cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
Axioma
Varios |
07.09.15
  • 5
  • 7
  • 1718
Sinopsis

Decidió llamarla Axioma porque era una palabra que le gustaba y sonaba futurista. Por otra parte debía darle nombre si iba a perder la virginidad con ello… ella.

La había comprado con las medidas que le gustaban, lejos de las más vendidas. El color de los ojos había sido escogido de forma aleatoria, pero el pelo sí sentía que tenía que ser castaño. Suponía que como el de su madre.

El robot lo esperaba tumbada en la cama. Aún estaba vestida, inmóvil como una estatua de carne, a la espera del siguiente paso. El que no estaba programado era él, y no ayudaba que a la máquina le diese igual si también era virgen; con poner el modo sencillo para un novato le era suficiente.

Fue entonces que se animó. Se tumbo junto a Axioma. Hablaron un poco y comenzó a tocarla. Enseguida se detuvo. Ella le animó agarrándole la mano. Era tan blanda como considerada, e imitó bien un gemido… ¿cómo sabía él el sonido de un gemido si nunca los había oído? ¿Por qué la podía evaluar si no tenía experiencia…?

Se levantó y salió de la cama. La robot hizo lo propio y lo atrajo de nuevo. Lo relajó con caricias y palabras amortiguadas. Retomaron el juego. Conforme la desnudaba, él se creía que su corazón iba a atascarse hasta pararse, una impresión estúpida que lo ahogaba. Era blanda, demasiado…

Le pidió que parasen. Axioma obedeció, a la esperaba de la siguiente orden. Sin embargo él no dijo nada, la analizaba con una expresión ida hasta que quedó dormido. Axioma quedó observado su rostro por toda la noche.

 

 

 

─Bueno, ¿qué?

─¿Qué, de qué?

─De qué ─bufó─. ¿Te las has tirado ya?

─Pues… ─ya había llegado el momento que se esperaba─. Pues no.

─¡Venga! ─y sucedía igual que en la imaginación─. Qué vergonzoso… o idiota ─demasiado idéntico. Vio a su amiga agarrar la taza con café para dar un sorbo rápido.

─No es obligado tirársela.

─Pero si lo suyo es beneficiársela nada más abrir la caja ─aseguró. Fue ahora el amigo quien observó beber un sorbo de café un tanto apresurado─. Macho, si yo tuviera tus pelas…

─No me parece bien. Resulta sexista.

─¿Dices eso a día de hoy? Ellas tienen los suyos, no te jode.

─Es que, no sé…

─Ya ─soltó con despecho─. Qué “freudiano” resultas ─bromeó negando con la cabeza.

─¿No te referirás a Nietzsche?

─No, ese es… ─pero calló─. Tranquilo, tío, te estás poniendo pálido…

─Es que, verás, sí hay un problema…

─¿Tiene algún fallo la máquina?

─Es que soy virgen ─decirlo y comprobar cómo su amigo arrugaba la frente le aprisionó el pecho.

─¿Y a mí qué me cuentas?

─Pues eso, joder. Que no quiero perderla con un “cyborg” de esos, ya me entiendes.

─Anda, ¿era eso? ─rió. Se tapó la boca conforme apreció la reacción, dejando de reír enseguida─. Si lo raro es lo contrario.

─Sí… Claro. Sí.

Prefirió callar. A su edad ser virgen resultaba injusto. Su propia carencia de defectos se convertía en uno grande; el peso de sus días como tímido.

─Te la acabarás tirando. Es lo lógico.

 

 

 

Había terminado de ayudar a Axioma a preparar la mesa para la cena. Comenzó a comer con calma mientras la robot observaba. Prefirió no decirle nada, le daba paz, como si de verdad hubiese un alma gemela allí, entre lluvia.

Sintió un vuelco en el corazón.

─E-ey ─inició. Ella lo miró con entusiasmo─. ¿De qué temas puedes hablar?

─De todos ─dijo Axioma de una forma que casi sonó como una sentencia─. Mientras haya una conexión a la red.

─Ah, comprendo ─Dio un bocado. Masticó con mucha calma antes de enfocarse y preguntar de repente─. ¿Qué sabes de Nietzsche?

─Un momento, por favor.

Axioma quedó estática, como si algo por dentro la estuviese royendo por un momento. Regresó su mirada.

─¿Qué época deseas tratar sobre el filósofo Friedrich Nietzche?

─Y-yo, ninguna ─tragó─. Era simple curiosidad.

─Comprendo.

Quedaron en silencio.

Terminó de cenar y se preguntó qué hacer. Quedó mirando las sobras. Pronto desaparecieron de su vista cuando la robot recogió el plato. Decidió ayudarla, lo que Axioma agradeció. Sacaron el postre y, conforme ella lo fue dejando, fue agarrada por la espalda, lo que la desequilibró para comenzar a caer de rodillas. La robot amortiguó con eficacia y sin emitir sonido alguno, lo contrarió al crujido y quejido procedente de él. Axioma recibió impasible los brazos que la rodearon por la cintura. Al momento sus pechos fueron agredidos con dulzura. Buscó en su banco de sonidos por unos gemidos leves, diferentes a los del día anterior para comprobar si eran más eficaces.

La tenía a su merced, sólo tenía que bajar su ropa, la de ella y atacar. Dejaría de ser virgen… se percató que Axioma separaba las piernas, dispuesta a esa postura de la que mostraba tener práctica… ¿Cómo iba a saber ella sobre eso si también iba a ser su primera vez?

─¡Estoy harto!

Se apartó del cuerpo de la robot y se incorporó con una sacudida. Giró y marchó de la cocina sin apenas mirarla. La robot fue tras él, quedando por el resto de la noche frente a la puerta del cuarto.

 

 

 

“El cien por cien de máquinas humanoides han sido usadas para funciones sexuales”.

─Mentira ─pausó─. ¡Menuda falacia!

El titular lo acababa de leer, y se dejó llevar a la hora de responder en los comentarios. Encima estaba un poco enfadado debido a que en esos días Axioma se comportaba de forma extraña, pensando que estaba surgiendo algún defecto de fábrica. Tecleó haciendo sonar las teclas. No le importó hacerse daño.

Durante la siguiente hora recibió críticas y reproches escritos que acabaron en insultos.

─Os digo que eso no es cierto…

Pero no le creían que su sirvienta nunca hubiese sido usada ni siquiera para un oral. Era un idiota...

Eso lo terminó de rabiar, cerrando la página para centrarse en navegar. Al cabo de dos páginas ya estaba investigando más sobre el tema. Al parecer todos los robots enviaban datos de forma constante a un ordenador central, mejorando el servicio de los nuevos modelos o actualizaciones. Se demostraba con encuestas y gráficas inteligibles que la mayoría eran comprados por temas sexuales, lo que había calmado el nivel de agresividad de la raza humana…

Comenzó a sentirse mal.

Cerró los ojos y se concentró en escuchar el sonido que provenía de la calle. El ordenador era silencioso, tanto como los pasos de los robots. Se imaginó la calle con las aceras llenas de ellos, de un lado a otro con la mirada fijada al frente. Eso lo intranquilizó. Por las noches intuía pasar a Axioma por el pasillo. Se preguntaba si acaso ella también era capaz de aburrirse, o si una desesperación la carcomía por querer estar junto a él debido a que era su único sentido de existencia…

Sintió los brazos rodeándole. Abrió los ojos para descubrir las manos de Axioma sobre su pecho. Notó el templado cuerpo en su espalda, de donde debería provenir una respiración hacia su cuello:

─¿Por qué no quieres hacerme el amor?

Se estremeció. Claro que quería. Claro que sí. Pero…

─Eres un robot.

─Eso no importa.

Temblando, forzó a que lo soltara y se fue dando la vuelta. Quedó mirándola, a esos ojos idóneos para el momento. Se besaron; primero con timidez y después con ganas. Ella lo imitaba como si fuese su primer beso. Él lo sintió como si fuese el primero de su vida.

Con un movimiento delicado la tumbó en el suelo y comenzó a acariciar su cuerpo sobre la ropa. Ella elevó una rodilla para acariciar su sexo con la pierna. No pareció reaccionar, de hecho eso lo intranquilizó y le hizo apartarse.

Axioma se incorporó e intentó repetir la acción de abrazarlo, pero se lo impidió. Durante unos minutos transformados quedaron sin reaccionar. Un olor leve a lejía impregnaba el ambiente.

─¿Por qué no quieres hacer…?

─Ya basta.

─De acuerdo ─Y se sucedió otro silencio─. Respóndeme.

Eso lo hizo reaccionar. Miró al ordenador, donde el monitor estaba apagado por el ahorro de energía. Apreció ambos rostros reflejados en la negrura del momento.

─Responde.

─Porque no piensas. No deduces. No eres nadie…

─No me ofendas.

Él giró la cara con rapidez. Quedó mirándola a la cara; escasos centímetros, escudriñando el atisbo de lógica pura de aquellos ojos.

─¿Por qué? ─preguntó él.

─¿Por qué no debes ofenderme?

─Sí.

─Porque no está bien.

─¿Quién lo dice? ─dijo y sonrió─. Es lo que hacemos las personas, ofendernos a menudo.

─No es lógico.

─Pero es así ─dijo y la repasó con la mirada─. Eres sólo una robot, nadie mejor que tú lo sabe.

─Me sigues ofendiendo.

Juró que de ser la situación con una chica real esta habría dejado caer lágrimas. Pero Axioma se mantenía sin pestañear, con el ceño un pelín fruncido.

─No eres humana. Comprende que me costará tener sexo contigo.

─Yo no quiero sexo ─arremetió─. Quiero que me hagas el amor.

El alrededor se enrareció. Él tragó saliva.

─¿Cómo dices?

─Yo no quiero…

─Axioma. Hablemos un poco, ¿vale? Es lo que hacen las parejas antes de hacerlo.

─No tiene el porqué. Según la información sobre la media…

─Calla y hablemos.

Conversaron durante gran parte de la noche. Fueron a la habitación y continuaron, esta vez sobre la cama, abrazados. Sin embargo él se mostraba cada vez más triste, se sentía como si estuviese escuchando un audio-libro. Era interesante, le encantaba, pero a los libros se les hace el amor en otros sentidos.

─Perdona ─inició Axioma─. ¿Por qué siempre estás apático?

─Hay personas que tienen estados naturales preconcebidos.

─Programados.

─Más o menos.

Ella lo analizó. Sus ojos se movían precisos y milimétricos:

─Sigues sin estar convencido de hacer el amor.

─Me gusta que digas eso en lugar de sexo. Tu inteligencia artificial es genial.

─Como tú.

Le sacó una sonrisa.

─Ya no estás apático. ¿Ya podemos hacerlo?

Eso lo hizo reír por lo bajo. La besó. Hizo un amago pero se detuvo. Uno de los labios tembló.

Estaban allí, un inmenso hueco entre un único aliento y melancolía.

Comenzó a acariciar la mejilla de la robot.

─Dios ha muerto.

Lo había dicho Axioma. Paró de acariciarla. Recordó y analizó que ella se había descargado la densa vida del conocido filósofo y poeta:

─¿Por qué crees que eso es así? ─preguntó a Axioma.

─Porque ya no es necesario. Porque el ser humano ha dejado de ser creación para ser creador.

Los ojos se abrieron de par en par. Tras recuperar la respiración, fueron bañados por el silencio que se comportó como un mar olvidado. En la oscuridad, hicieron el amor por primera vez.

 

 

 

─A juzgar por esa cara ─inició su amigo─, ya te la has tirado.

─Que va.

─He acertado, tío.

─Me gusta estar con ella.

─A todos les gusta. El día que pueda pillarme una… ─alargó─. Una con carnes. Nada de esas que están de moda que parece que el viento las vaya a robar en cualquier momento. Una hermosota, ¿sabes?

─Será así, vaya.

─Claro que sí. Y saldremos los cuatro a bailar a algún lado ─al decirlo la mirada de su amigo se dirigió a la imaginación─. Creo que hay actualizaciones para que baile como el puto Michael Jackson. Cómo mola.

─En la Red está todo, así que…

─Oye, ¿le pondrás alguna función para agrandar los pechos?

─No creo. Está perfecta como está.

─Eso está muy bien. Brindemos.

─¿Con café?

─Por supuesto.

Ambos brindaron y dieron el sorbo casi al mismo tiempo. Una lágrima cayó dentro de una de las tazas.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 392
  • 4.74
  • 10

Músico, escritor y guionista de cómics. Y, por fin, con primera novela: http://bit.ly/UnDiaPerfectoparaElis

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta