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2 min
Auschwitz
Amor |
22.04.15
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Sinopsis

La primera vez que le salvó la vida fue cuando llegó al campo de concentración en un tren cargado de prisioneros. Anna era una joven y bonita judía de 16 años y él un atractivo médico de las SS de 30 años encargado de examinar a los recién llegados. Nunca olvidará cómo temblaba cuando desfiló ante él completamente desnuda y la consideró “apta” para el trabajo. En ese momento se dio cuenta de lo mucho que le atraía.


La segunda estaba muy enferma y le temblaba todo el cuerpo. La examinó en el cuarto reservado para sus pacientes y le procuró lo necesario para recuperarse.


La tercera, en la llamada “solución final”. Iba caminando hacia las cámaras de gas y había empezado a temblar al oír que iban a morir todos. Él la sacó de la fila y la dejó escapar antes de que fueran ejecutados en masa el total de los prisioneros que aún quedaban con vida.


Pasaron 50 años y el médico fue localizado en España con un nombre falso. Había estado llevando una vida aparentemente normal sin levantar ninguna sospecha de su pasado nazi.


El día del juicio se enfrentaba a una condena de cadena perpetua por haber mandado, sin remordimiento alguno, a miles de judíos a la cámara de gas. Anna, la única superviviente, llegó con un moño blanco y sus ojos oscuros y húmedos. Hubo que habilitar un sitio para que él pudiera asistir al juicio en su silla de ruedas aduciendo problemas de salud. Clavó su brillante pupila azul en los ojos de ella. Fue la única mujer que logró despertar en él algo de humanidad. Estaba temblando. Pero no era de miedo.  No había por qué temerlo. Las acusaciones contra él eran algo más que simples sospechas. Nadie lo libraría de su condena. Lo hacía porque después de 50 años no podía imaginarse la vida sin él.


 Anna empujaba la silla recorriendo toda la sala.  Seguía temblando.

 

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