¿por qué no aprovechar aquella tarde de primavera para descubrir un poco la ciudad? Hacía un año que se había trasladado a la Gran Ciudad y apenas conocía nada: el camino a la oficina, las cuatro calles alrededor de su apartamento y la cafetería del centro donde a veces quedaba con unas compañeras de trabajo. Poco más.

Empezó a andar pausadamente, haciéndose consciente de por dónde iba pasando. Observaba las tiendas, los bellos edificios antiguos, a la gente. A veces se cruzaba con dos personas paradas en la calle, charlando, y durante unos fugaces segundos se hacía partícipe silenciosa de su conversación. Su cuerpo y su mente se relajaron y, durante un rato, se limitó a gozar del paseo. Entonces, desviándose del camino habitual hasta casa, cruzó a la acera opuesta y después torció por una calle a la derecha. Siguió con su paseo tranquilo, descubriendo tiendas interesantes y cafés encantadores. Hacía fotos con el móvil de lo que le gustaba. Cuando encontró un semáforo para peatones en verde volvió a cambiar de acera, y esta vez torció a la izquierda. Y así siguió durante mucho rato, dejándose perder con el vaivén que le marcaban los semáforos en verde…

Hasta que algo la sacó de su letargo. Una mirada. Los ojos oscuros y penetrantes de un hombre al pasar por delante de una cafetería. Ella se detuvo, sorprendida, y se quedó de pie frente al cristal del café, devolviéndole la mirada. Él la observaba con cierto recelo, como esperando un gesto por parte de ella. Ella, sin saber por qué, se encontraba de repente atrapada por aquellos negros ojos desconocidos. Finalmente él se decidió, y le mandó un tímido saludo con la mano.

Ella seguía mirándole desde la calle, sin saber cómo reaccionar. ¿Habría coincidido con él en alguna ocasión que no recordaba y ahora estaba quedando fatal? Estaba casi segura de que no…

La prudencia, aquella aburrida que siempre la acompañaba, le aconsejaba que siguiera su camino. Pero su corazón…aquel pajarillo enjaulado empezó a aletear muy fuerte, y ella, sin tener ni idea de por qué lo hacía…entró en el bar. Se dirigió hacia su mesa y se plantó frente a él. Entonces él le sonrió…y a ella le gustó su sonrisa tanto como sus ojos.

-Hola, Aliena.

-¿Aliena?

-¿No se pronuncia así? No estaba seguro de que fueses tú…Pensé que ya no vendrías, ¿siempre eres tan tardona? -bromeó él, muy nervioso-. Perdona si digo alguna tontería, es mi primera cita por internet… Pero por favor, siéntate. ¿Quieres tomar algo?

-De acuerdo…mmm…un te. Y yo también es la primera vez que tengo una cita así, con un completo desconocido…-dijo ella, sin faltar a la verdad.

-¿Por qué elegiste el nombre de Aliena para tu perfil de internet? –preguntó él-. ¿Qué significa?

-Bueno, -improvisó ella-, Aliena es la protagonista del libro “Los pilares de la tierra”, ¿lo has leído?

-No.

-Aliena es una mujer luchadora, decidida, pasional…-siguió ella-. Cualidades que yo admiro, sin duda.

Él la miró con interés y le sonrió de nuevo.

-¿Soy Jorge y tú?

-Elena.

-Me encanta tu mirada, Elena -le soltó él, y ambos volvieron a mirarse fijamente-. Y me encanta tener la oportunidad de conocerte.

Sirvieron el te de Elena y Jorge pidió su segundo café. Hablaron largo y tendido sobre ellos, sobre sus vidas, sus sueños. Elena creyó que era justo aclararle a Jorge que en realidad ella no era la Aliena con la que había chateado, y así lo hizo; pero pareció que eso a él no le importó lo más mínimo.

Era ya de noche cuando se despedían. Se intercambiaron números de teléfono y castos besos en las mejillas, aunque sus ojos confesaban que ansiaban besarse en los labios. Elena cogió un taxi a casa, Jorge la saludó con la mano mientras se alejaba…

Dos desconocidos que habían cruzado sus vidas en una décima de segundo; ambos, con la esperanza de volverse a ver y la incertidumbre de lo que podía pasar a continuación.

El corazón de Elena saltaba alocado en su pecho. La portezuela de la jaula se había abierto, ahora sólo había que atreverse a asomar la cabeza…Había que arriesgarse para obtener un resultado distinto, aunque quizás no sería el deseado…o quizás sí… Y ahora Elena estaba dispuesta.

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  • Atreverse a vivir, sí señor. Qué GRAN relato con moraleja moderna. Me ha encantado, y bien puede haber sucedido.
    Hola Antonio, es cierto que la protagonista estaba bastante "alienada" de la vida ;) Es una buena asociación de ideas! Gracias por valorarme! :)
    Hola Aliena, digo Amarena. Veo que eres nueva por estos lares, que te has estrenado hoy y ya te has atrevido a leerme. Te agradezco tu valoración y, sobre todo, ese comentario. Sí, la verdad es que tiene pinta de artículo. Podría ser, pero ese final rompe la actitud crítica del articulista respecto del tema. También he leído Los pilares aunque, si atendemos a la etimología del nombre, la "supuesta" protagonista de la cita sería casi como una trastornada. En fin, ahí tienes mi valoración. Sigue escribiendo.
    Gracias por tu valoración Huala, me alegro de que te haya gustado! :)
    Buen relato, hay un conjunto de palabras que me gustaron demasiado, y la historia esta buena. Buen inicio. Felicitaciones.
  • Y la Feria de las Vanidades da comienzo.

    Si nos atrevemos a traspasar la línea de lo conocido, de lo cómodo, entonces es cuando pueden pasarnos cosas...

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