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6 min
BLANCA HORTENSIA Y EL PRINCIPE VALENTIN
Humor |
31.08.15
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Sinopsis

BLANCA HORTENSIA HUYE DE UNA MALVADA REINA ADENTRANDOSE EN UN BOSQUE PIRENAICO MIENTRAS UN CAZADOR DEL SERVICIO REAL LA PERSIGUE ESCOPETA EN MANO. CUALQUIER PARECIDO CON EL CUENTO DE BLANCANIEVES ES UNA CONVENIENTE COINCIDENCIA.

La dulce e inocente Blanca Hortensia huía aterrorizada en medio de la tarde y del oscuro bosque pirenaico. La malvada Reina, Doña Dolores, sostenía, reata en mano, a una jauría de perros salvajes y estaba escoltada por la guardia real. Había dado orden a un experto batidor para que se adelantara por un peligroso atajo y diera alcance a la niña prendiéndola o ajusticiándola antes de que cruzara el río que limitaba su reino. Antes de que pudiera encontrarse con el amor de sus vidas, con el hombre que había cautivado con su apostura tanto a la bella adolescente como a la cruel madrastra, única gobernadora en toda la comarca norteña tras el fallecimiento del noble Rey Don Belisario. El fornido adonis, de nombre Valentín, solo sentía pasión por la más joven, alimentando aún más el odio que Doña Dolores sentía hacia ella y hacia su deslumbrante belleza tan cacareada por su maldito espejo mágico. La soberana dama junto a su séquito de soldados y canes se dirigía al puente por el sendero habitual, plenamente confiada en que su fiel trampero, convertido a su pesar en improvisado verdugo, no erraría en su misión.

“-Quiero verla antes de hacerla desaparecer rio abajo, muerta o viva, pero quiero verla” Le había dicho, poco antes de que partiera en su búsqueda.

El viejo cazador encontró a la niña antes de lo esperado pues aún no había caído la noche. Estaba agotada intentando recuperar el resuello a la sombra de un nogal, junto al puente. Al sentir los pasos de su asesino se giró hacia él resignada a morir. Quiso enfrentarse a su final con aplomo, pero sus ojos estaban arrasados por el miedo.

El montero apoyó con determinación la culata en su hombro y buscó el rostro de la joven con el objetivo de su escopeta. Estaba listo para apretar el gatillo pero se deslumbró con su hermosura. La chica lo miraba con unos formidables ojos oscuros, bellísimos y melancólicos, que parecían implorar piedad. En seguida advirtió que no podría hacerlo. En esta ocasión no se trataba de un venado distraído o de un jabato escurridizo, sería incapaz de sesgar una vida tan pura cuando apenas empezaba a refulgir.

Tomó una rápida decisión sobre la marcha; disparó al cielo y conminó a Blanca Hortensia a huir cuanto antes.

-Cruza el puente -gritó con voz queda- corre hacia a tu amado. La reina es despiadada y está a punto de llegar.

La joven no acababa de salir de su asombro y aún tenía encogidos los hombros esperando la mortal percusión. Cuando advirtió lo que sucedía, de sus ojos, aún fijos en el cazador, brotaron lágrimas cristalinas y una sonrisa de eterna gratitud floreció en sus labios. Se acercó a él con sumisión.

-¡Oh señor! Nunca podré agradecerle lo que hace usted por mí. A riesgo incluso de perder su propia vida me deja usted escapar con la mía a salvo.

-No te preocupes por mí, niña, diré que te arrojé al río y ya está, pero no te entretengas más por favor, me parece que ya oigo a los perros, márchate antes de que sea demasiado tarde.

Pero la joven Blanca Hortensia no quería partir sin significar más aún su agradecimiento. Se acercó a él y acarició su mullida y canosa barba escrutando su rostro con dulzura.

-Ahora lo entiendo y lo recuerdo todo. Usted era amigo de mi papa. Iban juntos de caza, ¿no es así?

-Sí, Blanca Hortensia, era así, Belisario era un hombre extraordinario, pero ahora insisto en que te des la vuelta y te marches de inmediato. Quiero que cruces ese puente a toda velocidad y desaparezcas en la espesura del bosque, zanjaré el asunto diciendo que tu cuerpo ya estará flotando en alguna parte del río, muy lejos de aquí. ¡Vamos, huye ahora!

-Mi papa lo estará mirando desde el cielo y su gratitud será aún mayor que la mía. Usted va a permitir que su pequeña tenga toda una vida por delante y que pueda beber de la gozosa fuente del amor. Usted, que me está liberando de las garras de esa terrible mujer…

El montero la agarró por los hombros haciéndola retroceder unos pasos.

-Niña, márchate de una vez. ¿No oyes los perros?, los soldados te tendrán a tiro en un minuto. Corre de inmediato, todavía estás a tiempo.

-Sí, ya me marcho, no se preocupe, ya me marcho…Es usted un gran hombre y estoy segura de que mi Valentín encontrará el modo de agradecérselo. Nada le ha de faltar en la vida, me encargaré personalmente de ello, se lo juro.

Blanca Hortensia, estaba tan enajenada que apenas percibía el furor de la jauría y el sonido de las botas de los soldados, no obstante dio media vuelta y con decisión emprendió el camino hacia la libertad y hacia el amor al otro lado del río.

El viejo cazador respiró con alivio observando como la joven había comenzado a cruzar el puente.

Pero Blanca Hortensia, que continuaba aún en una nube, detuvo sus pasos de improviso. Se dio cuenta de que no había obsequiado a su redentor con un beso de despedida.

Todo transcurrió en un instante, la joven corrió hacia él rodeándolo con los brazos, tal como hacía cada vez que su padre volvía a casa, y le estampó un fraternal beso en la mejilla. El cazador no salía de su asombro.

La reina, tampoco.

La pareja ya estaba rodeada por los guardias, que los apuntaban con sus rifles, y los perros se sacudían como bestias salvajes esperando tan solo a que su ama soltara las riendas.

-¡Apresadlos a los dos! –ordenó la soberana, que empuñaba en su mirada un insostenible odio.

O mejor aún –Sus ojos brillaron con un fulgor macabro- ¡Disparad a matar!

Una efervescencia de sangre rocío de malva las flores y penetró bulliciosa en el río, mientras la luna llena se asomaba temblorosa a sus aguas.

 FIN.

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