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2 min
Bala de oro
Drama |
30.04.16
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Sinopsis

¿Cual ha sido el miedo más recurrente durante vuestra infancia? Aquí va el mío, aunque hecho literatura. Va dedicado a una ratita: ¿te quedará queso para otro más?.

Bajo un atardecer rosáceo, sobre una pagoda se empieza a ver: ya tardaba en llegar -dicen unos ignorante sabios con frivolidad-. Una candente bala llena de muerte desciende a toda velocidad para estrellarse. Para destruir lo que conoce el mundo -para dejarlo todo en hueso y polvo-. Roto como en su principio, sin futuro y con mucho miedo. Está llegando, está cayendo. Se ve desde el horizonte, primero pequeño, pero cogiendo fuerza. Creciendo. Es un monstruo traido del cosmos. Ofrece una luz primigenia recubierta de oro que vuela orgullosa: un meteoro.

Parece un un ave mitológico, que alza sus calurosas alas de fuego. Además, los sabios pudieron ver en esta fase un rostro,  una sonrisa, una destrucción que parecía pasarlo bien. Quizá lo estaba disfrutando. No obstante, tiene una meta: aniquilar -dejar todo en ruinas-. Se hace ver, se ve venir. Cogerá fuerza, pero va perdiendo elegancia para transformarse en horror. El horror. El terror al fin. ¿Quién puede escaparse?. 

La elegante bola de oro se empieza a destrozar. Sus quilates caen desperdigados a los mares -donde los cachalotes quedan carbonizados-, a los océanos -donde los barcos arden para hundirse sin remedio-, a las ciudades -que quedan arrasadas a su paso-. Naturaleza y artificio arden a su paso, es la destrucción hecha cuerpo: hecha un fétido horror.  

Desconcertado el sabio se armó de valor. No puede permitir que se destruya su mundo, que se destruya a si mismo -que acabe con Shangri-La-. Bajó, cargado de valentía, y para subir a lomos Quetzalcóatl: serpiente preciosa, reluciente dragón. Su plumaje y melena colorida hace contraste con aquella bola de muerte. El dragón se deja domar, permitiría que solo él se montara en su lomo. Sin problema. Vuela, alzándose a toda velocidad, sin pausa, superando la barrera del sonido; la barrera a lo desconocido. Joder, le hace frente. Fugazmente hacia ella. Una sublime criatura milenaria, alada, sagrada y destructora choca contra un pedrusco de fuego. Y, con aires de destrucción, lo atraviesa: adiós. Aquel meteorito se destruiría en diez mil pedazos.

Pero: ¿a que precio? 

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