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5 min
A la Sombra del Roble
Varios |
29.10.14
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Sinopsis

Retorcido relato sobre una peculiar familia y su patriarca, visto desde el punto de vista de un niño.

 

 

       Desde niño siempre fui testigo de la autoridad y el control absoluto que ejercía la figura de mi abuelo Jonás. Pocas veces lo veía salir de su habitación, lugar donde permanecía confinado, atendido por mi hermana mayor y mi madre. Toda la casa giraba en torno a su imponente presencia. Él mandaba, ordenaba, dictaba, disponía, resolvía y nadie podía refutar sus ideas u órdenes. Contaba con todo el amor y disposición incondicional de mi hermana y mi madre, aunque esta devoción por él y la “abuelocracia” iba más allá de una simple admiración. Lo endiosaban. Felices obedecían y acataban sus disposiciones, por extrañas que a veces fueran. Si alguien cuestiona las costumbres o los mandatos del abuelo en frente de ellas, lo miraban como un horrible sacrilegio, una violación a lo sagrado, y eran capaces de todo por defender a su patriarca.

       Antes de mi llegada a este mundo, en los tiempos en que mi abuelo aún se paseaba por la casa, Su reinado era aun más estricto. Nadie podía almorzar sin que estuvieran TODOS los integrantes de la casa sentados a la mesa. Nadie podía levantarse de la mesa hasta que él lo estimara apropiado, y si algún miserable se atrevía a hacerlo sufría las consecuencias. A las nueve en punto TODOS (chicos y grandes) debían postergar para otro instante lo que estaban haciendo y sentarse, en silencio, a mirar el noticiero. Era bastante supersticioso y creía fielmente en muchas antiguas creencias provenientes del campo: dispuso, que en SU casa, ningún bebé (incluido yo en ese tiempo) podía andar sin su cintita roja en la ropa para evitar que lo “ojearan”; el ramo bendito jamás se sacaba de la puerta; santitos y vírgenes de todas partes debían decorar sagradamente las murallas del hogar; que a nadie se le ocurriera pasarle el salero en la mano etc. Su poder abarcaba incluso la crianza de sus nietos. Él y mi abuela criaron a mi hermana mayor, dejando a mis padres como unos simples espectadores de la vida y crecimiento de su hija. Mi abuelo Jonás argumentaba que todos los integrantes de la casa debían poseer sus valores y creencias, y respetarlo por sobre todas las cosas, debido a esto sentía que tenía potestad sobre los nietos nacidos bajo su techo. Mis padres jamás se opusieron a esto, aunque esto fuera opacando más y más su rol de padres. Su idea de familia era que sus hijos y los hijos de sus hijos debían vivir en su casa, una especie de familia griega de la antigua Grecia, idea que también heredó mi madre. Todos estos hechos son ejemplos del majestuoso y señorial manto de poder que cubría y hasta enceguecía a los habitantes del lugar.

       Al poco tiempo del deceso de mi abuela, Jonás se encerró en su cuarto y pocas veces salía de ahí. Según dice mi madre, cuando yo nací, mi abuelo ya estaba dedicado a su encierro voluntario. Siempre veía salir a mi madre o a mi hermana de su pieza acompañadas de una estela de olor a anciano y ranciedad que se mezclaba con el eterno y empalagoso olor a incienso que reinaba en el resto de la casa. Gracias a Dios esa puerta permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. Entre mis recuerdos borrosos de niñez creo haberlo visto salir no más de dos veces de esa pieza. Jamás me dejaban entrar a su cuarto que mantenían con llave para que “el mocoso no molestara al abuelo”. Más de una vez traté de escabullirme en esa pieza, no para ver a mi abuelo, sino que con el fin de encontrar los tantos tesoros que mi imaginación de niño me susurraba que allí me aguardaban. Siempre me despegaban de una oreja del lado de la puerta diciéndome: “¿No entiendes que a tu abuelo no le gusta que NADIE lo moleste?”. 

       Un día mi hermana salía de la habitación de mi abuelo con los típicos trastos, vasos, tazas sucias y platos a medio comer que minutos antes entraban llenos de comida, cuando en eso, de su falda se resbala una llave y cae silenciosamente en la alfombra. La recogí rápidamente y me la lleve a mi cuarto. Al dar las 10 en el reloj, todos debían estar en sus habitaciones durmiendo según una antigua costumbre de mi abuelo. Aproveché que todos dormían y me acerqué lentamente a la puerta de la dichosa habitación. Mi corazón latía al doble de su ritmo habitual y me transpiraban excesivamente las manos. Al fin todos esos artilugios extraños de abuelo y tiempo ancestrales podrían ser investigados por mis sentidos ávidos de satisfacer mi curiosidad. Deslicé la llave en el cerrojo y la puerta se abrió con un leve chirrido, asustado mire hacia atrás, pero afortunadamente todo seguía en paz. Un pestilente olor a mezcla de anciano, perfumes baratos y putrefacciones varias me recibió al entrar. Encendí la lamparilla y aterrorizado veo un cadáver, en avanzado estado de descomposición, cubierto de flores y adornos vestido con la ropa con la que alguna vez vi a mi abuelo Jonás.

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