cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
Bloqueo
Drama |
16.08.17
  • 4
  • 2
  • 696
Sinopsis

...

Un bloqueo mental, según dicen, es lo peor que le puede pasar a un aspirante a escritor. Y si no me creen, paso a contarles lo que le sucedió a Oscar, una noche de hace algún tiempo, en su humilde departamento de soltero. 

“La puta madre que me parió, ¿Por qué mierda no se me cae una idea?” gritó en el living, sentado frente a la máquina de escribir. Si bien no era la primera vez que se bloqueaba, esa vez se desesperó: “Lo tendría que haber terminado ayer. Lo dejé por la mitad para seguirlo hoy, y ahora no sé qué puto final darle”.

Convengamos que Oscar era un tipo dramático. Cada vez que se le cortaba la luz, o si simplemente se le apagaba el calefón, sus reacciones eran exageradas. No quiero decir que tener la mente en blanco sea algo agradable, pero es sabido que esas cosas ocurren, y luego pasan.

Estuvo más de una hora releyendo las tres páginas que había narrado la noche anterior, y cuando intentaba poner sus dedos en acción, la cabeza se le nublaba.

Era muy malhablado y eso le había traído unos cuantos inconvenientes. No le importaba nada. Podía estar en la cancha o en la iglesia, pero cuando algo no le gustaba, comenzaba a lanzar sus inconfundibles insultos.

“Me voy a bañar, a ver si con eso se me ablandan los sesos”, se dijo.

Debajo de la ducha, en lugar de relajarse, el escritor siguió dándole de comer a la locura: “Me gustaría matar al protagonista, pero para eso tendría que cambiar la primera parte. ¿Cómo voy a empezarlo contando que el tipo está preso? ¡Adelanté el final! La puta que me re parió…”.

Ya era de madrugada y Oscar sabía que, luego de bañarse, lo más sano hubiese sido irse a dormir. Pero las obsesiones en él eran atroces. Volvió a enfrentarse a la máquina de escribir, con los puños apretados y mirándola con odio. A esa altura ya no insultaba, o al menos había dejado de exteriorizarlo. Un nudo invisible apareció en su pecho y se agrandó rápidamente. Las piernas comenzaron con un leve, pero progresivo, temblequeo. Los hombros, cada vez más caídos, sumado a la postura inclinada, lo hacían parecerse al jorobado de Notre Dame. La angustia era fuerte, se daba cuenta. Y la cabeza que no paraba de hablarle ni un segundo.

Se levantó de la silla, respiró profundo y sintió un fuertísimo mareo. Intentó llorar, sin embargo, sus lagrimales estaban secos; la procesión era interna. Posó sus ojos en el escritorio. Observó la máquina de escribir; algunas hojas en blanco y otras garabateadas; un par de biromes; el cenicero lleno y cuatro o cinco carpetas maltrechas. Volvió a hacer fuerza para llorar, aunque tampoco pudo. Estuvo allí parado un buen rato, desorientado y con una tristeza desbordante. “Maldito sea el día en que escribí mi primer cuento. Me metí en un baile que, evidentemente, no se bailar”, se repetía.

El cuento que Oscar estaba escribiendo trataba sobre un hombre hosco y agresivo, que lo habían echado del trabajo y la desesperación lo empujó a delinquir. Al mal carácter del protagonista no le costó detallarlo, ya que era un calco de él mismo. La cosa se le complicó cuando intentó narrar las andanzas delictivas de este hombre. Al principio, tuvo la idea de usar un lenguaje carcelario, pero las pocas líneas que escribió en ese particular estilo, no lo convencieron. Así que lo hizo a su manera: simple, punzante y directa. Todo esto había ocurrido el día anterior, cuando le funcionaban un poco mejor las neuronas. Esa noche estaba bloqueado. Bloqueadísimo.

Estuvo a punto de agarrar las tres incompletas carillas, hacerlas un bollo y tirarlas a la basura, olvidándose así de ese maldito cuento que lo tenía a mal traer. Sin embargo, cuando esa idea se le arraigaba, buscó calmarse. Oscar jamás había destruido un relato suyo, por más que no le gustara o estuviera incompleto. Decía que algún día les iba a encontrar la vuelta, y los archivaba en una carpeta que guardaba en el primer cajón de su escritorio.

“¿Cómo puede ser posible? ¡Y yo que estaba convencido de que era un buen escritor! Fui un iluso… Los tipos que, hoy en día, publican libros y se sientan a esperar a que sus cuentas bancarias engrosen, son profesionales. Ellos estudiaron, se prepararon: el que no da clases en la universidad, enseña literatura en el secundario. Yo soy un pobre infeliz que alguna vez fantaseó con trabajar de esto” pensó en silencio.

Como dije, Oscar dramatizaba hasta las pequeñeces más estúpidas. Por eso, era casi obvio que cuando sufriera un bloqueo fuerte, iba a boicotear todo lo bueno que había hecho hasta ese entonces. Era una pena, porque, sinceramente, Oscar escribía muy bien y podría haber vivido de esto, como él decía.

Antes de volver a sentarse, dio un misterioso paseo por el departamento. Por dentro se sentía como un león enjaulado, pero por fuera era un tipo abatido. Primero fue al cuarto y examinó puntillosamente cada rincón, hasta los más inhóspitos. Luego se acercó al baño, repitiendo el mismo comportamiento. Y así dio vueltas por todo el hogar: comedor, cocina y finalizando en el living. Mirando, observando ¿Buscando iluminarse? Ni él lo sabía: “Me estoy volviendo loco”, reflexionó, pasándose la mano por la frente.

Su autoestima ya andaba por el quinto sub suelo. Y volver a intentar escribir, en ese estado, fue el peor de los errores que cometió aquella noche.

Fue ahí cuando a Oscar se le instaló una peligrosa idea. Sonrió de repente y salió despedido hacia la pieza.

La inspiración lo sorprendió a los dos segundos de haber colocado la cabeza en la soga: “Se me ocurrió el final, la puta madre” gritó, mientras daba un paso hacia adelante. Pero ya era tarde, el cuento quedó eternamente inconcluso.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 12
  • 4.55
  • 230

Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1984. Si quieren leer un poquito más... facebook: cuentos oscuros para niños dementes.

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta