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5 min
Bajo el canto de la chicharra. II
Amor |
16.07.15
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Sinopsis

Ermitaña por decisión propia, ese día ella podía sentir como la soledad se le escapaba por los rincones de su cuerpo. La soledad en compañía de Quentin y Chucrut llegaba a su fin y aunque no era consciente ese fin estaba más cerca de lo que ella intuía.

      Tragar saliva es lo único que puedo hacer. Un escalofrío me sobreviene a causa de la brisa. Unas gotas recorren mi espalda cuesta abajo. Algo acaricia mi tobillo, es Quentin quién intenta llamar mi atención, lo miro, sé que debería agacharme a recoger mi vestido pero no puedo hacer nada, nada más que tragar saliva. El hombre que tengo delante me saca una cabeza, me mira fijamente. Su pelo es rubio casi castaño, se mueve junto al viento, un mechón le cae sobre la frente acariciándosela. Mi mirada desciende por su rostro hasta las pequeñas arrugas que florecen junto a sus ojos marrones, sigo la línea de la mandíbula hasta llegar a sus labios, ásperos y ligeramente carnosos, aunque no me detengo mucho en ellos ya que de refilón veo su cuello. Me llama la atención. Es fuerte, curtido y ancho. Yo sé que soy una fiel seguidora de los cuellos sexis, son mi debilidad pero este cuello es terriblemente seductor.

Su mano en movimiento me saca de mis pensamientos, la apoya sobre la base de mi cuello y la deja ahí. Repentinamente, algo golpea la parte baja de mi pecho, desde el interior, junto a la boca el estomago. Late fuerte, brivante, sonoro, él mira curiosamente esa parte de mi cuerpo que amenaza con estallar como si también lo hubiera escuchado, sigo su mirada, justo en ese momento su mano se desliza sobre mi cuello ejerciendo presión. Acción, reacción. Nunca he tenido gran control sobre mi cuerpo en situaciones de peligro, así que instintivamente cojo su muñeca con la mano derecha, giro su brazo sobre si mismo mientras lo bajo, me muevo hasta quedar detrás de él y de un rodillazo lo empujo hasta el suelo. Ahí estoy yo, pletórica, excitada por reaccionar ante el peligro y por haber pillado por sorpresa a ese puto acosador. La adrenalina recorre mi cuerpo. Me monto sobre él victoriosa, como tras la caza de un elefante.

- ¿Qué haces gilipollas? – voceo contra su espalda.

- Para, para. ¿Estás loca o qué? – dice medio gritando, medio entre risas. ¿Risas?

- ¿Se puede saber que te hace tanta gracia, pedazo de capullo? – le digo de la forma más desagradable posible mientras Quentin, parece hacerle un masaje en el brazo con sus pezuñas.

- Aahhh… - se queja mientras le retuerzo más fuerte el brazo. – Tú me haces gracia Ana, me puedes soltar? Me estás haciendo daño. – dice.

Como si su tacto me quemara, me alejo de él de un salto y me quedo a un metro. Desconcertada, casi paranoica. ¿Como sabe ese acosador mi nombre? ¿Han vuelto a por mi? ¿Me han encontrado de nuevo? No puede ser, esta vez he sido mucho más cuidadosa, tanto que llegué a pensar que estaba muerta.  Se gira sobre si mismo, para terminar sentado y frotándose el brazo que hace unos momentos tenia retorcido.

-¿Como sabes mi puñetero nombre? - le pregunto mirándolo fijamente, viendo más allá y buscando en su interior alguna respuesta.

- Lo pone fuera.

- ¿Qué?

- En el buzón del principio del camino. - dice intentando contener la risa. Le tenía que haber apretado más fuerte el brazo.

- Pero que mierda...- digo cayendo en la cuenta de que este tío mazizorro no es ningún peligro para mí. - Ostia, perdona, perdona. Soy una loca de las montañas. -

No me lo puedo creer, no soy capaz de mantener mi boca cerrada y mucho menos las manos quietas. Me froto enérgicamente la cara. Dios, me encantaría parecer una persona normal por una puñetera vez, pienso para mis adentros hasta que oigo una carcajada. Aparto las manos y lo veo tirado en el suelo, cogiendose el brazo y riéndose, como no, de mi.

- Menuda fuerza tienes, si lo llego a saber vengo con armadura. - me dice.

- Lo siento. - digo tímidamente mientras le ofrezco mi mano.

- Gracias - dice tras observar mi mano y rechazarla para levantarse él solo.

- Pasa, tengo algo de reflex en casa. Esta noche seguramente te duela.- digo dirigiéndome a la entrada de la casa. Coño, la ropa. ¿Como es posible que haya olvidado ponérmela? ¿Yo? Que me sienta súper incómoda sin ropa delante de gente.

Me giro bruscamente hacia el vestido, miro el lugar en el que hace un rato lo dejé caer, tan solo está Quentin y un pequeño montón de piedras, busco alrededor, una mancha verde llama mi atención y ahí está el maldito vestido. Lo sostiene él con la mano, lo mira, me mira y me lo ofrece.

- Gracias.- le digo acercándome. Estoy más lejos de lo que pensaba y tengo un recorrido jodidamente más largo de lo que me gustaría. Me mira, me siento observada. Seguro que está mirando todos mis defecto y cuanto más me acerco más puede ver. Lo sé.

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    Este relato es un esbozo de inicio sin final para ella, la protagonista. Ermitaña por decisión propia, ese día ella podía sentir como la soledad se le escapaba por los rincones de su cuerpo. La soledad en compañía de Quentin y Chucrut llegaba a su fin y aunque no era consciente ese fin estaba más cerca de lo que ella intuía.

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