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2 min
Augusto
Varios |
04.06.04
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Sinopsis

Desde las frías estancias salían los quejidos de los soldados heridos.

Solamente se disponía de un médico, que a cada momento lanzaba maldiciones mientras iba de un catre a otro acompañado por unas enfermeras con el uniforme manchado de sangre y los brazos desnudos, porque las mangas habían sido usadas para hacer vendas.

Dos camilleros hablaban y fumaban impasibles en el pasillo del improvisado hospital, esperando que llegasen más heridos del frente de Anzio o que les avisasen para retirar otro cadáver.

Un sacerdote sentado en un camastro junto a un soldado moribundo al que acababa de dar la extremaunción, parecía rezar con las manos cubriéndose el rostro, o tal vez escondiendo la impotencia.

Augusto podía verlo todo desde el jergón donde lo habían acostado; podía verlo y oírlo pese a que frecuentemente perdía la consciencia durante tiempo que él no podía determinar y luego despertaba otra vez en aquella pesadilla. Había perdido mucha sangre y la herida todavía rezumaba tiñendo de rojo el vendaje.

El cura salió de su ensimismamiento y al ver los ojos sin vida del muchacho al que acompañaba se los cerró y le hizo la señal de la cruz. Luego se incorporó pesadamente y avisó con un gesto a los camilleros. Después comenzó a andar ojeando a los soldados tumbados.

Augusto lo veía acercarse con paso pausado y advirtió en los ojos de aquel sacerdote la mirada que nunca hubiera querido ver; la de la lástima más profunda.

Cerró los ojos para no verlo llegar, quiso huir de aquella pesadilla; volver a abrazar a Lucía, comer el guiso de mamá, vivir, gritar… Las palabras del sacerdote resbalaban sin sentido hasta su tímpano, luego sólo un murmullo y después el silencio.

Cuando despertó, el cura ya no estaba allí.
En el pálido rostro de Augusto se dibujo una dulce y triunfal sonrisa.

FIN


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