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2 min
Baloo
Amor |
06.09.13
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Sinopsis

Pobre Baloo. La vida duele, la muerte no.

Baloo vino a verme. De nuevo. Quería jugar. De nuevo. Ellas se fueron con él, pero él volvió. Estaba escuchando chocar el agua contra el agua con los ojos cerrados y me lamió la cara. "Qué pesadilla" grité. Antes le había estado lanzando un palo y él se iba llenando de barro mientras iba a por él y me lo traía bien apretado entre sus fauces, con un gesto perruno que bien podríamos asimilar a una sonrisa pura, de satisfacción.

A mí me gusta jugar con perros. A Baloo jugar con humanos. A Baloo le encanta subirse encima de la gente, y yo no iba a ser una excepción.

Los perros exigen de diversas formas. Si, los perros exigen de diversas formas, repito, y una de ellas es morder. Morder cariñosamente o ... morder. Y a mí me mordió. Y me rompió mi camisa favorita de verano. Una blanca que antes era azul pero se destiñó y tuvimos que meterla en lejía. Estaba vieja, pero era mi favorita. Nunca puedes dar razones acerca de porqué algo es muy querido o favorito. Y con ésta camisa me pasaba. Me enfadé, demostrándome por enésima vez que nunca podría evitar sentir ese impulso irrefrenable e inherente a nuestra especie, esto es, cabrearse y echar culpas. Cabrear razones, cabrear consecuencias , insultarlas a todas ellas. También me manchó el pantalón con sus rubias patitas llenas de barro. Y yo venga a echar culpas, en silencio, por supuesto.

Si, cuando las francesas se fueron, él volvió... tal vez acordándose de que alguien había estado jugando con él. Faltaba alguien. Me echó en falta. Vino a lamerme la cara. Y yo le grité "Que pesadilla". Ésta vez no era una exigencia, sólo me echó de menos. Me lamió la cara y yo le grité "Que pesadilla". Quería ser mi amigo y no un pesado. Le maldije, y se fue corriendo con su rabito entre las piernas. De lejos escuché un frenazo, luego un aullido, luego gritos, o tal vez primero fueran los gritos y luego el aullido... Podría haber muerto, pero no lo hizo. Pobre Baloo.

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