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4 min
Basta un poco de locura
Suspense |
10.04.08
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Sinopsis

Basta un poco de locura

Carlos entró a la casa por la puerta de la oficina. No acostumbraba hacer eso, pero había perdido parte de sus llaves esa mañana. Ya que había vivido en una ciudad peligrosa durante casi toda su vida, la idea de que sus llaves estuvieran en manos de algún extraño le preocupaba un poco. Sólo un poco, porque hacía ya cuatro meses que vivía en aquel pueblo, y sabía que ahí era poco probable que le vaciaran la casa. Aquello era San Antonio del Norte, donde los niños jugaban fútbol en el campo durante la noche, y todos conocían a todos y recelaban de los extraños. Nadie cerraba la puerta de su casa, porque nadie se atrevería a robarle a uno de los vecinos.
Si un extranjero entraba a una casa, alguien sin duda lo sabría. A menos que se viviera muy lejos del resto de los “norteños”. Ese era el caso de Carlos y su hija. Pero ¿Cómo sabría un extranjero que las llaves eran de esa casa? No era indispensable preocuparse. Las llaves aparecerían (a menos que las encontrara Paco o Manuela… o Ronny; cualquiera de ellos tiraría las llaves al río, en lugar de ayudar al odiado maestro). Pero le preocupaba que la puerta que conectaba la oficina con el interior de la casa estuviera con llave. Ni siquiera se había fijado si la puerta tenía pasador o llavín.
La puerta estaba entornada. Carlos no tendría que llamar al cerrajero del pueblo (quien además era el pintor, carpintero, electricista, albañil, fontanero, arbitro de fútbol y vendedor de muebles). Si las llaves no aparecían, quizá lo llamaría, pero era más probable que pidiera al dueño de la casa las llaves originales para sacarles copia.
No revisaría exámenes; al fin había terminado con todos los de ese parcial. No necesitaba almorzar, ya que había tomado algo en casa de los Jiménez, al dejar a Nell en la fiesta de cumpleaños de Cindy. Lo que sí se le antojaba era un café. Lo tomaría y luego se dejaría caer en el sofá. Quizá leería un libro. Suponía que era la una de la tarde, pues había dejado la casa de los Jiménez poco después de las doce.
Al abrir la puerta de la oficina, sintió un aroma molesto; humo, supuso. Encendió el ventilador y la televisión. El noticiero de mediodía aún no terminaba; así que, después de todo, no era la una de la tarde. Probó los otros dos canales, y decidió que se conformaría con el noticiero. Fue a la cocina y puso agua a hervir (“mi reino por un percolador”, habría dicho Janice)…
- ¿Por qué estoy pensando en ella? – dijo Carlos, y se dio cuenta de que ya no estaba tan relajado como al momento de entrar a la casa.

Janice había sido – por cinco años – la esposa de Carlos. En parte, el creía que nunca había dejado de amarla; y es que Janice no había dejado de ser hermosa e inteligente. Pero había perdido la razón.
Al comienzo, se había tratado de celos. Entonces Carlos la había comprendido, pues él mismo recordaba una niñez atormentada por los descarados deslices de su padrastro. De hecho, su madre se había pegado un tiro después de una de esas discusiones que terminaban con un “Puedo andar con quien quiera que para eso soy el macho”. Antes de cumplir 18 años, Carlos se había jurado probar que un hombre completo se basta con una sola mujer. Estaba decidido ha forjarse un matrimonio feliz. Y Janice le pareció perfecta desde un comienzo.
Sabía que Janice lo amaba; sólo era un poco insegura (“Cada vez más insegura”, gritaba una voz en
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