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10 min
Ausencias
Amor |
04.10.13
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Sinopsis

A veces me da la impresión de que cuento siempre la misma historia variándola geográficamente. Ahora me voy al oeste peninsular.

Ya hace bastantes años que ocurrió, lo menos veinte, pero tampoco quieres echar la cuenta exacta. Si al menos te hubiera llamado como aquella otra vez, si tú hubieras sabido detectar que algo le pasaba aquel día… Pero ella era así, unas veces derrochaba pura alegría explicándote historias divertidas de su familia o de cuando estudiaba en Coimbra y otras veces se metía en esos mundos de los que tan difícil era sacarla. Dormías con ella en tu casa o en la suya los viernes: si era en la suya escuchabas su música, preparabais la cena entre los dos, sacabais sus libros de la mesa para poner el mantel y cenabais frente a frente; o en ángulo, igual daba, porque el caso era cenar con ella. Ya más tarde, a la hora de acostaros, se desnudaba despacio, doblaba la ropa con cuidado y la dejaba sobre la silla, se quedaba sentada en la cama y te pedía con una sonrisa que le cepillaras el cabello. Luego, mientras tú te tumbabas, ponía el despertador de cara a la pared y apagaba la luz. Al cabo de un momento empezaba a moverse en la penumbra mientras su gato, en un extremo de la cama, intentaba no molestar.

Otras veces no, otras veces llegabas a su casa y el gato acudía a ti como pidiéndote que rompieras ese delirio suyo de construirse muros y dejaros a los demás al otro lado. Y mientras ella permanecía en el sofá con aquellas músicas tan tristes, eras tú quien preparaba la cena, quien apartaba los libros de la mesa preguntándote si algo que habría leído en ellos la había metido en el pozo, quien ponía la mesa y la cogía de la cintura para que se sentara a cenar. Luego otra vez ese desnudarse despacio, doblar la ropa y quedarse sentada para que le cepillaras el pelo. Tú se lo cepillabas echando de menos su sonrisa y luego, ya con la luz apagada, se venía a ti y tú la abrazabas fuerte y le acariciabas la espalda.

Así era. No es que fuerais novios, no exactamente, erais amantes de los de verdad, de los que se aman. Antes de ella tu mundo era de casa al trabajo, del trabajo al bar y del bar a casa. Llegó ella y, por decirlo de una manera que quizá signifique algo, empezó a dar sentido a tus cosas. Por eso dormías con ella los viernes y, por eso también, los sábados te levantabas temprano y, sin despertarla, bajabas a la panadería por cruasáns para llevarle el desayuno a la cama. Dormías con ella todos los viernes. Excepto aquél.

Antes te dio un aviso, sí, o varios, pero tú no supiste leerlos. Que a veces se perdía ya lo sabías: se lo notabas en la manera de hablarte por teléfono y no te quedabas tranquilo hasta ese momento, hasta que te llamaba porque ya había llegado a casa. Porque entonces no había ni móviles ni Internet. Y te llamaba cada día antes de las diez porque, si no llamaba, ya sabías lo que ocurría. Esperabas de todas maneras hasta las diez y media y, como ella era de rutas fijas, antes de una hora ya la habías encontrado. Te veía entrar, se acababa de un trago el martini y, cuando llegabas junto a ella, ya había abierto el bolso, había sacado las llaves del coche y te las ponía en la mano al tiempo que decía:

-Perdona.

Luego se venía sumisa detrás de ti, le abrías la puerta de su coche bien de niña bien, la llevabas a casa, metías el coche en el garaje, le preparabas algo para cenar y os acostabais sin su sonrisa ni ese moverse elegantemente en la penumbra. Y a la mañana siguiente te ibas a trabajar tras darle un beso en la frente a ver si le limpiabas los malos pensamientos.

 

Sin embargo, el aviso más serio fue un viernes de invierno en el que habíais quedado a las diez en tu casa. Habías dedicado media tarde a adecentarla, a fregar los platos, a cambiar las toallas y poner en la cama las sábanas de franela que tanto le gustaban… Al acabar saliste al bar de siempre, el del Argentino, para hacer tiempo, y estuviste echando el tute un rato. Luego, como había gente mirando y con ganas de jugar, cediste tu sitio y te pusiste de mirón. Y entonces te llamó al bar, que ella tenía el teléfono para casos de urgencia porque tú, si no estabas en el trabajo o con ella, estabas siempre allí. Acudiste rápido porque sabías que sólo podía ser ella y que no te llamaba por nada bueno:

-Quiero que me lleves a Lisboa.

Tú, que si dónde estás y que ahora voy. Vas al cajero automático, sacas todo el dinero disponible por si acaso y a la parada de taxis. Llueve. Entras en El Argonauta y ahí está con las llaves del coche en la mano:

-Que me lleves a Lisboa.

Que si vámonos a casa a cenar y dormir, que si a Lisboa, que si a casa, que si ya iremos a Lisboa más tranquilos el fin de semana que viene… hasta que te ves al volante de su coche bajo las luces naranjas de los bucles de entrada a la autopista. Sigue lloviendo y, seguro de su coche, aceleras. Te da las gracias por no haberla engañado llevándola a casa a la fuerza.

Más de veinte años hace ya. Antes del euro, antes de la autopista hasta Oporto. Paráis en Tuy para repostar y entráis al bar. Ella otro martini y tú un café. Pides además tres paquetes de Winston y otros tantos de Ducados, le das un billete de mil duros al camarero y le preguntas si te puede devolver el cambio en moneda portuguesa. Ella dice que no hace falta, saca del bolso un fajo con más de diez mil escudos y te lo da:

-Ten, prefiero que lo lleves tú.

Deduces que ya había salido de casa con la idea de ir a Lisboa. Cruzáis el puente de hierro y, al entrar en Portugal, más lluvia y más oscuridad. Y de Valença a Caminha para luego ir los dos Portugal abajo buscando de noche la línea del ponerse el sol; por el confín del mapa, como para no molestar. Miño, Limia, Cávado, Fao, el Duero en Oporto… cruzasteis todos los ríos del mundo y todas las rías de todos los ríos. Y ella, hermosa en su dormir y en su silencio. Ya en la autopista más allá de Oporto paraste en un área a tomar otro café, por Leiria sería o por tierras de la Virgen de Fátima, y ella, siempre dormida, ni se enteró. La despertaste ya con las luces del día en unas obras a la entrada de Lisboa y, cuando consiguió orientarse, te fue llevando por calles y avenidas hasta pedirte que entraras el coche en el garaje de un hotel elegante.

Allá estabais en recepción sin equipaje ninguno y ella expresándose en un portugués que, de seguro, era de clase alta. El recepcionista, antes de entregaros la llave de la habitación, os llamó no sé cuántas veces o senhor y a senhora y, al subir, ella propuso una ducha para relajaros y poder dormir mejor. Así lo hicisteis y, cuando acabaste de secarle la espalda, se giró, te miró a los ojos y te dijo:

-No puedo hacerlo. Me siento sucia por dentro.

Os despertasteis a primera hora de la tarde y, lo primero, comprar ropa para cambiaros y aderezos de aseo con su cepillo para el pelo. Volvisteis al hotel, os cambiasteis y dijo que conocía un sitio donde seguro que os daban de comer a esas horas. Para un taxi, da una dirección y vais a parar, según dijo, a las callejuelas de Alfama. Entráis en una taberna que parecía sacada de los años cincuenta, habla con la patrona y pide de comer sin consultarte. Y alegre, no como solía estar el día después de perderse, sin parar de hablar y explicándote los planes para lo que quedaba de tarde. Al Rossio, a una tienda de música en la que compró no sé cuántos cedés; luego cruzasteis la Baixa y os metisteis en una librería donde compró un montón de libros; junto a la librería había un elevador, el de Santa Justa, y lo cogisteis para subir al Bairro Alto. Recorriste con ella espacios que ibas descubriendo a medida que ella los nombraba y  que no has vuelto a pisar. Luego volvisteis a la Baixa para ir a parar a un café antiguo donde, según dijo, se reunían los poetas de principios de siglo. Pides un café, ella un té y tres o cuatro pastelitos que entraban por los ojos, saca de las bolsas los libros y cedés que había comprado y te da un cedé:

-Este es para ti.

Era fado, por supuesto, lo que ella siempre escuchaba en su casa. Luego te da no sé cuántas explicaciones sobre los libros y los cedés y, cogiéndote la mano, se te viene al oído, vuelve a agradecerte haberla traído a Lisboa y acaba por decir:

-Ya me siento limpia. ¿Te apetece si ahora…?

Y sin esperar respuesta tira de ti, os levantáis y salís a la calle. Paráis en un puesto callejero, compráis tres o cuatro bocadillos y una botella de agua, y al hotel.

Que si te apetecía... Porque con ella no era sólo algo físico, con ella era también sumergirse, era sentirte envuelto en otra atmósfera en la que respirabas su piel…

Se desnuda como siempre, despacio y doblando la ropa con cuidado, se sienta en el borde de la cama y te da el cepillo para el pelo. Te arrodillas detrás y estás un rato cepillándoselo. Apaga la luz y se viene hacia ti en la penumbra. Brillante. Estuvo cariñosa y brillante.

Aún recuerdas que luego tenías la cabeza apoyada en su hombro y ella había abierto uno de muchos libros que había comprado y estaba recitando poemas mientras tú estabas sólo pendiente de cómo salían los sonidos de esa lengua suya que aún deseabas. Luego, los bocadillos, otro ratito de poesía y que si te importaba repetir pero con la luz encendida. Si era ella la que siempre apagaba la luz… Otra vez vuestros cuerpos enredados pero ahora mirándoos a los ojos.

Dormisteis hasta las tantas del domingo y emprendisteis el camino de vuelta hacia aquí.

 

Eso fue en invierno. Hace más de veinte años. Al llegar la primavera decidió hacer el viaje ella sola. Cómo pesa el tiempo sobre los muertos.

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    A veces me da la impresión de que cuento siempre la misma historia variándola geográficamente. Ahora me voy al oeste peninsular.

    Un pequeño divertimento, con motivo del día de hoy y la llegada del otoño, dedicado a los que, como yo, saben que tomarse en serio el escribir es como beber viento. Y, ya que estoy, dedicado también a los pocos que saben de dónde viene eso de beber viento como imagen de algo inútil

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