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4 min
BESTIAS (Reescrito)
Terror |
03.11.19
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Sinopsis

De mi serie negra, relato número cuatro. Uno de los comentarios acerca de que podía estirar un poco más mis historias me ha hecho darle una vuelta de tuerca e intentar sacarle algo más de jugo al hombre sin rostro. Un saludo y mil gracias por vuestros comentarios.

Para ser invisible se ocultaba bajo la luz, solo le hacía falta comportarse como las bestias de las que se alimentaba. Esa estúpida sonrisa que ahora le acompañaba era la parte de su disfraz que durante más tiempo había ensayado. No era solo una cuestión de curvar sus labios, tenía que acomodar el resto de sus gestos  y ocultar la naturaleza de su mirada para hacerla creíble.

Ninguna de sus otras expresiones era espontánea. Siendo  niño el  abuelo  le había explicado   que lo que a ellos  les hacía sonreír despertaba el horror  a su alrededor, y que las estúpidas bromas que divertían a los demás  para ellos pasaban desapercibidas. Así que le enseñó a utilizar las máscaras. Con ellas podían expresar alegría, enfado, dolor, o cualquier otro estado de ánimo…Si querían sobrevivir debían parecer humanos.

De pie, en la entrada del vestuario,  su pensamiento estaba en otro sitio. Se relamía al evocar a  sus trofeos, a los  que ya no estaban y a los que les aguardaban en el inframundo. Cada una de esas imágenes  le daba fuerzas para seguir manteniéndose en su papel. Era un ejercicio de contención agotador  que le exigía un dominio total de su subconsciente.

-Entrenador mañana no puedo venir, vamos al hospital a ver a mi padre.

-No te preocupes Dani, y dale recuerdos de mi parte. Dile  que es nuestro mejor aficionado y que no podemos prescindir de él. Le esperamos pronto de vuelta.

Respondió con una de sus máscaras mientras se despedía  de los chicos con una palmada  en la espalda. Unos minutos después se quedó solo en el vestuario.  Respiró hondo y cerró la puerta con llave. Necesitaba eliminar toda la suciedad. Odiaba el hedor y la complacencia de aquellas asquerosas bestias.

Se duchó sin aparente prisa, siguiendo un mismo ritual. Primero se ocupó de  manos y brazos, después pecho espalda, piernas… Con cuidado  frotó cada centímetro de su afeitado cuerpo. Utilizaba un jabón neutro, los olores eran rastros y él era invisible. Ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, sin tatuajes, con un rostro sin rasgos destacables. Una sombra más moviéndose bajo la luz.

Al salir al exterior  la luna le recibió. Hacía frío, pero lejos de incomodarle se detuvo unos instantes antes de subir al coche. Esa sensación  le gustaba.  Durante el trayecto a casa se dejó arrastrar por la potencia de su coche. Las ventanillas abajo, el viento  golpeándolo..., no había prisa.

Aparcó a la entrada de su casa. Había otro coche. Su dulce hermana había llegado.  Antes de abrir la puerta una corriente de excitación le atravesó el cuerpo. Ansioso no esperó a cruzar el umbral para pulsar  el interruptor de desconexión. Un simple "clic" en su cabeza, y de forma automática su rostro  humano desapareció. En casa no precisaba de máscaras. Antes de avanzar, o encender la luz, barrió minuciosamente los testigos de advertencia. 

Todo en orden. Cerró la puerta y echó la cerradura. Mientras se dirigía al sótano se fue desvistiendo. Advirtió otro reguero de ropa que como miguitas de pan parecían guiarle.  Desnudo abrió la pesada  puerta de su inframundo. Olía a desesperación, a dolor, a  vida. Unos gritos le hicieron relamerse, su hermana  había empezado sin él. La maldita nunca podía esperarse, quería los trofeos sólo para ella. Quizá algún día le enseñara quien mandaba.  Ahora pensaba únicamente en divertirse.

El débil crujir de los escalones que pisaba, la titilante luz del techo, el dulce olor de la sangre, las estúpidas súplicas de las bestias…, eran acordes que por separado no significaban nada pero que sumados  componían la más bella de las sinfonías.  Abajo se ciñó su delantal y guantes de látex, y se orinó ante la belleza del escenario que se le ofrecía.

Mario Sorní, octubre de 2019

 

 

 

 

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