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5 min
Balbuceos de barca
Poesía |
07.11.14
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Sinopsis

Rescatado del fondo del baúl. No se si es bueno o no. Solo se que es de un momento extraño, turbulento y que casi desaparezco. Entonces, escribir significaba seguir o morir. Escribir era la diosa que amansaba las aguas y las agitaba en el alma.

Basho descansaba bajo un árbol en su viaje hacia Matsushima. Debia llevar allí cerca de dos horas, observando como las hojas de los árboles, simplemente ellas, mecían las nubes de aquel verano y las arrastraban desde sus ojos hasta el horizonte.
La tarde estaba madurando y el sol estaba cerca de abrazar el ocaso y cuando dejó de entelarse y enmarañarse con las hojas y empezó a desdencer, Bashó se dio cuenta de que apenas había recorrido un par de millas aquel día, y tras muchos cavilar sobre ello, pensó que tampoco tenía prisa, que quizás podría pasarse ahí sentado un rato más, o quizás pasar la noche. Quizás podría estar hasta la tarde siguiente. Al fin y al cabo, sólo su destino le esperaba, y este era el único que siempre estaba junto a él.

 

.

 

Sólo buscaba un lugar donde la soledad no fuera una fuerza oponente. Sólo buscaba un lugar en aquella tarde de lluvia enmarañada donde la soledad fuera una amiga o incluso una recompensa. Donde un minuto no llevará aceleradamente al siguiente. Donde una hora no asesinara a la otra. Donde una lágrima fuera tan sólo una lágrima y no el lienzo de los estragos de vidas paralelas que encañonaban la frustración en él.

Y allí en un lugar que para nadie nunca había sido un lugar, decidió ser una porción del suelo durante un instante y aspirar el fuego de la nada y dejar que unas lágrimas enturbiaran dramáticamente los surcos en el cielo gris como garras amenazadoras de lluvia. Poco importaba lo lejos que estuviera de un lugar al que poder llamar hogar. 

Por fin a un instante le podía llamar “suyo”. No era algo compartido. Y lo único que le daba un poco de pena era pensar en cómo usaba ese instante suyo.

Entre los árboles el decidió sentarse, como diciéndole a la soledad que ese era un buen lugar para ver pasar un poco de su vida por delante suyo.

Un pozo de lluvia
Cuando el invierno se entierra.
Su soledad se esclaviza en compañía.

A lo lejos, las torres de cristal chillan con estridentes cuernos de marfil desde lo alto
hasta al suelo. La señal. El cielo atardece en rojo intenso a pesar de las miríadas de nubes. Como si las nubes de toda la eternidad anclaran esa tarde en ese lugar de su esclavitud en libertad. Y en rojo y negro algo pierde color. La noche no llega. No llega.
En rojo y negro. En colores de Sombra. Una lágrima, un racimo de soledad que decide nacer como si fuera una musa de entre los humos del cigarro de huna amada.

Colosos atienden la llamada de las señales de la Nada que llega.

Cada suspiro de su garganta hace que una masa de rocas, árboles y nubes se arremoline y vaya hacia la costa más lejana donde descansa en una tumba un destino que nunca llegó a nacer.

En el cementerio, en esta noche que no llega, en este instante paralizado, nacen leviatanes de niebla y las almas de humo salen de sus tumbas para balancearse sobre la piedra que con los años ha perdido la figura y ya no marca el nombre de quien siglos atrás fue más que huesos.

Con el viento se mecen las almas en pena, y el leviatán de los ojos tristes y el aliento de musgo da vueltas alrededor de cada lápida. Luego un llanto a lo lejos. La niebla empieza a desvanecerse y el leviatan va engullendo una a una a cada alma sobre su tumba.

En otros páramos, en las cimas, la niebla llega como una oleada de rojo encarnado que golpea arrebatando flores y yerba al monte. Un brecha entre riscos y con un trueno que destripa el cielo, las piedras se derraman como si fueran agua. Inmensas rocas van cayendo y quebrándose hasta llegar al valle y donde deciden acallar los gritos de la montaña.

En la cima, el vacío de las piedras ha dejado altares de formas ondulantes que adoran al viento y con él, crían tempestades. En lo alto de la montaña el viento silva canciones de guerra. Comienza la tormenta. Las gotas de lluvia caen como se lanza un soldado heroico a la batalla. Se dejan caer con furia y gracia hasta el valle donde descansan los pedazos de las rocas.

Y luego la marea de niebla roja se marcha.

Lejos unas ninfas nadan en los mares cuando cae el cielo en negro y grana. Bajo el mar descansa una ciudad dormida.

La luna aguarda tras las nubes
Su luz descansa entre telarañas
Vientos del este arrastran su luz.

Una lluvia de estrellas se teje tras el cielo rojo y negro. Limpiando el cielo de nubes.
Y yo dándole la vuelta a mi sangre no vi venir como el cielo dejaba de ser cielo para ser sangre de hiedra. Y no vi como las estrellas pasaban a ser lágrimas. Y no vi como los recuerdos y los sentimientos se iban tornando espectros encarcelados y guardados por sierpes que me eran ajenas y no vi llegar como habitaciones oscuras se iban calcificando
alrededor de mis palabras.

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