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14 min
Black John's Amazing Show
Drama |
05.05.15
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Sinopsis

Un espectáculo que a nadie dejará indiferente

El cielo plomizo que siguió a la oscuridad auguraba la nieve, que comenzó a caer copiosamente, cubriendo con manto blanco la tupida capa de musgo que se aferraba a las lápidas de Abney Park. Una figura oculta bajo un oscuro gabán permanecía en pie, aunque en extraño equilibrio, ante la herrumbrosa cruz de hierro de una vieja sepultura. El negro metal parecía salir de la tierra en retorcida agonía para formar sólo dos letras y una fecha entrelazadas en el crucero. Una M, una W y el año 1840. Único indicio de la posible identidad de un cuerpo que, como tantos otros en aquel cementerio, fue enterrado con su memoria.
La sombra permaneció inmóvil durante largo rato, quizás esforzándose por recuperar los recuerdos del tiempo, cincelados en páginas de piedra, o dejándose cubrir por el sudario del olvido, que se posaba indiferente sobre lo vivo y sobre lo inerte. Hasta que, con rítmicos chasquidos de músculos y hueso, comenzó a caminar pesadamente, alborotando a las bandadas de cuervos a su paso.
A Hammer le gustaba el invierno. Y es que, con las lluvias del otoño, la pequeña troupe de la que formaba parte, abandonaba los embarrados caminos del páramo para instalarse en los arrabales londinenses hasta la llegada de la primavera, reduciendo así la frecuencia de sus espectáculos. Además, podía deambular entre la gente sin llamar la atención, sin que su cuerpo deforme, cubierto por holgados ropajes, causase terror y repugnancia. Entonces, un sentimiento que, aunque muy alejado de la felicidad, era lo más parecido que él podía llegar a experimentar, sosegaba su alma torturada y le permitía, simplemente, soportar la existencia.

En el exterior del muro, protegido por la arboleda, descansaba un viejo carromato pintado de rojo y verde, en cuyos costados podía leerse, en grandes letras doradas, “Black John´s Amazing Show”. Sentada en la escalerilla, una anciana de melena plateada, observaba como se acercaba su protegido mientras llenaba una pipa.
Desde que John lo trajo, ella había sido la única madre para él. Siempre pensó que, en la decisión del mago habían influido, tanto la compasión, como una perversa visión de negocio. Pero nunca sabría cuál de los factores había pesado más. O nunca quiso saberlo. Los primeros años fueron muy difíciles, pues a la complicada vida ambulante, se sumaba el cuidado de aquella criatura. Lo más normal es que hubiese acabado en un bote de formol en Oxford o en el fondo del Támesis, pero un caprichoso destino, como tantas otras veces, jugó su mano con pericia y le empujó a sobrevivir.  El tiempo pasó, y su cuerpo se desarrolló conforme a las atrofias y deformidades con las que había nacido. En las axilas, bajo unos brazos excesivamente robustos, nacía otro par de miembros, mucho más pequeños y escasamente funcionales. Su cabeza ahuevada, de ojos saltones y sin pelo, se insertaba en un cuello cuyo diámetro era dos veces el de su cráneo. Por último, su pierna izquierda, bastante más débil que la derecha, no era suficiente para sostener el enorme peso de su cuerpo adolescente y, una persistente cojera, además de los extraños chasquidos de cadera y rodilla, acompañaban su deambular.
Black John, el prestidigitador, charlatán, curandero, timador de poca monta, añadió con aquella criatura, el ingrediente necesario para convertir su deslucido espectáculo de feria en algo insólito, bestial. En algo que, en cualquiera de sus manifestaciones, nunca dejaba impasible a quien lo presenciase. Y Black John sabía muy bien como aderezar las miserias humanas para darles el toque exótico, espectacular.

La anciana exhaló una densa bocanada de humo blanco, que se mezcló con los copos de nieve que llenaban el aire, y mientras la oscura figura renqueante atravesaba la nívea bruma hasta el carromato, su mente permanecía en el pasado, en todo aquello que había conocido en su vagar y que ahora le proveía de un profundo conocimiento del alma humana. Algo que, por otra parte, gracias al soporte del tarot, la astrología y otras prácticas adivinatorias, le permitía obtener un mediocre sustento.
Moira detestaba el invierno. Aparte de que el frío y la humedad aumentaban los achaques propios de la edad, su vida eran los caminos, el movimiento. Sentirse varada en aquella pestilente y oscura ciudad, dejaba su ánimo a la altura del suelo. Solían acampar siempre en el mismo sitio, en las cercanías de Abney Park,  una zona poco transitada de las afueras, a la vista de ángeles y bestias de granito, que asomaban sus cabezas por encima de los muros y les recordaban su destino. Para las pocas funciones que ofrecían, bajaban hasta el río, a la zona portuaria, de calles tortuosas e insalubres, buscando un público de baja extracción social, ávido de milagros y crédulo ante lo insólito.

Hammer llegó hasta la escalerilla y se dispuso a subirla. Moira, estirando la mano con la que sujetaba la pipa, detuvo su movimiento para  hablarle.
—John está preparando la función de esta tarde… Piensa bajar a Limehouse… Por favor, Hammer… No te metas en problemas.
Desde dentro le llamó una voz:
—¡Hammer!, ¿estás ahí?... Entra. Quiero hablarte de tu número.
El muchacho, incapaz de articular palabras debido a una de sus malformaciones, emitió un leve gruñido en dirección a la anciana y entró en el carromato. Si Moira hubiera visto sus ojos, habría captado una insignificante chispa de vida.

A media mañana había dejado de nevar, y el grupo había llegado hasta el río. Mientras se instalaban, Black John dio algunos peniques a un muchacho para que anunciase la próxima función por las calles y repartiese unas pocas octavillas.
Uno de los costados del carromato basculaba, hasta colocarse en posición horizontal, y sujeto por varios soportes, hacía las veces de escenario, quedando el interior cubierto por un telón púrpura. Las ruedas habían sido bloqueadas y los caballos amarrados aparte. A la hora prevista de la tarde, el reclamo había cumplido su cometido, y un  nutrido grupo de gente se congregaba alrededor del improvisado teatro.
Cuando se creó la suficiente expectación, el mago abrió el telón y, a grandes voces, comenzó a presentar su espectáculo. La primera parte consistió en una serie de trucos en los que mezclaba la prestidigitación, las desapariciones y el escapismo, siendo él y la anciana los protagonistas absolutos. Pero cuando ambos observaron que el aburrimiento comenzaba a aparecer entre los más escépticos, se prepararon para el plato fuerte.
Black John levantó los brazos abiertos en señal de atención y comenzó a declamar:
—¡Damas y caballeros! Van a presenciar algo insólito… Pero para ello, y ante todo, les ruego que, aquellos de ustedes que padezcan del corazón o estén acompañados de niños, se retiren en esta parte del espectáculo…
Como era de suponer, nadie se movió de su sitio.
—Cuando Dios puebla el mundo de seres humanos y de animales, y los agrupa según su género y según su especie, puede pensarse que lo hace siguiendo un plan. Un plan lleno de belleza y armonía… Pero, cuando crea seres como el que a continuación van a tener la oportunidad única de contemplar,… ¿qué se puede pensar?...
El mago fue alzando la voz poco a poco.
—… Pues puede pensarse, y no sin razón, que tales engendros  no son obra de Dios, sino de una mente perversa y diabólica, cuyo único fin es confundir, crear el caos entre los seres humanos… Y estos seres,… son la prueba fehaciente de la existencia de esa mente retorcida.
El mago hizo una pausa intencionada y continuó.
—Pues bien…, damas y caballeros… Por circunstancias del destino que ni siquiera yo me atrevo a escrutar, uno de esos seres monstruosos, hijos del caos… Uno de esos basiliscos al que, por su seguridad…, y me refiero a la de ustedes, les ruego encarecidamente que no miren a los ojos…, se halla ahora mismo bajo mi control… ¡Para su asombro, el ser al que llamamos Hammer Face!
Después de una nueva pausa efectista, se acercó al fondo del escenario y descorrió ceremoniosamente el telón púrpura. Ante los atónitos ojos de los espectadores, apareció una figura de más de seis pies de altura, con el torso desnudo y engrilletada a los dos extremos del carromato. La gente que estaba más cerca retrocedió, asustada, algunos pasos, pisando y empujando a los que estaban detrás. Y no era para menos, pues aquélla extraña criatura, con dos de sus cuatro brazos libres y un enorme cuello de toro acabado en una afilada cabeza de enormes ojos y dientes aserrados, tensaba sus portentosos músculos hasta la ruptura, tirando de unas cadenas que no parecían capaces de resistir tal potencia, y emitía un ronco y espeluznante bramido que helaba la sangre.
Después del impacto inicial, Black John se extendió en una prolífica descripción de supuestas atrocidades cometidas por su prisionero, así como del enorme poder mental que era menester poseer para controlarlo. Por último, cerró el espectáculo ofreciendo sesiones individuales de tarot o de adivinación con una de las mejores pitonisas de toda Inglaterra.

Un par de horas después, Black John gastaba parte de la recaudación en una oscura taberna de Narrow Road mientras Moira y su protegido se habían encerrado ya en el carromato, que esa noche permanecería en Limehouse. Hammer esperó a que la anciana durmiese profundamente y, aunque tenía prohibido salir del cubículo en los lugares donde actuaban, se escabulló sigilosamente.
Caminó por las callejas malolientes del puerto, protegido por la bruma, hasta llegar a unas viejas casas que prácticamente colgaban sobre las aguas de Limehouse Basin, el pequeño puerto del canal. Habituado a un camino que ya había recorrido más veces, trepó por la destartalada escalera exterior, hasta una de las balconadas, y se mimetizó con la sombra de un rincón para observar el interior del cuartucho, en el que una mujer de mediana edad, a la luz de un candil, cepillaba su largo cabello ante un espejo ovalado.
Ella nunca le había visto. Hammer Face sabía que tenía que ser así. Sin embargo, no podía dejar de acudir a aquel lugar. En el momento en que la vio por primera vez, algo muy extraño y que no llegaba a comprender, creó nuevas sensaciones en su mente. Era hermosa. Muy hermosa. Pero no sólo eso. Era como un ángel, custodio de todo aquello que a él se le había negado. Se apartó un poco al comprobar que su aliento entrecortado empañaba el cristal de la venta, y entonces vio entrar a Black John por la puerta, borracho como de costumbre.
Estaba con él cuando la conoció, y aunque sabía que, de no ser por eso, nunca la habría visto, también por ello le odiaba. De no ser por él no estaría vivo, le decía muchas veces Moira. Pero Hammer no entendía el significado de aquellas palabras. Su mente no reconocía la voluntad de vivir como algo propio. Si lo estaba, era únicamente porque su amo así lo quería. Su vida solo tenía sentido mientras sirviese a la de su creador. Hasta que llegó Molly. Hammer nunca abandonaba el carromato en los sitios donde había gente, pero en cierta ocasión, la casualidad quiso que los viese juntos. Desde entonces creció en él una frustrante curiosidad. No por el mundo exterior, sino por aquel ser único que parecía reflejar el sol que nunca veía. Y una vez se escapó para seguir a su amo. Y después se escapó muchas veces más. Cada vez que la troupe terminaba en Limehouse.
Y su vida cambió. Y volvió a cambiar la primera vez que vio a Black John pegar a Molly. Entonces supo lo que era el dolor. Entonces supo lo que era el odio.

Moira despertó sobresaltada en el carromato, y su mirada se dirigió a todas partes en la oscuridad. En un acto reflejo tanteó a su lado y el vacío inesperado le hizo incorporarse repentinamente. Hammer no estaba en su hueco. No era la primera vez que se iba, pero en esta ocasión Moira tuvo un extraño presentimiento. Sin pensarlo dos veces, se cubrió con el mismo mantón con que dormía y se encaminó bajo la nieve hacia la casa de la prostituta.
Hammer apretaba con fuerza sus cuatro puños y contenía la rabia instintiva que pugnaba por salir mientras presenciaba la escena del dormitorio. Black John y la mujer habían empezado a discutir por algo, como era habitual.
A veces, las menos, se desnudaban en silencio y, casi sin mirarse, se acostaban bajo las mantas. Otras veces, la mayor parte, discutían y él le pegaba puñetazos y patadas, hasta que ella terminaba inconsciente sobre la misma cama. Pero esa noche fue peor. Black John estaba aún más ebrio, más violento que de costumbre. La discusión fue inmediata, los golpes brutales, hasta que la sangre salpico el cristal de la ventana. Entonces, la criatura llamada Hammer, no pudo contener la rabia. Su cuerpo se lanzó al interior, destrozando la pared y, entre una lluvia de astillas y cristales, aterrizó sobre su sorprendido amo. Forcejearon. Molly gritó aterrorizada. Los dos hombres se enzarzaron en una lucha desigual. Hammer quería echarlo de allí. Black John intentaba entender lo que estaba pasando mientras paraba los golpes. Al final, los dos salieron despedidos de nuevo a la balconada y, de allí, rompiendo la barandilla, a las oscuras aguas del Támesis.
Justo en ese instante llegaba Moira extenuada. Vio caer los dos cuerpos al vacío, y a Molly con el rostro desencajado, asomada a lo que quedaba de ventana. Se acercó al borde del muelle e intentó penetrar en la negrura con la vista.
Hammer seguía abrazado a su presa mientras descendían. Sus manos apretaron con odio, con locura, hasta que empezó a faltarle el aire. Entonces cobró conciencia de lo que estaba haciendo. Pero ya era demasiado tarde. Black John quedó libre de la tenaza humana, pero la vegetación subacuática se había ido enredando en sus piernas, formando un lazo mortal. Hammer ascendió mientras el rostro desencajado, presa del terror, de su amo le miraba fijamente desde el fondo, desvaneciéndose poco a poco en la oscuridad verdosa. Moira vio salir tan solo la cabeza de Hammer.

—¿Qué has hecho, desdichado?... —le increpó con amargura—. No puedes amarla. No como tú quieres… Ni siquiera desde el silencio… Ella… ¡Ella te llevó en su vientre!… Pero nunca tuvo intención de criarte. No podía. Ni siquiera llegó a verte. Le pidió a John que te ahogase en el río nada más nacer…Oh, Hammer, desgraciado…

Hammer la miró incrédulo, intentando resistirse a la angustia que comenzaba a invadir su alma. Moira continuó:
—John no pudo hacerlo. Todavía desconozco sus verdaderos motivos, pero te ocultó…Y te crió, Hammer… Incluso pagó por una falsa sepultura… Dijo que necesitabas un origen, un sitio donde honrar la memoria de alguien, aunque nunca hubiera existido.

La mente de Hammer pasó de la confusión a la comprensión, y Moira escrutó sus ojos, inundados por la desesperanza más absoluta. Su mirada se perdía en el abismo bajo sus pies.

—Sí, Hammer… Black John era tu padre.

Un grito inhumano desgarró la noche.
 

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