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9 min
Atropellado 3 veces.
Reales |
25.03.17
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Sinopsis

Ayer un coche me atropelló, y el conductor de rositas casi se largó. Este podría ser el resumen poético del suceso que a continuación detallo con pelos y señales, hasta donde mi memoria alcanza, la he dividido en el antes, durante y después. No perdáis detalle de hasta dónde llega la inquina humana.

 

DE VUELTA A CASA

     Volvía en coche a casa, de comprar en un centro comercial. Me dirigía al parking, por una calle de doble sentido y cinco carriles de circulación, tres de ellos en mi sentido de circulación por la derecha y los otros dos en sentido contrario a mi izquierda.

     Para llegar al parking tengo que situarme en el carril central (el que está a la izquierda de los tres) para poder girar a la izquierda, atravesando los dos carriles que tengo en sentido contrario.

     La maniobra no es trivial, hay que detener el vehículo, al tener que vigilar que no venga ningún coche en sentido contrario, como es obvio, pero también hay que vigilar que no pase ningún peatón por el paso de peatones de la calle a la que giro. La maniobra tiene que ser segura.

     El constante fluir de coches en sentido contrario, que impiden la maniobra, la impaciencia del conductor, el hecho de que si pasa un peatón por el paso de cebra, hay que detener el vehículo, dejándolo atravesado en medio de dos carriles por los que circulan coches, hacen que la maniobra se convierta en rápida e insegura.

     Después de conseguir girar la calle, sin otro contratiempo, y pasar con el coche el paso de peatones tuve cierto déjà vu— menos mal que no cruzaba nadie por el paso de peatones — Dejo el coche en el parking, salgo de este, y me dirijo a casa, cruzando a pié el paso de peatones, por el que antes había pasado en coche.

 

EL ATROPELLO

     Eran sobre las 19:40, la tarde, ya de noche, era lluviosa, me coloco en el hombro derecho la bolsa con lo que he comprado, una pequeña estantería de madera y unas bombillas, con la mano izquierda sujeto el paraguas, un paraguas de los grandes, no plegable, salgo por la rampa empinada del parking, ya fuera, giró a mi derecha hacia el paso de cebra.

     Iba a un paso normal, pensando en lo que haría más tarde, en que al día siguiente iría a correr a la montaña y el suelo estaría mojado por la lluvia, esa que ahora estaba cayendo y mojando el suelo por el que andaba, seguía pensando, cuando llegara a casa cambiaría las bombillas fundidas, mientras miraba esos charcos que se formaba en el suelo y el fluir del agua por el lateral de la carretera junto al bordillo que tenía a mi izquierda, giré a la izquierda, avanzando por ese paso de peatones con sus rayas blancas mojadas por la lluvia.

     Todo ocurrió en un segundo, en mi mente se apelotonaban sensaciones, decisiones que tenía que tomar, como jugadas en una partida de ajedrez, ¿Cual era la mejor? No había tiempo para nada, tenía que hacer algo ¡YA¡

     El coche apareció por mi derecha como un toro desbocado, rápido, sin sentimiento, estaba pegado a mí. ¿Corría hacia delante? NO demasiado lejos, ¿Hacia atrás? Tenía el coche encima, y no frenaba, al contrario, parecía querer embestir con todo. ¿SALTABA?

     No hubo tiempo para nada, el coche golpeó mi cuerpo, que quería zafarse de esa bestia, insensible, fría, dura. Intenté, ¿saltar, empujar, agarrar?, estaba sobre el coche indefenso, luchando por intentar evitar lo ya inevitable. El momento pareció eterno, carne y hierro luchando en una batalla, que acabó cuando el coche se detuvo, y que perdió la carne, lanzada metros allá, sobre el asfalto, frio, mojado, áspero, quedando desvalido y herido, intentando entender y no aceptando lo que acabada de suceder.

     No sé, duró, lo que dura un relámpago, uno de esos que iluminaba en menos de un segundo el cielo, dejando ver como una foto, con suma claridad todo lo que te rodea, como esa lluvia que caía inclemente, sobre mi cuerpo, ya desguarnecido del paraguas protector, que reposaba destrozado entre los coches aparcados, desprendido de mi bolsa, rota el asa y que se hallaba tirada en el asfalto.

     Me retorcía de dolor, mientras lamentaba mi situación e intentaba incorporarme, intentando encontrarme a mí mismo, bajo esa lluvia incesante y maldiciendo el momento.

HERIDAS

     Magullado, herido, sin orientación, intentando evaluar la situación, se me acerca el conductor. Ese conductor de unos cincuenta y tantos años, con gafas, algo más bajo que yo, quizás 1’70, que estuvo varios segundos, supongo que también en shock, o pensando que hacer, inmóvil dentro del vehículo, y que vi casi de reojo mientras me atropellaba.

     — ¿Estàs bé, pots caminar, no tens res trencat? —me repetía.

     Mientras yo intentaba encontrar una explicación a todo. Sí parecía que estaba ‘bien’, por suerte no había acabado debajo del coche. Estaba vivo, respiraba, aunque te llega siempre la misma pregunta. ¿Por qué a mí?, para luego aceptar que había tenido mala suerte.

     — ¿Truqueu una ambulància? —decía preocupado un joven.

     Otra señora, también se acercó, un señor, recriminaba al conductor.

     — ¡Le has atropellado¡— decía casi enfadado.

     Yo empezaba a sentir el frió, toda mi ropa estaba empapada, los pantalones sucios, después del revolcón por el asfalto, no podía ver con claridad.

     — Estàs bé, no, no tens res trescat.—seguía diciendo el conductor, en un tono despreocupado.

     — ¡Que voy a estar bien, me has atropellado¡ —le conteste encarándome, y mirando el paraguas destrozado, mi ropa sucia y mojada, la bolsa con la compra por el suelo, de la que más tarde comprobé que tenía alguna bombilla rota, y sin saber qué hacer.

     Se acercaron varias personas, un joven que también preguntaba, y el conductor subió a su vehículo para dejar la calle libre dejándolo cerca de la entrada del parking.

     — Llama a la urbana. —decía el señor que vio el accidente, y saqué mi móvil, para llamar, pero no atinaba, ¿Qué numero es?, ¿dónde estaba?, la lluvia mojaba el teléfono, no veía bien la pantalla.

     El conductor salió del coche y llamó a alguien con su móvil, bajo su paraguas protector.

     — Escolta que trigaré…. —debía ser su mujer, la mía no estaría muy lejos pero ajena a lo que me sucedía, y yo sin poder hablar con ella.

     — ...esta fent el paperina... —le oí decir.

     ¡Increíble! Pensé, me atropella, no se disculpó en ningún momento, ni mostró el más mínimo sentimiento de culpa.

     — ¡Mis gafas¡ ¿Dónde están mis gafas? —exclamé, había perdido las gafas, debieron salir volando, como yo. Por suerte las personas que había en el lugar se pusieron a buscarlas, bajo esa lluvia cojonera, en la penumbra, entre los coches estacionados a ambos lados de la calle, con esa poca luz que daban las farolas. Búsqueda a la que no se sumó el conductor, que me observaba en mi impotencia, con el móvil entre mis manos temblorosas, bajo la inclemencia del tiempo.

     — Deuen estar sota un cotxe —decía la mujer, mientras el conductor, me observaba, impertérrito, frió como la lluvia que caía, sin mover un musculo, y yo intentando vanamente llamar a no sé quien, en no sé dónde.

     Por fin encontraron las gafas, por suerte estaban enteras, sucias pero enteras. Me las dio el joven que estaba por allí, que nos advirtió de que saliéramos de la vía, ya que vio como otro coche nos pasó cerca. Recogí los restos, y me dirigí a la acera, fue en ese momento cuando empecé a notar dolor en la pierna, por suerte había un banco cerca, donde me senté y pude a trompicones llamar al 112, para pedir una ambulancia.

     Mientras, el conductor y el otro señor estaban inmersos en una discusión.

     — Le has atropellado que lo he visto —decía el señor. Que me dio su teléfono por si lo necesitaba.

     — No entenc el que dius, no parlo el teu idioma —contestaba el conductor.

     ¡Flipante! El conductor, lleva al extremo, la insidia, la negación de su culpabilidad, envuelta en lo que ahora se lleva, su independencia de lo sucedido, ajeno a mi dolor, a mi desgracia. Se volvió Independiente, imitando a esos políticos que para negar sus delitos recurren a eso.

     Como Pedro, el conductor negaba su culpa 3 veces, en lo material (el paraguas y los objetos rotos, no existían), en lo físico (no tenía nada roto, estaba bien) y en lo mental (Atropello, no está en el vocabulario), pero Pedro se arrepintió y pidió perdón, cosa que no hizo el conductor.

     Y por fin, la justicia, en forma de Guardia urbana y los samaritanos, en forma de Ambulancia acudieron muy rápido a poner las cosas en su sitio, dando fe de lo sucedido los primeros y curando el daño los segundos.

     Por suerte, lo puedo contar, aunque dolorido por las heridas, y agradecido a aquellas personas que se pararon y no dudaron en socorrerme.

     Ahora solo espero el momento en el que poder volver a correr por esa montaña.

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