cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
Ay qué vida tan oscura
Drama |
22.10.14
  • 0
  • 0
  • 457
Sinopsis

Las mujeres aman y se dejan matar por amor. O matan de olvido. O agonizan de vida. Los hombres se niegan al amor y se anegan en el crimen. Aquí, se reúnen.

La imperfección es dejar el móvil flotando en la superficie. Señalando el cadáver. La guinda donde está sembrado el martini.

Hay que tener paciencia. Y el crimen es una pasión. Y la pasión es urgencia. Obnubilación.

El crimen perfecto, como todo lo que se le acerca, precisa un ejecutor sin afán. Sin apuro.

Alguien que mata porque el ser que sigue viviendo lo ensucia todo. Todo lo desordena. Deja su vida sobre todo y todos. Acabar con ella es limpiar la vida para que continúe. Por eso la meticulosidad. La belleza del asesino zen. Que primero se limpia de tiempo, de motivos. De móviles. Se queda sin deseos. Se eleva sobre lo inmediato. Deja en la tierra la chapucería. Obra como artesano, no como artista.

La víctima debe también olvidar su condición. Bajar la guardia. Estar aliviada de su culpa. Ofendida casi de su ofensa sin vindicación. Reclamando a la memoria esa injusticia, ese examen ligero de su maldad. Ese haber pasado por alto su caída por lo bajo. Ser primero víctima del aparente olvido.

Volver a los actos puros. Los que se ejecutan en el taller mesurado y silencioso del orfebre. Sobre todo, no creerse el cuento de la gloria. O el aplauso de la víctima.

Si esperaste toda la vida por su vida. No la eches a perder con una muerte rápida. Voluntariosa y precoz. Téjela puntillosamente.

No saborees la venganza como el almuerzo del martes. Espera aquella noche, la ropa, el puro, la buena compañía, el vino, la música. Las luces no sobre ti sino sobre los platos, las mesas, el grupo de guitarras. Mantente en la semipenumbra y saborea cada entrada, cada plato, cada luz, cada nota. Ten gusto. Ten mucho gusto de hacerlo. Y que no lo noten los demás comensales. Es por dentro donde mejor está el servicio.

¿El mejor día?

Recomiendo el miércoles. No lunes, que es discurso. O viernes que es lo que va. Cliché. O sábado que es del asesino vago. O domingo que ya no eres tú, sino el Señor. El martes todavía estás débil. Y al jueves no hay que hacerle eso, es el mejor chico que tiene el tiempo.

¿La mejor hora?

Las tres de la mañana. Pero ya lo saben todos. Y todas. Duermen pesado, pero su cuerpo también está así. Pesado y duro. Y muy, muy dormido. Sí es bueno, pues, que no pase por un sueño más. O del sueño efímero pasen al eterno. Todo el preámbulo resumido en una sombra. Hay que hacerlo a las nueve y media. Entre nueve y media y once de la noche. Del miércoles.

Lo importante es que la víctima aprecie tu trabajo, y la policía y los demás asesinos. Pero que no puedan felicitarte. Que te aplaudan de lejos y con las manos en los bolsillos. Que te pidan otra. Y no les des gusto. Que hagan fila, ahora ellos, en el tiempo.

Ahora ellos nadando en él, pero sin saber la orilla. Naufragando bajo tu mirada, mientras tú, bajo el toldo, lees esta historia.

 

Corte A

Si sucediera en 35 mm (sé algo de cine, me paso muchas noches sin mujeres. He visto todo lo que venden en la calle. A veces, también con un montón de extraños que nunca se callan), la toma debería abrirse con la puerta.

Qué hay, dices, y te haces a un lado para que pase. Sonríes como una ciega. Me niego con el cuerpo. ¿Nos vamos? Descuelgas una sombra negra del gancho, se hace abrigo cuando esconde tus brazos, cuando vuelven a salir por las mangas y levantan con sus manos las solapas, y la derecha —ya en la calle— hace una seña, para un taxi. Silencio. Este es un ascensor horizontal, estamos buscando nuestro piso, el de cada uno. Llévame a un sitio donde no haya estado nunca, dices. En el penthouse del centro comercial está el Faro del fin del mundo. Abajo, una ciudad que se levanta en los hocicos de sus lobos, en las luces de sus colmillos. Desde la avenida sube el miedo como un sonido de sirenas. Casi nada que decirse después de. Miras el reloj. La última vez juntos. «La vida es demasiado para mí». Quieres fumar en la terraza, en aquel anillo. Llevas una falda corta y medias negrísimas. No quiero mirarte. Me acerco a la baranda, me inclino: nucas que cruzan como peones en el ajedrez del piso. Me encaramo. Doy vuelta. Te veo. Me ves. Siento el acantilado, el aire que se eleva hasta mí, que levanta las faldas de mi camisa. No hagas eso, me dices. ¿Ya no te gusta el peligro? Pero a ti no, responde. Ven, entonces, ven a mi lado. Cúrame. Siento tu respiración. Veo tus manos apretadas, azules, atenazando la balaustrada con aprensión.

No como a la espalda aquella, pienso y vuelvo (no, ¡por dios!, ya no a esa noche de caballos incendiados) otra vez diez gradas abajo, y su puerta. Tres golpes en el tono convenido. Ella, en su cara despintada. Sus pelos rojos por toda la cara. No, no; mejor avanzar hasta la ventana de su dormitorio. Verla dormida. Horas enteras viéndola dormir. Un gusanito indefenso. Casi triste. Ovillada en sí misma. Que despierte sola. Que mis ojos la quemen y despierte con el fuego prendiéndose en su bata. Asustada. «Yo te tomaba te bebía te respiraba». Y me encuentre tras la ventana y se salve y me agradezca con sus dedos por mi pelo. Recibiéndome con su cuerpo ya encendido por mí. Sí. Mejor la ventana. Los ojos quemándola. Unos cuantos pasos quedamente. La ventana abierta. Ese extraño sonido. Esa cama revuelta. Esa espalda. «Tengo en mi mano mi ojo humano que llora». Esas uñas esmaltadas de rojo apretándola. Esa puta.

 

Necesito un callejón para gritar. Nuestros días de frivolidad han terminado. En lo que me sucedía diariamente mientras te amaba, en los sueños y en los encuentros, la atención puesta en ese territorio determinado. Ya sabía yo que me iba a estrellar contra una montaña de cuerpos buscándose en el laberinto de las sábanas. Que no me dejarías pasar más, que un hombre sería colocado como tranca, que volverías al principio, a tu viejo y gastado itinerario. Ahora él te habla y tú me imaginas volviendo a casa, dentro de un paquete de vidrio roto.

Te desprendes de él. Bajas desnuda hasta el piso. Donde me paraba a verte dormir y jugaba al asesino. Tienes derecho a permanecer muerta, te decía. Disparaba con este dedo y te daba en el centro y te besaba bailando. Cambias el cedé. «Ya me quitaste la última hoja que me cubría». Se me acaban los cigarrillos, adentro canta Vinicius de Moraes y tu carne en contacto con su carne. Otra vez siento la lengua llovida y arena en la garganta y viento frío en la ropa. Vuelve a sonar tu cama. ¿Por qué no paran? Si yo grito ahora, morirían. Un grito que haría llover sobre los manicomios. Me levanto y echo a caminar. «La espalda brillando en el esmalte de tus uñas». Las puntas de los pies por delante. «Dedos perdiéndose en el hueco de una espalda». Caminar. «Dedos espalda dedos». Eso es. Caminar, mejor caminar. Caminar mucho.

Camino abriendo la boca a la lluvia fría. Puta. Puta. Repito y repito y repito frente al espejo del retrete. Golpean. Arranco una hoja de periódico del gancho. Me limpio las manos. La cara. El cuello. Los ojos. Limpiarme todo. Eso es. Limpiarme de vos. Quedarme limpio de ti para siempre. «Ah, si los dos distantes, en medio de este sábado, estuviéramos muertos, unidos en la fría nada de la tierra». Me miro en el espejo. «Puedo oír voces a través de mis ojos. Estoy respirando por los párpados. La cabeza viva recordándote».

Salgo al pasillo. Nadie. Bajo las escaleras. Abro la puerta trasera. Salgo a la calle. Cruzo la calzada. Tomo la avenida solitaria. El pavimento está helado. Emprendo un trote ligero. Mi cuerpo se entumece. El agua revienta y salpica la noche. Abro un momento los párpados y veo a través de las lágrimas la ciudad que corre a los costados, las luces que se persiguen unas a otras. Hay dos clases de locos: el primero corre desnudo por las calles a la luz de la luna, el otro lo hace en tu habitación. Él llegará y se vendrá en ti, se sanará desmayado en tu ombligo. Yo caeré en la desgracia, en la camisa de fuerza de los días.

Han pasado tantas noches, solo noches. Hasta esta noche. Noche que vuelvo sobre mis pasos. Toro triste condenado a merodear su estaca. Otra vez las gradas. La ventana. Todo otra vez. Te mueves en el interior. Fumas. Me esperas. Toda de negro. Doy tres toques en la puerta. Oigo tus pasos. Abres. Unas ojeras como dos boinas vascas. Parecen el recuerdo de un sueño.

—¿Qué hay? —dices, y te abres para que pase. Sonríes como una ciega. Me niego con el cuerpo.

—¿Nos vamos?

 

Vuelvo a tu perfil sombrío. «¿En qué pensarás?» Sé que es el momento. Desmonto quedamente el madero. Me paro frente a ti. Busco una última mirada. Algo en tus ojos que te salve. Nada. Ida. Tu cuerpo y tu cabeza lejos de mí. Me tocas la cara y el pelo para reconocerme. Así acarician las ancianas a los bebés. Busco en la ropa o en tu pelo el olor de ese cuerpo. Hueles a piel desnuda y húmeda bajo la tela negra. Sin cerrar los ojos te acerco hacia mí, asiéndome a tu cintura. Tienes los ojos cerrados, ávidamente esperando, pero sin saber o sabiéndolo de otra forma. Te tiemblan ligeramente las manos. Me inclino hacia ti. «A lo mejor ya es tarde. Nunca he sabido decir adiós». Cierro los ojos, te beso las comisuras de los labios, el inicio del pelo. Te tomo de la cintura muy suavemente sin despertarte. Deslizo mis manos por tu falda negra, tus muslos. «Tus muslos firmes de trotacalles». Noto en mis dedos una humedad de lágrimas. En tus rodillas, el inicio leve de un temblor. El presentimiento de algo.

Te beso la frente.

Agarro tus pantorrillas frías, las coloco alrededor de mi cintura, abro los brazos, con los dedos las alzo con un ligerísimo impulso, pasan, levanto los brazos, siguen pasando, empujo tu cabeza con otro beso. «Creo que vas a volar». Te sobresaltas. Abres los ojos. Demasiado tarde. Miro el delicado y largo relámpago de los muslos en el aire. Las señales que haces con las manos en el vacío. El cuerpo que ingresa vertiginosamente en el pozo. Oigo el roce de tu vestido contra el aire, las costuras del vestido reventándose. El nombre y el cuerpo que nombraba abriéndose allá en el vestíbulo, como la onda de una piedra en el agua, con un ruido de pájaros en el suelo.

Tomo el ascensor. Cruzo delante de la gente que rodea tu cadáver. La cabeza desierta como un cráter. Tus ojos fijos en algo, en mí —pero nadie lo sabe— como una ciega otra vez y para siempre.

Salgo a la calle. La boca abierta al frío aire de la noche.

Troto un poco porque el bus se va.

Salto al estribo. Pago.

Me siento a la ventana para ver la ciudad, la gente.

Y en mi cabeza, lo que hubiera sido un película.

Pero no fue. 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Las mujeres aman y se dejan matar por amor. O matan de olvido. O agonizan de vida. Los hombres se niegan al amor y se anegan en el crimen. Aquí, se reúnen.

    La amada está en un lugar tan cercano, como el futuro en una visión profética.

    El crack de la separación quiebra ciertas rutinas, pero también te puede doblar la vida y hacer que se junten los extremos del ovillo.

    A veces el desamor llega en forma de presagio, y la muerte del amor, de forma tácita.

    Un microcuento sobre lo que llevamos por dentro, y sacamos por fuera, ya cuando no estamos.

Mi madre me parió a los doce meses, pensó que la hinchazón era una hernia y un día en la peluquería sintió mucho calor y creyó que era el secador de pelo: era yo, que ya me me venía, y me vine, y desde ahí me estoy viniendo, pero con otras mujeres.

Tienda

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta